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LA CLASE

Tema del mes

Ricardo García Jaime


Placer sexual: la intimidad social

Introducción

Mucho se ha hecho para concebir al placer sexual como un asunto íntimo que transcurre entre dos personas cuyas historias se han cruzado por el amor, el deseo o la pasión o bien como esas actividades sexuales que se realizan con uno mismo, ocultas a la mirada del mundo. Sin embargo el placer sexual dista de ser encasillado en alguna de las manifestaciones anteriores y cada vez más, gracias a múltiples investigaciones, muestra una amplia faceta de participación social en sus definiciones y manifestaciones.

En este breve artículo se presenta el caso del placer sexual en las mujeres, intentando evidenciar la participación constante de sectores de la sociedad en la vivencia y expresión de esa experiencia “íntima e individual” llamada placer sexual reflexionando en torno la manera en que las cargas sociales interfieren con las vivencias eróticas y con la posibilidad de las mujeres para situarse como sujetos de placer.

El cuerpo como punto de partida

Los cuerpos contienen personas inmersas en comunidades autonormadas por valores, ideas e imaginarios. Los imaginarios también dan cuerpo a las personas constituyéndoles primero una realidad sexuada haciéndoles mujeres u hombres, para continuar después, durante toda su existencia, delimitándolos, moldeándolos y estructurándolos.

La simbolización de los cuerpos a partir de su diferencia anatómica, es decir su transformación en hombres o mujeres, es un proceso cultural producto de significaciones imaginarias, tradiciones, saberes científicos auto-representados diariamente los cuales se acumulan con el tiempo y se aprecian a través de ideas, discursos, relaciones interpersonales, prácticas de regulación y control social. Con este proceso de simbolización y constitución del género se construyen ideas del deber ser para mujeres y hombres, siendo el elemento fundamental para dicha transformación la interpretación de la anatomía, particularmente de los órganos reproductores, eso que hoy llamamos sexo y otras características fisiológicas tales como menstruar, gestar y amamantar.

Las ideas en torno a los cuerpos, nuestras ideas y prácticas si atendemos a los procesos colectivos compartidos, reflejan entramados sociales en un mayor grado del que inicialmente pudiera suponerse, por lo que resulta de gran importancia entender el revestimiento cultural impreso en los cuerpos pues nuestras acciones nunca son comportamientos “naturales” ni asuntos libres del imaginario y sus tradiciones culturales.

Cuerpos e imaginario social.

Estas significaciones simbólicas constituyen el imaginario social, en él se aglutinan ideas caprichosas del deber ser y mediante su arraigo, los cuerpos se transforman en individuos: “_Hombre, mujer, hoy son lo que son en virtud de las significaciones imaginarias sociales que los hacen ser eso. Estas significaciones son “imaginarias” porque están dadas por relación o invención, es decir, no corresponden a elementos estrictamente reales y son sociales porque sólo existen como objeto de participación de un ente colectivo o anónimo_.” 1

Desde el imaginario social se definen e introyectan roles sociales, conceptos y prototipos del ser. Mediante su uso se explican diferencias, se justifican inequidades y se mantienen ideologías de dominación. La función del universo de significaciones imaginarias sociales dice Castoriadis2 es dar sentido a los actos humanos y establecer sus parámetros estéticos, funcionales y morales. Se puede afirmar que es a través del filtro del imaginario como se inventa la realidad y se modelan los deseos de las personas.

Las significaciones imaginarias se articulan a través de recursos dirigidos a estructuras macrosociales como a subjetivas, logrando la adecuación de deseos, emociones, sentimientos y voluntades al poder socialmente instituido. Su transmisión se da a través de enunciados, normativas, reglas, sanciones o mediante prácticas extradiscursivas, como rituales y soportes mitológicos.

Este acomodo simbólico de la vida cotidiana acontece en la mayoría de los casos velado para las personas, así aceptación, naturalización, repetición, acompañan el devenir cotidiano. Incluso para quienes pretendemos analizar la organización social resulta una labor compleja pues se trata de asuntos milenariamente arraigados, vistos normales pese a sus contradicciones, multiplicados con apenas algunos cuestionamientos.

Una forma de dar cuenta del imaginario social, sus representaciones simbólicas y las interacciones es a través de los mitos. Los mitos son producciones colectivas orientadas a explicar la realidad en función de formulaciones previas incuestionables. No existen sociedades sin mitos, ni mitos inmutables al paso del tiempo; son continuamente reelaborados para ajustarse a los intereses sociales y acotar los deseos y anhelos individuales a los fines socialmente legitimados.

Mitos en torno al placer sexual de las mujeres

Las significaciones imaginarias a través de los mitos, juegan importantes posiciones no sólo para mantener jerarquías sino también para construir las posibilidades de disfrute sexual de las personas. Con estas significaciones mujeres y hombres han imaginado su lugar en el placer, considerando a las primeras “más como acompañante que protagonista en el encuentro sexual (…) esencia femenina, más madre que mujer, más objeto que sujeto erótico, más pasiva que activa, más partenaire que protagonista”.3

Los mitos en torno al placer sexual están estructurados en torno a la oposición binaria hombre-mujer, a la división de roles sexuales y a la pasivización del erotismo de las mujeres. En la historia cuatro mitos han configurado el cuerpo, la subjetividad y el imaginario del placer sexual de las mujeres, a continuación se presenta cada uno.

