Yo%20no%20queria
Sala de Maestros

Cuentos en el muro

María Celeste Vargas Martínez


Yo no quería

Porque las crisis inician
en lo más profundo de los individuos.

La habitación no era muy grande. Dos estrechas ventanas, con protección interna, yacían en la pared lateral y cual ojos tristes contemplaban a ese hombre rollizo de manos rudas y nariz ancha. En el enorme cristal, frente a las ventanas, de reojo él podía ver su silueta. Una mesa y dos sillas eran toda la decoración. Al principio le pareció una habitación fría, pero cuando los minutos pasaron un extraño calor se apoderó de su cuerpo: comenzó en los brazos, pasó a las piernas y sin más se depositó en su pecho. Cómo deseaba un poco de brisa fresca. Sus manos empezaron a temblar, gruesas gotas de sudor bajaron por su cabeza recién rapada y a sus pies les dio por hacer leves movimientos.

Un hombre alto, moreno, de rostro fiero y barba sin arreglar entró de pronto y azotó la puerta. Él tembló en esa silla. El hombre arrojó sobre la mesa un sobre amarillo, algunas fotografías salieron de él. Él contempló de reojo una, pero vio un insistente color rojo en ella y desvió la mirada.

Pues ‘ora sí estás jodido —dijo el hombre que al pasar a un costado de él golpeó con su pierna la silla. ¿Por qué lo hiciste cabrón?

Yo no quería hacerlo —dijo él titubeando.

Movió la cabeza y se llevó las manos a ella. Cerró los ojos y una mueca se dibujó en su rostro. Su quijada comenzó a temblar.

En verdad, yo no quería hacerlo… ellos me obligaron— aclaró él.

El hombre moreno se abalanzó sobre él: lo tomó de la playera y lo hizo ver las fotos que yacían sobre la mesa. “Sí, todos esos pobres te obligaron a hacerlo”.

Entonces él dejó el temor a un lado y su figura desgarbada se transformo: sus pies dejaron temblar y sus manos se pusieron firmes al deshacerse de los brazos del hombre moreno. La ira lo embargó. “¿Pobres? No está usando la palabra correcta, ninguno de ellos era… pobre. Todos eran unos hijos de la chingada”, aclaró él con decisión.

El hombre moreno lo observó sorprendido. Después volvió a lanzarse sobre él y lo tiró al piso. “El hijo de la chingada eres tú, cabrón”, gritó con furia.

Un hombre delgado de estrecha figura, barba que le cubría el cuello y lentos movimientos, entró seguido de otros dos sujetos altos y corpulentos. Éstos levantaron a su compañero: “¡Tranquilo, Gómez. Nos puedes meter en problemas con Derechos Humanos!”, señaló uno de ellos mientras sujetaba a Gómez del brazo derecho.

Sí, ahora resulta que esos cabrones siempre están del lado de estos cabrones, y aunque hagan lo que hagan a esos cabrones no les importa… por eso los defienden – agregó el otro hombre que ya para entonces también sujetaba a Gómez fuertemente.

Me importan un comino esos de Derechos Humanos… este cabrón va a tener su merecido.

El hombre aún sobre el piso se incorporó lentamente, ayudado por el hombre delgado, se limpio el rostro con el dorso de la mano: “En verdad, ¿usted lo cree?”, interrogó al hombre que le daba la mano mientras lo veía fijamente a los ojos.
Será mejor que se vayan, déjenme solo con él —aclaró el hombre delgado.
Pero doctor, es muy peligroso— afirmó uno de los sujetos que lo acompañaban.

No se preocupe Salazar… Esperen en la otra habitación.

Los tres salieron no muy convencidos. Gómez lanzó una última mirada y movió la cabeza en señal de negación. La puerta se cerró.

El doctor colocó la silla en su lugar e invitó a ese hombre a sentarse. Este accedió.

Soy el doctor Cerón… soy psiquiatra y en algunas ocasiones ayudo a la policía… He estado leyendo su…- no terminó de decir la frase.

¿Cree usted que estoy loco? —preguntó desconcertado.

