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Usos múltiples


Alfredo Villegas Ortega


Una noche con King Crimson

El cielo y el infierno. Eso es la música de King Crimson. Sensacionales músicos. Un verdadero ensamble de ocho grandes virtuosos. Rock, jazz y hasta momentos clásicos. La gente, en trance. Público conocedor. No es fácil escuchar semejante propuesta.

Alucinante. Único. En ciertos momentos, se me erizó la piel.

Ocho integrantes: Tres teclados, dos guitarras, un sax, un oboe, una flauta transversal, tres baterías, un bajo, stick bass…

La multifuncióalidad de los músicos permitía que pudieran ser tocados sin problema, de acuerdo a la pieza o al momento específico de alguna canción.

Fue un recorrido por sus diferentes momentos. Casi cincuenta años, decenas de integrantes en cada una de sus etapas, diferentes y, al mismo tiempo, con la constante de crear única y exclusivamente buena música, con excelentes maestros, con educación musical, formados. 

Los ocho de hoy, nos dejaron con la boca abierta. 

Gran comportamiento de la gente, lo que muestra que sí hay público conocedor. Sabían en qué momento mostrar su emoción y en qué otros contenerse para apreciar y dejar que los espacios más sutiles y tenues de la propuesta musical, tuvieran al silencio como su gran cómplice.

Los otros momentos, plenos de armonías y fuerza, sin estridencias fuera de lugar, pero cuando era necesario, implacables e impecables, en medio de un caos aparente, un caos armónico, bajo el control de los músicos dirigidos por Robert Fripp, quien sin aspavientos, parecía no inmutarse.

Nada más ajeno a un rock star, que el maestro Fripp. No va con él. No lo necesita. Se sabe el padre de la criatura. Fripp, siempre ha propuesto ensambles y armonías inéditas. No sé cansa. Cambia y vuelve a ser el mismo. Una especie de eterno retorno estético. Hoy, por, ejemplo, eran tres bateristas. No era por hacer ruido, ni por hacer redobles ad Infinitum, sino para mostrar cómo desde las menospreciadas percusiones es posible generar algo más que ritmo. Las baterías, a veces en sintonía, a veces contrapunteadas, a veces con líneas diferentes. Único. 

No voy a hablar de las canciones

Baste decir que el Teatro Metropolitan, fue durante tres horas un espacio cuya belleza arquitectónica, fue desbordada generosamente por una estética musical sui generiis ofrecida por el Rey Carmesí.

Gracias a la vida.

Hay eventos tan singulares, que ni parecen reales. Como sueños, sí. De ser así, uno quisiera no despertar. La armonía sigue aún en mi cabeza. Gracias, King Crimson

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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