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Tarea

Cuentos en el muro

María Celeste Vargas Martínez


El hombre de la Luna

Para el Tte. FAEP. Ret. Heriberto Cañete López
quien inspiró esta historia ficticia.

Aún recuerdo aquellos días y mientras pretendo arrojar en cualquier alcantarilla los malos momentos, las pesadillas y las imágenes siniestras persiguiéndome, trato de que esos días caminen a mi lado o, al menos, me quiten el sabor amargo de los labios. Ocho días, fueron sólo eso, pero en mi confusión me parecieron semanas y en su momento hasta meses, pues en aquel húmedo lugar el tiempo parecía no existir.
Sí, no había tiempo o éste se extendía a lo largo de las paredes de tierra o no salía de ahí, pero de alguna manera parecía no estar. O quizá esa falta de percepción del tiempo se debía a que no había noche ni día: todo era oscuridad.

Todos los días al despertar y asomarme por esta ventana para ver el bosque a lo lejos y el concreto cerca, me pregunto qué sería de él. ¿Vivirá todavía? ¿Recordará como lo hago yo? ¿Las imágenes que llegan a sus ojos serán buenas o malas? ¿Estará cansado de no olvidar? No lo sé, al final los dos sólo éramos hombres jugando a ser alguien más. Él reía como yo, él hablaba como yo, él sentía como yo, él lloraba al igual que yo y él sangraba como yo.

Ustedes pensarán que los años han confundido mi viejo cerebro, que la senectud no me ha dejado nada más que recuerdos y que sólo puedo estar tras esta ventana observando más allá, mientras las imágenes danzan frente a mí, pero no es así. La vejez no me ha marcado; la guerra sí. Pero ésta también me ha dejado esos momentos que pasé al lado del Hombre de la Luna, donde descubrí al hombre y no al guerrero.

Todo comenzó un día, era miércoles si no mal recuerdo. El ejército japonés se resistía, no dejaría tan fácilmente tantos años de dominio sobre esas islas esparcidas en el mar. Yo estaba sentado en la cocina de una mujer quien amablemente me hacía huevos freídos en aceite de coco: la cosa más horrible que he probado. El aceite le daba un extraño sabor a los huevos y ese espesor y grasa en abundancia eran detestables, pero la guerra había afectado todo y no era fácil conseguir alimento, así que a veces los aldeanos nos proveían con lo poco que tenían. Yo, con mi español pulcro, no podía hacerle entender a ella que no deseaba comer eso, pero ella, con su rostro delgado y su figura pequeña, me sonreía y colocaba el plato sobre la mesa. Los aldeanos eran amables, pues aunque nosotros éramos mexicanos, nos veían como parte de los soldados estadounidenses que iban a defenderlos de los fieros japoneses. Sí, mis compañeros y yo integrábamos el Escuadrón 201, ese grupo que fue a pelear una guerra ajena, aunque ahora que lo pienso todas las guerras son ajenas, ninguna pertenece a los hombres que las luchan, pues en realidad son de los gobernantes que las crean.

Pero ese día estaba yo ahí, tratando de no comer ese extraño platillo y entonces las bombas comenzaron a caer. Me puse de pie y antes de que pudiera tomar mi rifle, una de ellas explotó. Vi el rostro de la mujer lleno de espanto e incertidumbre: y eso fue lo último que vi.

No sé cuánto tiempo permanecí tirado, pero parecía como si estuviera en la nada: mis ojos estaban ciegos y mis oídos sordos. Tambaleándome, me puse de pie y caminé. Caminé por un largo rato, aunque más que caminar parecía flotar, y en mi andar tropecé con objetos y restos de viviendas. Creo que grité o no sé si intenté gritar y la voz tampoco me salió. Seguí caminando hasta que cansado caí de bruces. Recuerdo que en algún momento alguien me movió y sentí sus manos en mis hombros, después volví a desfallecer.

