Monstruo
LA CLASE

Tema del mes

Nicanor Reyes Carrillo


El monstruo se volvió poeta

“Allá en otros tiempos—y muy buenos tiempos que eran—, había una vez una vaquita —¡mu!— que iba por un caminito. Y esta vaquita que iba por un caminito se encontró a un niñín muy guapín, al cual le llamaban en nene de la casa…” ( Joyce, 09: 1979).

En una isla muy lejana
repleta de nubarrones
dicen que cada mañana
corren fuertes ventarrones,
hay del que se atreva a ir
sólo buscando aventura
¡más le valiera partir
o encontrará la locura…!

En ese lugar tan recóndito dicen que viven unas criaturas fantásticas, atroces, gruñonas, peludas, enormes pero sobre todo ¡muy muuuuy feas!.

Pues sucede que en el mero puerto de Veracruz había un señor que nadie sabía de dónde era, tenía un color entre moreno u oscuro, con el pelo arrebujado como un borrego viejo, de esos que nadie baña pero tampoco trasquilan, ese señor me ofreció un mapa dentro de una botella de cristal, me dijo: sólo me debes dar un pan y me traes un lechero de la parroquia, fui corriendo hacia ese establecimiento rápidamente, tomé un vaso cogí una cuchará y di tres golpes, ¡más pronto que veloz un joven mesero dejó caer un chorro de café muy negro y posteriormente desde lo alto cayó la leche caliente! —pensé me iba a salpicar o quemar pero fue muy preciso— hasta hacer un borbotón de espuma.

Pedí el café junto con una concha de chocolate —para llevar por favor y pagué puntualmente—, fui a prisa pero con mucho tiento pues la carga tenía que llegar completa, el viejo no se había movido del lugar en donde lo había encontrado, fijaba su vista en los enormes barcos casi sin parpadear, cuando ya estaba cerca sin voltear a verme estiró la mano y dijo: toma tu mapa y sube a ese barco de líneas rojas con azul, pregunta por el capitán González y dile que cuando llegues a la cima amarilla te deje allí, las olas te arrojarán a tu destino, eso si quieres continuar ¿o qué eres un sacón?.

Con mucho miedo seguí las instrucciones precisas, pregunte por el mentado capitán y todos se rieron, los marineros eran rudos y fuertes, se movían en un trajín de locos, me señalaron un lugar dentro del barco, allí sólo había una luz muy tenue y parpadeante, en la puerta había unas amarras muy viejas bajo un ancla color dorado sucio, iba a tocar la puerta cuando desde adentro se escuchó una voz estruendosa, pasa ya te estaba esperando, ¡ese viejo otra vez haciendo esto! Bueno ¿a ti también te pidió su lechero o ya cambió el menú? Posteriormente me miró de arriba abajo y se rió con ganas jajajaja.

Bueno, faltan dos minutos para zarpar la decisión es tuya, solamente hay una advertencia, este barco es mercante no de transporte humano, eso implica que nadie sabe de ti y no hay transporte de regreso, así que ¿tú dirás flaco?. Menos de tres minutos y ya tenía apodo, no tenía nada que perder así que decidí arriesgarme, me dije a mi mismo, mi mismo ¡échele blanquillos…!

Viento que vienes del norte
que pasas por mi tejado,
no hay nadie que te soporte
y a todos dejas de lado.

¡Hay, dónde me llevarás
ahora que estoy molido,
no tengo amor lo sabrás
por eso me voy contigo!.

Cómo a eso de las cuatro de la mañana sentí un pie que me empujaba de la cama y sin darme cuenta estaba en el suelo, al voltear estaba una tercia de marineros con la cara muy seria, ¡órale loco te habla el capitán!, ¡ya está tu carruaje princesa jajaja!, lentamente se alejaron sin que yo pudiera dar respuesta alguna, al salir del camarote una figura con una luz de lámpara me dijo, ¡sígueme!, el clima había empeorado y las olas cada vez eran más altas y peligrosas.

En un costado del barco tambaleante se encontraba un pequeño bote con dos remos en el centro, ahí te ves flaco ésta es tu parada, me aventó un chaleco color amarillo y un poncho rojo, me los puse casi por inercia pero temblando de miedo, me amarró por la cintura y poco a poco fui bajando hasta el bote, una vez adentro me sentía como una cascara de cacahuate, desde arriba cayó un pequeño morral, el capitán me gritaba ¡ahí me saludas a kin dile que después lo veo! ¡Eso si llegas flaco! dijeron los otros marineros y me dejaron caer sobre ese horroroso mar, por cierto me acorde en ese momento de terror —¡haaaay abuelita no sé nadar!—, y lo único que recuerdo es que el agua salada se metió a mi boca cientos de veces y la escupía solo para recibirla de nuevo, me aferré a una soga como nunca en mi vida tratando de convencerme sobre lo idiota que había sido por arriesgarme de esa manera.

