Escuela_normal
Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético en la escuela

Alfredo Villegas Ortega


Soy un normalista

Para María Guadalupe Ortiz Martínez, mi compañera normalista de siempre

No voy a hacer una crónica precisa ni mucho menos erudita de lo que el normalismo representa para muchos y, por supuesto, para mí. La Escuela Nacional de Maestros (hoy Benemérita) me abrió sus puertas generosamente a mí y a muchos jóvenes de distintas procedencias geográficas. La mayor parte éramos de clase media–baja, otros de media–media. Hijos de obreros, empleados, comerciantes y algunos profesionistas, maestros, principalmente. Empezaban los años setenta. Teníamos entre quince y diecisiete años. Muy jóvenes para emprender una carrera que, en ese entonces, se cursaba en cuatro años, al término de la secundaria.

Venían compañeros de Guerrero, Oaxaca, Puebla, Hidalgo, Michoacán, Veracruz, Colima… Ingresar a la Escuela Nacional de Maestros era una conquista y una aspiración. Lo primero, por lo difícil que era entrar en una institución de tanta demanda La aspiración, era pasar a ser alguien en el escenario social. Yo, confieso, no lo tenía muy claro aún, pero muchos compañeros sabían – como me pasó más adelante- que ser maestro, y formado además en la Nacional de Maestros, representaba un orgullo y un compromiso. Esa aspiración representaba, además, en muchos casos, la posibilidad de una movilidad social y, en otros, la consolidación de una tradición. Hay muchas familias de maestros en México. Ese es mi caso. Desde mi bisabuelo paterno, mi abuelo, mi tía abuela, mi madre, mis hermanos. Por el lado paterno, mis tías y mi padre.

En la Escuela Nacional de Maestros aprendí muchas cosas. La Normal, me dio estructura. Me hizo responsable. No había de otra. Madurabas o madurabas. Te independizabas y te integrabas, al mismo tiempo, a la sociedad. Eras parte importante de ésta a los 19, 20 años.

En mi hermosa escuela, tuve maestros como Concepción López Rangel, Ema Godoy, Daniel Márquez Muro, Lucero Lozano, Palafox… Aprendía mientras crecía. Hacía locuras como muchos jóvenes a esa edad. Conocí mujeres hermosas, conocí el amor. Me hice de muchos compañeros y de imprescindibles amigos que hoy aún perduran.

Aprendía Lógica, Ética, Antropología, Historia de la Cultura, Matemáticas, Español, Geografía… Respiraba la juventud de cientos de amigos diariamente, en las aulas, los campos, el gimnasio, la alberca, la pista olímpica, los auditorios, la plaza cívica. En la Escuela Nacional de Maestros tuvimos un Director de una gran calidad humana que ayudaba a los compañeros de escasos recursos y que los auxiliaba aun en trances muy complicados, me refiero a Napoleón Villanueva Cruz.

Disputaba las yardas en el campo de entrenamiento de los Bulldogs de la Normal, lo mismo que sufría para encontrar el tiempo y el ritmo en las clases de Danza con el maestro Lalo o con la maestra Queta. Apoyamos los movimientos de las Normales rurales más por una fiebre juvenil y un sentido de solidaridad que por entender sus causas fundamentales. Jugamos tochito contra las vocacionales. Escuchábamos música. Muchos compañeros tocaban sones, huapangos o boleros con la guitarra y se sentía ese aire provinciano que muchos de ellos rescataban con orgullo. Otros, atrapados en los vientos sesenteros que aún soplaban, escuchábamos rocanrol. Eso no nos separaba. En lo profundo éramos, simplemente, normalistas.

Competíamos en atletismo lo mismo que en oratoria, teatro, composición, ajedrez, basquetbol y muchas cosas más. Fuimos a prácticas pedagógicas a diversas escuelas del Distrito Federal y aun de otros estados. Aprendimos enseñando, enseñamos aprendiendo… Nadie nos regaló nada. Somos hijos de un proyecto de más de cien años. Somos vástagos de Rafael Ramírez de la misma manera que de Ignacio Manuel Altamirano. Somos hijos de la vanguardia pedagógica de su momento. Somos fruto del esfuerzo y el compromiso con los niños y niñas de los barrios. Trabajamos en escuelas de todo tipo. Con muchas carencias pero con grandes expectativas de nuestra tarea. Creo que, en la mayoría de los casos, cumplimos. Fuimos aceptados con esperanza en las zonas más pobres, aunque, en otros casos, enfrentamos la incomprensión de alguna gente que, afortunadamente, se compensaba con las risas, las primeras letras, la resolución de problemas matemáticos y tantas cosas más, de los niños de las primarias en las que tuvimos la fortuna de trabajar y de seguir aprendiendo… ¿Quién puede decir que ser maestro es llegar a un pedestal y ver el mundo con soberbia? No, el magisterio es una tarea que se construye todos los días. Es la más humilde y la más generosa de las profesiones. Aun cuando ya no se tenga el nombramiento formal, el que es maestro en serio, lo es para siempre. El buen maestro es la oportunidad para muchos de aprender a pensar. La gran profesora es la extensión de la madre, por toda la bondad y conocimiento que brinda a sus estudiantes.

Cuando salí de la Nacional de Maestros, ingresé a la Escuela Normal Superior de México. Eso vendrá en otro artículo, porque tiene sus propios y profundos aprendizajes, también.

Mis compañeros normalistas de la Escuela Nacional de Maestros, pues, nos hicimos hombres y mujeres en cuatro años. Crecimos apresuradamente. La vida era muy respirable. Aprendimos que ser maestros es tan complicado como ser padres. Hay una enorme responsabilidad en la tarea. Moldeamos personas y, a querer o no, influimos en sus vidas. Nunca me he podido desprender de esa idea. Ni quiero. Ahora, con mis alumnos de la Normal Superior sigo sintiendo esa misma sensación de hace cuarenta años…Como maestro me debo a mis estudiantes. Esa es, parafraseando a José Emilio Pacheco, la patria inasible por la que daría la vida. Esa es una profunda razón que me mantiene vivo. Hay otras cosas hermosas que sólo un maestro puede entender. Esa sensación de nervio al entrar a la clase. Ese nervio que es el motor que enciende las sesiones y es capaz de transmitir emoción. Si no, no transmite uno nada. Eso sentía hace cuarenta años, eso mismo sigo sintiendo ahora, como si estuviera practicando con alumnos de primaria de aquel entonces. Eso mismo me dice, que aún no es tiempo de jubilarme. Soy capaz de sentir la emoción, soy capaz, entonces de seguir siendo maestro. Gracias, Escuela Nacional de Maestros.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

jesùs caballero. 30 de Enero de 2018 08:53

Alfredo, hoy tienes sesenta años, tienes cuarenta años de experiencia, de estudios de reflexiones, de ambiciones pedagógicas, quiero de decir que sesenta menos cuarenta son los nuevos veinte años de juventud profesional, así que ¡a disfrutarlos!

Alfredo Villegas. 30 de Enero de 2018 21:50

Gracias, maestro. Te mando un gran abrazo. Maestros como tú debieran ser el modelo a seguir. Un orgullo contar con tu amistad.

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