Claro que no señor – el médico abrió el folder que llevaba consigo y observó el expediente— señor, Alberto… Alberto Fuentes. Pero es mi responsabilidad tener una entrevista con usted, charlar un momento y escuchar sus…

¿Mis motivos?— preguntó Alberto. ¿Cuáles cree usted que fueron mis motivos, doctor?

Yo sólo tengo que generar un reporte y darlo a la policía… Así que me gustaría…—afirmó el médico inspeccionando el expediente de Alberto.

¿Cree usted que soy un loco que va por ahí haciendo daño a la gente? ¿Cree que eso es lo que me mueve y que no pienso en otra cosa que causar dolor?… Pues se equivoca doctor -señaló Alberto.

Un breve silencio se hizo en la habitación. A lo lejos se escuchó el rechinar de unas llantas. Entonces Alberto cerró los ojos y se imaginó así mismo conduciendo de noche por una oscura carretera: hacía frío y el viento se colaba por el vidrio abierto. A su lado una mujer dormía plácidamente. Sintió su cabello suave y ella se movió ligeramente en el asiento. Él sonrió y acarició su pierna.

¿Está usted bien? – preguntó el doctor Cerón al ver una sonrisa en los labios de Alberto.
Él abrió los ojos: “Sí, sólo recordaba un momento que pasé al lado de mi esposa. Era bonita, altiva, emprendedora, siempre iba conmigo. Conocimos tantos lugares juntos y la pasamos tan bien”.
¿Dónde está ella en este momento? – interrogó el médico.

¿Acaso en mi expediente no dice que me abandonó, que se fue lejos y no quiso saber nada más de mí ni de este estado ni de nadie que ella conociera… ni de esa pinche colonia?

El médico negó. “Pues sí, vivíamos bien hasta que se fastidió de ese maldito lugar. Me pidió que nos fuéramos, pero no la escuché. Durante años me rogó porque nos fuéramos a vivir a otro estado… Pero… ”, Alberto bajó la cabeza. Volvió a cerrar los ojos vio a Blanca caminando por el pasillo aprisa con su maleta. Descendió rápido por la escalera y cerró sus oídos ante las súplicas de él y ante el insistente ruido que inundaba el edificio. Salió a la calle y paró el primer taxi que pasó.

Espero que usted no piense como ese policía idiota a quien le han dado lástima esa bola de pendejos. Se compadece de ellos. Es fácil sentir lástima por alguien cuando uno no lo conoce, te apiadas de él y dices: ‘Pobre hombre’. Pero cuando vives día a día casi a su lado, cuando cada noche escuchas su risa desquiciante como si disfrutara el malestar que te causa, cuando lo tienes que soportar no sólo él, sino a toda su prole, a sus amigos y a todos esos con los que llevas viviendo más de diez años… No es igual doctor, hay que conocer a la gente para en verdad opinar de ella y no decir nada más por un momentáneo sentimiento: ‘Pobre’”.

¿Crees tú que ellos merecían lo que les pasó? —volvió a interrogar el médico.
Alberto enfureció. Se incorporó y al hacerlo la silla cayó. Golpeó con sus puños la mesa y sus dientes produjeron un leve sonido. Tomó el sobre que aún yacía sobre el mueble y vacío su contenido. Más de veinte fotografías quedaron regadas. Las contempló con furia. Aportó una: “Sólo él me dolió. Él no debía estar ahí, era un buen muchacho. Le dije que fuera al supermercado por algunas cosas. Le di dinero de más para que jugara un rato en los maquinitas, pero la loca de su madre lo llamó por teléfono y lo hizo volver… seguramente lo amenazó con darle una de las tundas que le dejaban moretones en todo el cuerpo…. Toñito era un buen niño”, dijo él con la voz quebrada y una lágrima se deslizó por su rostro donde algunas arrugas ya comenzaban a despuntar. Sus ojos negros se fijaron en las ventanas y sus labios gruesos temblaron.

Usted piensa lo mismo que esos policías y que todos los demás. Piensa que soy un loco, un desquiciado a quien deben tener tras las rejas toda la vida. Pero si hubiera vivido ahí y si hubiera conocido a cada uno de ellos… créame, quizá hubiese hecho lo mismo que yo.

El silencio nuevamente se hizo. Él tomó la foto que había apartado y la estrechó fuertemente con su gran mano callosa.
Nadie merece eso – agregó el médico esperando una fuerte reacción de Alberto.

