Netflix-blim
Usos múltiples


Antonio Ortuño


Netflix/Blim

Las redes llevan varios días burlándose de Blim, el portal de contenidos audiovisuales que lanzó Televisa y con el que espera tumbar a Netflix del trono del streaming nacional. Hay que reconocer que los memes sobre el asunto son algunos de los mejores que hemos visto en meses (urge, por cierto, un memólogo que comience a llevar un registro analítico). Las redes, pues, se han deleitado en contrastar al astuto Doctor House con el tarado del Doctor Cándido Pérez, a la inquietante antiheroína Harley Quinn con Thalía pintada como payasita o al hipertecnificado Flash con el tristísimo Chapulín Colorado (que era ya una vergüenza hace 30 años y ahora parece salido de una pesadilla).

Soy usuario de Netflix y además, gracias al destino y las convicciones de mis padres, no crecí con los programas de Televisa como referencia, así que no contrataría Blim ni aunque ofrecieran pagarme en vez de cobrar. No soy, pues, de los nostálgicos que defienden al Chavo del Ocho o Chabelo: no los vi de niño y lo considero una de las fortunas de mi vida. Como me parecen muy obvias, no me cebaré en señalar las limitaciones formales, intelectuales y estéticas de las películas de la India María o de cosas como La Familia Peluche. Baste decir que no vi televisión abierta durante años (si hago excepción de los partidos de futbol). Se comprenderá por ello, espero, que no pienso hacer una defensa de Blim ni de sus contenidos, porque toda la vida, desde que fueron transmitidos por primera vez, los he considerado horrorosos y les he huido como a la peste.

Ahora bien, me parece que hay que puntualizar algo: que esgrimir una suscripción a Netflix como sello de calidad intelectual y hasta de superioridad social resulta, en el fondo, bastante triste también (no tanto como el Chapulín Colorado, pero se le acerca). Netflix, seamos sinceros, tampoco es el Parnaso y está lleno de basura y mediocridad, aunque incluya, claro, muchos trabajos destacados y algunos que pueden ser considerados geniales. Cualquier plataforma lo estará. Exactamente igual que una librería o una galería de arte. La agudeza, la inteligencia y la estética asombrosa son, me parece, excepcionales en todas partes. Incluso el buen entretenimiento es un bien escaso. Lo corriente es que prevalezca la imbecilidad llana o la tibia medianía y esa sí sucede hasta en Finlandia (por nombrar un país con fama de ser pedagógicamente estupendo). Netflix es una plataforma de entretenimiento industrial y alardear nuestra suscripción no es demasiado diferente de presumir la pertenencia a un club de precios.

No hay que hacerse pato ante las connotaciones racistas y clasistas que han saltado en el tema. Oponer programas decentes a programas de porquería en un meme no debe ser lo mismo que asumir linealmente que lo nacional es pésimo por nacional y los mexicanos por mexicanos. No saltemos del chiste al suicidio.

Publicado originalmente el 29 de febrero de 2016 en Maspormas

Antonio Ortuño
Antonio Ortuño nació en Guadalajara, México en 1976. "El buscador de cabezas" (2006), su primera novela, fue considerada el debut del año en su país por el diario Reforma. Su segunda novela, "Recursos humanos", fue finalista del premio Herralde en 2007. Páginas de Espuma publicó su primer libro de relatos, "El jardín japonés", en 2007, y el segundo, "La Señora Rojo", en 2010. Sus más recientes novelas son "Ánima" (2011) y "La fila india" (2013) y Méjico (2015). Ha colaborado en medios como La Vanguardia, Lateral, Clarín, La Tempestad, Letras Libres y Etiqueta Negra, entre otros. Ha sido traducido al francés, italiano, alemán, inglés, húngaro y rumano, e incluido en una docena de antologías en Iberoamérica, Alemania y Estados Unidos.

Agregar comentario