10jun1971
Deserciones

Afilar las garras al Puma

René Avilés Fabila


Nostalgias revolucionarias

El libro de Joel Ortega, El diez de junio ganó la calle, me dejó no pocas dudas y reavivó otras. Sobre el 68, tenemos que hallar una solución para evitar que siga siendo, lo que nunca fue, un símbolo de vandalismo entre jóvenes desesperados y poco informados. Otra preocupación es saber dónde está el libro que hace seguimiento a los líderes del 68, ¿dónde están, qué hicieron luego de la hermosa gesta? Recuerdo que algunos como Gilberto Guevara Niebla se acercó mucho al fuego y fue subsecretario de Educación Pública en la época en que gobernaba Ernesto Zedillo. ¿Todo el 68 se reduce a una noche brutal o fue un movimiento espectacularmente gozoso, con esperanzas de futuro, donde se cantó y sobre todo sirvió para la reflexión inteligente? ¿Por qué el memorial de la UNAM está basado en los lugares comunes del movimiento, más correctamente en sus mitos, alguno de ellos desenmascarados por el escritor Luis González de Alva? ¿Nosotros tampoco somos capaces de hacer una historia adecuada sin falsificaciones y seguimos el ejemplo oficial? ¿El PRD es la continuación del 68 y del 10 de junio por otros medios? Joel dice tajante que no. ¿Hemos hecho un balance responsable y no maniqueo de sus resultados históricos o sólo nos sirve para lamer nuestras heridas? En fin. Quizá el error esté en que los movimientos citados fueron cortados de tajo, quedan en la memoria revolucionaria colectiva, no se inscriben en ningún partido. Al contrario, son su antítesis.

Joel Ortega es un provocador nato con sentido del humor, un combatiente de tiempo completo, polemista infatigable, pero sobre todo, me percato con sus libros, es un nostálgico, como yo, y como muchos otros. En lo literario, Juan José Arreola se veía a sí mismo como un hombre nostálgico aún de lo que no había vivido en su juventud. Mi amigo y camarada piensa que todo 68 y todo 10 de junio fueron mejores. En buena medida tiene razón, fueron movimientos no sólo que ganaron la calle sino que mostraron nuevas rutas para intentar al menos mitigar el fortalecimiento de la contrarrevolución. La época en que ambos movimientos estudiantiles están inscritos es llamada por muchos la década prodigiosa, años en que había un excelente rock (Dylan, Beatles, Rolling Stones, Janis Joplin, Doors, Procol Harum, Hendrix…) y políticamente vivíamos subyugados por la presencia de la Revolución Cubana, la figura legendaria de Ernesto Guevara, la defensa valiente del pueblo de Vietnam, estimulados por los movimientos negros como el Black Panther y el Black Power y por un creciente proceso globalizador del bloque comunista. Más de un pensador agudo, Jean-Paul Sartre, entre ellos, suponían que los movimientos estudiantiles podrían ser la chispa que destara las revoluciones proletarias. Recuerdo haber presenciado un encuentro entre el filósofo francés y los obreros de la Renault. Los lenguajes eran distintos, por más que los propósitos fueran semejantes. En México, Joel, lo recuerda, no fueron grandes contingentes obreros los que se sumaron al movimiento estudiantil. Sin embargo, fue una década maravillosa, de libertad sexual, de buena música popular, de amplios debates y de un hermoso sentimiento de no vivir más en soledad. Éramos un chingo. Pero siempre faltó lo esencial, lo que José Revueltas precisó como un proletariado sin cabeza, es decir, sin partido que lo guiara.

No fui dirigente en el 68, lo fueron jóvenes capaces, bien orientados políticamente. Era un activista más en tránsito de estudiante a profesor universitario. Participé más como escritor que iba a las manifestaciones y a los mítines que a las reuniones para organizar las tácticas. Me recuerdo en el Zócalo, junto a José Revueltas, sentado en la horrenda plancha, escuchando a los jóvenes oradores. En la tarde del 2 de octubre, fui con Rosario, mi esposa, un camarada del Partido Comunista, una muchacha espartaquista y el hermano de José Agustín, Augusto Ramírez, un pintor notable, ya fallecido. Por allí me tope con Emmanuel Carballo y nadie más. Debo haber padecido una ceguera total, no vi a ninguno de los miles de escritores e intelectuales que ahora nos narran en afamados libros sus valerosas hazañas para frenar la maquinaria represiva ordenada por Díaz Ordaz y Echeverría. Poco después me fui con una beca francesa a París y en esa ciudad escribí y mi novela El gran solitario de Palacio, que a causa de la censura imperante no encontró editorial en México y tuvo que ser publicada en Buenos Aires, en 1971. No es un libro que se limita al 68, lo era, lo es, un recuento metafórico de un sistema aborrecible, un mural de México.

