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Hasta que la DIGNIDAD se haga costumbre

Tema del mes

Leonardo Tarifeño


Famatina, fantasías de un pueblo escéptico

El jueves 26 de enero del 2012, mientras los ojos del país observaban con asombro cómo una multitud se reunía en la plaza principal de La Rioja para apoyar el reclamo contra la explotación minera, un grupo de policías provinciales avanzaba a paso firme hacia la bandera argentina que marca el corte de ruta en Alto Carrizal, a unos 20 minutos del centro de Famatina y en el camino que lleva hacia la ya célebre mina La Mejicana.

Con la caída del sol y la aparición de las primeras brisas, los agentes desanduvieron el camino de carteles y banderas que enarbolan consignas (“el Famatina no se toca”, “la sed de oro nos dejará sin agua”). Sus pasos sobre las piedras secas acallaron el susurro del canal que baja a un costado de la ruta. Se detuvieron junto a una manta violeta donde alguien escribió, con trazo rápido y seguro: “Si nos llaman terroristas por defender el agua, ¿cómo se llama a los que toman el poder por asalto y enajenan nuestros recursos en lugar de administrarlos para el beneficio del pueblo?”

La atención de los medios nacionales y de varios millones de argentinos estaba concentrada en la manifestación en la capital provincial, adonde en pocas horas llegaron casi 11.000 personas (casi el doble de la población de Famatina). Pero en ese mismo instante, a 270 kilómetros de allí y sin cámaras a la vista, a escasos metros del corte de ruta de la discordia, varios agentes de la policía advirtieron que los líderes de la protesta estaban en la marcha de La Rioja y, con tono y caras de pocos amigos, se presentaron ante los pocos activistas que estaban de guardia en el campamento.

Los representantes de la ley doblaban en número a los activistas, estaban armados y parecían mejor comidos y dormidos. El puesto de guardia es una chabola improvisada con un palo y techo de cartón, que a duras penas sirve para escapar de los latigazos del sol. En un rincón cuelga un papel que pide “no perder la calma” si alguien se acerca con intenciones poco claras.

Tal vez, por eso mismo, Fabio, un chico de 19 años que apareció desde Córdoba para sumarse a la resistencia, se empeñaba en evitar los forcejeos. Y mientras unos y otros intercambiaban palabras de las que no se enseñan en la escuela, justo cuando parecía que la fuerza de la policía podía imponerse a otras razones igualmente poderosas, allá abajo, en el pueblo, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar.

La urgencia de las campanas

Alguien de la guardia había llamado al cura Omar Quintero, religioso en la estela del obispo Enrique Angelelli, quien a puro repique de campanas expresaba la urgencia de lo que sucedía cerro arriba. Y antes de que los policías pudieran darse cuenta, la gente del pueblo empezó a llegar. Unos en camionetas, otros en coches viejos, algunos en remises costeados entre varios.

Una mujer tenía a uno de sus hijos adentro del campamento. Otra gritó: “Yo siempre soy muy pacífica, pero puedo dejar de serlo”. Una vez más, quedaba claro que la resistencia de Famatina no está sola. Y que el rumbo de la política en general va para un lado, y el del pueblo y sus héroes anónimos, para otro.

En Famatina y en Chilecito, la coincidencia en favor de la protesta contra la megaminería es arrasadora y va de la mano con la poca consideración que se le tiene al gobernador local, Luis Beder Herrera.
“¿Sabe cuál fue el mayor error del gobernador? Darle computadoras a la gente”, dice, con la ironía del caso, el comerciante Rubén, dueño de una fiambrería en el centro de Chilecito.

Según este hombre de rostro ajado y finísimos modales, el discurso político tradicional ha perdido su poder en la era YouTube. “Ahora todos podemos ver que hace muy pocos años el gobernador decía todo lo contrario de lo que dice ahora —recuerda—. Antes estaba en contra de la minería a cielo abierto, y resulta que de un día al otro sale a apoyarla. Entonces, ¿quién, con un mínimo de honestidad y seriedad, puede ser capaz de creerle?”

Del pueblo, nadie o pocos. Del mundo de la política, varios, entre ellos los 11 intendentes riojanos autoconvocados anteayer, que se dicen “muy bien informados de la cuestión técnica del desarrollo de la actividad minera en nuestra provincia”.

Lo curioso es que esa información la guardan con celo de templario, mientras otros la difunden para quien quiera oír, leer y, sobre todo, entender. Al menos eso es lo que han hecho desde 2006 las hoy activistas Carina Díaz Moreno y Gabriela Romano, dos de las líderes del movimiento del que hoy habla todo el país.

Carina es una rubia de las que imponen respeto, profesora de educación física y alma y agenda de la protesta. La morena Gabriela imparte clases de historia y recuerda que, cuando unos especialistas en minería enviados por el gobierno se presentaron en la Escuela de Comercio local para enseñarles las cuestiones técnicas a un grupo de estudiantes secundarios, los chicos terminaron por echarlos “a patadas” de las aulas.

“Nos subestiman, y ni a los chicos pudieron engañar!”, remata Carina, quien, como Gabriela, “antes de esta lucha estaba casada y ahora no”. El liderazgo de una resistencia que exige alma y vida termina por recluirlas en una soledad ruidosa y colectiva, donde los únicos que parecen comprenderlas son los pares.

“Lo peor que podés hacer es no intentar la lucha. Hay que luchar aún por las causas perdidas. Si los informes técnicos y el amor a este cerro nos dan la razón, ¿por qué no dejarlo todo por la causa?”, dice Gabriela, con una media sonrisa.

Mientras termina de hablar, la camarera del bar donde se realiza la entrevista llega con tres bandejas de sandwiches. “Invitan los caballeros de allá, dicen que para agradecerles todo lo que hacen por el pueblo”, explica. Y bajo el abrasador sol del mediodía, las campanas vuelven a sonar.

Publicado en “La Nación”:http://www.lanacion.com.ar/1444315-famatina-fantasias-de-un-pueblo-esceptico

Leonardo Tarifeño
Periodista argentino

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