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LA CLASE

La lección

Jorge Arturo Borja

Texto leído el 10 de junio de 2017 en El Faro de Oriente, en el homenaje a Eusebio Ruvalcaba.

Ruvalcaba tallerista o el ejercicio de la maestría

Nos contaba Eusebio que de niño, una tarde lo encuentra su padre tirado de panza en el suelo, escribiendo en un cuaderno azul que decía “Mi escuela”. Don Higinio le pregunta:

— ¿Y qué escribes?

— Historias que se me ocurren.

—Eres como yo —le dice don Higinio—, que cuando hago música, también escribo “lo que se me ocurre”.

Tal vez esa manera de escribir es el primer atisbo de taller literario al que asiste Eusebio en su vida, sin saber que después va a coordinar muchos talleres en donde van a formarse toda clase de escritores y donde también va a cultivar más amigos que las flores de un jardinero japonés.
Tiempo después, en la Universidad Nacional Autónoma de México, mientras cursa la carrera de Historia, Eusebio conoce tres maestros que lo orillan de manera definitiva hacia las letras. Enrique González Rojo, que en su clase de Materialismo Histórico, lee sus poemas. Escuchándolo, Eusebio se convence de que la poesía es algo más que un sofisticado juego de rimas y estrofas. Arturo Azuela, que como tiene muy pocos alumnos inscritos en su materia y menos en el aula —a veces solamente Eusebio— se toma la libertad de leerle capítulos enteros de su novela El tamaño del infierno. Ahí, el joven Ruvalcaba descubre que la escritura puede ser un placer mayor para quien la escribe que para quien la lee. Y el Maestro Martín Quirarte, quien le ofrece trabajo organizando sus archivos y su biblioteca, solamente Borges debe haber sentido semejante dicha cuando consiguió empleo en la Biblioteca Municipal.

Esa pasión por la escritura que le inoculan sus maestros, hace que Eusebio, después de escribir como poseso explorando diversos géneros, se atreva a pedir la beca INBA/FONAPAS, que obtiene dos veces. La primera de poesía en 1978 y la segunda de narrativa en 1979.

Ya con esta experiencia se convierte en becario de teatro del Centro Mexicano de Escritores en 1980. Éste es su primer taller formal, o cuando menos el que Eusebio tiene más presente y en ocasiones usa como modelo. Sus compañeros son Carmen Boullosa, Víctor Manuel Mendiola, Héctor Perea y Bruce Swansey. Y como asesores o tutores tienen a los maestros Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Francisco Monterde. En artículo del suplemento “Laberinto”, del periódico Milenio, Mendiola habla de esa tensión que se produce entre la erudición de Elizondo y el laconismo de Rulfo, que mantiene a los becarios en la incertidumbre sobre la calidad de sus textos.

Eusebio disfruta de esas sesiones. Apunta que Elizondo hace gala de sus conocimientos literarios en varias lenguas y en distintos periodos históricos para llenar de observaciones los textos de los participantes. Don Panchito Monterde se concentra en ubicar las faltas de ortografía o de sintaxis: “En el segundo renglón del sexto párrafo de la página cuatro de su novela, sería más conveniente eliminar el enclítico y en vez de la coma usar un… punto y coma”. Y el Maestro Rulfo remata con su proverbial laconismo: “Este cuento demuestra que cuando se puede se puede; y cuando no se puede, pues no se puede”. Y si el escritor en ciernes pide que el maestro abunde sobre el significado de sus observaciones, Rulfo vuelve a decir: “Es que cuando se puede se puede; y cuando no se puede, pues no se puede”.

Una tarde al salir de una sesión del Centro Mexicano de Escritores en la calle de San Francisco, en la colonia Del Valle, Eusebio pasa de lado frente a un negro musculoso que se encuentra recargado en un automóvil: “¡Ruvalcaba! —le grita George Hal Benett. —Leí tus cuentos. Tienes errores técnicos, que nadie más que yo te puede corregir. ¿Te interesa?” 

En ese encuentro nace otro de los talleres a los que asiste Eusebio. Hal Bennett, un escritor nacido en Buckingham, Virginia, se hospeda en el cuarto de servicio del Centro Mexicano de Escritores. Vive una vida nocturna y no representa los cincuenta años que acaba de cumplir. Llama a deshoras de la madrugada para impartir sus lecciones de literatura viva en antros y tugurios, en donde le brinda sus atinados comentarios al joven Ruvalcaba, quien luego tiene problemas con su reciente esposa para explicarle que viene de una sesión literaria con su nuevo maestro. Sin embargo, este negro, “promesa del año” de la revista Play Boy por su libro El dios de los lugares oscuros (Lord dark places), es quien le enseña que la tinta con la que se escribe la verdadera Literatura es nada más que un hilito de sangre.

