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Usos múltiples


Mercedes Perez Bergliaffa


Los retratos de Sábat

“Me pasé toda una vida dibujando caras. Ahora esto es una especie de decantación de todo lo que he visto”, comenta el artista y caricaturista Hermenegildo Sábat respecto de su exposición Borges y compañía, actualmente en la sala C del Centro Cultural Recoleta en Buenos Aires, Argentina. Presentando un universo de rostros complejo —todos anónimos aunque con algún que otro rasgo reconocible—, hay un solo personaje en la muestra que es identificado por el artista: el de Jorge Luis Borges, con quien Sábat mantuvo una larga relación. Con obras que son un cruce entre retrato, pintura y estrategias pertenecientes a la caricatura, llama la atención —en éstos y en todos los trabajos de Sábat— la recurrencia e intersección entre lo cómico, lo fantasioso, lo extravagante, lo pintoresco y hasta lo humorísticamente exagerado, en ese espacio escurridizo y flexible que se configura en lo grotesco como categoría estética.

El artista acentúa y vuelve visibles ciertos rasgos, la denuncia, la crítica y la reflexión, especialmente en el área conceptual que crea en sus pinturas-caricaturas. La propia caricatura —sobre todo aquélla desarrollada en el trabajo periodístico, en el que Sábat se desempeña magistralmente desde hace décadas en Clarín y antes en otros medios— es un tipo de representación que permite denunciar y satirizar el poder (algo que el dibujante y pintor ha hecho tantas veces y tan originalmente). Lo sabemos, Sábat es en el terreno de la caricatura política local protagonista fundamental.

Salvo en el caso de Borges, los rostros pintados por el artista en la exposición del Recoleta, no son reconocibles, no llevan nombre ni apellido. No denuncian. Pero suman y desdoblan infinidad de identidades y rostros almacenados a lo largo del tiempo en la memoria visual y simbólica de Sábat. Aquí, en esta exposición, hay placer por la pintura, hay diversión, hay conocimiento en el despliegue de astucias relacionadas con la comicidad —ejercida a través de la exageración, deformación, mezcla y extrañeza de los rasgos, por ejemplo— pero, a diferencia de las caricaturas con nombre y apellido dibujadas por el Sábat-periodista, no hay crítica determinada posible. Este de la exhibición es un espacio creativo: el periodismo está dejado de lado por un rato. Reina la pintura por sí misma y la creación sin objetivo específico, antes que la información. Hay otro denominador común en este conjunto de obras: todas son pinturas figurativas. Específicamente cabezas presentadas de frente. Seres humanos sin ningún tipo de decorado ni artíficios rodeándolos. Tiene sentido: Sábat conoce en profundidad el trabajo de Honoré Daumier, Florencio Molina Campos, George Grosz… Todo, en ellos, gira en torno a la persona como intriga y problema, a la humanidad.

Sin embargo, en algunas de las pinturas exhibidas en el Recoleta, los rasgos se deshacen, los rostros se desdibujan y el color y el gesto pasan a ser más importantes que lo que se está pintando. En esas ocasiones el artista muestra una manera potente y desprejuiciada del hacer: capas y capas de pintura, puntos, líneas, trazos, planos de color que juegan sobre las caras de los personajes anónimos. Son una galería de rostros, sí, pero también son un despliegue expresivo sobre el que no pesa la urgencia de la definición, la claridad, la crítica o el índice. Son, prácticamente, una excusa para pintar, tomando al ser humano como punto de partida. “Una línea, una zona de color, no es realmente importante porque registre lo que uno ha visto, sino por lo que le llevará a seguir viendo”, comentaba en cierta ocasión John Berger respecto a la pintura. En el caso de las obras de Sábat, ellas también son una invitación a observar a partir de ellas realidades y universos desconocidos.

La técnica usada define el ritmo del artista, el tiempo de realización: es óleo al agua. Con un proceso muy diferente al del óleo tradicional –cuyo tiempo de secado es mucho más largo y complejo–, el óleo al agua mantiene las mismas características en cuanto al espesor, el cuerpo de la pintura, pero con una celeridad que permite un tiempo de acción más rápido y flexible. Permite, a la vez, usarlo casi como un acrílico (es decir, dejándose marcar por el flujo del agua) pero con la densidad del óleo. Por lo que la amplitud de registros técnicos es grande. Se nota en los retratos, realizados en algunas de sus zonas con mucha materia y espesor, y en otras de las áreas con aguadas, chorreados, blancos. Con silencios.

Porque no todo en esta exposición es definible con palabras. Sábat huye de ellas y de los textos. Se expresa mejor con dibujos y pinturas. Quiere mantenerse en un campo donde los códigos son otros, distintos de los de los discursos textuales. Por eso, atravesar la galería de personajes del artista en la exposición, es recibir decenas de ojos que nos observan directamente al iris, cabezas todas rotadas de manera similar, rostros con poquísimas sonrisas. Y también planos llenos de puntos, rayas, líneas nerviosas cargadas de pintura y manchones azules que llenan los rasgos de las caras. Una carga emocional y pictórica, un sinfín de decisiones que se dirigen a crear una expresión.

Aunque como las palabras, las apariencias también pueden leerse. Y de entre todas ellas, el rostro humano debe de ser el que más intrigas, pliegues, zonas de enigma y revelaciones comprende. No es una decisión al azar la de pintar tantas caras. Ellas esconden y revelan mucho, a veces más de lo que uno querría.

Ver los personajes anónimos e imposibles de Sábat incita a situarse respecto a ellos, pero también a dejarse llevar por la cadencia de la pintura y del color.

Mercedes Perez Bergliaffa

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