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LA CLASE


Alfredo Villegas Ortega


Belleza y compromiso magisterial.

No hay profesión más hermosa que la de maestro. Sí, supongo que eso pensarán los médicos, los músicos, los escritores, los escultores, los arquitectos, los pintores. Si observan, salvo la medicina, me refiero a las artes. Y es que el maestro debe ser un artista capaz de crear y cautivar a la gente que tiene frente a sí o frente a su obra. Un maestro incapaz de producir sensaciones, es como una máquina que transmite información pero que difícilmente encanta y proyecta a sus alumnos más allá de lo que demanda una clase o el cumplimiento de un programa.

El maestro, además de ser una especie de artista debe tener sensibilidad social pues sin ésta sería incapaz de reconocerse con la gente a la que se debe, sean niños, adolescentes o adultos. El maestro al pararse en un aula, debe sentir que está en un espejo y notar cómo se transforma, día a día, él mismo y como esa transformación ocurre en sus estudiantes. Leer la realidad social es parte de su tarea, promover cambios en las actitudes y compromiso en sus alumnos es una tarea ineludible. Mostrar que es posible acceder a estadios sociales mejores; que la superación, el esfuerzo individual y el trabajo en equipo nos pueden hacer mejores. Que hay una obligación moral de participar, criticar, exigir, actuar, comprometerse y proponer alternativas para vivir mejor.

Todo buen maestro debe ser un ejemplo positivo para sus alumnos. Al hacerlo – sin importar cuál sea su especialidad, asignatura o nivel en el que se desempeñe-, estará dando lecciones de ética. Y ésta debe traducirse en actos en los que la acción libre sea el principio para asumir responsablemente las consecuencias de sus actos.

Un buen maestro, además, debe enseñar a sus alumnos a pensar. No es que antes los estudiantes no lo hagan, si no estaríamos hablando no sé de qué cosa. Me explico: en ocasiones las escuelas son instituciones en los que se privilegia la memoria y poco espacio hay para inferir, deducir, imaginar, cuestionar, dudar o poner en tela de juicio aquello que se cree es verdad inapelable porque aparece en un texto o porque así lo dice el profesor. Aun en las ciencias duras, cuyos postulados tienen una base irrefutable, en tanto no aparezca un nuevo paradigma que los reemplace, debe haber imaginación en el maestro y que ésta sea una de las llaves para que sus estudiantes se atrevan a ir más allá de la mera resolución de problemas determinados. ¿Acaso no las grandes revoluciones científicas, como planteó Kuhn, surgieron cuando los paradigmas vigentes fueron incapaces de resolver problemas concretos? ¿No acaso, esto supone que dichas verdades irrefutables, lo fueron hasta que llegó dicha revolución científica y se instauró el nuevo paradigma? ¿No suponía, ello, una actitud de duda, investigación, propuesta, imaginación y puesta a prueba de diversos intentos hasta lograr resolver las carencias del viejo paradigma e instaurar uno nuevo? Enseñar a pensar, a utilizar esa fabulosa maquinaria llamada cerebro, que poseemos, pues, empieza por mostrarles a los alumnos que si aun las verdades científicas son sujetas a un flujo dialéctico, cuantimás nuestras posibilidades por entender la realidad social desde una posición abierta a la reflexión, la transformación constante y el estudio permanente.

El maestro debe ser, por otra parte, capaz de entender las diferencias. El mundo en el que vivimos, es un espacio lleno de contradicciones, culturas, saberes, tradiciones. Hay un pasado compartido y un presente incierto. Hay un pasado glorioso y un pasado ignominioso. Hay conquistas y afrentas. Hay riqueza desbordada y miseria intolerable. Hay derechos humanos universales y gobiernos incapaces de respetarlos. Hay una gran cantidad de conocimientos y una masa enorme de gente sin acceso a ellos. Es decir, el mundo está marcado por la diferencia. Esa diferencia, a veces, se refiere a las formas de pensar, de sentir, de creer, de elegir. Esa diferencia, entonces, debe entenderse como un ejercicio de tolerancia, sin connotaciones de soportar sino de aceptar y promover el derecho de las personas a elegir la vida que quieran vivir, aunque, desde luego, pensando en que no todos están en esa condición y tienen que vivir como siervos en pleno siglo XXI.

En síntesis, la tarea del maestro demanda una gran responsabilidad y compromiso. Debe conocer a fondo su tema y saber de otros campos para contextualizar, entender, promover, recrear, dar espacio a la creatividad, la imaginación, el razonamiento. Debe entender que su tarea sirve de muy poco, si no se compenetra en la realidad concreta de ese microcosmos llamado aula. Que si hoy tenemos una sociedad de la información y el conocimiento, es fruto del esfuerzo de muchas generaciones, pero que no basta con ocupar los medios si los espacios de clase no se convierten en espacios de socialización de los saberes, en los que el maestro, contra lo que se dice en muchos lados, sigue siendo una figura insustituible. Y todo ello, aunque sea pesado, es una hermosa responsabilidad que debemos tomar, para coadyuvar en la transformación del mundo.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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