¡Siento que voy a morir,
tú te lo buscaste loco,
sólo no quería sufrir,
afróntalo poco a poco!.

No sé cuánto tiempo había pasado pero me ganó el sueño, estaba aturdido y con un dolor de cabeza como cuando se ha tomado alguien más de tres litros de mezcal, aguardiente, sotol, charanda, torito o tequila —cada quien elige el suyo—, eso que se llama cruda pero multiplicado por cuatro. Me levanté cuando una rama de mangle me raspó la cara y parte de la frente, busque el árbol más fuerte para dejar mi frágil embarcación, una vez asegurada me fui a dar una vuelta, a lo lejos vi una columna de humo y por supuesto allí había alguien, hacia allá me dirigí con toda la intención de platicar o de perdida comer algo, pero si soy invitado no podía llegar con las manos vacías —así me había criado mi mamá pues que se le va hacer verdad—, anteriormente había sacado un paquete con galletas y una lata de atún en agua de sal, ¡por lo menos ya no tenía que pescar nada por ese día!.

Subí hasta la cima de la montaña cubierta de vegetación y cuando llegué no había nadie, alrededor únicamente se encontraban unos enormes troncos cubiertos con varias capas de ramas secas, grite a todo pulmón ¡hola, holaaaa ¿hay alguien por allí?! Pero todo estaba en silencio, ruido de olas, brisa marina, nubes blancas, sol inclinado como de dos de la tarde, viento fresco, algunas aves en barullo pero nada más. Todo estaba bien hasta que tropecé con un montículo de tierra, ¡noo manches eran unas pisadotas enormes! comencé a calcular hmmmmm ¡madre mía como mínimo tres metros!, correr ¿para dónde?, gritar —mejor no—, entonces lo único era esperar y me fui escabullendo poco a poco hasta la maleza.

¡Saque mi lata de rico atún,
el sobre de saladas galletas,
también me quite las calcetas
y a esperar me senté “pum”!.

Pasaron una dos tres cuatro, cinco, seis, siete semanas… digo horas y nada, me llene de valor e intente moverme, a mi lado había como un montón de algas secas, que despedían un olor como a vinagre y picadita de tres días, con ese olor característico de queso de rancho, pensé en voz alta y dije ¿dónde andará ese monstruo? ¡De repente alguien me respondió con una voz resonante ¿a ti también te espantó?!. ¡Hay noo ¿qué fue eso?! y busqué por todos lados, ¡sal por favor que me muero de miedo! dije, a lo que la voz respondió: los dos al mismo tiempo órale, para que no nos de miedo ¡¿salé?!, va a la una, a las dos, ¡y a las treeees!. En eso estaba cuando la bola de algas se movió y al mirar al frente ¡¡¡¡allí estaba!!!!.

Más pelo que el de un mono,
Patas gruesas de elefante,
Cuernos grandes como cono,
No era grande ¡era gigante!

¡Manos debajo de la pierna,
Dientes fuera de la buchaca,
Ojos brillantes de linterna,
Panza grande como de vaca!.

El monstruo se movía buscándome ¡sal por favor antes que regrese la bestia, sal por favor que me muero de angustia!, y saltaba moviendo todo el piso, alrededor de él se hizo una tremenda polvareda, poco a poco me di cuenta que:
1. Hablaba mi idioma.
2. Estaba asustado.
3. Sabía que era humano.
4. Al parecer estaba solo.
5. ¡Yo necesitaba ayuda!.

Después de hacer esta medio meditación introspectiva estilo jarocha, salí con toda la seguridad que me daba mi escuálido cuerpo, y dije —con voz temblorosa— ¿cómo se llama usted querido nativo?, el monstruo dijo agachando la mitad de su cuerpo, me llamo Kin, hijo de lupa y de tete, mis hermanos son lu, sil, an, iri, laz, geli, y ali. Pero aquí únicamente vivo yo y tú ¿qué haces aquí?. Al decir su nombre lo primero que hice fue decirle, pues mira yo andaba de viaje por Veracruz y un tal capitán González me dijo que te mandara un saludo y que después te venía a visitar ¿cómo la vez? ¡El monstruo se levantó, agitó su cabeza y grito con mucha furia ¿Cómo pudo decir eso y sólo a eso te mandooo?! ¡Aventó los troncos muy lejos, después golpeó el suelo muy molesto, mi seguridad se fue al suelo y me puse a temblar —creo que ya la regué, pensé seriamente—!

Me quedé quieto mientras el nativo me miraba con furia, salió corriendo como una saeta y me dejó impávido, lleno de dudas y sin saber cómo actuar en un futuro cercano. Pasaron muchas horas hasta que el día se hizo noche, por la flecha de orión supe que era de madrugada, con las cenizas volví a prender el fuego dejando que las cosas siguieran su curso como siempre hace uno cuando está en territorio extraño, resignado a todo y sin perder nada.

