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LA CLASE


Jorge Volpi


Pobladores de mundos extraños: reflexiones sobre escritores y científicos

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Observemos a estos dos sujetos como si nos convirtiésemos en físicos experimentales y ellos fuesen partículas subatómicas. El primero es silencioso y arisco, aunque cuando habla en público (o frente a los micrófonos o las cámaras de televisión, que cada día se interesan más por sus ojeras) se convierte en un torbellino y barrunta conferencias de dos horas. Aunque quizás tenga una esposa y una hija, nada le importa tanto como la turba de fantasmas que convoca en el papel. De no ser porque la costumbre nos lleva a ensalzar a los individuos de su especie como a iluminados (o a denigrarlos como portadores de mal agüero), habría que considerarlo insano y encerrarlo. Reconozcámoslo: pasa semanas, años en compañía de seres inexistentes. Un individuo que, marginado del mundo por voluntad propia, se enclaustra en sus pensamientos, volcado a amar, odiar, temer o admirar criaturas etéreas. Allí, apelmazado en su sillón, con los ojos estragados por la proximidad del papel o la pantalla, apenas alumbrado, el escritor renuncia a la realidad y edifica otra. Peor: inventa un universo paralelo para que nosotros lo habitemos. Los lectores somos sus víctimas: una vez que caemos en sus redes, abandonamos nuestras vidas cotidianas y nos trasladamos a la prisión que él nos ha reservado. Y, sin oponer resistencia, sin dudar de sus intenciones, sin apenas rebelarnos, confiamos en sus reglas. Ilusos, nos extraviamos en su terreno y, si no nos aburrimos o cansamos, permanecemos allí hasta la última palabra y el último signo de puntuación. Cuando arribamos a la meta ya no somos los mismos: nos hemos convertido en pobladores de sus mundos extraños.

El otro individuo no es muy distinto. El lugar común lo dibuja con los cabellos largos e hirsutos, la mirada lustrosa y perdida, modales atrabiliarios y un sentido del humor tan sutil que raya en el absurdo. Él también pasa semanas y años, muchos años, frente a la computadora que titila sin cesar, plagada de signos abstrusos y amenazantes. Igual que su colega, el físico no confía en su entorno: el mundo le parece un terreno que, si no es hostil, al menos está incompleto. Un lugar maravilloso —lo comprueba con cada una de sus teorías— pero elusivo y extravagante, infinitamente más fantástico que el imaginado por el escritor. El físico piensa que el universo es un misterio que debe resolverse. Quizás sea pronto, quizás falten décadas —o siglos— para alcanzar la meta, pero al final la razón habrá de imponerse y las leyes que todo lo gobiernan refulgirán ante nuestros ojos. El físico no duda en fatigar su vida con cálculos y ecuaciones; como el escritor con sus palabras, frecuenta más a sus números —personajes tan densos y caprichosos como los del escritor— que a otros humanos. El físico suele ser tachado de iluso y excéntrico, y acaso lo sea. Cada hipótesis lo acerca a su objetivo y en aras de este sueño inventa, con una imaginación que supera a la del novelista, el origen, la forma y el sentido del universo. Si el escritor nos atrapa en su telaraña, el físico nos revela, irónico, las pautas que nos gobiernan. Igual que el escritor, también nos encierra en sus mundos extraños.

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No, no y no, rebatirán los puristas. Físicos y escritores no se parecen en nada. Es más: son criaturas antagónicas. El primero es un científico: alguien que confía en la razón, que investiga con rigor, que está obligado a probar sus afirmaciones. El segundo, en cambio, no tiene otro límite que su creatividad o su locura, carece de método —o su método resulta incomprensible— y, por tanto, de objetividad. El físico es serio y respetable; el novelista, en cambio… Los críticos no se atreven a decirlo, pero por sus mentes danzan las palabras bufón, comediante, payaso. ¿A quién se le ocurre emparejar a quien desentraña el cosmos con un tipejo que en el mejor de los casos balbucea bellas mentiras e inventa falsos misterios? Los puristas siempre hacen honor a su manía clasificatoria. Su ansia les impide ver que físicos y escritores pertenecen a la misma especie: ambos son meticulosos artesanos de la imaginación.

