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LA CLASE

Educación Ambiental

Helio García Campos


Palabras ante el pleno del Quinto Coloquio de Estudiantes y Egresados de Programas Académicos de Educación Ambiental.

La distinción que mis maestros y amigos me hacen hoy, creadores de los primeros posgrados en educación ambiental, así como prolíficos promotores de los espacios más visibles y dinámicos que sobre el campo de la educación ambiental se realizan hoy en México, es muy significativa para mí; aparte de que suceda en el marco de este Quinto Coloquio, vale por las personas y el colegiado de quienes procede la distinción y frente a quienes se realiza.

Es muy oportuna también, porque en la Universidad Veracruzana, UV, donde colaboro actualmente, se ha identificado que, dentro de la estrategia general para la defensa frente el atropello de los gobernadores actual y pasado, del estado de Veracruz, contra la UV, —por adeudos mil millonarios, desvíos de recursos federales y reducciones presupuestales— no solo las marchas y movilizaciones sociales valen, sino el enarbolamiento de todo lo que se ha hecho, se hace y se sigue haciendo en condiciones de grave asedio y limitaciones, como sucede también a otras universidades. La estrategia de defensa de nuestra universidad se dirige también a la sociedad, donde en esta coyuntura se hace necesario mostrar que a pesar de las limitaciones los universitarios “damos más” y que aludir a los trabajos reconocidos y las distinciones que los universitarios recibimos, contribuye a enriquecer la discusión y los espacios para la defensa de la educación en general, y la universidad pública, ambas bajo amenaza en nuestro país.

Tomo por ello esta distinción como un motivo más para manifestar la lucha que los universitarios veracruzanos están dando en este grave momento. Como decía, la tomo por la oportunidad que representa para poder, como ahora, dirigir unas palabras y dar testimonio, además de sumarme a la convocatoria para prepararnos para cosas que se avecinan y que requerirán una lectura de las coyunturas, una preparación y un consenso claro acerca de las estrategias que como educadores deberemos asumir para estar presentes en ello.

Cuando en una ocasión Javier Reyes me propuso que yo fuera postulado para una de las categorías al Premio al Mérito Ecológico, que anualmente otorga la hoy fuertemente disminuida y devaluada SEMARNAT, no recuerdo si al declinar su amable propuesta se lo expresé con detalle. Pero era el año en el que ocurrió la primera muerte de un defensor ambientalista en Veracruz, Noé Vázquez, del “Colectivo Defensa Verde, Naturaleza para Siempre” de Amatlán de los Reyes, comunidad cercana a las ciudades de Córdoba y Orizaba, presuntamente asesinado por sicarios de la empresa que promueve la construcción de una hidroeléctrica en la cuenca del río Blanco. Una de las más de 112 hidroeléctricas proyectadas para construirse en el estado de Veracruz.

Pensaba yo que lo que hemos hecho desde la academia y también desde varias organizaciones civiles, en la lucha y la defensa ambiental, no tiene comparación con lo que están haciendo actualmente los defensores comunitarios del medio ambiente en nuestro país, ante los fuertes embates que no les dejan opción más que a encaminarse en luchas épicas, que sin proponérselo les conducen frecuentemente al martirio. Las muertes y encarcelamientos que suceden en México y otros países entre los defensores del medio ambiente, les coloca a la par que los defensores de los derechos humanos, los periodistas y luchadores sociales que se enfrentan sin otra alternativa, al estado, a las grandes, medianas y hasta pequeñas empresas que siguen promoviendo proyectos depredadores que profundizan la crisis socio-ecológica por vastas regiones del planeta.

Entonces, en esos años, me parecía que tan solo ser candidato a un premio por parte de la Secretaría que acababa de ser usurpada por el partido verde mexicano, sería una falta de sensibilidad mía. También porque ante la tragedia de nuestros ciudadanos mártires, valía más recogerse o contribuir a sus luchas, y no pretender recibir distinciones, me sentía de por sí incomodo ante la evidencia de lo que estaba pasando en México. El importante trabajo de nuestra colega Lorena Martínez publicado en el libro colectivo “Oye cómo va”, al que también hoy se ha hecho alusión en este Quinto Coloquio, me hizo constatar mejor las dimensiones de esa tragedia.

