Pizarron
Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético del Sistema Educativo Nacional

Alfredo Villegas Ortega


Políticas públicas. ¿Y la educación? Bien, gracias

La crisis por la que atraviesa el sistema educativo nacional, es el fiel reflejo de la carencia de representatividad del gobierno federal. No vivimos una real democracia, por ende, las decisiones gubernamentales suelen estar alejadas de las expectativas, necesidades y aspiraciones sociales. México está mal en educación, como está mal en salud, en seguridad pública, en infraestructura vial. Y no está mal por sus maestros, médicos, ciudadanos, usuarios. Cuando la política se dirige con la única intención de satisfacer las necesidades de un mercado voraz, de unos lineamientos de organismos internacionales, de un selecto grupo de gobernantes, y cada vez se aleja más de la ciudadanía, las tensiones no se hacen esperar, el pacto social se resquebraja, pues es traicionado por aquellos que, supuestamente, están para garantizar la estabilidad, la seguridad, la aplicación irrestricta de la ley. Ello, hace que la convivencia social se haga complicada y que, incluso, los mecanismos de protesta y participación ciudadana sean vistos, por otra parte de la sociedad, como revueltas que alteran el orden social, cuando el orden está alterado, por las decisiones y acciones verticales de un gobierno que decidió ir por su lado y traicionar el pacto social, cuando enajenó su soberanía a los intereses meramente económicos, sin pensar en el equilibrio, la satisfacción de las necesidades de la mayoría, la toma de decisiones inteligentes.

Decisiones importantes que cambian radicalmente el estatus social, pueden tener una connotación, en efecto, revolucionaria: romper es crecer, sí; pero, también esas decisiones, en ocasiones, no apuntan hacia adelante, perversamente buscan la consolidación de una clase en detrimento de un gremio o de una parte importante de la sociedad. Y lo peor, es que lo ‘venden’ en los medios como el progreso. En esa lógica —apuntalada por éstos con quienes comparten el poder real— quienes cuestionan, reclaman o quieren hacer válidos sus derechos, son señalados y exhibidos a todo color y en cadena nacional, como inmorales, apátridas, insensibles y enemigos del progreso. ¿De qué progreso hablan? ¿Cuál estado de derecho es el que nos venden los medios y el gobierno? Un progreso en el que caben fortunas inmensas de ellos y mayorías miserables que con su trabajo mal remunerado, hacen posible ese estatus. Hay unos cuantos ricos, porque hay muchos pobres. No es tan difícil entender la ecuación. Como tampoco es difícil entender que los encargados de aplicar la ley, lo hacen con discrecionalidad, en favor de —claro, adivinó usted muy bien—: los poderosos. Ese es el estado de derecho que hay que proteger y defender. Atentar contra él es atentar contra todos, aunque esos todos, ni sean todos, ni sean los que más respetan la ley.

Un país con políticas públicas vistas como asistencia menesterosa, como problema con el que hay que lidiar y no como la oportunidad para equilibrar, estabilizar y consolidar una ruta al progreso (en el que la connotación de éste no signifique acumulación de beneficios y fortunas para una casta y miseria para millones), es un país en el que la normalidad estará marcada por la tensión constante.

La educación, tendría que ser la llave maestra de un gobierno responsable, para proyectar todo cuanto se quiera enunciar: economía, salud, seguridad, estabilidad social, progreso, autonomía y decenas de etcéteras. ¿Por qué? Porque sencillamente, un pueblo educado, pensante, culto y con oportunidades, será un pueblo productivo, estable, crítico, propositivo. Ciudadanos que caminarán al lado del gobierno, fincando una real soberanía y una autentica comunión de intereses. La ruta que eligieron muchos países para salir de crisis más agudas aun, que la nuestra, fue la que se dirigía hacia la educación. México no podrá superar su condición de inestabilidad, descomposición social y quiebra de sus instituciones, si no hay un viraje total en el camino que, hasta hoy, viene acumulando fracaso tras fracaso. Una vía supone la ruptura violenta del pacto, por los ciudadanos cansados de ser ignorados; otra, recomponiendo y reestableciendo los mecanismos democráticos usurpados por una partidocracia cómplice del gobierno federal y los estatales y municipales. Parece difícil, que se pueda pensar en una voluntad de cambio de los actuales gobernantes, cuando se han empeñado en demostrarnos que su prioridad no está del lado de la democracia, sino de la consolidación ominosa de poder y riquezas para ese grupo. Pero aunque no haya voluntad del gobierno para encauzar al país hacia la concordia, la paz social, las oportunidades, la solidaridad y la justicia, somos los ciudadanos quienes debemos impulsar el cambio de diversas maneras, tantas como quepan en la indignación, la resistencia, la organización, la imaginación de millones que ya no soportamos nuestra calidad de vasallos en pleno siglo XXI. Siempre, por supuesto, sin caer en la tentación de la violencia, pues sería regresar a episodios que debiéramos haber superado y que, muy probablemente, lejos de resolver las cosas de fondo, nos sitúe en una dolorosa encrucijada de la cual, muy probablemente, tardaríamos mucho más tiempo en salir y cuyos costes serían incalculables.

