Usos múltiples

El timbre de las ocho

Armando Meixueiro Hernández
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán


La clase de dadaísmo

La primera ocasión que César Labastida escuchó la palabra “dadaísmo” fue cuando estudiaba en la preparatoria. Un profesor de Literatura Universal repartió algunos temas del curso para que expusieran los alumnos. Al grupo en el que se encontraba César le tocó hablar sobre una vanguardia literaria: el dadaísmo.

—¡¿Dada qué?! —Excretó “Ronquillo” en evidente ignorancia junto a sus compañeros Labastida y Ostos.

Como en todo equipo estudiantil respetable, los integrantes dejaron hasta el último momento la investigación documental sobre el tema, a pesar de que el profesor había recomendado que debían prepararla al menos con dos semanas de anticipación. Un día antes de la presentación, tres estudiantes se tronaban los dedos reunidos en la pequeña biblioteca escolar.

Don Juanito, el bibliotecario improvisado de la escuela, a duras penas pudo sugerirles un par de tomos de una enciclopedia y un libro de texto de literatura, donde encontraron escasa información: una definición escueta, una descripción muy breve, algunos nombres de representantes y una pobre reseña histórica.

Los alumnos, apresurados el tiempo, observaron la extensión de los datos y decidieron dividirlos con rigurosa simetría. Para los 25 minutos que debía durar la exposición, la tarea auguraba una catástrofe. Acordaron que a cada orador le correspondían 8.333 minutos para hablar del tópico asignado y un pliego de cartulina donde volcarían la información.

En el aula, iniciando la clase de literatura universal, el profesor ordenó que el equipo sobre dadaísmo pasara al frente del salón. César Labastida, Ronquillo y Ostos hicieron acopio de valor y se instalaron en la tarima, desdoblaron las arrugadas cartulinas y las pegaron en el pizarrón.

—¡Adelante con su presentación! Tienen 25 minutos. —Profirió el maestro.

Ostos, tartamudeando, leyó en voz baja las frases mal escritas con plumón rojo, sin molestarse por voltear hacia los compañeros del grupo.

—El dada-da-daísmo es-es un momovimiento cucultural que surgió enen mimil novecientos dieciciseis…

Cuando Ostos, a los tres minutos, terminó de titubear, César Labastida irrumpió con su explicación:

—Los representantes del dadaísmo son tres… —dirigiendo su dedo índice hacia un pliego que contenía los dibujos de rostros irreconocibles.—¡Ah, no! Son cinco, son cinco: Tris-Tristan Tzara, Hugo Ball, este Marcel Duchamp y Jean Arp… Y, este, este, Kurt que quién sabe cómo se pronuncia su apellido… ¿Es-Eschuters?

Algunos alumnos ya se burlaban de los compañeros expositores, pues veían naufragar en el escusado la ridícula presentación. Entonces, tomó la palabra “Ronquillo” con su voz débil y “aguardientosa”, motivo del apodo; y con más seguridad que la de Cicerón, el gran orador romano, se contoneó, histriónico, alrededor de la tarima. Dio dos pasos al frente y tropezó escandalosamente sobre el suelo acompañado de un grito escalofriante.

Las carcajadas no se hicieron esperar. Unos estudiantes, impulsados por el incidente, lanzaron bolas de papel hacia el avergonzado condiscípulo, multiplicando las risotadas. Otro alumno, jugador del equipo escolar de futbol, con mucha iniciativa, arrojó las vendas que tenía en su mochila.

Un manotazo sobre el escritorio canceló el espectáculo. El profesor de literatura exigió compostura y se mantuvo largos segundos en silencio, mientras el grupo, expectante, esperaba una sentencia.

—¡Es increíble lo que pasa en esta escuela! ¡Son unos patanes! —espetó el maestro, mientras guardaba sus útiles en el portafólios.—Por lo demás, este equipo tiene 10 en su exposición, por congruencia involuntaria.

El profesor salió del aula sin dar más explicaciones, liquidando así la clase sobre dadaísmo.

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

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