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LA CLASE


Raúl Trejo Delarbre


#SiMeMatan

El asesinato de Mara Fernanda Castilla Miranda conmueve e indigna porque se trata de una víctima con nombre, rostro y apellido. La desaparición de esa joven inquietó durante toda la semana en las redes sociodigitales. El servicio de transportación que había contratado era considerado como seguro por muchas mujeres que, como ella, han sabido que corren riesgos al salir solas. La juventud, la decisión de vivir y divertirse con libertad, el semblante alegre de esa muchacha xalapeña que se fue a estudiar Ciencias Políticas en Puebla, fueron conocidos y por eso la noticia de su asesinato causó un dolor extendido y rabioso.

En las redes digitales la sociedad aparece conformada por individuos. La masificación frecuente en esta sociedad de multitudes se desagrega en personas con biografías, preferencias, nombres e imágenes específicos. En su cuenta de Twitter Mara Fernanda registró gustos, adhesiones y preocupaciones desde la adolescencia hasta los primeros años de la mujer adulta que comenzaba a ser. En medio de mensajes y respuestas a sus amigos cercanos, aparecen expresiones propias de la ciudadana joven que era.

El 28 de agosto Mara Fernanda retuiteó la noticia del respaldo de la SCJN a la iniciativa del diputado Kumamoto, en Jalisco, sobre el financiamiento a los partidos. Un mes antes, el 28 de julio, compartió un tuit de @EnriqueKrauze sobre la guerra que sostienen en Venezuela, en contra del pueblo, aquellos que dicen representarlo.

El 6 de julio reenvió un tuit del periodista @jrisco con la escena donde la esposa del presidente de Polonia deja a Donald Trump con la mano en el aire al rechazar su saludo. El 1 de junio compartió un mensaje de @EmmanuelMacron que exhortaba “Make our Planet Great Again”. El 29 de mayo le dio retuit a un video difundido por Enrique @galvanochoa en donde, ante las elecciones en el estado de México, varios personajes públicos llamaban a no dar “Ni un voto más al PRI”. El 28 abril, reenvió un mensaje de @DenisseDresserG contra los diputados del PRI que rechazaron una iniciativa para reducir el financiamiento a partidos. Antes, el 25 de enero, difundió un tuit del presidente @EPN ante la amenaza de Trump para levantar el muro fronterizo: “México ofrece y exige respeto, como la Nación plenamente soberana que somos”.

Hace cinco años muchos de los tuits de la joven Mara Castilla estaban dedicados a @justinbieber. Su cuenta en esa red fue espejo del desarrollo de sus inquietudes. Así como el 6 de julio pasado saludó al Popocatépetl agradeciendo “Don goyo alegrándome los días”, tres años y medio antes había considerado: “Se puede vivir de muchos modos pero hay modos que no dejan vivir”.

El 5 de mayo de este año la joven estudiante de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla retuiteó a Magui, que tiene la cuenta @elemloe, que ironizaba y deploraba: “Es inepto, pero es guapo. La asesinaron, pero era alcohólica. Es corrupta, pero fue una trampa. Vivo en el país de las justificaciones estúpidas”.

Un poco antes, ese 5 de mayo, Mara Miranda escribió: “#SiMeMatan es porque me gustaba salir de noche y tomar mucha cerveza…” Esa frase, que ha sido reproducida en millares de tuits a partir de su asesinato, describe la angustiada libertad de millones de muchachas que, como ella, no se han dejado arredrar por el clima de violencia y la inseguridad que padecen, especialmente, las mujeres jóvenes.

El viernes 8 de septiembre, cuando salió de una fiesta y tomó un Cabify para regresar a su casa, Mara se tropezó con un desdichado que pasará toda su vida en la cárcel. Esa sanción jamás compensará la pérdida que han sufrido los familiares y amigos de Mara Castilla pero marca una diferencia en contraste con miles de asesinatos que permanecen sin castigo.

La desaparición de esa joven en Puebla se convirtió en asunto nacional gracias a las redes sociodigitales y, luego, a los medios de comunicación. Esa amalgama de recursos comunicacionales ejerció una presión que las autoridades en Puebla no pudieron desatender.

En esas redes y ayer en las calles, se multiplicó la irritación por el asesinato de Mara Castilla. Es muy reconfortante, dentro de la desgracia, que haya miles de mujeres empeñadas en exigir garantías y que encuentran, en la muerte de Mara, un emblema de los temores y agravios que padecen todos los días. Ojalá que ese movimiento no se agote en la indignación catártica y pueda mantener, con exigencias eficaces, la defensa de los derechos de las mujeres.

En esa lid, es pertinente trascender las explicaciones simplistas. La muerte de la joven en Puebla no fue causada por el servicio de transportación ni por las autoridades en esa entidad, mucho menos por “El Estado fallido” como se ha dicho en estos días. El sistema judicial padece muchas ineptitudes y por otra parte existen microclimas sociales cargados de odio y estupidez como los que se expresan en algunas afluentes de las redes digitales que promueven la violencia contra las mujeres. Pero el caso específico que tanto deploramos se debió al abuso perpetrado por un infeliz que manejaba un coche de alquiler.

