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LA CLASE

Tema del mes

Lydia Cacho


A las y los maestros que nos inspiran

Encuentro entre mis papeles una valiosa credencial con fotografía. No, no es mi primera credencial electoral, es la credencial del Centro Popular de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes. Corría 1971, yo tenía ocho años y tres hermanos y dos hermanas; mi madre decidió que la mejor manera de poner en buen uso mi personalidad hiperactiva y curiosa era con clases de arte. Mis padres entonces no podían pagar clases extras, para eso estaban las escuelas populares gratuitas, de calidad, en lugares públicos hermosos que daban la bienvenida a niñas y niños.

El profesor de pintura, cuyo nombre me es imposible recordar, era un hombre encantador. Recuerdo su voz, y la forma en que hablaba de los grandes pintores y pintoras. Una por una nos enseñó las técnicas y los materiales para que eligiéramos con cuál nos sentíamos cómodas. Pintábamos los patos, nuestras manos y pies, los árboles inmensos, los ojos de nuestros padres, el cielo, el lago de Chapultepec. Todo parecía posible, él nos hacía pensar que podríamos convertirnos en aquello que soñábamos.

Al profesor le pagaban una miseria (como a todos en la educación pública de este país), mi madre preparaba galletas y se las llevábamos en agradecimiento. No era solamente un maestro de arte; mientras nos enseñaba a formar figuras humanas con pequeños puntos de tinta china nos contaba historias fantásticas sobre el país, sus artistas y la clase obrera. Ahorré todos mis domingos durante meses para poder comprar un caballete que cargaba orgullosa como si fuese un amuleto para convertirme en artista.

El profesor llevaba libros de arte y nos los mostraba como quien revela el secreto mejor guardado de la historia. Un buen maestro o maestra sabe hacer sentir valiosas a sus alumnas, comprende el arte de transmitir el conocimiento. Él sabía que elegir esa profesión es una misión de vida, porque hacer sentir a un niño o niña que su vida, su inteligencia y sus habilidades importan y son valiosas para las demás personas es probablemente la tarea más importante para criar seres humanos sensibles y creativos. Lo aprendido desde la infancia nos permite explorar sensibilidades que más tarde se extienden a las personas, los animales y las cosas.

Lydia Cacho
Es defensora de los derechos humanos y periodista. El fragmento del texto Inspiración, que publicamos, es uno de los diez y ocho textos que la Editorial Destino, editara con el título de El México Indignado ( 2011), coordinado por Ricardo Raphael y Antonio Cervantes.

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