Cocos
Tarea

Cuentos en el muro

Lorena Paez


La Copra

—Tenga cuidado padre.

Así le había dicho su hija cuando lo dejó en el cocotero, ella tenía que regresar a casa para terminar las labores domésticas y visitar a Don Germán, a fin de concertar la hora de entrega de la copra. Don Julián sólo atinó a decir:
—No se preocupe m´hija, de este cuero viejo, todavía salen muchas correas.

El amanecer lo despertaba diariamente con una sinfonía de aves canoras, tonos naranjas y rosas en el horizonte y un mar azul cobalto; se levantaba siempre contento tarareando esa canción antigua que tanto gustara a su mujer, eso, se la traía a la mente con un dulce recuerdo. Su hija Carminda le tenía preparado el café del desayuno y el almuerzo del mediodía, después, ambos caminaban rumbo al cocotal para realizar el tumbado del coco platicando de los pormenores del negocio. Ella lo acompañaba hasta el campo para recibir diligentemente las últimas indicaciones. Don Julián había realizado esa tarea durante cincuenta años, sólo en ocasiones con apoyo de alguno de sus hijos, en realidad su pequeña plantación no requería de más.

Cuando joven, trepaba ágilmente la palmera ayudado apenas por una cuerda, ahora se veía obligado a usar la escalera armada con tablones viejos. A sus sesenta y cinco años ya no gozaba de las mismas habilidades pero seguía siendo fuerte y animoso. Había aprendido que obtenía mayor ganancia con la copra que con el producto en bola, así es que, había logrado armar su pequeño negocio familiar: él tumbaba y sus hijos quebraban, secaban y vendían el producto. Siempre se había destacado en la comunidad por su iniciativa, aun sin estudios, tenía la intuición suficiente para prever qué era lo más conveniente de acuerdo a lo visto en el mercado.

Se despidió de Carminda con un leve movimiento de la mano, la vio alejarse como cada día, y como cada día colocó la escalera sobre el tronco. La noche anterior había llovido a raudales. La lluvia no era buena para los cocos, debía cortar todos los racimos que tuvieran uno ya seco. Miró hacia las alturas, palmera por palmera, e identificó aquellos propios para la tumba. El aire era diáfano, el azul brillante del cielo y las blanquísimas nubes siempre le inspiraban una sensación de plenitud y alegría. Se dio unos minutos para disfrutar de su parcela, del paisaje y del sonido de la brisa entre los cocoteros. Debo reforzar la escalera —pensó— y comenzó a trepar con el machete en el cinto. Mientras lo hacía, pensaba felizmente en sus tareas pendientes.

Sin duda, la vida había sido buena, su hija era hacendosa y dulce como su madre, sus dos hijos fuertes y formales, y estaba seguro de que su mujer los cuidaba desde otro espacio, desconocido pero amable. Diariamente tumbaba los cocos de su parcela, esto le llevaba toda la mañana, al mediodía probaba el chilate y el tamal de iguana de su almuerzo y durante la tarde desbrozaba el terreno. Al anochecer regresaba silbando por el camino, regocijándose con los rosas, violetas y naranjas del atardecer en la bahía, entraba en el patio, verificaba que los cocos habían sido quebrados, y colocaba la pulpa en grandes tinajas para su secado posterior. En la cocina, lo esperaban todos para compartir las noticias del día; ésta era la hora familiar, momento para sonreír, quejarse, llorar o negociar, nunca suspendido y siempre esperado por cada miembro.

La escalera rechinaba al ir subiendo cada peldaño.