Éste lo contempló y sonrió ligeramente. Movió la cabeza y volvió a mirar hacia las estrechas ventanas. Después de unos minutos se acomodó en la silla. Volvió a ver todas y cada una de las fotos y comenzó a agruparlas: formó ocho hileras con ellas.
Él vivía en el primer piso. Abrió una cortina en una de sus habitaciones y le dio por poner un taller de hojalatería. Desde las diez de la mañana hasta los doce de la noche se escuchaba el constante golpeteo de los autos que él —aproximó otra foto a la primera— , un ladrón le llevaba una vez a la semana. El Loco, como le decían al ratero, robaba autos en las colonias cercanos. Pero hablemos primero de Fidencio, el hojalatero. Un día le llegó un auto con una gran mancha de sangre en el asiento, no preguntó qué había pasado ni nada: simplemente cambió el asiento por otro. Su esposa —acercó otra fotografía— la Lauris trabajaba de puta en una cantina cerca del metro Revolución. Dormía de día y taloneaba de noche, mientras su hija Lolita, cuidaba a sus cinco hermanos. Para que la niña no se saliera a la calle, la madre la amarraban al refrigerador. A veces Fidencio y la Lauris se iban de juerga desde el viernes y no regresaban hasta el domingo: los niños los cuidaba Lolita. Y cuando sus papás se desaparecían y no había qué darles de comer, la pobre niña iba a ayudar a doña Carmen en la verdulería o le barría a don Jacinto, el carnicero, para que le dieran algo para darle a la chamacadería. Trabajaba duro la niña y todo para que a sus hermanos no les faltara la comida, porque lo que ganaban sus papás se lo bebían sin dejar una sola gota. ¿Y los niños donde estaban ese día? —preguntó el médico.Su abuela se los había llevado. ¿Sabe por qué, doctor? Porque la Lauris salió una noche con Lolita, la niña iba muy arreglada con los labios pintados de rojo y una horrible minifalda. Las vi alejarse del edificio. Tres días después, cuando yo iba llegando de un viaje, la Lauris jalaba a la pobre niña, quien lloraba. Cuando bajé del camión la niña corrió hacia mí y me abrazó: yo le daba algo de comer para ella y sus hermanos cuando sus papás los dejaban, así que me tenía en estima. ¿Sabe qué me dijo? ‘Don Alberto, no deje que me lleven con esos hombres… ya no quiero que me sigan tocando, me duele todo el cuerpo’. Cuando la oí me dio rabia, la trepé al camión, le di mi teléfono y le dije: ‘¡Háblale a tu abuela!’. El Fidencio salió del taller y entonces discutí con él, primero por lo de la niña, después por abandonar a sus hijos y ya entrados en eso le dije que su ruido me tenía hasta el gorro, que no me dejaba dormir en el día, cuando tenía que viajar de noche y descasar con el sol.
¿Le hacían eso a su hija? ¿La policía no hizo nada? —casi gritó el psiquiatra.

No sé si los denunciaron, pero según estos oficiales —señaló con su rostro hacia la puerta— ese par de cabrones son las pobres víctimas… Pero déjeme terminar: la abuela llegó muy rápido. Primero asustada trató de averiguar qué pasaba, le dije que subiera a mi camión a hablar con la niña. Bajó poco después hecha una fiera y se abalanzó sobre la Lauris, la desgreñó en la calle. Le habló su otra hija y a los cinco minutos estaban más de seis mujeres dispuestas a terminar ahí mismo con la Lauris… Se llevaron a los niños y ya no supe de ellos. Escuché el rumor que la mujer se había cambiado de casa para que su hijo y su nuera no los encontraran. Lolita era una buena niña: inteligente, trabajadora. Pero su mamá quería que trabajara de lo misma qué ella. ¿Qué madre puede obligar a su hija a hacer eso?

Alberto guardó silencio. Contempló nuevamente las fotos y apartó cinco. El médico lo observaba: su piel quemada por el sol transpiraba sin parar, sus cejas pobladas se movían al hablar y su lengua humedecía una y otra vez sus labios. El psiquiatra miró las fotos de Lauris y su pareja. “¿Quiere un poco de agua?”— dijo el doctor. “Si me hace favor”, señaló Alberto demasiado tranquilo.

