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LA CLASE


Tom C. Avendaño


El ladrón de libros

En la biblioteca municipal de Itápolis, un modesto municipio en el estado de São Paulo, estaban desapareciendo libros. Tantos, y a tanta velocidad, que la dirección resolvió instalar unas cámaras para encontrar a los responsables de la sangría. La semana pasada la policía municipal descubrió que en realidad era solo uno, un adolescente al que vieron sacar prestados dos títulos mientras se llevaba otros cuatro escondidos en la mochila. Una vez en comisaría, el joven, Flavio Fernando de Oliveira, de 18 años, confesó que tenía en su casa más ejemplares robados.

Cuando los agentes fueron a confiscarlos al domicilio, una vivienda modesta a las afueras de Itápolis, se encontraron mucho más. Había montañas de libros en el cuarto de aquel chaval. Decenas de títulos, de diferentes géneros y temáticas, provenientes de las cinco bibliotecas de la ciudad. En total, 384 ejemplares robados, ordenados y esmeradamente cuidados, un alijo acumulado a base de incontables delitos pero también un monumento a la pasión por la lectura de un adolescente solitario que prefería las páginas a la calle. Al ser preguntado qué hacía con tantos tomos, que no había devuelto pero tampoco vendido, Flavio replicó: “Sobre todo, los leía”.

Su hermana, María de Oliveira, le contó al diario Estadão que el gusto por la lectura siempre había definido la personalidad de su hermano. “Desde pequeño, pasaba horas encerrado en su cuarto pasando páginas”, explica. “Hoy es muy ecléctico, lee de todo. Yo siempre le veo leyendo. Es mejor que estar todo el día en la calle, haciendo Dios sabe qué”.

Esa pasión había crecido desmedidamente en los últimos meses. Flavio había terminado el instituto y estaba esperando estudiar psicología en alguna universidad: la más cercana está a casi cien kilómetros de complicado transporte público. El chico necesitaba un trabajo y la oportunidad no llegaba. Con tanto tiempo libre, se disparó la demanda de libros con los que llenar el día. Así que comenzó a sisar de las bibliotecas, escuelas incluidas, como la niña Liesel Meminger de La ladrona de libros. “Me los llevaba para leerlos y pensaba devolverlos luego, pero acabé dejándolos en casa”, explica el chico. Cuando se le pregunta por qué no lo hizo, se excusa: “Lo siento, no me encuentro muy bien. Hay mucha gente llamando, haciendo bromas, diciendo cosas. La situación se ha vuelto desagradable”. Su hermana también insiste en la versión más inocente posible de la historia: “No sabíamos que conseguía los libros así. Siempre decía que eran prestados o regalados”.

La policía maneja una teoría más retorcida. “Mi impresión personal es que puede tener algún tipo de trastorno psicológico, pero la familia dice que él es normal”, valora el delegado de la policía Daniel do Prado Gonçalves. “Voy a hacer una investigación por hurto simple y mandárselo al juez, que sabrá qué castigo imponerle”, añade. Su madre, Lúcia, ya ha contactado con un abogado para la futura defensa del joven.

De momento, Flavio se ha quedado sin los ejemplares. Los tiene la policía, que los devolverá a las bibliotecas de donde fueron robados. Y aquel tendría que haber sido el fin de la historia, con el cuarto vacío y el juicio pendiente. Pero días después, cuando el caso se fue conociendo en los medios, la radio 104 FM recibió una llamada. Era Lúcia, alarmada por un giro imprevisto: “Está preocupada por una nueva situación”, explicó en su nombre el presentador, Valcir Amaral. “Hay una romería de personas que van hasta su casa con libros nuevos para regalárselos al chico”.

Tom C. Avendaño

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