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LA CLASE


Alfredo Villegas Ortega

Texto leído en los funerales de mi hermano

Ganar el juego en el último cuarto

Para mi hermano, Javier Villegas Ortega

Cuanto más se quiere a alguien, más se complica decir lo que uno siente y lo mejor es dejar que fluya la sensación, apelar al recuerdo, reconstruir el sueño. Porque la vida, como decía Calderón de la Barca, es sueño. Y contigo, Javier, soñé a ser hombre. Soñé a vivir. Soñé a ganar.

Mi gran maestro, te lo dije siempre, fuiste tú. Pero no el maestro que reprueba, sino el que da oportunidad, repite la lección y se muestra generoso ante el alumno hasta que aprenda.

Apenas platicábamos el viernes con Raúl los tres. Y reímos y razonamos y nos quisimos como siempre. Y como siempre, fuiste tú quien convocaste, quien nos uniste, quien nos tendió la mano. Y yo no podía creer que el abrazo que te di el viernes por la noche, en la avenida de los Insurgentes, sería el último que nos íbamos a dar, porque estabas tan contento, porque habías tendido puentes hasta el final. Porque, pensé cómo evocabas la frase de mi madre: “La vida es pensar”.
Y vaya que nos hiciste pensar.

Lo dije, ayer apenas: de haber sabido que partirías al descanso eterno, te hubiera abrazado más fuerte y no te habría dejado ir. Porque me siento frágil, porque aunque sé que es un trance a la eternidad donde nos encontraremos, ahora siento un vacío enorme, tan grande que hasta las lágrimas se niegan a salir Porque aunque sé que te veré en los rostros de mucha gente que te quiere, quisiera que estuvieras aquí, Javier.

¿Qué quiero rescatar ahora? No quiero decir tonterías ante una de las personas que más he querido y uno de quienes me enseñó, reitero, a vivir y a pensar. ¿Qué digo de ti que quiero te lleves guardado en el corazón? ¿Qué puedo decir para decirle a tus hijas, a tus nietos, lo mucho que me enseñaste y lo mucho que te sigo queriendo? ¿Cómo puedo hacer que en este momento etéreo y eterno, algo inasible que va más allá de tu cuerpo reposando, pueda hacer que me escuches, de una rara manera, espiritual o como quiera llamársele, y puedas sentir que no te fallé, ni aun en estos momentos? Porque, en lo fundamental, en la esencia fraternal nunca te fallé, porque, antes, me fuiste mostrando que hay personas y circunstancias ante las que no podemos fallar. Y aquí estoy, contigo, mi hermano, como estuve contigo en la tribuna viendo el futbol americano o ante un tablero de ajedrez que me enseñaste a jugar o ante una oportunidad de crecer.

Siempre admiré cómo hiciste tu mundo, cómo te rodeaste y fuiste imprescindible para tanta gente encumbrada que veía en ti al tipo inteligente, político, práctico, sagaz, negociador, con poder de decisión. El mismo tipo que comía unos tacos conmigo, que me fue llevando de la mano, de quien fui chaperón, confesor, aprendiz, cómplice, hermano, amigo.

Nunca olvidaré cómo quisiste a mis hijos y a Lupita. Nunca podré pagarte tu generosidad. Siempre extrañaré tu consejo, tu sonrisa y tus abrazos. De la tribuna del estadio, al café, a la taberna. De la diversión a la responsabilidad y viceversa. Del pensamiento al sentimiento y de regreso. De José Agustín a Vicente Leñero. De Enrique Guzmán a los Beatles. De “Tu cabeza en mi hombro” a “El diablo está en su corazón” .De los boleros al rock. De Los Tecolines a los Lovin Spoonful. De nuestro hermoso y aleccionador barrio a las enseñanzas que dejaste en Colima. De esa hermosa provincia en la que habías decidido reposar en este último tramo de vida y de este barrio bravo en el que nacimos y del que nunca renegaste ni ocultaste. Al contrario, como decía Facundo Cabral: “Me gusta ir con el verano muy lejos, pero volver donde mi madre en invierno y ver los perros que jamás me olvidaron y los abrazos que me dan mis hermanos”. Y tú venías seguido a ver ese pedazo de territorio hermoso que construyeron nuestros padres en lo material y en lo afectivo, a darnos y a recibir abrazos y prolongar la magia, la vida; y en ese espacio y en estos corazones quedas por siempre en nuestra memoria. Y no quiero que te vayas, pero a la vez doy gracias porque nunca llegaste a ese momento que tanto te aterraba, al momento en el que un hombre fuerte y emprendedor como tú no pudiera valerse por sí mismo. Tú no, tú llegaste íntegro hasta el último cuarto del partido y lo ganaste, y seguiste avanzando yardas hasta el silbatazo final.

Se acabó un partido o una partida de ajedrez. Da la mano generosamente, saluda y dale gracias a la vida que te dejó jugar un rato… extiende tu mano como siempre lo hiciste, como me enseñaste…es momento de recoger los alfiles, las damas y los reyes. Otra partida te espera en otro tablero, en otra esfera y en otra dimensión y ahí, estoy cierto, volverás a ser triunfador.

Quiero que te lleves por siempre este fragmento de poema/canción de Serrat que tanto nos gustaba y que solíamos escuchar al calor de unos tragos y con unas cuantas lágrimas de emoción y cariño por lo que sentíamos que nos proyectaba:

“Crucé por la niñez imitando a mi hermano
Descerrajando el viento y apedreando el sol.
Mi madre crió canas
Pespunteando pijamas
Mi padre se hizo viejo
Sin mirarse al espejo
Y mi hermano se fue
De casa, por primera vez.
Y ¿con quién y dónde, fue mi niñez?”

Te quiero mucho. Javier
Hasta siempre,

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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