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LA CLASE

Tema del mes

Kyle Stock


El cambio climático hace ruido y esta empresa lo escucha

Wildlife Acoustics desarrolla productos para grabar los sonidos de los animales, los cuales son usados por científicos de todo el mundo, y que han ayudado a mapear zonas afectadas por el cambio climático.

Uno de los mejores instrumentos que los científicos pueden usar para mapear el cambio climático es del tamaño de un pulgar, y es adorable. La humilde rana arborícola (género Hyla) ha proliferado de Florida a Alaska; sin embargo, es una criatura delicada. Su desaparición de un hábitat es una advertencia temprana de que la zona está siendo deforestada, es más seca o simplemente más calurosa. Pero las ranas suelen esconderse de las personas que caminan por los bosques, y muchas poseen camuflaje, por lo que es difícil detectarlas. De hecho, es mucho más fácil escucharlas.

Ahí es donde interviene Wildlife Acoustics. Las criaturas de todo el mundo están contando la historia del cambio climático y Wildlife es una de las pocas compañías que escucha. Cerca de 36 mil de sus dispositivos de grabación y transcripción de audio salpican las áreas naturales, siguiendo los movimientos de los animales por los sonidos que producen, desde las ranas de Norteamérica a las aves que desafían el hielo del Polo Norte, desde los murciélagos en los campanarios de Bretaña a las ballenas en las profundidades del Golfo de México.

Después de una década de vender sus dispositivos principalmente para el estudio de los sistemas de alerta temprana de la naturaleza, la compañía ha comenzado a expandir su mercado a los observadores de aves armados con binoculares y otros aficionados. “Encontramos un nicho para algo que nadie más se molestó en buscar. Y a partir de aquí solo vendrán cosas buenas, a medida que incursionemos en la ciencia ciudadana”, dice Ian Agranat, fundador y director ejecutivo de Wildlife Acoustics.

Ubicada en una antigua fábrica textil al oeste de Boston, la compañía formada por 20 personas ingresó 7.4 millones dólares el año pasado y es rentable antes de impuestos y depreciación, nada mal para un negocio que empezó como una diversión. En el año 2000, a la edad de 37 años, Agranat estaba semijubilado. Acababa de vender su empresa de software, que conectaba routers, impresoras y otros dispositivos a plataformas web, por alrededor de 33 millones de dólares. Poco después desarrolló un interés por el trino de los pájaros en una caminata familiar, cuando su cuñado comenzó a identificar las aves por sus cantos. ¿No sería genial si hubiera un dispositivo que hiciera eso?

Pronto la pregunta se convirtió en obsesión. “Realmente no tengo pasatiempos”, dice Agranat.

Me quedaba despierto pensando en algoritmos y pájaros, y luego amanecía y todas esas aves comenzaban a cantar

Tras 18 meses y un millón 500 mil dólares, Wildlife lanzó su primer producto: el Song Meter, que parecía una cámara Polaroid de los años sesenta. Cuando se apuntaba al canto de un pájaro, una pantalla en el dispositivo presentaba cuatro posibles especies coincidentes. Era algo original, pero a un precio 699 dólares, pocos observadores de aves lo compraron. En 2006, la atribulada startup intentaba licenciar su tecnología a un fabricante de binoculares. Pero las ranas arborícolas llegaron para cambiar la situación.

El Servicio Geológico de Estados Unidos convocó una licitación para un dispositivo de grabación que pudiera escuchar a las ranas que desaparecían por el calentamiento de sus hábitats. Wildlife había encontrado por fin un cliente al que no le importaba pagar 700 dólares, siempre y cuando el equipo fuera resistente y de bajo mantenimiento. El Song Meter 1, una versión modificada de su dispositivo para aves, ganó el contrato en 2006. El primer aparato sigue rastreando ranas arbóreas en los bosques de Wisconsin.

Feliz con el hardware de Wildlife, un ecólogo del Servicio Geológico ayudó a introducir el Song Meter en otras agencias gubernamentales que realizan investigación científica, monitorean tierras federales o ayudan a determinar dónde instalar turbinas eólicas, de modo que no afecten las poblaciones de pájaros y murciélagos. En el ámbito académico, Agranat también se acercó a la comunidad de ecólogos que había estado batallando para crear sus propios dispositivos. “Ellos llegaron en el momento perfecto”, dice el ecólogo Bryan Pijanowski de la Universidad Purdue, uno de los primeros usuarios que compró más de 100. “Tratábamos de ser ingenieros y fracasábamos miserablemente”.

En la selva amazónica, los científicos del zoológico de San Diego están triangulando los sonidos de disparos desde una red de aparatos Song Meter para atrapar a los cazadores furtivos. En Guam, los investigadores están usando las grabadoras para criar cuervos Mariana, una especie cuyo número se ha reducido a cerca de 200. En la Antártida, los dispositivos suenan la alarma del desprendimiento de los glaciares. Los clientes internacionales ahora representan el 56 por ciento de los ingresos de Wildlife, según Agranat.

Y esa proporción, dice el CEO, será cada vez más importante en la era de Trump. El escepticismo de la Casa Blanca sobre el cambio climático (y su propuesta de un fuerte recorte a los presupuestos de los organismos gubernamentales que aportan cerca de la mitad de todos los fondos de investigación en Estados Unidos) ha hecho que Wildlife se esfuerce por diversificar sus fuentes de ingresos. Así, la compañía ha comenzado a centrarse en los aficionados a observar animales. “Eso garantiza el futuro de la compañía”, dice Sherwood Snyder, director de gestión de producto de Wildlife.

En febrero, el equipo de Snyder lanzó Song Sleuth, una aplicación de diez dólares que identifica pájaros y algunas ranas por su sonido a través del micrófono de un smartphone. Sus listas de animales provienen principalmente del ornitólogo David Sibley, cuya guía de campo ha sido la biblia de los observadores de aves durante las últimas dos décadas.

Kyle Stock

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