Que te pica la paloma
arriba de tu cabeza,
que te pica la pelona,
¡y te deja como fresa!.

Deja que la vida siga
deja que la ola te lleve,
ve al sol antes si llueve,
¡y nunca tires la miga!.

Al otro día llegó el monstruo con dos grandes peces, sacó un gran sable marinero, quitó escamas, piel y asó en el carbón, antes dispuso dos horquetas y sin decir palabra fue por dos grandes hojas lisas, para que de plato sirvieran, con sus colosales manos bajó dos cocos y rajó como si fueran ciruelas, me acercó una y dijo lo siguiente: ese capitán me robó a mi amigo Cheque, dijo que después lo regresaría… en ese tiempo entre todos hicimos un mapa, para protegerlo lo metimos a una botella vieja que estaba dando vueltas en la playa. Después se fueron y nunca más volvieron, hasta este momento que ¡tú me estás diciendo tal cosa!, Cheque me enseñó a cocinar, limpiar, barrer, hablar humano, también hacer versos divertidos, era un jaranero y decía que sabía tocar el arpa, me habló de su familia , sus amores, desventuras o aventuras, ¡ese Cheque era muy buen amigo!, por eso estoy aquí esperándolo desde hace más de 300 lunas y tú ¿a qué te dedicas?. Yo contesté consternado sólo soy un chocolatero que se quedó sin amor y no supo cómo resolver esa situación.

Más adelante supe que ese Cheque era el viejo que me dió el mapa, que Kin huyó de su aldea porque se cansó de sus familiares que eran tan feroces como rudos, viajó por varias islas, mirando otros animales, flores, frutos, hablando otros idiomas y oliendo otros aromas, después conoció a Cheque ahí entendió el lenguaje para hacer versos sobre su vida —mismo que me enseñó también, como podrán darse cuenta— a la isla llegaban viejos libros que poco a poco leyó hasta hacerse una idea distinta de las cosas. Pretendió volver a su casa pero nadie lo entendía, ya no había hermanas, ni hermano mayor solo laz y ali con su madre seguían gruñendo, eran bravos, como siempre lo habían sido pero ahora eso era un tanto raro para él, por eso decidió quedarse con Cheque y que buenas veladas pasaron, todo hasta que los dos decidieron buscar a sus parejas ¡una grande para Kin y una chica para Cheque!.

El capitán ayudó pero hasta el momento de mi llegada ninguno sabía si alguno de ellos había encontrado la felicidad, Kin y Cheque fueron felices y tuvieron familia pero el tiempo los alcanzó y se hicieron viejos, la nostalgia les invitaba a la aventura pero el cansancio los venció. Ahora me toca a mí contar sobre la poesía de Kin y sólo para una prueba decía lo siguiente:

La soledad es placentera sólo por momentos,
aislado no ves belleza, ni cantas a la vida etérea,
En la calma te preparas pero es divertimento,
¡Necesitas compañía, amor, caricias, mar, marea!

La presencia de la vida se avizora en conjunto
Hasta aquellos sinsabores son buenos,
O son mejores, si tu amor se encuentra junto,
¡Cultiva, vive, esos momentos amenos!.

Kin me hizo nuevamente un mapa para salir de su isla, con la condición de que al ver a Cheque contara mi feliz estancia con él, un barco cazonero me ayudó en mi travesía hasta llegar a puerto seguro, comencé a escribir este relato que después entregue a Cheque, el viejo hombre me hizo prometer que cuando yo fuera añejo tendría que mandarle otro amigo a Kin para que nunca se quedará solo, ¡pues el monstruo que se hace poeta, con el tiempo es filósofo!.

Si algún día, en algún tiempo, cuando vayas al puerto de Veracruz y algún viejo te de un mapa o te pida un lechero, piensa dos veces si quieres ir con Kin para aprender un poco más, ¡pues tal vez a tu regreso seas una mejor persona y nos cuentes ¿qué es del monstruo?!.

Ya me despido pariente
con la cabeza aireada,
si me lleva la corriente
¡ya no le temo a nada!.

Voy a ver el monstruo listo
sabio dicen que se ha vuelto,
eso no lo he dao por visto
¡hasta entender su dialecto!.

¡Éeechale pues jaranero
ya divisé a ese tal vate,
digo, nos cuente primero,
después tomé chocolate!.

Referentes informativos.

Joyce, James. (1979). “Retrato del artista adolescente”. La nave de los locos, Premia Editora. México.

Nicanor Reyes Carrillo
Estudiante de la Maestría en Educación Ambiental, X Generación.

Sahida. 02 de Abril de 2016 02:55

Me gustó mucho este cuento-poema

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