Venezuela-calle
Orientación educativa

Decisiones

Camila De la Fuente Sandner


La sinfónica de la represión (Crónica)

—¡Pssssssssst!—H

Silencio

—¡Psssssssssst!—A

Silencio

—¡Psssssssssst!—Y

Las letras se iban pintando con el spray rojo que nos habían donado en la Universidad.

Letra por letra se leía en la tela: “Hay poca comida, pero hay muchas balas”. La frase de la canción de Calle Trece, una banda comunista pero que, irónicamente, vive en Miami.

Recuerdo ver mis manos temblar ese 12 de febrero del 2014, día de la Juventud.

Escalofríos se sentían en conjunto con los demás estudiantes. Nunca me imaginé que nos tocaría tal responsabilidad. Ser parte del Centro de Estudiantes implicaba organizar eventos divertidos y educativos para la Universidad, pero esta vez nos tocó ser el Movimiento Estudiantil. Formar parte de este grupo es como una ruleta rusa; a veces te toca leve, a veces no tienes tanta suerte. Mi puesto en la vicepresidencia me obligaba a guiar a los demás estudiantes en las marchas junto a mis compañeros de la junta directiva, nuestro deber era dar la cara. Era un compromiso que teníamos ganas de cumplir y había que mostrarnos valientes, aunque en el fondo, nos moríamos del terror. Por alguna extraña razón, a pesar de haber participado en muchas protestas en nuestras vidas, ese 12 de febrero no iba a ser igual.

Después de gritar algunas palabras inspiradoras y consignas llenas de ganas de libertad, producto de años y años de represión y dictadura en Venezuela, nos subimos al metro de Caracas junto a más de 300 caras inocentes que no sabían a lo que se estarían enfrentando en unas horas. Ni nosotros lo sabíamos. El silencio reinaba en los vagones, sólo oíamos nuestra respiración. El ambiente parecía la escena de una película de fantasmas paranormales.

Nos bajamos y la cantidad de gente marchando no nos permitía ver el inicio ni el final de aquella gigantesca protesta. Navegábamos en un mar de gente infinita vestida del tricolor de la bandera, que gritaba y cantaba a la par canciones que condenaban al gobierno chavista de Nicolás Maduro. Después de oír discursos de líderes políticos y líderes estudiantiles, con mucho orgullo recorrimos la marcha junto a nuestra bandera universitaria hasta la parte de más adelante, orientándonos hacia nuestro destino.

Nos frenamos frente a un edificio negro titulado el Ministerio de Relaciones Interiores de Justicia y de Paz, donde los estudiantes de más maniobra comenzaron a escalar las rejas para guindar una tela colosal con palabras de inconformidad ante la gestión del gobierno.

No teníamos armas, no había violencia. Tampoco habían policías. Recuerdo notar su ausencia y morderme los labios. Algo va a suceder.

En la marcha estábamos los estudiantes, los profesores, los ciudadanos de todas las clases sociales y todos los colores de piel. Nos unían los colores de la bandera y las ganas de ser un pueblo libre. Habían familias completas, viejitos y jóvenes cansados de vivir la misma miseria. En mi caso, al final mi hermana y yo nos encontramos en la marcha con mi papá, quien al notar que no habían policías y nada ocurría todavía, nos recomendó irnos en el metro 10 minutos antes de la hora establecida para regresarnos a la Universidad.

Con él hicimos el último viaje en metro del día. Es escalofriante saber que las puertas de las estaciones del metro de la ciudad repentinamente cerraron justo después de que nos bajamos del vagón. No había forma de movilizarse de la marcha. Las personas, eufóricas por la adrenalina causada por la monumental marcha guiada por Leopoldo López, no se habían dado cuenta de su encerramiento inoportuno y bien planeado por cabezas con macabras intenciones.

Llegamos a una pizzería que estaba llena de gente vestida del amarillo, azul y rojo que tanto vimos alrededor de nosotros minutos antes. En la televisión, se veían las olimpíadas de Sochi del momento. Apenas nos sentamos, comenzó la canción que indicaba que venía una cadena nacional. Mi corazón comenzó a palpitar. En la pantalla se veía a Nicolás Maduro con una sonrisa en la cara, junto a Gustavo Dudamel, director de orquesta venezolano de la Sinfónica Simón Bolívar, muy reconocido a nivel mundial, pero no muy querido por el pueblo por apoyar a la Revolución Bolivariana. En la cadena, se veía a Dudamel tocando sus hermosas melodías mientras que a mi celular llegaban mensajes:

“¡Están disparando!”

—Música clásica de Dudamel —

“¡AYUDA!”

— Continúa música clásica de Dudamel —

“¡Ya mataron a un chamo!”

— Sigue Dudamel y sonríe MaduroDesesperación.

Sangre. Gritos. Los estudiantes fueron rodeados por Tupamaros armados
y policías que les daban el paso para disparar. Veinte minutos después de habernos ido, las balas comenzaron a matar. Recuerdo la frustración al leer lo que ocurría y luego ver el bloqueo mediático frente a mis ojos, en la pantalla de aquella pizzería. Todos los canales difundían la hermosa sinfónica de Dudamel. El cinismo cobró vida e hizo entender lo que venía.

Jamás me imaginé estar en eso unos largos cuatro meses de mi vida. Saliendo y sabiendo que nos iban a disparar, encarcelar, herir y ahogar en lluvias de gases lacrimógenos.

Saber que la sangre correría cada vez que sonara la canción del inicio de una cadena nacional en la televisión y en la radio. Ser reporteros de guerra improvisados, escondernos de los que nos perseguían. Compañeros muertos, cientos de heridos, miles de presos. Guarimbas con fuego bloqueando todas las calles. Día a día se reportaban terribles eventos en las redes sociales mientras que en la televisión y la radio se enmudecía la sangrienta realidad.

Recuerdo el 12 de febrero, día de la Juventud, y todavía me tiemblan las manos. Los escalofríos los sentimos en conjunto los estudiantes que lo vivimos. Nunca me imaginé que nos tocaría tal responsabilidad y que se convirtieran en verdad las palabras que esa tarde del 12 salieron de la boca de mi padre: “Todo esto que están viviendo ahorita, algún día saldrá en los libros de historia.”

Camila De la Fuente Sandner
Estudiante de la Licenciatura en Comunicación de la Universidad Anáhuac. México-Norte

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