Mi relación con Joel Ortega es larga y viene del comunismo, ninguno estaba muy a gusto con la rigidez y la ortodoxia estalinista que pesaba sobre nosotros. Era un partido cuadriculado, cuyos dirigentes han terminado, no todos, claro está, en políticos exitosos que mantienen incólume el sistema que antes abominaron. Pienso en Amalia García o Pablo Gómez. Eso sí, ponen un parche aquí y otro allá, para mantener su prestigio canoso de izquierdistas. Joel escribe desde la distancia con el partido madre y padre de todos los existentes, el PRI. Sabe en consecuencia que no hay tres o cuatro o cinco partidos con sólida ideologías y programas agudos, sino un solo, dividido, casi como lo tenía Lázaro Cárdenas, en sectores. Al PRD le ha tocado el difícil papel de fingirse izquierdista. El PAN sigue en los suyo, en el conservadurismo prosaico, y el PRI se mantiene en el centro, en los ceros grados de la política. Joel Ortega, la terminología es suya, ha ido de trinchera en trinchera buscando la caída de partidos tradicionales o nuevos que huelen a viejo. El autoritarismo lo irrita, la revolución, el cambio, las calles, le atraen de modo natural. Pudo hacer, como tantos otros, una buena carrera burocrática al amparo de algunas de las siglas existentes y sigue en su misma postura, tercamente: en el papel de provocador nato, el agitador que disfruta los debates y se mueve bien en asambleas o mítines.

Su introducción al libro que hoy nos reúne anticipa que habrá opositores, la suya es una historia aguerrida y a veces desconcertante, polémica, pero correcta en cuanto a la apreciación de sus objetivos. Es más que una historia del 10 de junio, una obra autobiográfica, la de un personaje controvertido que mantiene los puntos establecidos en su libro El otro camino. Cuarenta y cinco años de trinchera en trinchera, eliminado de las vitrinas por el primer círculo panista. En síntesis, del prólogo a la cita final, el trabajo de Ortega es intenso y muy discutible, pero entendible si nos quedan claros sus propósitos libertarios y democráticos de nuevo cuño. Su intento es contribuir a una nueva sociedad. A veces es cáustico, severo, lo es con López Obrador, quien conduce al país a un “extravío ideológico”, con el PRD al que mira con profundo desdén: en su interior están los enemigos tradicionales: los priístas que se hicieron ex priistas pero que mantiene en la praxis una total congruencia con los principios añejos y decadentes del aparto que se cae a pedazos.

Joel Ortega no ve a la Revolución Mexicana del mismo modo que los políticos y los historiadores oficiales. Es una antigualla que jamás consideró en su legado el pensamiento avanzado de los Flores Magón y sí la brutalidad de Obregón y Calles. Para muchos de nosotros, en 1968 la Revolución estaba embalsamada.  Las calles las ganamos con fotografías del Che Guevara, de Marx, de Lenin, de Ho Chi-Min y nos obligaron a sustituirlas por las de los héroes revolucionarios de México. Hoy, a cien años de la gesta democrático-burguesa, como la calificara Jesús Silva Herzog, el bueno, está rediviva, como Lázaro, el bíblico, no Cárdenas. Todos la recuerdan con lágrimas en los ojos, desde los derechistas de Acción Nacional, que la odiaron en su infancia y juventud, hasta los perredistas que alguna vez pensaron en el internacionalismo proletario y en una sociedad sin clases. ¿Y el futuro? No existe porque venimos de un pasado confuso y atroz, al que Joel nos enfrenta. Qué demonios importa si la Revolución fue fallida, interrumpida o cortada de tajo por la nueva burguesía. Lo que cuenta es pensar en lo que viene, luchar por ello.

Mención especial demanda los párrafos donde Joel Ortega confronta a los grandes intelectuales mexicanos y su estrecha relación con Echeverría. Ambos están frente a un espejo. ¿Han olvidado el célebre avión de redilas, donde viajaron a Buenos Aires más de cien de ellos acompañándolo? A nuestros artistas plásticos, pensadores y escritores les encanta ser cooptados por el poder. Jugar el papel de orgánicos, no al modo de Gramsci sino al mexicano. No todos pueden ser José Revueltas o Juan de la Cabada. Carlos Fuentes y Fernando Benítez apoyaron la consiga “Echeverría o el fascismo”. Por cierto, ambos fueron embajadores. Benítez fue más lejos y escribió una larga entrevista apologética con Carlos Hank González. Para qué mencionar a Flores Olea o González Pedrero, ambos mis maestros en Ciencias Políticas, los dos me explicaron al Marx que hoy no existe, en el nicho que ocupaba el filósofo alemán hoy está López Obrador. Esto sin señalar que han pasado exitosamente por el PRI de Echeverría y el de Salinas. A cambio, las palabras de Joel se dulcifican cuando habla de los viejos luchadores de izquierda, los congruentes, los que no buscaron empleo ni poder, los que realmente pensaron en un cambio profundo. Mantuvieron al partido con sus cuotas y no lo usaron para medrar como a diario lo vemos hoy. Joel tiene clara la idea del papel eternamente crítico que debe interpretar el intelectual. Crítico del poder, al servicio de la sociedad.

