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LA CLASE

La lección

Javier Reyes Ruiz

Comentario sobre el libro Ética y los derechos de las audiencias, coordinado por Rogelio del Prado Flores

Palabras pronunciadas por Javier Reyes en Feria Internacional del Libro, Guadalajara, Jalisco.: 28 de noviembre del 2016

Esta obra abreva en la noria ancha y onda de los medios masivos de comunicación, especialmente en la televisión. Pero lo hace desde una óptica no muy frecuente, pues se trepa en el balcón que la ética nos ofrece para observar la compleja madeja de la comunicación masiva.

Con un esqueleto sólido en su estructura general, pero con musculatura dispareja, el libro nos ofrece colaboraciones de excelente factura, afortunadamente la mayoría.

Hay una demanda que atraviesa toda la obra: la necesidad de contar con referentes teóricos, ya sea nuevos o rejuvenecidos, que nos permitan entender una realidad que hoy se escurre fácilmente de los cuerpos conceptuales con los que la abordamos. En tal sentido, el libro en algunos de sus capítulos explora propuestas que ponen en diálogo a las ciencias de la comunicación con enfoques provenientes de la filosofía, el derecho, la literatura, la mitología, pero especialmente la ética.

En esta presentación me referiré sólo a algunas ideas que me parecieron sustantivas y que cimientan, en mi opinión, el núcleo duro a la publicación.

En primer lugar se insiste en no morder el anzuelo de pensar los medios sólo desde la tecnología, aunque esta perspectiva sea por demás cautivadora en un momento en que cada día uno amanece con una aplicación o con un equipo obsoleto. La comunicación efectiva no depende de la tecnología, aunque la necesita, insiste en el prólogo Juan Carlos Suárez. Por tal razón, en la obra se enfatiza que no se trata sólo de resolver la brecha tecnológica y garantizar que todo mundo tenga acceso a los medios, sino que se construya una ciudadanía activa con capacidades intelectuales y valores éticos y políticos. Es decir, se reitera que lo esencial está en la dimensión humana que busca la conexión con los otros, más que en los sofisticados artilugios tecnológicos que nos ponen en contacto, pero no necesariamente en diálogo.

La introducción de Rogelio del Prado, que en realidad tiene el perfil de un primer capítulo, marca una pauta de reflexión que desafortunadamente no todos los demás autores siguen con la misma profundidad y perspicacia. Del Prado pasa los medios de comunicación por el cedazo de la ética y, desde ahí, señala la fuerte tensión que existe entre quienes entienden y usan la televisión para extender la indiferencia, la resignación ante la injusticia y el desinterés hacia los otros y quienes aspiran, por otro lado, a una ciudadanía que no sólo sea capaz de defender sus derechos como audiencia, sino también a participar activamente en los procesos de comunicación masiva.

En la historia de nuestro país, lo primero ha corrido en caballo de hacienda, pues no podemos dejar de reconocer que a pesar de ciertos latidos sociales esperanzadores, lo que predomina hoy es la indiferencia ciudadana ante el agobio de la realidad.

Por su parte, el estímulo a la participación enfrenta obstáculos estructurales, muchos de los cuales no sólo conocemos, sino que han sido y siguen siendo motivos de importantes investigaciones. Tales obstáculos tienen que ver con la concentración en la propiedad de los medios; los contubernios entre los concesionarios y el Estado mexicano; la visión mercantilizada que tienen los medios privados sobre la audiencias; las acciones desarticuladas que buscan generar contrapesos a las poderosas empresas mediáticas, entre otros.

En el capítulo sobre medioesferas y audiencias, del mismo coordinador del libro, hay una convincente exhortación al empleo de enfoques y categorías analíticas, como la medioesfera, que permitan abordar con más integralidad la interfase que se da entre la cultura y la tecnología. Es decir, Rogelio del Prado nos impulsa a un tipo de análisis que entrelace las mediaciones culturales y el soporte instrumental en el que se sostienen. Así, bajo esta propuesta teórica sería posible abordar de manera integral y compleja no sólo los procesos comunicativos que se dan en la modernidad, sino también las otras dimensiones con las cuales se construye las comunidades humanas y sus sentidos y proyectos de vida.

Por su parte, Miguel Ángel Agejas, entre sus varias propuestas, despliega una idea fuerza alrededor de la relación entre la ética, la creatividad y la virtud, buscando con ello que a la primera no se le restrinja a la esfera de las recetas o de las fórmulas mágicas para alcanzar el bien, sino más bien al reto de celebrar las cualidades y la belleza de todo cuanto hay de bueno en el mundo.

Marco Antonio Jiménez enfatiza un planteamiento por demás central y corrosivo: la libertad del ciudadano moderno está restringida a las opciones que nos ofrece tanto el poder establecido como el modo hegemónico de concebir la vida en un mundo globalizado. Así, la presunta libertad de votar, comprar un producto, seleccionar un programa de televisión o de radio se circunscribe a inclinarse por las opciones que el sistema ofrece, no por las que el ciudadano imagina, quiere o necesita.