—Debí haberla reforzado—pensó otra vez…

El estribo cedió… en un segundo se vio suspendido en el aire; al caer, su pierna quedó atorada en el siguiente escalón. Pendía boca abajo sin saber qué hacer. Intentó balancearse para alcanzar la escalera pero sus fuerzas no daban para eso, trató de asirse a la palmera, sin conseguirlo. El peldaño no aguantaría, lo sabía; los maderos eran viejos, estaban mojados, la fuerza de la caída, su peso…

Miró alrededor: las palmeras se mecían lánguidamente con la brisa, corocoras y guacharacas volaban como siempre, abajo vio pasar un cangrejo. ¿Cuánto tiempo había tardado en adquirir y preparar su parcela para hacerla productiva? No lo recordaba a ciencia cierta, en realidad el tiempo había pasado sin sentirlo, animado como siempre por María, su mujer, siempre alegre y confiada. Ella había sido el motivo principal de todo su esfuerzo. En su mente siempre estaba el día aquél cuando la vio salir de la iglesia, acompañada de sus padres: su porte altivo, su tez suave y morena, la gruesa trenza cayendo pesada sobre la espalda de finas curvas y esos inmensos ojos de mirada profunda.

Lo demás había sido lo de menos: acercarse, invitarla a salir, ganarse a los padres, comprar la tierra, hacerla producir y mostrar que era un hombre de bien, Todo por ella, porque al cruzarse sus miradas al salir de la misa dominical, había surgido la certeza de que esa mujer, sería la madre de sus hijos.

Así que siguiendo la costumbre y con su anuencia, se la robó el día acordado. Más tarde en su boda, el huipil y el pozahuanco púrpura, resaltaban la belleza mestiza de María, él de cotón y calzón de manta, sereno, esperaba en la puerta del santuario de Tata Chú. Nadie recordaba una boda tan alegre, con tantas bendiciones. Y al poco tiempo Carminda, su primera hija, luego Jacinto y por último Manuel.

Su felicidad siempre fue plena. Tenían lo necesario con la venta de la copra. Sus hijos habían aprendido de él y lo habían superado, pues, habían asistido a la escuela para no ser sólo campesinos, sin embargo, nunca lo habían dejado solo. Durante la noche, en la cocina, le compartían sus deseos, inquietudes y problemas, lo respetaban por su sabiduría, por su carácter centrado y firme. Cuando María murió, lo acompañaron en silencio hasta que fue necesario. El dolor de la pérdida fue compensado con la llegada de los nietos, esos dos pequeños que saltaban en los charcos y reían a carcajadas, en silencio, su pensamiento y alma le decían que jamás olvidaría los momentos vividos con su esposa.

Y ahora se encontraba pendiendo de un peldaño… Su cuerpo se desplomó rudamente al vencer su peso el ajado tablón, en un segundo sintió debajo la tierra arenisca y oyó un crujido inesperado.

Imaginó a Carminda despidiéndose y diciendo —Tenga cuidado padre.— Por primera vez estuvo cierto de que había sido imprudente pero era demasiado tarde, su cuerpo descansaba blandamente sobre la arena quemante por el sol en el cenit.

Algo estaba roto en su interior. Arriba el cielo luminoso parecía sonreírle. No estaba muerto aún, su memoria le hizo recorrer una vez más los años transcurridos en compañía de su mujer; sabía que no tardaría en reunirse con ella. No podía moverse, no sentía dolor, tuvo todo el tiempo para la recordanza, los episodios más hermosos… su vista descansaba por momentos en el horizonte, ya observaba el vuelo de las aves, ya veía el mullido movimiento de las palmas o los cerraba para mejor rememorar sus experiencias.

Los segundos, los minutos pasaban lentamente, no vendría nadie hasta entrada la noche… nadie pasaba a esa hora por su parcela; sus hijos lo buscarían al ver que no llegaba a la hora acostumbrada; mientras, tenía la oportunidad de poner sus pensamientos en orden. No volvería a caminar… algo íntimamente se lo decía y tendría que tolerar el tiempo necesario hasta su muerte.

Ahora, la venta de la Copra perdía el sentido gozoso de la vida y lo adquiría el de la espera, para reunirse, como la primera noche con María.

XOCHIMILCO DEL NIÑO PA´. 2015.
Maestra y poeta egresada de la
Normal Superior de México e ILCE.

Lorena Paez

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