Toda mi vida luché contra el PRI, hay hemerotecas para confirmarlo. ¿Por qué debo ahora aceptarlo a través de estridentes ex priistas disfrazados de izquierdistas como Manuel Camacho, Marcelo Ebrard, el propio López Obrador, Arturo Núñez y cientos más? ¿No nos damos cuenta quiénes son, qué pretenden? ¿Dónde quedó la memoria de los mexicanos? ¿Nos gusta vivir en el eterno desvarío? ¿Cuántos no creyeron en la “apertura democrática? Los miembros del antiguo MAP, hoy exitoso grupo llamado Nexos o nexos, no han dejado de triunfar en medio de esta confusión llamada México. Miguel Badillo, en un documentado reportaje publicado en El Universal, dio a conocer, la corrupción y los vínculos tortuosos de Aguilar Camín y los suyos con dineros proporcionados por Carlos Salinas y siguen siendo los dueños del mundo intelectual mexicano, aprovechando la ausencia de grandes figuras y nuestra ingenuidad o falta de acceso a los medios. O todo junto.

El mayor mérito del libro de Joel Ortega es el de una verdad audaz y ruidosa. No le importa arriesgarse una vez más. Joel se define a sí mismo, se ve como un provocador romántico, en las reuniones políticas actúa como pez en el agua, recuerda que los valores sociales le vienen de familia. Para él ha sido fundamental salir a las calles, ganarlas. Bueno, hoy están en manos de la corrupción generada en el DF por el PRD, en los ambulantes, en la mercancía pirata, en los delegados pillos sin recato, en las marchas de apoyo a sus socios, en las obras sin sentido social como los segundos pisos que únicamente benefician a los poseedores de automóviles y contribuyen a la proliferación de transporte particular. Su conclusión o mejor dicho, una de ellas, es que los “movimientos sociales fueron sustituidos por una partidocracia voraz y corrupta”. Si gana de nuevo el PRI es porque la población no quiere clones, busca desconcertado a los autores originales del desastre nacional, del sistema político ruinoso que le es útil a panistas y perredistas, con alteraciones mínimas.

Joel asume en la línea final una frase de Lilan Hellman, combativa escritora y leal compañera de Dashiel Hammet, escritor de soberbias novelas policiacas víctima del anticomunismo del senador McCarthy: “Vivimos un tiempo de canallas.” Por ello, la intentona de conquistar las calles del 10 de junio, para Ortega fue una postrera y dramática lucha revolucionaria real, no las payasadas que ahora vemos, manipuladas desde el poder.

La segunda y última parte del libro son anexos, documentos que Joel Ortega pensó necesarios para complementar la historia de la atrocidad de Echeverría. Me parece digno destacar la postura del desaparecido Partido Comunista y la renuncia de Enrique Herrera a su alto cargo en Gobernación, al enterarse de la nueva atrocidad priista.

?El diez de junio ganó la calle, libro de Joel Ortega, cumple con sus intenciones: reabre o abre una discusión necesaria: ¿para dónde marchamos, qué hace la izquierda y algo más importante, dónde está, no en la hueca palabrería de la dirigencia perredista? Esos son los temas políticos que deberían preocuparnos indica Joel. Él pone bases no para cobrar viejas cuentas, sino para saber qué hacemos con una partidocracia que está cerrándonos las puertas del futuro. ¿Las cosas se arreglarán tomando las calles?

6/VII/2011

René Avilés Fabila
René Avilés Fabila nació en la ciudad de México. Licenciado en Ciencias Políticas por la UNAM (México), realizó el postgrado en la Universidad de París, La Sorbonne. Es profesor de Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana. Tiene un largo historial periodístico y dirige su propia revista cultural: Universo de El Búho, publicación que reúne un número destacado de artistas plásticos, escritores y periodistas. Ha obtenido diversos reconocimientos, homenajes y premios literarios. Por su trabajo corno periodista cultural recibió, en 1991, el Premio Nacional de Periodismo que concede el gobierno de México. Es becario del Sistema Nacional de Creadores y miembro de la Société Européenne de Culture, con sede en Venecia, que presidió Norberto Bobbio. Entre sus publicaciones, destacan las novelas El gran solitario de Palacio, Tantadel, La canción de Odette y Réquiem por un suicida (editada en España). En Fantasías en carrusel y Todo el amor se hallan reunidas la mayoría de sus historias breves, en materia autobiográfica ha publicado tres obras de recuerdos: Memorias de un comunista. Maquinuscrito encontrado en un basurero, Recordanzas, Nuevas Recordanzas y El libro de mi madre. Recientemente publicó, dentro de la edición de sus Obras completas, dos títulos más: El reino vencido y El bosque de los prodigios.

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