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Lo confieso: soy escritor. Aclaro en mi descargo que siempre quise ser científico. Físico, para más señas. Lo he contado en otras ocasiones: de niño quedé fascinado por Cosmos, el programa de Carl Sagan. Cada tarde de domingo obligaba a mis padres a volver a casa, ansioso por un nuevo episodio de la serie. Cosmos me deslumbraba más que cualquier película de ciencia ficción —otra afición infantil que se prolonga hasta la edad adulta— y más que cualquier cuento. Sagan se refería a la ciencia que estudiaba lo más grande y lo más pequeño, y a mí me fascinaban tanto sus explicaciones, dobladas por un locutor cuya voz oscura y tersa aún resuena en mis oídos, como las coloridas galaxias y átomos que lucían en la pantalla. Gracias a Sagan descubrí que el universo escondía una belleza recóndita y azarosa, superior a los mitos cristianos de la escuela católica donde extravié mi niñez. El universo se me aparecía como un enigma, sí, pero un enigma que podía ser resuelto. Y que, de hecho, los seres humanos habíamos comenzado a resolver. ¿Cómo no proseguir la senda de Copérnico, de Kepler, de Newton, de Planck, de Einstein? Aunque mi admiración por esta disciplina nunca disminuyó —las matemáticas eran mi asignatura favorita—, a la hora de escoger una carrera universitaria me decanté por… el Derecho. ¡Qué insensatez! Nunca lo lamentaré suficientemente. ¿El motivo? En primer lugar, los pésimos profesores de física que me atormentaron o, peor, me aburrieron en la secundaria. Sagan me había enseñado a amar los quarks y las supernovas, mientras que ellos me hicieron odiar los vectores y las máquinas simples. Los siguientes años oscilé entre la química y la arquitectura, la historia y el psicoanálisis, la filosofía y la música, pero mi abandono de la física quedó marcado en mi fuero interno como una traición. Porque, si bien nunca estudié la relatividad o la mecánica cuántica, sigo creyendo que, antes que nada, soy un físico en potencia. Con el paso del tiempo, la literatura me permitió compensar mi perfidia. En 1994 tuve la idea de escribir una novela sobre física o, más bien, sobre físicos. Esa fue la idea inicial y, gracias a ella, pude entrever otra vida. Mi vida de físico podía ser fantasmal y vicaria, pero no era por ello menos auténtica. Desde entonces, y hasta que publiqué En busca de Klingsor en 1999, conviví más con físicos imaginarios o muertos —Heisenberg,

Bohr y Schrödinger en primer plano— que con cualquier persona. Y, por unos segundos, pude escapar a una dimensión paralela en donde al fin le hacía justicia a ese niño de diez años que se emocionaba con Cosmos los domingos y se creía capaz de comprender el Big Bang o de unir, algún día, la relatividad y la mecánica cuántica.

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Como los personajes de un relato de Kafka, los seres humanos aparecimos de pronto en esta gigantesca jaula que llamamos Tierra. Un día despertamos y nos descubrimos convertidos en estos repugnantes bichos bípedos, sometidos a fuerzas absurdas e incognoscibles. Como si un dios artero nos hubiese abandonado aquí para jugar con nosotros por medio de reglas tan caprichosas como elusivas.

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——¿Por qué estamos en este mundo?
—¿Y por qué este mundo es justo así?

Estas cuestiones han aguijoneado las mentes humanas desde el principio de los tiempos; hemos intentado responderlas de dos maneras: bien inventando explicaciones a cual más absurdas sobre el origen del universo, bien tratando de descifrar los mecanismos que lo tutelan. En esas épocas remotas, religión y ciencia —o mejor: ficción y ciencia— apenas se diferenciaban, eran dos formas de responder a la misma curiosidad insatisfecha. La invención de dioses y héroes, forma primaria de la literatura, perseguía el mismo objetivo que la ciencia: saber qué ocurrió en el pasado —cómo se creó el universo, cómo surgió la Tierra, de dónde provenimos— y predecir, con la mayor exactitud posible, lo que sucederá más adelante.

Pasado y porvenir se convirtieron así en las grandes fijaciones de nuestra raza: arrojados en este terreno hostil, necesitábamos establecer una red de causas y efectos para garantizar o al menos prolongar nuestra supervivencia. A diferencia de los demás organismos, los humanos somos capaces de imaginar —y de fantasear con— el antes y el después, de entrever el pasado y de aventurar el porvenir. Literatura y ciencia son hijas de la imaginación. El poder de crear mundos alternos es nuestro rasgo distintivo como especie.

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—En el principio era el Verbo.

Así comienza el Evangelio de San Juan y, de alguna manera, es cierto: la única forma de referirnos a nuestro origen —al origen del cosmos— es mediante la palabra. Esta es la razón de que todas las culturas, en todos los tiempos y lugares, hayan necesitado mitos para explicar el momento en que nació el universo. Dioses airados y barbudos, cataclismos cósmicos, serpientes voraces, batallas estelares: la imaginación humana no ha conocido límites a la hora de imaginar el Principio de Todas las Cosas.