Para frenar la violencia contra mujeres se requieren protocolos de seguridad, campañas de información, precauciones muy enfáticas. Pero sobre todo es preciso combatir la impunidad y lograr que esas y cualesquiera otras agresiones sean castigadas con la mayor severidad. Si ese no es el centro de la exigencia de mujeres y hombres contra la violencia con tintes de género, entonces todas las acciones para expresar solidaridad y acompañamiento (como los recientes mensajes de quienes ofrecen sus casas para alojar a mujeres cuando se encuentren lejos de sus domicilios) no servirán mas que para desahogar la desazón que ocasiona el asesinato de Mara Castilla.
En México el año pasado murieron por homicidio 20 personas por cada 100 mil habitantes. En los tres años anteriores esa tasa había disminuido a 19 y luego a 17 asesinados por cada 100 mil, después del terrible periodo 2010 a 2012 cuando se registraron tasas de entre 22 y 24 homicidios en la misma comparación. Es posible que en este 2017 se supere el índice del año anterior.

Como es de suponerse, entre otros motivos debido a su participación en el crimen organizado, mueren más hombres que mujeres. En 2015 fueron asesinados 31 hombres por cada 100 mil personas de ese género y 3.8 mujeres también por cada 100 mil. Hay entidades en donde esa tasa fue mucho mayor. En Guerrero fueron víctimas de homicidio 126.5 hombres y 12 mujeres por cada 100 mil.

En 2016 ocurrieron 23953 homicidios en México, o al menos esos son los que han sido contabilizados por el INEGI, la institución de donde hemos tomado o recalculado todos estos datos. De tales homicidios el 11.4%, 2735, fueron asesinatos de mujeres.  El hecho de que haya muchos más asesinatos de hombres que de mujeres (incluso tomando en cuenta que existe una cantidad ligeramente mayor de mujeres que de hombres en el país) no le quita un ápice a la gravedad que alcanzan los feminicidios en México. Las estadísticas no alcanzan a registrar la tristeza y el dramatismo de cada asesinato pero ayudan a comprender alcances y evolución de este problema.

Las víctimas de seis de cada diez de esos asesinatos fueron mujeres  de entre 15 y 39 años. Fueron víctimas de homicidios 246 muchachas de entre 15 y 19 años; 388 de entre 20 y 24 años y 363 de entre 25 y 29 años. En ese mismo 2016 en México fueron asesinadas 313 mujeres que tenían de 30 a 34 años y 271 de entre 35 y 39. Se trata de 1581 víctimas de homicidio entre los 15 y los 39 años.

Las entidades con más homicidios de mujeres en ese rango de edad fueron el Estado de México con 237 muertes, Guerrero con 138, Chihuahua con 99 y la Ciudad de México con 83 víctimas. Más de tres de cada 10 mujeres asesinadas y de esa edad murieron en alguna de esas cuatro entidades.

En 2016 la cantidad de mujeres que murieron asesinadas fue 13% mayor a la de 2015 (2735 en comparación con 2383 del año anterior). Las mujeres de entre 15 y 39 años víctimas de homicidio constituyeron casi el 60% de esa cifra.

En contraste con 2015, en las cuatro entidades mencionadas en 2016 aumentaron los homicidios de mujeres de entre 20 y 24 años (153 en comparación con 123) y de entre 30 y 34 años (110 en comparación con 96).

En México, la principal causa de muerte entre las mujeres de 15 a 29 años es el homicidio. En 2016, el 80% de las 2735 mujeres asesinadas murió de una de tres causas. El 47% (1279 mujeres) falleció por disparo de arma de fuego. El 16.4% (449 mujeres) por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación. El 16.1% (442 mujeres) por agresión con objeto cortante.

No todos esos asesinatos fueron considerados como feminicidio. Se asigna tal calificación a la privación de la vida de una mujer por motivos de género.

El feminicidio de Mara Fernanda Castilla es símbolo de la violencia contra las mujeres pero hay muchísimos otros homicidios que no alcanzan ese significado porque no se difunden nombres, fotos y circunstancias de las víctimas. La rabia que suscita este asesinato conduce a que esa y otras muertes, y el contexto de violencia contra mujeres en el que ocurren, dejen de ser parte de una normalidad en la que hemos consentido por desidia y costumbre.

Siempre ha habido, y es posible que siempre habrá, violencia de género. La gran y promisoria novedad es que cada vez hay más mujeres —y hombres— dispuestos a denunciarla y combatirla.

Para que esta indignación sirva de algo más allá del desahogo hay que reforzarla con propuestas y medidas claras y, hay que insistirlo, con una activa vigilancia ciudadana en contra de la impunidad.

Encuentro este tuit de la joven @diamanteeloco: “Detrás de cada chica tuiteando #SiMeMatan hay realmente una chica asustada esperando no ser la próxima”.

Los jóvenes y las mujeres tienen derecho a la seguridad, a vivir en confianza, a divertirse y llegar seguros a sus casas. No tendrían por qué tuitear, ni vivir, con incertidumbre y miedo. No tendrían que morir por haberse arriesgado a vivir.

trejoraul@gmail.com

@ciberfan

Raúl Trejo Delarbre

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