Además de escribir los 74 libros de su autoría, Ruvalcaba también es un entusiasta de los talleres literarios. Con el auspicio de instituciones o sin él, nuestro maestro funda, promueve, mantiene talleres de creación literaria y de apreciación musical, lo mismo en Tlalpan que en el Casetón de Neza, en la Fonoteca Nacional que en el Reclusorio Norte. Incluso los hace en su casa para el puro solaz y esparcimiento de sus cuates. Comenta Xavier Quirarte: “En su departamento en la colonia Roma (Eusebio) organizaba las sesiones Amigos casi solo de Brahms, donde la música se escuchaba con reverencia y luego se comentaba al calor de unos tragos.”

Sus talleres son un espacio para el conocimiento de la literatura y de la música, así como para el cultivo de la amistad. Una especie de escuela multi-grado, en la que el maestro atiende a estudiantes de distintos niveles. En ellos, Ruvalcaba demuestra su generosidad. No es un maestro que les hable desde una nube del Olimpo a los alumnos, sino alguien que, como ocurre con su literatura, busca siempre puntos de identificación con ellos y los hace sentir únicos en la expresión que van afinando.

Tampoco es alguien que imponga una tendencia de escritura, lo mismo asisten poetas que intentan el soneto que cuentistas punketos o cronistas de la invasión zombi a la Ciudad de México. En todos descubre el valor literario y les hace observaciones que mejoran el texto. Les baja los humos a quienes empiezan a volar muy alto porque ganaron algún premio y les da ánimos a quienes no saben cómo amigarse con las palabras. Descree de los autores de moda y aprovecha para leer a los consagrados o para descubrir a los jóvenes, porque lleva años entregado a la tarea de comentar en sus columnas y recomendar en editoriales a nuevos o desconocidos escritores; dedicado a leer a quien nadie lee, a ponderar a quien nadie pondera, a descubrir la belleza donde permanece oculta para los comerciantes de la literatura.

En sus talleres desarrolla métodos de enseñanza que luego plasma en libros como Primero la A (Palabra y realidad del magisterio, 2004), en el que hay ensayos probados para las clases de redacción. O los 52 tips para escribir claro y entendible (Lectorum, 2011) que sirven a quien se propone abrazar el arte de la escritura, o incluso los consejos que le dio al compañero Carlos Bortoni para su libro Conviene decir que se está rezando (Amazon, 2017).

Durante 13 años él mismo auspicia un taller que va cambiado de sedes. Empieza en la colonia del Valle, luego prosigue en una vecindad de la colonia Obrera, después en una casa de retiro espiritual en Tlalpan, en la cafetería del Fondo de Cultura Económica, en un restaurante, en una pulquería y en donde se reúnan más de dos en nombre de la literatura, ahí está Eusebio. Cada año el taller cambia de nombre, se llama “Los bastardos de la uva”, “¿No oyes ladrar los gallos?”, “El poeta canibal” o también “Rafael Bernal”, pero siempre mantiene la relación cordial entre sus integrantes. A los que llegan por primera vez les da la bienvenida con un vaso de vino. No les cobra a quienes no cuentan con recursos. A los que le caen en gracia y a los que llevan más tiempo los invita a comer a su casa o a su estudio. Apoya en la publicación de los textos en su sección de El Financiero “La furia del pez”, o en la revista Molino de letras, en su sección “Las garlopas”, que luego fue suplemento de La digna metáfora. También habla de sus alumnos en entrevistas y los recomienda en editoriales.

Es el mentor que con paciencia y sapiencia forma escritores que han salido de sus talleres a ganar premios nacionales e internacionales. El que enseña que este oficio requiere de una disciplina excepcional, pero también de una sencillez que lo pone en comunión con todos los hombres.

En homenaje a nuestro Maestro hoy nuestro taller lleva su nombre y podemos decir que muchos de sus alumnos seguimos escribiendo o nos animamos a publicar gracias a su ejemplo. Actualmente estamos reuniendo un libro de testimonios y textos de creación sobre Eusebio. Son muchas las cosas que podríamos seguir comentando acerca de este gran autor, magnífico maestro e inolvidable amigo, pero es poco el tiempo que tenemos y es mucha la emoción que nos embarga. Sólo podemos añadir un:

¡Gracias, Eusebio Ruvalcaba, por haber estado con nosotros!

Jorge Arturo Borja

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