Ed1feb95-bdf5-4e49-8959-dd73f582a586
LA CLASE

Tema del mes

Pablo Fernández Juárez


Los sismos de 1985 y 2017. La Ciudad de México que encontré en los escombros

Unos minutos más y me levanto, pensé ese día en que tenía una particular flojera, como si algo me detuviera. Estaba ya despierto y eran las 7.15 de la mañana.

Comenzó; fue un temblor fuerte y rápido pero por primera vez sentí un miedo profundo que perdí el control. Todo cayó en la sala de mi pequeño departamento ubicado en la planta alta de una casa dividida en 7. Yo ocupaba la más grande ya que era el primero en haber llegado a esa tranquila calle de Isabel La Católica, entre las calles Cádiz y Segovia de la Colonia Álamos. Lo más parecido había sido el vibrar de las ventanas cuando pasaba el Concorde a rumbo al aeropuerto.

Un mueble de tipo colonial mexicano que estaba en la sala se vino abajo con todo lo que tenía; amontoné algunos restos de la vajilla de barro que compré en Capula y los vasos de vidrio soplado de Guadalajara. Al correr hacia una puerta interior y tropecé con mi bicicleta de carreras y sentí casi terror a quedar atrapada una pierna entre los rayos de la llanta delantera. Casi de inmediato salió mi amigo Javier de su departamento contiguo al mío. Él tuvo el suficiente valor para detenerme en seco. Ya más tranquilos pero aún desconcertados, nos quedamos unos minutos sin saber qué hacer y al sintonizar la radio nos dimos cuenta que la magnitud del terremoto era más grande de lo que pensábamos. Salí a llamar por el teléfono público de la esquina, encontré a mi mamá y estaba bien, ya mi padre y mis hermanos se habían comunicado. Se podía sentir en la calle un viento fresco y extraño de tragedia. Los dos decidimos que el trabajo podía esperar. Caminamos hacia la calle de Xola por la paralela de Bolívar y ahí nos detuvieron unos policías más nerviosos y desesperados. Miramos a lo lejos algunos edificios muy dañados y otros literalmente derrumbados.

Regresé a la casa y me vestí rápidamente, salí como siempre con mi Vocho hacia la calzada de Tlalpan. Cientos de personas caminaban a destiempo y como zombies ya que el metro no funcionaba. Les di aventón a dos o tres hacia Coyoacán. Al llegar a la Escuela Nacional de Música de la UNAM donde trabajaba, alguien me dijo que estaban las tuberías rotas. Nadie había llegado aún. Me fui al restaurante El Morral a desayunar y reconozco que fue el momento de mayor inconsciencia que recuerdo con vergüenza y remordimiento.

Al regreso a la Escuela todo era un caos, el director nos regresó a nuestras casas. Me llamaron de la Facultad de Psicología para brindar apoyo telefónico o en brigadas en la calle y como no sabía a donde ir, decidí quedarme en la Escuela y a las 11.00 aproximadamente me pidieron si podía manejar un camión de la Universidad, nunca lo había hecho, pero estaba hasta el tope de víveres listo para salir y acompañado de un empleado de intendencia decidí tomar el volante manejando entre gente , calles y casas derruidas. Era impresionante la respuesta de la gente, en tres o cuatro horas ya habían reunido una cantidad considerable de latas de leche, de agua, pañales, azúcar y despensa básica. Me dieron libertad para que lo repartiera en los lugares más dañados.

Lo primero que se me ocurrió fue ir de inmediato a Tepito en la colonia Morelos donde viví mi niñez y adolescencia. Conforme avanzaba con dificultad por las calles del Centro y llegaba cerca de estos barrios populares era evidente y se podía acariciar la tragedia y el caos; bardas destrozadas y viviendas irreconocibles, pero la organización de la gente era inmediata y rápida. No había autoridades encargadas de nada, los policías únicamente miraban perplejos y cada quién hacia lo que podía, pero todos ayudaban. Ya por la noche y después de hacer dos viajes de Coyoacán a Tepito y repartir casi todo entre mis ex vecinos, regresé a mi casa sin poder dormir.

Eran como las diez de la noche y la televisión ya estaba al aire. Jacobo pedía a gritos voluntarios que ayudaran en edificios de la colonia Roma. El Gobierno estaba paralizado y únicamente había soldados por doquier que vigilaban de los posibles saqueos. Salí corriendo y al llegar al lugar, todo mundo estaba en la calle moviéndose de un lado a otro.

