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LA CLASE


Antonio Soria


La amistad y sus ritos Luis Eduardo Aute en México

Han transcurrido más o menos treinta y tres años desde entonces: Aquel Amigo y yo íbamos en la línea 3 del Metro hablábamos de algo sin importancia y, en cierto momento, decidió compartir conmigo el hallazgo: había un cantautor —nosotros no, pero así solía decírseles en aquellos tiempos— llamado Luis Eduardo Aute, del cual en el México de entonces sólo se conocía “Rosas en el mar” —“voy buscando la razón/ de tanta falsedad/ la mentira es obsesión/ y falsa la verdad […] la libertad, la libertad/ derecho de la humanidad/ es más fácil encontrar/ rosas en el mar…”—, pero no cantada por él, y que tenía otras rolas con unas letras pocamadre, para decirlo con las palabras de Aquel Amigo, que de inmediato procedió ademostrarlo cantando, para que sólo yo escuchara, la que poco después sabría es la tercera pieza del álbum Rito: “A veces recuerdo tu imagen/ desnuda en la noche vacía/ tu cuerpo sin peso se abre/ y abrazo a mi propia mentira/ Así me reanuda la sangre/ tensando la carne dormida/ mis dedos aprietan, amantes/ un hondo compás de caricias/ Dentro me quemo por ti/ me vierto sin ti y nace un muerto/ Mi mano ahuyentó soledades/ tomando tu forma precisa/ la piel que te hice en el aire/ recibe un temblor de semilla/ Un quieto cansancio me esparce/ tu imagen se borra enseguida/ me llena una ausencia de hambre/ y un dulce calor de saliva.”

Cantó una o dos canciones más, que sólo acentuaron la hondura de una urgencia que se sentía como una herida: tenía que hacerme con Rito lo antes posible, y no pasó mucho para que poseyera todo lo que podía obtenerse de Aute, no en disco porque en las hoy transformadísimas discotecas ni siquiera sabían quién era él, sino en audiocassettes estrictamente piratas, con pésima calidad de reproducción y riesgosiempre latente de que la grabadora Sony o Sanyo de fayuca “se tragara” la cinta, acordeonándola o de plano haciéndola pedazos.

Del tianguis del Chopo, cuando aún se instalaba en la calle de la cual tomó su nombre, salí un sábado tras otro con Rito, Espuma, Veinticuatro canciones breves, Albanta, Diálogos de Rodrigo y Jimena, De par en par, Sarcófago, Alma y Babel, todos grabados entre finales de los años sesenta y a lo largo de los setenta, y a partir de ahí fue memorizar las letras, cantarlas a solas, agradecer —sin que esa palabra fuese necesaria— la elocuencia de Alguien que sabía decir aquellas cosas que uno con trabajos iba aprendiendo a sentir, hasta que un buen día de 1984, en los botaderos, entre los saldos de Discolandia —la versión sin ínfulas globalprimermundistas de lo que después serían Tower Records y MixUp—, apareció el elepé Cuerpo a cuerpo, que incluía el que años después fuera el único hit radiofónico de Aute en estos pagos y en su voz: hubo un tiempo en el que ningún herido de amor que se respetara dejaba de cantar “Sin tu latido”, con lágrimas incluidas y con o sin más o menos tragos entre pecho y espalda, porque a todos les tocaba lamentar qué terriblemente absurdo era estar vivo sin el alma de cierto cuerpo, sin su latido.

Casi veinte años antes de esa época, un Aute más volcado a la música que a la pintura y al cine —dos de sus otras pasiones artísticas— había dignificado la lírica popular amorosa con letras imposibles para otros compositores en boga, mexicanos y españoles, con versos como “mientras vibre cada noche/ entre lágrimas insomnes/ mientras llueva y nos mojemos/ como se mojan los besos/ mientras hieran las distancias/ con sus puntas afiladas/ mientras sólo nuestros cuerpos/ sean pasto para el tiempo/ mientras quepa en el silencio/ todo el ruido de los sueños/ mientras duelan todavía/ las penúltimas mentiras/ mientras callen las palabras/ para hacerse necesarias/ mientras tanto amando”, y “a ti, sueño desnudo, abierta tras la ventana/ a ti, mi flor primera de estío en la madrugada/ a ti, mi memorable cuerpo de arena y campanas/ a ti, mi adolescencia que vuelves en la distancia …” Con Serrat, infinitamente más conocido, Aute marcaba distancia tajante de la hispana invasión estúltica hipercursi de Mocedades, Sergios y Estívalis, Parchises, Enriques y Anas y otras memeces que mal combatían entre unos cuantos Patxi Andión, Miguel Ríos y, también apenas asomando en México, un Joaquín Sabina invariablemente acusado —de tanto en tanto con razón— de arjonismo craso.

Auteano más que convencido para entonces, a principios de los años noventa quise a mi vez compartir con Aquel Otro Amigo, ufano de melomanía y supuesto talento eropoético, el que Aute llamara su “álbum maldito”, titulado Templo —“podría incluso prescindir/ del intenso milagro que supone descifrar/ el sagrado perfume de los planetas/ pero nunca, nunca jamás/ del incienso que tu cuerpo despide/ al cabo de la carne comulgada”—, y debió pasar mucho tiempo para que yo comprendiera que la navaja de su ninguneo envidioso abrió entonces una fisura por donde aquella amistad comenzó a desaguarse hasta la resequedad absoluta.

Hubo sin embargo con quien compartir la voz y la esperanza más adelante, cuando fue posible bailar un slow with you tonight y, luego de estar mojándolo todo, decirle a Alguien “saquemos, mujer, fuerzas de flaqueza/ balas de belleza de la imaginación […] soñemos, mujer, para estar despiertos/ entre tantos muertos/ dispuestos a la acción”. Después, escéptico pero de cualquier manera obstinado como el propio Aute, dije y aún sostengo que “mi indecencia ya no admite/ tanta estrafalaria orgía/ de materia que confunde/ sueños con pornografía/ reduciendo la belleza/ a valor de mercancía.” Más de tres décadas auteando no se equivocaban: tiempo y distancia podían ser anuladas con sólo voltear el oído hacia donde sonara esa voz de cálida inteligencia.

Sucedió que Aquel Amigo, el de los viajes en Metro, los descubrimientos y alguna vez incluso la comunión tripartita, dejó de serlo por causas que nunca entendí o que prefiero seguir sin entender, pero aun sin el testimonio de la práctica, en cuya ausencia la amistad parece extinta, los diecisiete años que no he perdido y que pienso conservar hasta la tumba se saben y se sienten amigos de Aquel que me presentó a ese otro amigo que también andará por aquí hasta que nos alcance la mala muerte: el Aute que le diosilueta, volumen y textura a la sensibilidad de tantos que, como uno, andan sin mucho darse cuenta sumándole almas a la suya.

Antonio Soria

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