El médico se puso de pie y caminó hacia la puerta. La abrió y en el pasillo vio a los tres policías conversando: “Traigan dos botellas de agua, por favor”. Los policías se miraron. No muy convencido, Salazar se puso de pie y se encaminó a la habitación que servía de cuarto de trebejos y bodega. Regresó con dos botellas de agua. El doctor las tomó, cerró la puerta y ofreció una a Alberto. Éste la abrió y de un gran trago bebió la mitad. Suspiró.

Regresó a las cinco fotos que había reservado. “El Loco, como le dije, robaba autos y si alguien se resistía lo mataba. Lo que hacía, lo hacía de noche y en el día él, su esposa, Sonia y sus dos hijos se la pasaban viendo televisión o escuchando música… siempre a un volumen muy alto, tanto que se oía hasta mi departamento en el tercer piso. Un día les reclamé y la respuesta fue: ‘Estoy en mi casa y hago lo que quiero’. Hacían fiesta cada semana y se la seguían por dos días o más. En una ocasión encontré a Charli, el hijo mayor, haciendo sus cosas con un maricón en la azotea. Ni siquiera podías subir a tender la ropa porque o estaba Charli con más de uno o su hermano Quique inyectándose no sé qué cosa”.

Apartó las fotos y tomó cinco más.

La muy querida familia Avilés. La mujer y su hija mayor se me insinuaron una vez en la azotea, cada una por su lado. La madre de plano se quitó la blusa, no traía sostén. Como las rechacé comenzaron a decir que yo era un maricón y un día le pagaron a uno de ésos para que fuera a tocar a mi puerta. Cuando le abrí se desabrochó el abrigó que llevaba, estaba desnudo y me dejó ver su miembro erguido. Escuché la risa de las mujeres en la escalera. No le reclamé, no tenía caso. Ramiro, el papá, y su hijo Jaime iban cada mes a su pueblo de donde se traían un par de chamacas que llevaban a los burdeles para prostituirlas. No sin antes ‘probar el producto’, como ellos decían. La Alondra, la hermana menor, estaba loca. Cada día inventaba algo nuevo: que un maricón la había violado, que el carnicero la había manoseado, que Juan, el del cinco se había bañado a la fuerza con ella… y que su padre se metía a su cama cada noche. Además, inventaba un nuevo chisme al día. Todo el edificio se odiaba gracias a ella.

Alberto tomó otro trago de agua. Cerró los ojos y vio a su esposa Blanca sonriendo mientras bajaba del tráiler. Llevaba un vestido rojo que se ceñía muy bien a su talle y un moño sujetando su cabello. Recordó el viaje a Los Cabos. Él volvió a sonreír. Contempló nuevamente las fotos restantes: “Éstos, algunos golpeaban tanto a sus mujeres hasta que las dejaban sangrando en el piso, tiradas como animales. Pero ellas lo soportaban porque ‘por eso eran sus maridos’… Y las señoras abnegadas en el día hacían todo el ruido posible: nunca callaban el estéreo o el televisor, mientras sus esposos salían con sus amantes o se emborrachaban en las cantinas. A algunas de ellas les daba por ver todo el día la televisión y lavar en la noche haciendo un ruido terrible. Otras iban en el día de una puerta a otra inventado chismes y esparciendo su veneno… Carmen, era golpeada todos los días por su esposo, quien ya le había tirado los dientes y matado a un hijo que llevaba en el vientre. Armando, su esposo, mató a un chavo de una moto, sólo porque lo vio feo. El muerto, como le decíamos a ese borracho que se ocultaba de los aboneros, no trabajaba. Su esposa era quien salía todas las mañanas y llevaba el gasto a casa, mientras él se la pasaba inventado chismes, peor que la Alondra… Todos eran una bola de locos… Blanca estaba cansada de toda esa gente: no podía dormir de noche ni de día: el ruido era constante. Adelgazó mucho y se puso mal de los nervios, me pidió que nos fuéramos y no le hice caso… me dejó poco después”.

