5080_normal_rural_justo_sierra
Orientación educativa


Sergio Ortiz Briano


Normales rurales en la emancipación de obreros y campesinos

A finales de este mes se cumplirán ochenta y dos años de que los estudiantes de todas las escuelas regionales campesinas y normales rurales del país (hoy escuelas normales rurales) se reunieron en Roque, Guanajuato para conformar lo que sería la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México. Un organismo que surgió con la encomienda de luchar por la mejora de las condiciones de sus internados y de asegurar su formación como maestros rurales que se convirtieran, según Gildardo Magaña Cerda gobernador del estado de Michoacán (1936-1939), “en transformadores del medio rural de México”. Ahora bien, esta idea no fue resultado solamente de inquietudes particulares de estudiantes y maestros sino también de un contexto en el cual, la política gubernamental de la época invitaba a obreros, campesinos y las masas populares en general a organizarse, pues se tenía la certeza que era más probable prosperar como sociedad en “agrupamiento de sus fuerzas”. Muy pronto las actividades que exigía el trabajo cotidiano en estas escuelas que históricamente han respondido a un carácter nacional, fueron construyendo un importante vínculo de identidad con la población rural y obrera de la época en sus zonas de influencia.

Por otro lado, dado que desde sus primeros años empezaron a sufrir el aparente desinterés de las autoridades que argumentaban escasez de recursos, muy tempranamente los estudiantes fueron empujados a las calles para conseguir algún tipo de respuesta, aunque en la mayoría de los casos obtuvieron sólo promesas y apoyos parciales. Frente a esta realidad, los estudiantes organizados crearon mecanismos de formación ideológica que aseguraran una lucha constante por la permanencia de sus instituciones, la mejora de las condiciones de los internados y de una formación para el magisterio que respondiera a las aspiraciones para las cuales habían sido creadas, y que se concretaban en la emancipación del campesino. En este contexto, los jóvenes provenientes de diferentes regiones del país, pero caracterizados por su origen prioritariamente campesino, fueron construyendo una suerte de identidad normalista que encerraba su origen pero también sus aspiraciones de movilidad social.

Cañada Honda, en la lucha por un bien común: el de la educación

Ahora bien, en este momento en el que funcionarios de gobierno, políticos y hasta defensores de derechos humanos argumentan que no encaja la existencia de escuelas como la normal rural de Cañada Honda, por considerar que México tiene características distintas a la primera mitad del siglo XX, las estudiantes apoyadas por jóvenes hombres y mujeres de otras similares de diferentes regiones del país, nos recuerdan que la realidad es muy diferente. Durante los últimos días del mes de mayo se conoció la convocatoria para el ingreso de aspirantes a cursar una licenciatura en las escuelas normales de Aguascalientes en donde se vio, con sorpresa, que la normal rural de Cañada Honda sufriría una baja en el número de estudiantes pasando de 120 a sólo 100 nuevos espacios. Además se aclaraba que dejaría de ser exclusiva de mujeres y recibiría matrícula mixta.

La anacronía con que la autoridad pretendió justificar tal decisión fue precisamente una de las banderas de las jóvenes estudiantes. Es decir, al considerar que la perspectiva de género permite hacer visibles las formas en que hombres y mujeres viven y se relacionan en el día a día; encontramos que en el campo de la educación y de las posibilidades que tienen las mujeres de realizar estudios de licenciatura, quienes ingresan a esta escuela pertenecen a familias de escasos recursos económicos y provienen de comunidades rurales altamente vulnerables, por lo que no resulta extraño que defiendan como lo hacen su derecho a recibir educación.

Aunque sería imposible explicar en este espacio cómo es que esa formación ideológica de los normalistas rurales se mantiene vigente a pesar de ser criticada por académicos y funcionarios en turno como de “izquierda trasnochada” o de “ideología anacrónica”, quizá nos ayude mencionar que la miseria de muchas regiones del país y las carencias en que viven más de la mitad de la población de donde provienen los estudiantes de estas escuelas; la indolencia de las autoridades para responder a las necesidades básicas de estos sectores de la población; la aplicación de programas compensatorios en lugar de sólidas estrategias de desarrollo y libres de asistencialismo; entre otras, legitiman la lucha social. No por nada uno de los lemas del normalismo rural es: ¡Mientras la pobreza exista, las normales rurales tendrán razón de ser!

Pero ¿por qué si los normalistas rurales luchan por lo que consideran un derecho, es decir, una educación gratuita, no llegan a tener un apoyo generalizado en la población? ¿Por qué la sociedad critica que los normalistas rurales exijan una formación gratuita? ¿Cómo es que en lugar de criticar la actitud de los estudiantes no se une la sociedad para exigir lo mismo para sus hijos y en todo caso, presume como un derecho “invertir” ellos mismos en su educación? Sin pretender resolver estas preguntas, sólo quiero aventurarme a señalar que a lo largo del tiempo se ha venido construyendo una brecha entre el normalismo rural y la sociedad. Una brecha que se explica entre el ser normalista rural o no serlo. En este sentido, ser normalista rural es, como lo ha señalado Aída Huerta —egresada de esta escuela, a través de un video publicado recientemente en Youtube— reconocer su origen; saber que de no ser por estas escuelas sería imposible conquistar una mejor forma de vida; pero también, ser normalista rural es estar consciente de que la educación es un derecho y que, por lo tanto, no se transgrede la ley cuando se exige.

Por desgracia, a diferencia de lo que se hizo durante los años treinta, recientemente los tomadores de decisiones han trabajado por el desmantelamiento de los sindicatos, de las organizaciones sociales y en general, por la promoción del individualismo. Como consecuencia, es cada vez más evidente la falta de identidad de la sociedad en general con las luchas sociales y el abandono de la lucha por el bien común. Hemos atestiguado estos hechos como si se trataran de un tema ajeno a nosotros. Sin embargo, frente a cada conflicto suscitado en alguna normal rural volvemos a ver la unidad de los estudiantes que parecen seguir respondiendo a esa convicción que Amelia Castillo, egresada de esta normal rural expresó en el marco del movimiento estudiantil de 1994, cuando exhortaba a las estudiantes a defender su escuela mostrando “el espíritu revolucionario del que nos hemos nutrido en estas escuelas [y que] debe ser la llama que dirija nuestras vidas como profesores y como ciudadanos rebeldes del mundo” (La Jornada, 8 de junio de 2010).

Sergio Ortiz Briano

Agregar comentario