Por otra parte, justo para seguir abonando a la construcción de una ciudadanía que impulse el cambio, y ante la ausencia de una verdadera política educativa que nos proyecte, debemos de promover en las aulas una educación que vincule a los estudiantes con su realidad, y que les haga tomar conciencia de la valía que pueden (podemos) tener si empiezan (empezamos) a verse (vernos) como partes importantes de un todo que debemos empezar a reconstruir cuanto antes. Enseñar contenidos, desarrollar habilidades (competencias si se quiere ver así), promover aprendizajes significativos…todo lo que se pregona oficialmente, cabe, siempre y cuando dejemos de hacerlo como instrumentos y dejemos de ver a nuestros estudiantes de la misma manera. La llave, más que pedagógica, debe ser, antes que nada, una que vea la posibilidad la de enseñar a los estudiantes a situarse en el mundo, a pensar, a cuestionar. Estar en el mundo supone un compromiso; asumir ese compromiso implica pensar; si logramos pensar, podemos darnos cuenta del tamaño del problema y de los caminos y posibilidades que tendrían que abrirse o construirse para acceder a otro estatus.

Los grandes cambios suelen venir de la ciudadanía no de los gobernantes. Una escuela que no aporta a la transformación social, fomentando el desarrollo de un pensamiento crítico, autónomo y con compromiso es sólo un recinto en el que se recrean saberes, en el mejor de los casos, o una instancia, en una lectura simple de Althusser, en la que se hace lo posible para que las cosas nunca cambien,.

Lejos estamos de tener un gobierno que responda a los verdaderos y urgentes problemas nacionales. Las políticas públicas, con particular relevancia la que tiene que ver con la educación, están muy lejos de ser la ruta que nos lleve al mentado progreso. Lo que tenemos más cerca son las esperanzas de muchos niños y jóvenes para que el mundo, su país, tenga otra connotación muy diferente a la que viven día con día. Es triste decirlo, pero muchos de ellos no encuentran en la escuela esa esperanza. Hagamos de la escuela algo más que una institución certificadora, normativa, cerrada, ajena a la realidad. Muchos maestros y maestras ya han dado importantes pasos en ese sentido, desde hace mucho tiempo, pero, me parece que no todos hemos abierto esa ventana de oportunidad que tenemos, ahí, justo frente a nosotros y que puede convertirse en un hermosa realidad, aunque, seguro, fácil no resultará, eso nadie puede decirlo.

Como maestros debemos empujar, cada día más, hacia la construcción de la nueva ciudadanía que se requiere, mover inercias institucionales, vincular lo que ocurre fuera de los muros escolares, promover el pensamiento crítico, sembrar la esperanza de que otro horizonte es posible, con trabajo, equidad, justicia, salarios justos, vivienda digna, salud y educación públicas de calidad, organización, compromiso, responsabilidad y metas compartidas… justo lo que hasta ahora no aparece como fundamento de las políticas públicas, tan necesarias como insuficientes tal cual las ofrece un gobierno divorciado de la que debería ser su mayor fortaleza: la respuesta a las necesidades reales de la mayoría de la gente, para recomponer el pacto social y caminar con certeza y la mira puesta en un porvenir diferente.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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