Alumnos_frente_a_pc
Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético del Sistema Educativo Nacional

Alfredo Villegas Ortega


México: Luces y sombras ¿Resignación o cambio?

A la memoria de Javier, mi hermano

Las reformas estructurales del gobierno de Peña Nieto, hasta ahora, no han resuelto nada, ni nos han llevado al paraíso prometido. Al contrario, cada día nos hundimos más en la violencia, el desempleo, el narcotráfico, la impunidad.

Se puede partir de muchos lados, pero lo importante es la voluntad de hacerlo. En una democracia, el gobierno es simple gestor de las necesidades ciudadanas que lo han puesto en el poder para representarlos y velar por la seguridad y el bien común, al menos como premisas iniciales. Es cierto, son pocos los países en los que la democracia goza de cabal salud, pero también lo es que en México el mentado poder del pueblo sólo ha sido proclama, lucha, resistencia, búsqueda, intento. Nunca ha nacido. Nunca hemos ejercido la auténtica condición ciudadana, sea porque se nos cierran las opciones o porque se nos arrebata el triunfo y se nos hace trampa de manera vulgar y ofensiva. Y poco es lo que hacemos o lo que nos dejan hacer, porque a una parte importante de la sociedad la han mediatizado, vacunado, atemorizado o alienado de tal forma que, a fin de cuentas parece que el reloj de nuestra historia ha estado detenido o incluso ha caminado hacia atrás.

Hijos de gobiernos autocráticos, dictatoriales, con democracias institucionalizadas, de las fuerzas corporativas, de la telecracia, de la oligarquía. Nuestra democracia no aparece y sin ella, cada día pareciera que en lugar de despertar nos resignáramos. Como hijos de la fatalidad, le volvemos a dar el voto a quien por más que intente mostrarse como el porvenir, es representante de los intereses de una casta a la que lo único que le interesa es conservar y acrecentar sus privilegios.

Para el grupo gobernante, para la oligarquía cómplice, rectora, beneficiaria o cogobernante, no hay consideraciones de otro tipo que no sean las de conservar el poder. Claro que todo partido, gobierno o poder establecido en cualquier parte del mundo, lo que menos quiere es ceder el poder, pero en México es el reino de la impunidad, el territorio de los reptiles, el paraíso de la ambigüedad, la impunidad. Con la mano en la cintura se revierten conquistas sociales y laborales, se criminaliza a los trabajadores, se encubre a los delincuentes, se procesan fortunas inexplicables, se encarcela opositores, se truquean las elecciones, se proclaman mentiras oficiosas en los medios de comunicación.

Largo es el camino aún, para arribar a la democracia. Una parte del pueblo, la que no cree en la televisión, la que ha leído un poco más, la que sin hacerlo es un poco más sagaz, la que sabe que ha sido engañada y no quiere que la miseria de todos tipos se repita a perpetuidad, quiere hacer que el reloj camine hacia adelante y aparezca un horizonte ciudadano, en donde el voto cuente, la palabra se escuche, la ley se aplique.

Un país con hospitales públicos suficientes y de calidad, sustentable, con empleos bien pagados, con vivienda, transporte y vestido dignos. Un país con una educación en la que se enseñe a pensar, a tomar en cuenta al otro, a reconocerse en su historia, con maestros bien pagados y apoyados en sus tareas. Un país en el que lo rentable se supedite a lo humano, lo capitalizable al bienestar común, lo eficiente a lo justo.

A pesar de que el dinosaurio sigue ahí, de las constantes afrentas, de tantos sueños destruidos, nunca será tarde para recomenzar. Yo soy 132, Ayotzinapa y otros movimientos surgidos de la rabia producto del despojo y el crimen, son ejemplo de que hay una llama importante que quiere extender su luz más lejos. No dejemos que se apaguen nunca más.

Hay que enfrentar a la partidocracia, a los medios de comunicación, a los grandes capitales, al clero, al ejército, a la policía, a muchos resignados, mediatizados, indolentes, conformistas y hasta convencidos o beneficiarios. Somos más los que no estamos de acuerdo y es hora de ya no seguir prendiendo y apagando velas. Intermitentes y aisladas, sino de mantenerlas encendidas, juntarlas y hacerlas que incendien las ruinas de la impunidad e iluminen el sendero de la democracia.

Una cirugía mayor es la que requiere México, no cosmética, profunda. Una cirugía que requiere la intervención de todos. Nosotros los maestros tenemos la obligación de sembrar la semilla de la democracia, de incubar la dignidad, de insistir hasta que cada niño se aprecie y se sepa igual y con los mismos derechos, que cualquier otro niño de su país y del mundo, sin importar su condición económica ni su origen étnico.

Eso no es poco. No es maquillaje, representa reconvertir cientos de años de ignominia, atraso, despojo, desigualdad. Eso es la no democracia que debemos revertir en las urnas, hasta consolidar una auténtica democracia, hacer valer sus resultados, resistir y empezar a gestar desde las aulas. Esa es parte de la cirugía mayor que se requiere en nuestro país, acompañada de otros cambios en diversos sectores: en la calle, en la lucha sindical, en las instituciones de educación superior, en la integración de los diversos sectores sociales…

En México sí hay riqueza y recursos. México no es un país pobre como Haití o Perú. México es un país injusto, porque no hay democracia. Y en esa injusticia se produce una desigualdad, y los enormes beneficios producidos, se quedan en unas cuantas manos. México produce muchos de los más ricos del mundo que acumulan riqueza, mientras la mayoría subsiste con un magro salario, en la informalidad y la miseria, mientras hace ricos a aquellos con su trabajo, muchas veces sin saberlo, sino resignados a su fatalidad.

Hagamos que todo México sea territorio de la democracia, y no de unas cuantas empresas y hombres de negocios. Empecemos, cada quien, por lo que nos toca hacer. Salud.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

Agregar comentario