Alberto bajó la mirada y una sonrisa de desilusión se dibujó en su rostro. Una lágrima descendió, no por todos ellos, más bien por Blanca. Nuevamente contempló al doctor: “Pero, ¿aún cree que todos estos cabrones eran buenas personas?, por ellos mi esposa me dejó”.Siempre hay una solución para todo. Si todos tomáramos la justicia por nuestras propias manos el mundo sería un caos #&8212; señaló el médico.

¿Qué hubiera hecho usted, doctor? Imagine que llega cansado de trabajar, pues ha manejado más de 20 horas, le duele la cabeza porque la entrada a la ciudad es un caso y perdió dos horas atascado en el tráfico, tres patrullas lo pararon en un trayecto de treinta kilómetros y le quitaron parte de lo que había ganado en el viaje… lo único que quiere es llegar a su casa y descansar, pero el hojalatero tiene un ruido tremendo, el del 2 con la televisión a todo volumen, los del 4 escuchan su música ranchera, los del 3 las bandas del momento y la del cinco lava y lava mientras canta un viejo rock. Usted trata de dejar todo eso a un lado: se encierra en su departamento y no quiere pensar en ellos. Trata de pegar el ojo, pero no puede por el insistente ruido. Entonces, enciende el televisor, pero la mezcla de sonidos se escucha muy fuerte. Le sube a su televisión, de otra manera no puede escuchar lo que usted está viendo, y su vecino de al lado se molesta y le sube a un más a su aparato. Pareciera que sólo él tiene derecho a ver la televisión en el volumen que más le gusta, y usted tiene que aguantarse… La cabeza comienza a dolerle. Trata de evitar escuchar algo, pero es imposible. Uno de sus vecinos comienza a discutir con su esposa. Se escucha un fuerte golpe contra la pared y luego un azote de puerta: un niño empieza a llorar. La cabeza le duele más y le viene a la mente la sonrisa de su esposa, trata de dejar a un lado todo, pero continúa el ruido, los gritos, la música, la televisión, el hojalatero, los quejidos de los maricones y la imagen de su esposa se esfuma rápidamente. Mi cabeza está a punto de estallar. Salgo al pasillo y veo a Toñito, le pido de favor que vaya al súper y se tarde un poco… le doy dinero de sobra… Entro a mi cuarto, mi corazón late muy aprisa, no puedo detenerlo. El dolor de cabeza aumenta. El ruido no para, creo volverme loco. Abro el closet y saco el rifle que me heredó el abuelo. Lo cargo y me lleno las bolsas del pantalón de cartuchos. Salgo a la sala y creo ver a Blanca parada ahí. Me dice que no lo haga, pero los gritos del maricón comienzan a escucharse: todos suben la música. ‘Perdoname, pero ya no aguanto más’, le digo. Salgo al pasillo y bajo hasta el primer piso. El hojalatero entra al edificio abrazando a la Lauris: les disparo. Una a una las puertas de los departamentos se abren y yo sigo disparando sin detenerme… Los odio tanto… Cuando llego al último piso, la mamá de Toñito se asoma al pasillo asustada, tiene un ojo cerrado por los golpes y en su nariz aún hay sangre. Yo le apunto y cuando jalo el gatillo el niño sale y corre a hacia su madre. Cae muerto y ella comienza a gritar… Él no tenía que estar ahí, le dije que se fuera… No lo vi regresar… Corro y lo cargo, pero sus ojos ya no tienen brillo. La madre huye hacia la escalera, tomo el rifle y le doy dos disparos. Blanca me contempla triste desde la puerta de nuestro departamento, baja la vista y desaparece para siempre.

Las lágrimas inundan los ojos de Alberto, quien se lleva la mano al rostro: “Yo no quería hacerlo, pero ya no soporté más. Si ahora tengo que pagar algo que sea por Toñito, por quien lloro en este momento, el único bueno de toda esa basura que vivía en ese lugar… Y, aún sigue pensando en ellos como víctimas.”

7/VII/2011

María Celeste Vargas Martínez
Escritora y periodista mexicana (México, DF, 1976). Es licenciada en periodismo y comunicación colectiva por la UNAM. Es especialista en estudios sobre animación. Textos suyos han sido publicados en Ciberayllu, Ariadna, Destiempos, Remolinos y Caminos Abiertos, así como en la revista Visión Universitaria, entre otras.

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