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Sala de Maestros

Crónicas de un veterinario agradecido

Vicente Omar Benítez Ortega


El arenero

Ese día me levante más temprano de lo normal. Le di de comer a las vacas y verifique que los becerros habían comido adecuadamente, lave los bebederos y me puse a limpiar la biblioteca.

Estaba realizando mi servicio de titulación como médico veterinario en el rancho SAN FRANCISCO de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La responsabilidad en este lugar era colaborar en trabajos de investigación de tesis y apoyo en las labores al rancho. Al principio no me sentía a gusto pues los primeros meses realizaba labores “domesticas” como barrer, asear, y lavar patios, etc. Poco a poco los doctores encargados del lugar me fueron asignando labores más adecuadas con mi carrera y pude aplicar mis conocimientos en medicina y zootecnia de bovinos productores de carne.

Después de limpiar la biblioteca el doctor Eugenio encargado de la explotación me llamó y me dijo que si estaba interesado en realizar un trabajo especial, que consistía en adiestrar y educar un pequeño becerro de cinco meses de edad, el cual iba a ser exhibido y vendido en la feria de San Marcos, le pregunté cuales iban a ser mis actividades y labores con ese, animal. Él me explicó que tenía que programarle una dieta, pesarlo, tomarle medidas, vacunarlo, desparasitarlo y sobre todo entrenarlo, el animal tenía que estar listo para su exhibición en dicha feria en un periodo de ocho meses.

Con anterioridad había adquirido la experiencia de haber realizado actividades de entrenamiento y preparación en toros de exhibición, así que tome con gusto el caso, cuando conocí al becerro con el que iba a trabajar y leí su historial de nacimiento me enteré que había tenido problemas al parto y que la madre lo había rechazado por lo tanto era un becerro flaco, débil, con garrapatas y otros parásitos externos estaba siendo alimentado con sustitutos de leche para bobino, pues la leche materna le provocaba diarreas intermitentes, me di cuenta que ni siquiera nombre tenia los trabajadores lo llamaban el “Bofo” y ellos me explicaban que sería muy difícil que sobreviviera otros dos meses. Eugenio me había advertido que la preparación de este animal contaría mucho para mi calificación final así que me pidió que lo tomara muy enserio, pues de eso dependía el que yo me titulara.

En ese momento sentí un poco de desconfianza y creí que no estaba preparado para este caso, sin embargo, tomé la decisión de seguir adelante, al momento de pesarlo me percaté que estaba muy por debajo del peso para su edad, no sabía que desparasitaste darle al principio, pues en ese estado su sistema inmune era demasiado débil.

Pensé que lo primero que debía hacer era ponerle un nombre digno después de todo era mi carta de presentación se me ocurrieron varios adjetivos y no me decidía por uno de ellos, cuando lo encontré estaba cubierto por una capa intensa de polvo y arena, el color natural de él era blanco así que se me ocurrió ponerle “El Arenero” al fin y al cabo de ese color lo conocí.

No podía empezar a entrenarlo en esas condiciones así que decidí primeramente ponerlo en forma física, realice un estudio de sus heces (copro parasitoscopico) para identificar el tipo de parásitos que tenía. Prácticamente salió positivo a todo, realice también un hemograma que estudia el nivel de glóbulos blancos y rojos en la sangre, descubrí que tenía neumonía y entre en una preocupación intensa ¿cómo era posible que me hubieran dado la responsabilidad de un animal tan enfermo?, fui con el doctor Eugenio y le explique las condiciones en las que estaba El Arenero, y que si no podía ofrecerme otro becerro en mejor estado, él me dijo con voz severa:

—Eres médico o curandero se supone que ya tienes todos los conocimientos para sacar casos difíciles.

Me dijo, además, que este era en caso de la vida real no de un pizarrón que contaba yo con todos los elementos disponibles en el rancho para sacar adelante a ese becerro y que si no quería tomar el caso me asignaría otras funciones más simples. Lo tome como un reto y me dije que seguiría con el becerro aunque este muriera.

Con muchos trabajos logré desparasitarlo y quitarle las garrapatas que tenía en el cuerpo una por una, pase días y noches junto al arenero cuidándolo tapándolo y bajándole la fiebre por la neumonía, después de muchos sacrificios, el Arenero pudo salir delante de sus enfermedades, era una carrera contra el tiempo pues me costó curarlo y subirlo un poco de peso (alrededor de tres meses), así que tenía cinco meses para entrenarlo y adiéstralo para que estuviera listo en la feria de San Marcos.

Por esos días se desato una epidemia en el rancho que estaba matando a las cabras, cabe aclarar que esta era una explotación de ganado de carne bovino y caprino. El cual necesito de la atención de todos los médicos que ahí laborábamos, eso me quito mucho tiempo, la epidemia empezó a transmitirse a los bovinos también, yo tenía miedo de que mi becerro pudiera contagiarse, así que le fabrique un corral alejado de la producción , casi todo el día practicábamos necropsias de los animales muertos por la plaga y descuide mucho mi labor con el becerro, una mañana descubrí que Arenero tenia diarrea y no quería comer, en ese momento creí que ya estaba infectado, le realice exámenes de todo y el salía negativo aun así no podía quitarme la idea de que él hubiese adquirido la infección que estaba matando a la producción caprina, fue entonces cuando hice uso de tratamientos alternativos y empecé a administrarle medicina homeopática para fortalecer su sistema inmunitario, al principio el Arenero se puso más grave definitivamente dejo de comer y termino postrado en el corral no podía decirle a Eugenio o a otros doctores del rancho que me ayudaran pues sabía de antemano que no lo harían, seguí con la administración de medicina homeopática pues recordé que al inicio de los tratamientos los animales empeoran un poco y que tenía que tener paciencia, no perdí la fe y empecé a hidratar al becerro.