La mujer de naturaleza sexual irrefrenable

Una referencia constante en las culturas griega, romana, hebrea, cristiana, ilustrada o contemporánea, ha sido el supuesto interés de las mujeres por participar desmedidamente en actividades sexuales, eróticas o coitales.

Galeno, Aristóteles, Avicenna e Hipócrates, afirmaban que el cuerpo de las mujeres contaba con una capacidad de goce ilimitada debido al menos a cuatro factores: a su exceso de humedad, a tener clítoris, a recibir el semen masculino y a emitir su propio semen. Avicenna creía que si no eran saciadas mediante el coito podían recurrir a frotarse con otra mujer para satisfacer su frenético deseo, por lo que fue común amarrar y encerrar a las jóvenes advirtiendo que de no hacerlo, se corría el riesgo de su escape buscando parejas para copular hasta saciarse. La frase lassata sed non satiata “cansada más no satisfecha” o la idea de que las mujeres eran la únicas hembras deseosas de relaciones sexuales después de la fecundación y durante el embarazo, ilustran tales suposiciones.

Durante la edad media también se consideró irrefrenable la capacidad de entrega a los placeres sexuales de las mujeres, floreciendo los esfuerzos por controlar cualquier situación relacionada con sus órganos sexuales a través de la culpa y castigo corporal. Cada vez con mayor notoriedad se vigilaba su ingesta de alimentos y bebidas pues su exceso las llevaría a la lujuria. Se cuidaban sus fantasías, a las que podían dedicarse por horas, encomendándoles actividades como tejer, coser o bordar, ocupando sus manos y frenando sus desatinados pensamientos. Simultáneamente introdujeron cambios en su forma de vestir, maquillarse, caminar, reír y llorar; la meta fue erradicar de sus mentes cualquier tipo de deseo sexual, presentando la castidad como símbolo de su transformación espiritual. No obstante continuaron considerándolas lujuriosas, objetos y sujetos de pecado.

Más cercano a nuestro tiempo la imagen de “mujer sin freno” fue transformada en la ninfómana de los primeros escritos sexológicos, hoy extinta según las nuevas clasificaciones de esta disciplina, pero presente en el imaginario como figura ambivalente desencadenante de atracción y fascinación, temor o rechazo.

La mujer peligrosa para los hombres

Por su cuerpo, las mujeres fueron alejadas de funciones políticas, militares y del ejercicio de derechos. Su consideración riesgosa las convertía en personas poco confiables, envidiosas, al acecho del poder ostentado por los hombres. En la literatura judeo-cristiana, por ejemplo, la mujer fue asociada con tentación y traición, casi siempre en detrimento de los hombres. La fuente del peligro se derivaba de su “naturaleza”, dominada por el influjo de sus órganos sexuales, siendo todo su cuerpo una fuente del mal: su mirada provocadora, su palabra, intrigante, desmedida, malintencionada, su apariencia física, su poder de seducción.

La amenaza ostentada por las mujeres no devenía sólo de su juventud, mujeres mayores particularmente viudas, constituyeron otra inquietante efigie de peligro social no por su atractivo, sino por su conocimiento y experiencia. Se decía de ellas que, sin el control del marido, podían dedicar horas a la charlatanería, al ocio, incluso a los placeres sexuales. Se les identificaba también con la hechicería, de ellas deviene la imagen de vieja bruja o la figura de celestina; hacia ellas también se dirigieron importantes maniobras de control: “Allí donde no alcanzan el hombre ni el diablo, allí puede llegar la vieja” argumentaban. 4

La mujer bella

La asociación mujer-belleza se ha relacionado con la creación del estado y las clases sociales. Al estratificarse las sociedades, las mujeres ricas dispusieron de recursos para el cuidado del cuerpo así como de espacios para mostrar su belleza, en tanto que las menos favorecidas económicamente buscaron asemejar sus estilos de vida, extendiéndose el ideal de belleza hacia todos los niveles sociales.

La belleza como atributo de las mujeres fue considerado uno de sus atributos más reconocidos, enalteciéndose tanto en opiniones comunes como en científicas, sin embargo dicho cambio no les otorgó una posición social distinta. Entre lo dicho y lo hecho mediaba una gran distancia, “se hallaba subordinada al hombre, era el quién la pensaba, se le definía en relación con él; no era nada más que lo que el hombre quería que fuese. Los himnos a la belleza sólo exaltaban a una mujer ficticia. El bello sexo supone la continuación del dominio masculino y de la negación de la mujer”.5

La supuesta transformación reforzó estrategias de subordinación pues en lo subsecuente la exigencia de belleza, ya por el moldeamiento corporal, rasgos de comportamiento, color de piel, vestimenta o accesorios serían deberes insalvables. No es erróneo afirmar que con la regulación de la apariencia física las mujeres fueron reconvertidas en objeto para otros iniciándose una interminable formulación de normas estéticas tendientes a mantener la imagen de seres pasivos y frágiles.

