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Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético del Sistema Educativo Nacional

Alfredo Villegas Ortega


Por una verdadera Reforma Educativa

Hace cuarenta años egresé de la Escuela Nacional de Maestros, hoy Benemérita, y empecé a dar clases en primarias. Más tarde, estudié en la Escuela Normal Superior de México, convirtiéndome en maestro de Educación Cívica en secundarias. He trabajado, aparte, en la Universidad Pedagógica Nacional ( UPN) y en la Normal Superior, y cursé la licenciatura en Filosofía en la UNAM y la maestría en Educación Ambiental en la UPN. Aunque, aparentemente, la filosofía es la carrera que estaría fuera del rango educativo, puedo afirmar que fue mucho lo que me ha servido para impartir clases, sobretodo en la Normal Superior y en la UPN, aunque también en secundarias,

Así, puedo decir que estoy capacitado teóricamente para ejercer mi profesión y que la experiencia acumulada en esos años, me dan la posibilidad de opinar, cuestionar y criticar, con bases, la mentada reforma educativa, que, como muchos, sostengo, que puede ser otra cosa, menos educativa.

Estar frente a un grupo de niños, adolescentes o adultos, tratar de convencer, modificar, transformar y promover aprendizajes, es algo que va más allá de resolver un examen o de mostrar ciertas evidencias que la autoridad exige. Ser maestro requiere una serie de habilidades, actitudes, compromisos y esfuerzos imposibles de medir con un instrumento. Podré resolver adecuadamente un examen para ingreso o permanencia en el servicio docente, ser idóneo en los rangos que establece la SEP y el INEE, y resultar un fracaso y, eventualmente, hasta un peligro paras los niños y jóvenes que me fuesen asignados para impartir clases. En efecto, ¿qué garantía tiene el gobierno y ante todo la sociedad, de que mi idoneidad institucional se corresponda con una práctica adecuada del magisterio? ¿Qué pasa, si al siguiente examen ya no resulto idóneo? ¿De qué dependió, de mis resultados como maestro o de no haber resuelto correctamente lo que se pidió en ese examen, regularmente plagado de interrogantes ajenas a lo que realmente sucede en las aulas, de lo que plantean los programas, de sus objetivos y que están muy lejos del deber ser del maestro? La respuesta es obvia. Los intereses detrás de todo ello, también.

De 1976 que egresé de la Escuela Nacional de Maestros, a la fecha acumulé experiencia en el magisterio. Durante esos años, nunca me tocó ver el despiadado ataque contra los maestros, como ocurre ahora. Si bien es cierto que padecimos reformas, planes, rectificaciones, cambios abruptos del rumbo educativo, secretarios de educación con escasa estatura para ocupar tan importante cargo, corrupción sindical, salarios magros, escuelas con infraestructura inadecuada o, incluso, sin la infraestructura necesaria para llamarse escuelas y un largo etcétera, había, al menos una imagen social del maestro, importante: la gente nos quería, veía en nosotros, sobre todo en los rumbos, entidades y localidades más desposeídas al profesional en quien depositaban la educación y, en ocasiones, las aspiraciones sociales , de sus hijos y de la familia entera, de la comunidad toda. El maestro valía no por su salario, su vestimenta o su condición social o étnica. El maestro valía por ser el maestro, por ser quien enseñaba a pensar, quien llevaba la letra, el conocimiento, la historia, los números, la geografía, las normas y que además, promovía la integración y era el artífice del cambio social. Al menos, había esa idea. Al menos, aun con autoridades distantes, autoritarias y con sus propios intereses, no había el embate furioso contra la labor magisterial, como ahora, en donde las nuevas autoridades se encargan de denostar la labor de miles de maestros, nos señalan, nos evalúan, nos despiden (al amparo de una legislación retrógrada) pisotean nuestros derechos, pagan denuestos a través de periodistas sin escrúpulos para exhibirnos como parias sociales, pústulas a las que hay que exterminar.

La reforma educativa que requiere el país, debe pasar por el consenso de expertos, imparciales, ajenos al poder; debe transitar, además, por la convocatoria amplia a los maestros, que son quienes conocen, padecen y enfrentan la realidad cotidianamente.

Una verdadera reforma educativa tendría que contener principios filosóficos que la orienten: no es posible pensar en una transformación, si ni siquiera se expresa cuál es el tipo de ciudadano que queremos.

Una reforma supone ir hacia adelante, no retroceder en el reloj de la historia; que para ser legitimada socialmente, debería plantear cambios estructurales profundos, así como la revisión de planes y programas, para de ahí, diseñar los que hoy requerimos, por expertos y maestros insignes, que se han ganado dicha distinción por su investigación, cátedra, resultados y prestigio institucional o reconocimiento comunitario. No por un examen tramposo.

