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Usos múltiples

Mentes peligrosas

Gloria De la Garza Solis


La habitación como metáfora de conocimiento

Entre las nominadas a mejor película en la más reciente emisión de los Premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos (el Oscar 2016), se encuentra La habitación (Room, en su título original, Canadá—Irlanda 2015), dirigida por Lenny Abrahamson y protagonizada por Brie Larson (ganadora del galardón como mejor actriz) y el pequeño gran actor Jacob Tremblay. La historia, basada en la novela de Emma Donoghue, quien también escribió el guión de la cinta, presenta algunas aristas que vale la pena analizar desde la perspectiva pedagógica.

La trama está presentada en tres grandes etapas de aprendizaje: encierro, encuentro con el mundo y liberación, que bien podrían sintetizar metafóricamente lo que implica la educación humana.

En la primera etapa, conocemos al pequeño Jack, cuya corta vida de cinco años ha transcurrido en el encierro junto con su madre, víctima de un secuestrador que la ha mantenido cautiva en un cobertizo blindado como un bunker para abusar sexualmente de ella. A fin de evitar al niño el sentimiento de agobio y frustración que ella experimenta, la madre le ha hecho creer que todo el mundo existente está contenido en los límites de los muros de su habitación. Lo ha convencido de que los atisbos de la realidad externa que ve por un viejo aparato de televisión sólo son fantasía y lo ha mantenido alejado del contacto con el captor, a quien el chico imagina como una especie de ser mágico que puede crear los alimentos y los objetos que les entrega esporádicamente. A pesar de la estrechez de las condiciones en que ha crecido, el niño ha ido desarrollando una inteligencia fina, gracias a la intuición que la madre aplica en la crianza, pues además de darle afecto y procurar alimentarlo bien, le ofrece juegos de actividad física y mental, reglas de convivencia e interacción social. Es un niño paradójicamente feliz, aun en las penurias que sufre junto con su madre, por los caprichos del secuestrador, que con frecuencia reduce los suministros de comida y energía como castigos o controles hacia la mujer.

Ciertos indicios llevan a la joven a temer que el hombre eventualmente la dejará morir con el niño en la habitación, lo que la impulsa a idear un temerario e intempestivo plan de escape con su hijo como protagonista. Con el fin de prepararlo para la aventura que deberá enfrentar, comienza a desvelar muchos de los mitos que ha inventado para preservar su inocencia. Jack, que intuye el peligro que le espera, se resiste a aceptar las nuevas verdades que la madre le confiesa. El aprendizaje con frecuencia genera incertidumbre, sentimiento de pérdida, temor: crecer duele y el pequeño Jack es obligado a hacerlo rápidamente para evitar la muerte.

La estrategia de huida, muy accidentada y difícil, resulta exitosa, de manera que Jack y su madre finalmente pueden ser rescatados de su cautiverio. Entonces inicia la segunda etapa, de encuentro con el mundo para Jack y de reencuentro para la chica, que ha perdido su adolescencia entre los muros de la habitación. Será una fase complicada y no exenta de dolor para ambos. Jack tardará en adaptarse a la interacción con personas distintas a su madre y a entender la complejidad de un mundo que dista bastante de lo que ha visto en la televisión. No ha tenido la oportunidad de una socialización paulatina como la que suelen llevar la mayoría de los niños, empezando por el contacto con sus progenitores, hermanos y miembros de la familia extensa, para pasar por maestros, compañeros de escuela y otros adultos de la comunidad. De pronto, Jack tiene que interactuar con una gran variedad de personas extrañas: policías, personal médico, abuelos, etc. Los espacios son enormes y poblados de mucha gente en actividad que puede parecer frenética. El mundo fuera de la habitación es un lugar a la vez intimidante y fascinante.

Después de la efímera sensación de alivio que supone el salir de su prisión, la joven madre experimenta una gran decepción: el mundo que conocía ya no existe. La relación de sus padres se ha roto, de su casa familiar queda solamente su habitación de adolescente, que le recuerda dolorosamente los años perdidos y sufre también la duda de haberle robado a Jack la posibilidad de crecer como un niño normal por mantenerlo con ella en el encierro, en vez de intentar que el padre lo dejara en algún hospital para que alguien lo adoptara. Se siente dolida y extraviada. No está lista para cuidar de Jack en esas circunstancias. Pareciera que un nuevo escape podría ser la solución a su malestar vital y se aproxima al borde de la tragedia.

Entonces viene la tercera etapa, de liberación verdadera, en la que Jack juega un papel clave para apoyar a la madre en el proceso de resiliencia del trauma que ha vivido. En el final de la película, el niño pide regresar al cobertizo en que estaban cautivos. La experiencia resulta reveladora para ambos: la habitación, que antes era todo el mundo conocido por el infante, ahora luce extremadamente pequeña y oscura, a pesar de que ya se encuentra vacía. Con una agudeza sorprendente para su edad, el chico entiende que todo se debe a un cambio de perspectiva, porque la puerta abierta modifica completamente la percepción sobre el interior del cuarto. El niño comienza a decir “adiós” a los pocos objetos que aún quedan dentro y luego, al atravesar el umbral, dice a su mamá: “Vamos, despídete de la habitación”, y se aleja sin mirar atrás.

Este cierre es altamente significativo. La habitación podría verse como una metáfora del conocimiento inicial de cualquier persona y las etapas que atraviesan Jack y su madre en la historia, serían alegóricamente las fases que sigue el aprendizaje humano, a través del proceso educativo en su sentido más amplio.

Desde la perspectiva de la psicología cogntiva, al nacer, la mente de un bebé es como la habitación, dotada de unos esquemas estrechos de respuestas instintivas orientadas a la supervivencia del organismo. La interacción del bebé con la madre y el ambiente, irá abriendo ventanas por las que nuevos conocimientos entrarán para ocupar espacio en los esquemas de la mente. Pero a diferencia del cuadrángulo cerrado de un cuarto, con una capacidad limitada para contener objetos, la mente humana es flexible y tendiente al crecimiento indefinido. La socialización de que será objeto el niño conforme vaya creciendo, volverá más complejos sus esquemas iniciales, de manera que el aprendizaje es un proceso irreversible, por el cual la conciencia no puede ya volver a su estado original. A lo largo de la vida, las personas se enfrentan continuamente al cuestionamiento de sus creencias y a la reestructuración de su pensamiento, sus actitudes y sus sentimientos sobre una gran variedad de situaciones, hechos y experiencias. La educación, entonces, tiene la finalidad de liberarnos de los prejuicios y los límites aparentes de los primeros esquemas, para ayudarnos a comprender cada vez mejor la realidad en la que debemos movernos.

La imagen del pequeño Jack en la habitación, inconsciente de su cautiverio, que mira al televisor, recuerda en cierto sentido la alegoría de la caverna de Platón: sólo accede a las sombras del verdadero conocimiento, de algo que está más allá de lo que puede tocar y sentir entre los muros del cuarto. Sentencia Herman Hess en Demian que “el que quiere nacer, tiene que destruir un mundo” y eso es justamente lo que se aprecia en La habitación: Jack y su madre deben destruir el mundo mínimo pero idílico construido por ambos en ese estrecho cuarto, para renacer en un mundo más amplio y maravilloso que no admite vuelta atrás. Hay que decir adiós al pasado, para reinventarnos continuamente en el presente y mirar con esperanza hacia el futuro.

Gloria De la Garza Solis
Pedagoga, profesora formadora de docentes y maestra de italiano

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