Su recuperación fue lenta y difícil. Con el tiempo logro recuperarse, la epidemia que había azotado al rancho se logró controlar y entonces tuve tiempo suficiente para dedicarme a la misión que me encomendaron, Arenero alcanzo un peso de 900 kilos y estaba completamente sano, en ese momento contaba con una edad de ocho meses y fue entonces cuando empezó su preparación de entrenamiento, al principio no fue tan difícil pues el animal se había acostumbrado a mi presencia y se dejaba manipular adecuadamente, con el tiempo empezó a ser un poco rebelde en sus sesiones de ejercicios pues sus hormonas se estaban desarrollando al máximo y ya no quería ser dominado, no recuerdo cuantas veces logro tirarme y patearme y además arrastrarme cuando lo lazaba, debieron haber sido como mil, incluso en una ocasión logro sujetarme fuertemente el brazo con su hocico, por fortuna estos animales carecen de dientes superiores y colmillos por lo que su mordida no fue tan severa, de otra forma y tomando en cuenta su peso me hubiera podido arrancar el brazo con facilidad.

Logro alcanzar un promedio aproximado de 1,200 kilos que es normal en ese tipo de raza denominado Belgian Blue.

Había llegado la hora de anillarlo, este es un procedimiento de rutina en toros de exhibición el cual consiste en colocar un anillo de cobre en la nariz para poder controlarlo, fue todo un triunfo lograr que Arenero entrara en la manga de manejo, este procedimiento consiste en hacer un orificio exactamente en medio de la nariz para después colocar el anillo de manejo debe de hacerse sin ningún tipo de anestesia así que tome un punzón y sin pensarlo lo atravesé de lado a lado, en ese momento se balanceo tan fuerte que creí que iba a destrozar la manga de manejo, mugió y pataleo como loco, no podía controlarlo, su cabeza pesaba alrededor de 200 kilos, así que si lograba zafarse podía aplastarme con ella, afortunadamente unos alumnos que estaban realizando sus guardias en el rancho pudieron ayudarme a controlarlo, tardamos como hora y media en poder anillarlo completamente, terminamos agotados, lo soltamos de la manga de manejo para que se relajara, al día siguiente fue casi imposible acercarse al pues estaba asustado y a la defensiva, con ayuda de estos alumnos pudimos lazarlo de nuevo, pero era tanta su rabia que rompió el lazo en dos ocasiones, no quería usar tranquilizantes en él , en primer lugar porque estos animales son muy susceptibles a cualquier tipo de anestésicos, además era muy difícil acercarse a él, tuvimos que seducirlo con un poco de alimento y ponerle una hembra en frente, con eso logramos tranquilizarlo y al fin pudimos lazarlo, uno de los alumnos, junto con su novia se interesaron mucho en la preparación de Arenero, así que decidieron ayudarme en su entrenamiento, desgraciadamente no podían ayudarme todos los días, solo los fines de semana.

Todos los sábados y domingos con la colaboración de ellos empecé el arduo trabajo para tranquilizarlo y acostumbrarlo a los ruidos de la feria poníamos música ranchera con ayuda de una grabadora, poníamos grabaciones de voces de niños, de hombres, de mujeres y eso nos ayudó bastante para acostumbrarlo, con ayuda de un bastón de dos metros y medio hacíamos que arenero caminara en círculos y lo bañaba diario para acostumbrarlo al contacto humano, poco a poco se fue haciendo dócil y manejable, después pasamos a realizar el corte de pezuñas, tuve que solicitar el apoyo de unos de los trabajadores del rancho para hacer este trabajo también fue una labor Titánica pues teníamos que recortarle y lijarle las pezuñas, debido a su gran peso tuve que aplicarle .3 mililitros de xilacina intravenosa con el riesgo de que el animal se callera, lo que hubiera provocado que no respirara bien y se ahogara, con este procedimiento fue un poco más fácil arreglarle las pezuñas y así evitamos que en un futuro adquiriera infecciones en sus patas.

Los muchachos que me ayudaban tenían muchas ganas de participar conmigo y me facilitaron todas la faenas, con el tiempo el arenero fue modificando su actitud para con nosotros, hasta parecía que nos aceptaba como miembros de su familia, cada día se acercaba más el tiempo de su exposición, le llegue a tomar gran afecto a mi Arenero, no quería que lo vendieran, aunque sabía que si ganaba el concurso lo utilizarían de semental pero ese gusto le iba a durar muy poco, al final sería sacrificado y vendida su carne para consumo humano, cuando llego el día de que el partiera el doctor Eugenio me pidió que lo acompañara cosa que no acepte, pues para mi hubiera sido muy impresionante que lo vendieran y se lo llevaran, la última vez que lo vi fue cuando lo subí personalmente al camión que lo llevaría a la feria de san marcos, lo abrace y le di un beso de despedida, deseándole que se cuidara mucho y que representara bien a la UNAM, semanas más tardes me entere que gano el primer lugar en la feria en su categoría y raza, lo iban a trasladar a Guadalajara para cruzarlo con hembras de su misma raza y concursarlo en otras ferias.

A lo largo de mi vida y hablando sinceramente me he encariñado con varios de mis pacientes y en esta lista el Arenero conserva un lugar especial.

Vicente Omar Benítez Ortega
Es médico veterinario zootecnista, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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