Sin embargo, nos señala la paradoja de que la televisión a pesar de su alto nivel de enajenación, es un medio que ayuda a resistir la enajenante vida cotidiana y se ha convertido en parte de nuestra condición humana. Es decir, representa un escape, pero no sustituye a la vida real. Por lo tanto, no hay una reproducción mecánica entre lo que el telespectador mira en la televisión y lo que práctica en la realidad. Es ahí, en la capacidad de resignificar los mensajes, en las maneras personales de construir y derrumbar puentes entre el contenido televisivo y la vida real, donde puede asentarse el impulso a una ciudadanía crítica y activa. Una ciudadanía capaz de entretenerse pero sin tragarse píldoras que adormezcan sus aptitudes reflexivas.

En el capítulo IV, Alberto Ruiz, inicia señalando un cambio de contexto que ha hecho girar no sólo las investigaciones, sino también el sentido de la televisión. Se trata del surgimiento de las tecnologías digitales que tienen como características su portabilidad (pueden llevarse a cualquier lado), su personalización (responden al perfil individual de los usuarios), su deslocalización (no requieren un punto fijo para ser consumidos) y su nomadismo (favorecen la movilidad de los usuarios). Estos nuevos instrumentos interpelan y trastocan las características tradicionales de la televisión. Y aunque ésta siga siendo fuente de poder simbólico, cultural y de negocio, ya no es la misma que fue.

Sin embargo esta transformación de las herramientas comunicativas no debería generar una demanda social que se limite a que todo mundo tenga una computadora o un celular en la mano cargado de aplicaciones y abierto acceso a internet. En tal sentido, Alberto Ruiz, al igual que otros de los autores, pone énfasis en que la reforma en materia de telecomunicaciones impulsada en la presente administración federal, si bien propició aportes para el mejoramiento en el acceso a las tecnologías, dejó como gran pendiente la generación de mecanismos que permitan elevar la participación de las audiencias en los medios de comunicación; participación que actualmente es casi nula.
Tal planteamiento embona perfecto con lo que apunta en el capítulo 5 Carmen Fuente, en la línea de que es la educación o la alfabetización en medios, y no el acceso y la capacitación tecnológica, la que puede generar una ciudadanía empoderada que actúe críticamente en su interacción con los medios y, además, intervenga como actor social en la comunicación masiva. Lo cual no es fácil en una sociedad adormecida o que carece de claridad en sus objetivos.

Un capítulo por demás sugerente es el de Guillermo Lara, quien haciendo uso de la Ilíada, la filosofía y la mitología griega y el registro histórico de los espectáculos en el Imperio Romano, va generando un singular espejo que nos permite entender hoy en día mucho del sentido de la televisión. El autor aboga por la indispensable defensa del pensamiento reflexivo frente a una comunicación de masas, especialmente la televisiva, que es artificiosa, ficticia, cargada de apariencias y simulacros y que no contribuye a que los ciudadanos ejerciten una reflexión sistemática sobre las raíces del mundo. La realidad no se aprehende ni se comprende sólo con sensaciones, mucho menos con opiniones, enfatiza el autor, sino con la radical contemplación de la que sea capaz un espectador de distinguir entre lo real y lo aparente.

El libro vale la pena no sólo por su rico contenido, sino que también está salpicado de provocaciones: plantear que la televisión, por su alcance y penetración, se ha convertido en una dictadura perfecta; que el conocimiento erudito y crítico ha sido casi inútil como motor de las indispensables transformaciones sociales; que las comprobadas competencias empresariales de Azcárraga, Salinas Pliego y Slim deberían ser fortalecidas por el Estado para evitar que se lleven su dinero a otros países y parar la invasión de programas extranjeros; afirmar que la televisión impulsa una educación más efectiva porque no se centra en la memorización como hace la escuela tradicional, son algunos planteamientos que suben al lector al ring de la discusión reflexiva.

La obra nos muestra que en materia de análisis de la televisión, sin negar lo mucho que se ha hecho, existe todavía un paisaje con demasiados pendientes acumulados, por lo que necesitamos más investigaciones, más intercambios académicos, más riqueza teórica. Pero lo que no podemos asumir es la bandera de la derrota o la de la displicencia en el análisis.

Aunque, como señala Vicente Verdú, la televisión se ha constituido en una realidad que funciona siempre ajena a las críticas de los espectadores, impenetrable a las protestas, invariable ante los análisis pues posee su propio reino y su propia moral, pero ha perdido parte de su autonomía frente la nueva parafernalia tecnológica. A pesar de ello, los autores de esta obra no asumen una postura pesimista, pues como señala Lipovetsky, las visiones apocalípticas son demasiado fáciles. Más bien, predomina la crítica corrosiva y sin concesiones, pero siempre con el espíritu de la propuesta por delante.

Javier Reyes Ruiz
Tiene el grado de Doctor y es educador ambiental, todo terreno. Ha trabajado la promotoría ambiental en Organizaciones no gubernamentales. Actualmente es profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara en la Maestría en Educación Ambiental.

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