Un edificio de la esquina de Monterrey y Coahuila estaba totalmente derrumbado convertido en una masa informe de varillas y concreto. Todos querían ayudar a remover los escombros y daban instrucciones sin parar. Era una tarea imposible, los perros de rescatistas ladraban de manera incesante. Me di cuenta que no estaba ayudando en nada y regresé.

Dormí un poco, por la tarde del viernes y de manera irresponsable, tomé mi bicicleta para ir al ensayo del Coro hasta Xochimilco, tardé como dos horas en llegar a la casa de mis maestros y ahí nos sorprendió el segundo temblor. Las calles estaban totalmente a oscuras y regresé a un edificio de las calles de Xola que se había derrumbado totalmente. Una joven médico organizaba de manera desesperada y como podía a chavos banda que llegaban en camiones para remover escombros. Me pidió que ayudara a formar brigadas de voluntarios y permanecí en el lugar unos tres días donde sacamos unos veinte cadáveres y con descansos a deshoras en mi casa que estaba a unas cuantas cuadras.

Dormía a ratos con un casco de ingeniero, una lámpara y un radio portátil a mi lado. Tocó a mi puerta mi novia con la que recién había terminado y me preguntó cómo estaba; ella ayudaba acarreando víveres en su auto. Poco a poco se restablecía la vida cotidiana. Las historias, los rescates y las anécdotas eran lo único que se escuchaba. El dolor y la incertidumbre nos atrapó a todos. Pero por primera vez todos saludaban en la calle preguntando si estabas bien; los insensibles, los apocalípticos, los histéricos, inclusive los indolentes.

La ciudad al caerse se había humanizado y por fin conocía a mis vecinos y en cada casa se ofrecía comida o café. De las entrañas de la ciudad maltrecha, nacía de un parto prematuro y con dolor, una sociedad civil a pesar y en contra de su propio gobierno.

Se mostró el lado humano de los sin rostro, los don nadie, el olor a muerte se mezcló con un viento de esperanza, la ciudad estaba en carne viva, herida y doliente, pero carne al fin. El llanto comulgó con el sudor casi eterno de sus habitantes, todos juntos, hombre y mujer iguales, ninguno mejor que el otro y que por unos días aprendieron y enseñaron lo que es gobernarse a si mismos.

La lección de solidaridad, de iniciativa y de generosidad estaba dada. México no volvería a ser como antes.

Lo que a mi me dejó fue una mezcla de tristeza y de impotencia por no poder haber hecho más y mejor, sin embargo al ver codo a codo a los chavos banda y a los privilegiados, policías , empleados y amas de casa, juntos por primera vez, me alentó a pensar en el rescate de la solidaridad que se escondía en los escombros y en las mil mascaras de la Ciudad de México; moderna Sodoma y su dividida Torre de Babel; un lugar que- como en la mitología griega- implacable devora como Cronos a sus hijos más débiles, la ciudad donde nací y que me dio abrigo, amor, sustento y esperanza de vida.

La hermosa Ciudad de México, caída y con arrugas más feroces en los pómulos y herida de muerte, pero madura al fin.

19 de septiembre del 2015.

_ _ _ _ _ _ _ _

Esto que escribí hace dos años, parecía ya lejano y superado. Pero volvió el dolor, la sangre y el llanto que no se permitió que fuera ajeno.

Hoy la ciudad cayó en materia, pero con un puño levantado al unísono, calló por la esperanza y la solidaridad, sobre todo de los jóvenes que nos parecían insensibles y pragmáticos. Salió lo mejor de ellos mismos, su inteligencia, su sentido común y su amor altruista por los demás.

Algunos se quedaron en su barrio, otros se atrevieron de más lejos; los que cargaron, los que oraron, los que organizaron, los que gritaron. Los que lloraron. Todos demostraron con rapidez y mucho arrojo que tienen como un buen caldo de pollo casero más que carne, material artificial y hueso, una muy buena y reconfortante dosis de humanidad.

No caminaron asustados, lentos y desorientados como nosotros en el lejano 85. Sin dudar un solo instante corrieron con certeza al lugar exacto. Unieron manos, habilidad y corazones sin distinción de clase. Parecían incansables, fuertes y seguros empezaron a reconstruir una segunda historia de la tragedia pero con mejores resultados.

Hoy les pertenece el mérito y el reconocimiento de nosotros…

Hoy les tocó escribir lo que algún día, contarán a los suyos con tristeza, pero con orgullo de que hicieron lo correcto.

19 de septiembre del 2017.

Pablo Fernández Juárez
Es Psicólogo y Maestro en Psico-Pedagogía. Es profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad Anáhuac.

Agregar comentario