Desperté y para entonces ya estaba ahí en lo que yo llamaría la casa del Hombre de la Luna. No era muy grande, pues cuando estuve mejor caminaba guiándome por sus paredes y éstas tenían un perímetro no mayor a cinco metros. Tampoco había muebles, sólo las cobijas en las que yo dormía y los trastos para comer. Cuando desperté, me dolía la cabeza y seguía flotando, entonces escuché su voz (mis oídos ya se habían abierto un poco): no distinguí palabra alguna en ella. Escuchaba sonidos y no palabras. Estaba confundido, enfermo y débil. Mis ojos aún no podían ver y cuando los traté de tocar, él me retiró la mano y sólo pude sentir la venda con la que estaban cubiertos. Me dio de beber y de comer, no recuerdo qué era, pero sabía bien.

Él venía con poca frecuencia, por lo que yo pasaba mucho tiempo solo. En ese momento no sabía por dónde entraba y salía, pues aunque yo recorriera una y otra vez las paredes, jamás logré encontrar una puerta. El lugar olía a tierra húmeda, pero también a polvo. Había olvidado todo: no sabía quién era yo, qué hacía ahí y aunque creo que él me trataba de recordar algo, yo seguía sin entenderle.

Entonces, al no comprender lo que decía, al sentir que flotaba en ese lugar pequeño, al estar confundido y al entender sólo la palabra “Moon”, pensé en la Luna. Sólo hasta ese momento medité en quién era yo, qué hacía ahí y él cada vez que venía me decía la palabra: “Moon”, “Moon”. “¿Estamos en la Luna?”, pregunté en alguna ocasión. Él dijo algo que no entendí e insistí: “¿Estamos en la Luna?”, “¿Tú vives en la Luna?”. A partir de ese momento comencé a llamarlo “El hombre de la Luna”.

—Man of the Moon— le dije yo deletreando en una ocasión y él lanzó una carcajada.

Los dos reímos por un largo rato. Hablamos de cada uno, de nuestras vidas (al menos eso creo yo, pues él seguía hablando en esa extraña lengua y yo en la mía) aunque yo continuaba sin recordar mucho, sólo hablé de mi vida en ese lugar, de mi sentir en la casa del Hombre de la Luna; del olor a humedad, del calor que me asfixiaba y de todas las dudas agolpando mi cabeza. Reímos, cada uno con sus propias historias, pero contagiado de la risa del otro. Lloramos y cuando sentí su llanto, a tientas lo abracé y entonces él lloró en mi hombro. Sus lágrimas, largas y profundas, mojaron mi ropa. Jamás he escuchado un llanto tan amargo como ese, salvo el mío en las noches cuando los malos recuerdos se aferran a mí.

Lloramos.

Reímos.

Cantamos.

Cuando venía comíamos y después desaparecía por largo tiempo. Me cambiaba la venda de los ojos cuando podía, me los lavaba y yo sentía un dolor terrible mientras él cantaba algo. Después desaparecía. El tiempo transcurría o no lo hacía, pero para mí era mucho lo que había pasado en ese lugar y era muy poco el tiempo a su lado. Creo que era un hombre ocupado, por eso desaparecía siempre y me dejaba solo. Cuando mis oídos estuvieron completamente rehabilitados comencé a escuchar ruidos extraños. No podía distinguir qué era, pero a mi parecer eran fuertes y contundentes golpes, entonces pensé que él hacía algún tipo de trabajo allá afuera.

A veces trataba de preguntarle por aquellos sonidos, pero él no me entendía. Al principio, pensé que El hombre de la Luna hablaba en inglés, por decir “Moon”, después descubrí que sólo sabía unas cuantas palabras en ese idioma. Así que tratábamos de comunicarnos como podíamos, pero reíamos mucho. Eso sí, reíamos siempre.

—¿Eres feliz aquí en la Luna?— le pregunté un día en que los dos reíamos.

Él no respondió. En ese momento me hubiera gustado hablar su idioma y saber más sobre los hombres que habitaban la Luna, sus costumbres y creencias. Saber su nombre y el mío… saber por qué estaba yo ahí. Pero lo que más me hubiera gustado conocer eran los motivos por los cuales esos largos mares salados salían de sus ojos.

—Man Moon— me dijo él.
—No, Man of the Moon— corregí yo en una ocasión cuando sentí su voz quebrarse, él rio y las lágrimas desaparecieron.
—Man Moon— volvió a repetir.