Una reforma que nos quiera proyectar con rumbo y participación relevante en este tercer milenio, debe apoyar la investigación educativa en las instituciones de educación superior (incluidas de manera importante, las escuelas normales) para que dichos esfuerzos se traduzcan en beneficios concretos para los maestros de educación básica, media superior y superior.

Una verdadera reforma educativa debe cimentarse en el diálogo, el consenso y la aprobación social; una reforma educativa seria, debe considerar las terribles diferencias sociales en los distintos estados de la república.

Una reforma educativa coherente, empieza por equilibrar la asignación de recursos a los planteles, de manera que se establezca una equidad hasta hoy inexistente.

Una reforma inteligente, valora al eje operativo e intelectual de la educación, es decir, apoya, estimula y asigna salarios profesionales a los maestros; una reforma que se precie de serlo, otorga el presupuesto necesario a las escuelas normales y ve en éstas la importancia de su labor en la formación de los maestros y destina los recursos para que las escuelas estén en condiciones dignas y necesarias para su función.

Una Reforma Educativa contiene principios filosóficos que la orienten. Tal vez, en la que ha puesto en marcha el gobierno, los haya, en efecto, aunque me niego a aceptar que se denominen filosóficos. Hay una visión empresarial, clasista y oligárquica que ha decidido que las escuelas deben ser vistas como factorías, los directivos como capataces, los maestros como obreros y los estudiantes como producto. Cuánto dejan, qué se obtiene, cómo se mantiene inalterado el estatus de los gobernantes, cómo se producen seres competentes y acríticos, cómo se acaba con la disidencia, cómo se vulneran ‘legalmente’ los derechos de los trabajadores, cómo reproducir en el imaginario social la imagen del maestro flojo, desadaptado, violento, ignorante, sucio, “peligroso para nuestros niños”. Ese es su sustento, como puede verse, no muy filosófico que digamos.

Los principios filosóficos que orienten la reforma no podemos esperarlos de ellos, no, al menos, gratuitamente; hay que rescatar a la educación de los pillos incompetentes y sin estatura moral ni educativa; hay que denunciar, organizarse, resistir, manifestarse, proponer ideas en distintos foros, exigir que tomen en cuenta nuestras propuestas, abrirse a otras luchas que se dan en otros flancos, igualmente importantes. Hay que acabar con sectarismos y pensar, por ejemplo, en qué tipo de mexicanos deseamos, cuáles son las rutas pedagógicas adecuadas a los diferentes contextos de la nación, cuáles serían los ejes vertebradores de la política educativa, cuáles las condiciones, necesidades y responsabilidades que debe tener el estado y los maestros en una tarea tan importante. Así, con una orientación y principios filosóficos, podrá diseñarse una política educativa adecuada y la reforma podrá ser la que requerimos. No antes, no como lo plantea el poder ejecutivo avalado por un congreso miserable, que fueron quienes facciosamente iniciaron este terrible problema que nos aqueja, es decir, con la firma del denominado, pacto por México.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

jesús caballero. 04 de Julio de 2016 08:56

El concepto de Reforma ideológica, cultural,moral, procede la crisis del cristianismo romano en el Renacimiento, tan grave que obligó a los clérigos de distintas órdenes religiosas a una transformación radical en lo dogmático y lo litúrgico de la formalidad cristiana, a desconocer el poder de una iglesia que no servia a las comunidades cristianas , sino que se servía de ellas humillándolas, engañándolas, buscando incluso con la represión espiritual y la ferocidad inquisistorial. De la Reforma surgió otra expresíón religiosa:la libertad espiritual, frente al dogma directivo, leer la biblia individualmente ya era posible, la Imprenta permitió ediciones mayúsculas, la biblia ya no fue un tesoro oculto de las autoridades eclesíásticas, las libertades religiosas coincidieron con las libertades burguesas y con ellas se liquidó el orden feudal, surgieron los estados nacionales, los reyes tuvieron mas autoridad sobre su mundo religioso, las personas, los individuos tuvieron otra dignidad moral, la persona como sujeto de derechos religiosos , pasó a la conquista de los derechos políticos, la Ilustración siglos después concentró la nueva tesis de los derechos individuales del hombre para la vida política.La reforma educativa en México que vendrá o se incluye en una reforma política de alcances transformadoras o será otra reforma sexenal como las que hemos padecido de 1946 a la fecha que solo revelan la debilidad ideológica, intelectual de las clases en el poder que no saben por de llevar a la educación de un pueblo al que detestan, del que no quieren formar parte. Así que: debemos concentrarnos en la salvación del país, del pueblo, del estado mexicanos ylos educadores unidos a la sociedad ya estamos comprometidos en asumir el poder político y darnos la educación que queremos.

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