La mujer madre – esposa – ama de casa

Con la consolidación de la burguesía durante los siglos XVII y XVIII se operaron importantes cambios en las relaciones entre mujeres y hombres creándose uno de los mitos más poderosos: la mujer-madre. El prototipo de vida burgués difundió dos figuras: el varón civilizado, encargado de los negocios, jefe, proveedor de su hogar y la mujer entregada a labores domésticas, maternidad y al cuidado del esposo.

Desde distintos frentes, incluido el científico se sostenía el ejercicio de la maternidad, cuidado de los hijos y renuncia a actividades remuneradas como medio para la realización de las mujeres. El cumplimiento del rol se consideró un indicador nato indicador del ser mujer, por lo que cualquier trabajo fuera del hogar se interpretó amenazante de la estabilidad familiar.

Como suele ocurrir con los mitos, los nuevos arreglos familiares no destruyeron las bases de los pactos matrimoniales de épocas precedentes. Virginidad, exclusividad sexual, débito conyugal, dependencia económica, heterosexualidad, exigencia reproductiva y doble moral sexual se heredaron a la moderna pareja, revestidos por el amor romántico.

El modelo familiar burgués difundió también un estilo de interacción sexual sujeto a vinculaciones monogámicas, heterosexuales, coitales y reproductivas, proscribiendo el uso de métodos anticonceptivos y el aborto. Impulsó también una doble naturaleza en los asuntos del placer; la de los hombres, fuerte e incontrolable en oposición a la de las mujeres, débil y dócil: “lo natural en el hombre es gozar de su sexualidad, lo natural en la mujer es procrear”.6

En este nuevo modelo, los médicos jugaron un papel especial pues sostenían que las mujeres eran personas puras, sexualmente desinteresadas, desapasionadas, sin impulsos sexuales, interpretando cualquier traza de interés sexual como resultante de alguna patología. Muchos representantes de esta profesión consideraban calumniante la suposición de sensaciones sexuales en las mujeres, afirmando que sus motivaciones se orientaban hacia los hijos y las actividades domésticas. En lo sexual decían, únicamente buscaban la gratificación de su esposo dejando para ellas la satisfacción de ser madres7, algunos incluso se encargaron de hacer realidad sus opiniones mediante la realización de “cirugías curativas”: histerectomía, clitoridectomía o cauterización del clítoris, convirtiéndolas en prácticas comunes en esa época:

Las disertaciones médicas reciclaron significaciones imaginarias preexistentes, concretando la patologización y pasivización del erotismo de las mujeres, instrumentando estrategias, como las cirugías antes mencionadas, para controlar su acceso al placer. Así, la mujer madre se convertiría en la antítesis de la mujer que se entrega desmedidamente al placer, sea ocasional o reiteradamente. La dimensión erótica no tendría cabida en ella, su vida, intereses, motivaciones y realizaciones llegan a través de otros: hijos, marido.

Desde esa época y con la aparición de nuevas áreas del conocimiento, como la sexología, el psicoanálisis y la psiquiatría, continuaría una etapa de disertaciones con respecto al placer sexual de las mujeres, ocupando el orgasmo un lugar central. Algunas de las nuevas propuestas validarían el placer de las mujeres sólo en ciertas circunstancias (con la penetración vaginal), patologizándo otras de sus expresiones (masturbación, etc.).

En el siglo XX los discursos del placer sexual encontraron su cúspide, mostrándolo como ideal, componente de felicidad e incluso indicador de salud mental. Más que en ninguna época el placer sexual, entendido como orgasmo fue alentado y promovido. Poco a poco el orgasmo se considera como una obligación y su ausencia como una enfermedad, asuntos problemáticos si no se contempla que su vivencia, desde la estructuración del deseo, la erotización del cuerpo, la valoración de distintas actividades sexuales y la decisión de concluirlas o no con orgasmos, resultan no sólo de estimulación sexual efectiva sino de disposiciones sociales derivadas de la generización de los cuerpos.

El placer sexual, entonces, se aprecia como producto social, manufacturado por disposiciones imaginarias y de género, apreciadas en prácticas discursivas, entrenamientos pedagógicos, médicos, psicológicos y sexológicos, por citar sólo algunas de sus tecnologías. No es entonces un asunto de uno o de dos.

1 Ana Ma. Fernández. La mujer de la ilusión, 1998.

2 Cornelius Castoriadis. La institución imaginaria de la sociedad, 1989.

3 Ana María Fernández. op. Cit.

4 Carla Casagrande. La mujer custodiada, 2001.

5 Lipovetsky, La tercera mujer, 1997

6 Graciela Hierro. Ética y sexualidad, 1994.

7 Gilbert Tordjman. La frigidez femenina –y cómo tratarla-, 1977

Ricardo García Jaime
Psicólogo, Terapeuta sexual, Maestro en estudios de la mujer. Profesor en la Universidad Pedagógica Nacional Unidad Azcapotzalco

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