Hoy lo veo como una manifestación de a lo que Víctor Manuel Toledo se refería ayer, como la Conciencia Eco-política que es cada vez más evidente, a niveles comunitario, municipal, regional, nacional o planetario. Son reacciones casi siempre inmediatas frente a las amenazas contra el despojo, la irrupción en la vida cotidiana, en la subsistencia básica, lo mínimo que se tiene para vivir, para habitar, para SER, como individuos, familias y comunidades. Es algo mucho más profundo que solo perder calidad de vida, es la amenaza a la propia vida. Eso que no puede dejar de sentirse primero y luego pensarse, develando la crítica necesaria que permite un aprendizaje transformativo, un aprendizaje militante.

Lo que da lugar a una Acción Pedagógica Permanente, como lo nombra mi colega Oscar Espino de la Red Unidos por los Derechos Humanos de la región del Totonacapan en Veracruz —referente social que encabeza los procesos de información, de organización y de defensa frente al avance de los proyectos de la extracción del gas shale y del petróleo terciario por medio de las destructivas técnicas del fracking.

En procesos como ese y otros que organizaciones como LAVIDA, la Asamblea Veracruzana de Iniciativa y Defensa Ambiental, en muchas comunidades como Cherán, el Movimiento Mexicano de Afectados por las Presas y en Defensa de los Ríos, la Alianza Mexicana contra el fracking, el Movimiento Mesoamericano contra el Modelo extractivo Minero (4M) y muchas más, no deja de sorprenderme y admirarme cómo, frente a luchas tan fuertes, tan urgentes, cotidianas y crecientes, se hacen presentes las dimensiones, esperanzadora, combativa, espiritual y hasta lúdica, como parte de una resiliencia ontológica de la que dan testimonio los hoy tan indispensables actores y ciudadanos, maestros nuestros de lo que se puede hacer frente a tales amenazas.

Me atrevo a parafrasearnos, a mi tocayo Tonatiuh Ramírez y a mí: si hace unos años las redes de educadores ambientales constituían uno de los movimientos sociales ambientalistas más importantes de nuestro país, hoy los miembros de las comunidades y los participantes de los movimientos frente a la minería, las plantas hidroeléctricas y varias categorías de lo que son las más fuertes manifestaciones del extractivismo, vienen a ser los ámbitos donde se forman unas de las especies de educadores ambientales de mayor importancia, por los niveles de impacto que logran en sus propias comunidades y regiones, y no solo en ellas, sino en la ciudadanía más amplia, informando, organizando y movilizando, pero educando-transformando conciencias y movilizando voluntades en esa “acción pedagógica permanente” que se impulsa con perspectiva de crecimiento de la conciencia de la población.

Por eso, los educadores ambientales somos interpelados a identificar las maneras en que debemos ahora, aprender a tenerles en consideración y sumarnos a estos movimientos imprescindibles para darle actualidad, vigencia, contexto real, capacidad de indignación, de sensibilización, de concientización, de transformación y de pertinencia a la educación ambiental.

Aunque frecuentemente ellos, como muchas personas y académicos que se comprometen con la justicia ambiental, no se denominan a sí mismos “educadores ambientales”, es más que evidente que logran grandes procesos de transformación social, lo que siempre reivindicamos perseguir los autodenominados educadores ambientales. Por eso necesitamos asimilar de ellos cómo aprenden, cómo enseñan, cómo educan, cómo son los métodos que usan, de qué modelos de la educación tradicional o indígena o popular echan mano, cómo logran que el conocimiento que construyen se conecte con el sentimiento, la espiritualidad, la mística necesarias para oponerse y reafirmar sus vías para construir una vida buena— buen vivir, conocer sus testimonios a partir de los que podemos re-aprender y con los cuales, nuestros esfuerzos pueden servir más dinámicamente, como parte de procesos sociales activados.

Ahora nos viene bien, conocer o repasar lo que es necesario para contribuir a la construcción de esta nueva cultura socio-ecológica, conciencia eco-política, nueva corriente de pensamiento, o más bien, corriente de sentipensamiento, como dicen los habitantes afro-colombianos de territorios que también defienden de extractivismo amenazante.

Por tener la oportunidad de estar aquí hoy y de compartir estos sentipensares, gracias nuevamente queridos amigos y colegas.

Guadalajara, Jal. 17 de junio de 2016.

Helio García Campos
Reconocido investigador de Educación Ambiental, es director del Centro de EcoAlfabetización y diálogo de saberes de la Universidad Veracruzana.

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