Usos múltiples

El timbre de las ocho

Armando Meixueiro Hernández
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán


Soledad entre dispositivos electrónicos e internet

I

César ha leído, últimamente, tanto adjetivos favorables como negativos para los nuevos dispositivos tecnológicos y de información. Entre los benéficos encuentra que son dúctiles, fáciles, accesibles, de información disponible y de uso generalizado. Entre las críticas están los argumentos de que no generan lo que prometen, es decir, no producen mayor comunicación, solidaridad o integración; hay quien asegura que conforman seres humanos cobardes, chismosos, evadidos y solitarios Algunas calificaciones son francamente encontradas, por ejemplo, hay quien asegura que todos los hechos políticos trascendentes pasan o pasarán inevitablemente por las redes y otras plataformas del internet. Otros piensan, por el contrario, que lo que engendran es apatía disfrazada de un activismo individual inmediatista, que no provoca grandes cambios. El viejo dilema de los “apocalípticos e integrados” en el que nos sumió Umberto Eco.

El profesor Labastida abre un procesador de textos en su tablet. Comienza a escribir estas características, negras y blancas, y decide quedarse con algunas para realizar su gimnasia mental de medio día en la soledad compartida del patio escolar. Comienza como siempre a formular preguntas: ¿Somos más solitarios o más solidarios que en otras épocas? ¿La tecnología sumerge al individuo más en su propio mundo o lo hace más consciente de su entorno? ¿Tener a disposición múltiples formas de pensar, de compartir las ideas y sobre todo las imágenes en tiempo real nos hace mejores personas? ¿Somos anónimos o públicos permanentemente? ¿Somos más los otros o más nosotros mismos? ¿Las consecuencias de los mensajes electrónicos son inconscientes, accidentales, previsibles, inevitables, impredecibles o catastróficas?

César muerde su sándwich y sorbe un jugo de piña que era de una marca mexicana y ahora es trasnacional, sin que aparentemente pase nada. Ahora piensa particularmente en la soledad y el individualismo: ¿hay manera de evitar que el individualismo contemporáneo no caiga en una soledad atroz en su desproporción? ¿Puede hacer algo la educación para contener, enseñar, guiar o revertir el individualismo y la soledad del mundo posmoderno?

No sabe las respuestas. De lo que está cierto César Labastida Esqueda es de que experimenta un cambio de época cuyas consecuencias no están todavía a la vista, pero impactan ya en lo que es su oficio; el de dar clase. Realidades como la hiper-subjetividad que galopa en cada persona, un mercado que todo lo vigila y domina, un hedonismo generalizado difícil de saciar y un relativismo que tiende a ahogar el antes tan confiable saber científico.

César se siente abrumado y con la contradicción irresuelta, entra al salón y ante esa feria de individuos tan ellos y tan solos, que mueven con inusitada rapidez los dedos sobre pequeñas pantallas, comienza su clase con un reto:
—Guarden sus celulares, dispositivos y computadoras. Ahora escriban, por favor, en su cuaderno el siguiente ejercicio: Realizar un breve ensayo sobre algo que hayas aprendido en forma personal en tu soledad y contrastarlo contra algo que hayas aprendido de tu familia o barrio. Tienen veinte minutos jóvenes y es parte del examen parcial.

II

Fin de semestre. Periodo de exámenes finales. Época devastadora para alumnos y maestros. José González, un estudiante cuya voz desconoce el profesor César porque en seis meses de clases jamás levantó la mirada de la pantalla ni dejó de manosear el teclado de su laptop exiliado en la banca más lejana del salón, entregó su examen en un tiempo récord y con muy pocas preguntas resueltas.

El profesor recibió el examen con rostro escéptico, esperando algún comentario. José, congruente con su silencio monacal, recogió la mochila donde hibernaba la flamante computadora y salió del salón sin volver la espalda ni pronunciar palabras. El destino inevitable de ese sujeto —pensó César Labastida— será la reprobación.

Cuando el profesor César calificó los exámenes confirmó sus sospechas. José había obtenido 3.5 de calificación. Luego de tres días, el coordinador de la materia le notificó al maestro César Labastida que habían solicitado una revisión de examen y que quien la gestionaba era el alumno José González.

—¿Quiere una revisión José González? —bufaba el profesor César— ¡Pero si sacó 3.5 y dejó en blanco más de la mitad del examen!

—Sí, César, pero tienen ese derecho, en el Reglamento está estipulado. Así que dime cuándo podemos citar a este alumno para la revisión.

—No creo que pueda subir su calificación, pero ¿puedes el jueves a las siete de la mañana? Obliguemos a este alumno a levantarse temprano, por lo menos. —Concluyó César enfurecido.

El día de la revisión César Labastida, molesto y adormilado, llegó puntual a la cita. Tenía la esperanza de que el estudiante no se presentara. El coordinador, junto con un colega más, había dispuesto la papelería necesaria para revisar el examen.

—No entiendo por qué solicitó revisión este alumno. —manifestó el colega maestro— No hay manera de que suba una décima.

Eran cerca de las siete cuando en el pasillo somnoliento se percibió la silueta pesada de José González, lastrando en su espinazo la obligatoria laptop. Entró a la sala de maestros, se acomodó, malogrado, en un asiento que estaba vacío, y por primera vez César escuchó unos murmullos del estudiante, tímida voz que requirió que le explicaran en qué se había equivocado.

El profesor César Labastida recitó los errores de las pobres respuestas que José había escrito en el examen y le aclaró aquellas contestaciones faltantes, mientras José González conservaba un rostro impávido, eludiendo la mirada. Toda su postura expelía una soledad y un aislamiento atribulado. No fue hasta que el coordinador arrebató la palabra al profesor César cuando el alumno cambió su semblante.

—¡José, no es posible que hayas pedido revisión con este desempeño! ¡¿Qué te pasa? ¿Estás loco?! ¡¿No te das cuenta de tus equivocaciones?! ¡No es la única materia en la que tienes problemas! ¡Le estás robando a tus padres ¿te das cuenta?!

Finalizó la revisión con el agotamiento de regaños que había arrojado el coordinador. No se corrigió nada en el examen. La calificación permaneció intacta: 3.5. El alumno se puso en pie, volvió a colocar la maleta con la computadora en su ahuecado dorso, se despidió con los reconocidos gestos no verbales, sin emitir frases, y se esfumó espetando una amplia sonrisa.

—No te angusties César. —aclaró el coordinador— Me he dado cuenta que en estas revisiones lo único que esperan estos estudiantes es un poco de atención, aunque sea una reprimenda o un castigo, porque en sus casas nadie los pela. Andan muy solos por la vida.

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

abelroca. 31 de Mayo de 2015 10:18

lo dicho: la evaluación no despejó las incógnitas demostradas por el estudiante que también pasaron inadvertidas por los calificadores, al final una conclusión ajena al fin educativo del programa no alcanzado por el estudiante, cuyo objetivo no era “pelar al estudiante”. la soledad es algo asi…

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