Cuando llegaba podía sentir su aliento agitado, su voz temblorosa, sus pasos inciertos al interior del lugar. Hurgaba aquí y allá, siempre hablando. Yo lo escuchaba sin saber qué decía hasta que reía al verme tropezar. Entonces su respirar se calmaba, sus pasos se detenían y me tomaba del hombro para indicarme el lugar donde debía sentarme.

Reíamos.

Fueron ocho días y a mí me parecieron meses. Al octavo día lo oí entrar apresurado y entonces supe que descendía por el techo. Hablaba, hablaba mucho. De un jalón me levantó del piso y me quitó la venda. Aún me dolían los ojos, pero comencé a ver todo borroso. Él seguía hablando mientras yo intentaba ver. De pronto escuché voces, alguien hablaba en inglés y pude entender lo que decía. Mi rostro quedó perplejo cuando después de varios minutos pude ver.
—Man Moon— me dijo él llevándose la mano al pecho, estaba agitado y nervioso. Man Moon!…

Ahí estaba él de pie frente a mí, con un viejo uniforme del ejército japonés. Entonces, al igual que la vista, recobré la memoria y lo recordé a él. Días atrás lo había dejado escapar: el ejército japonés había perdido fuerza y sus provisiones se habían terminado. Uno de los aldeanos me hizo saber que alguien estaba en su gallinero. Cuando fui al lugar el intruso no se encontraba, pero seguí las huellas y lo vi agazapado entre la maleza sosteniendo una gallina. Tenía hambre igual que todos. Lo apunté con mi rifle y lo vi a los ojos. Traté de disparar y simplemente no pude. Cómo podía matarlo, estaba ahí sosteniendo una gallina y con el rostro lleno de espanto. Hice un ademán y él lo entendió: se marchó y yo lo vi alejarse.

Y ahora estaba ahí frente a mí repitiendo: “Man Moon… Man Moon”.
—Sí— le dije al ver el temor en su rostro y lo abracé.

Entonces entendí que “Moon”, era sinónimo de noche y significaba los momentos en que él venía a verme. Me hizo una seña y me indicó salir de esa cueva donde había permanecido, aunque primero cubrió con mi camisa rota mi rostro. Afuera permanecí en cuclillas un largo rato hasta que mi vista se acostumbró un poco a la luz. Él me llevó bajo unos árboles donde ésta no era tan intensa. Me descubrió un poco el rostro y dijo algo a lo que yo di el significado de: “¡Me tengo que marchar!”.

Lo vi alejarse. Poco después me encontró el ejército estadounidense, al cual nosotros pertenecíamos: habían derrotado a los japoneses. Filipinas estaba libre de la opresión del ejército nipón después de tantos años. La guerra había terminado y nosotros nos embarcamos en el buque Sea Martin en octubre, para llegar en noviembre a California y después a México. Para entonces yo me encontraba recuperado.

Ahora, muchos años después, con frecuencia pienso en él, en el ser humano al que bauticé como El Hombre de la Luna, en el soldado al que dejé ir, en el hombre a quien le di la oportunidad de vivir y tener un futuro y de quien jamás supe su nombre.

* * *

Hace unos años conocí al Teniente Heriberto Cañete, quien formó parte del Escuadrón 201. Desde el primer día compartió conmigo algunas de sus vivencias durante la Segunda Guerra Mundial. A decir verdad, yo siempre pensé que los soldados mexicanos enviados a la guerra no habían hecho mucho en esas islas desperdigadas en el mar (así lo afirmó en una ocasión mi maestro de Historia). Pero al conocer al hombre, tratando de dejar a un lado al soldado, me di cuenta de la crudeza de la guerra y de lo que en verdad había hecho el Escuadrón 201.

En este año y sin que una de sus anécdotas dejara mi cabeza, decidí escribir un cuento. Una historia mezclada con ficción, donde la asfixiante realidad se hace a un lado para mostrar a los hombres y no a los soldados que luchan guerras ajenas.

Celeste Vargas

María Celeste Vargas Martínez
Escritora y periodista mexicana (México, DF, 1976). Es licenciada en periodismo y comunicación colectiva por la UNAM. Es especialista en estudios sobre animación. Textos suyos han sido publicados en Ciberayllu, Ariadna, Destiempos, Remolinos y Caminos Abiertos, así como en la revista Visión Universitaria, entre otras.

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