No deja de resultar paradójico —y reconfortante— que la física contemporánea haya llegado a una conclusión parecida: el universo no es eterno, sino que, como han demostrado decenas de observaciones, tuvo un Glorioso Principio. Imposible explicarlo sin recurrir a la literatura: el universo se inició hace unos trece mil setecientos millones de años gracias a una explosión a la que los cosmólogos han concedido el nombre de Big Bang.

—¿Y qué había antes del Big Bang?
—Nada.
—¿Nada?
—De hecho, ni siquiera podemos hablar de antes del Big Bang.

Porque ese «antes» supone la existencia del tiempo, y el tiempo también se creó en el Big Bang.

Qué relato más poderoso, inquietante, fantástico.

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Cuanto ocurre en el universo demuestra nuestra infinita pequeñez, nuestro carácter efímero y pasajero. Imaginar que el universo tiene trece mil setecientos millones de años, mientras que la vida humana apenas llega a los ochenta o noventa, produce un malestar cercano al vértigo. ¿Para qué tanto tiempo? ¿Y tanto espacio? La ciencia apenas se atreve a plantearse estas preguntas y acaso sólo la literatura se atreve a responderlas de vez en cuando para apaciguar nuestro vapuleado egoísmo.

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La luz, siempre la luz. En mitos y leyendas el cosmos surge en el momento en que se separaran las tinieblas de la luz. Apenas sorprende ya que la luz haya sido identificada con la divinidad y luego con la razón: pensemos en Goethe exigiendo, antes de morir, un poco más de luz. De los antiguos persas a los ópticos medievales, de Newton a Huygens, y de Maxwell a Einstein, la elusiva naturaleza de la luz —y en especial de la luz que proviene de las estrellas— ha animado la perplejidad científica.

—¿Qué es la luz?
—¿De qué está hecha?
—¿Cómo se comporta?

Mientras Newton estableció que la luz estaba formada por diminutas partículas (que a la postre darían lugar a los fotones), Huygens llegó a la conclusión inversa: la luz estaba formada por ondas. Al cabo de varios siglos, gracias a Einstein y De Broglie, llegamos a la paradójica conclusión de que ambos, Newton y Huygens, tenían la razón. Por más extraño y antinatural que suene, la luz a veces se comporta como partícula y a veces como onda.

—¿Cómo que a veces?

De pronto ese bicho introducía en nuestro modelo del mundo una idea que estremecía nuestras intuiciones. Y no era sino la primera paradoja de las muchas que habrían de cimbrar nuestra idea del universo como un lugar lógico y aburrido. De conocer su errática conducta —sus múltiples personalidades— es probable que Goethe no se hubiese empeñado en pedir más luz.

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Desde la publicación de los Principia Mathematica de Newton en julio de 1687, hasta la aparición de los tres artículos del Annus Mirabilis de Einstein en junio de 1905, el universo fue visto como un lugar sereno y confortable, dominado por fuerzas invisibles pero exactas que el ser humano no tardaría en inventariar. Poco más de dos siglos de paz y buenas maneras, durante los cuales los hombres de ciencia se veían como taxónomos dedicados a clasificar toda clase de cosas: especies animales y vegetales, fenómenos atmosféricos, lenguas y dialectos, enfermedades, sistemas jurídicos, categorías filosóficas. El mundo era una biblioteca y el científico un archivista que, con un poco de paciencia, terminaría por ordenar los desvencijados volúmenes que se apilaban en las estanterías de la Creación. En muy poco tiempo no quedaría mucho más que hacer y los humanos nos dedicaríamos a contemplar, extasiados aunque un tanto abúlicos, la fastuosa imagen del cosmos construida por los científicos.

Mientras los hombres de ciencia confiaban en ofrecer una imagen completa del universo, los novelistas descubrían el naturalismo: sus plumas también serían capaces de retratar, con exactitud fotográfica, la realidad. Y ellos también se dedicaron a clasificar a sus congéneres en mamotretos que juzgaban, con escasa modestia, espejos de su tiempo. Mientras el físico creía aproximarse a la exacta comprensión del cosmos, el novelista reproducía la sociedad con idéntico optimismo.

Einstein destruyó esta visión idílica. Los horrores de la Primera Guerra Mundial hicieron el resto.

A partir de entonces, ni los hombres de ciencia ni los novelistas volverían a sentirse capaces de ofrecer una visión del mundo llana y armónica: la era del progreso lineal, de la taxonomía, del optimismo y de la fe en el futuro habían llegado a su fin. Comenzaba la era de la incertidumbre.

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—Permítanme que insista con la luz.

Fogosa, inquieta, infatigable. Einstein descubrió, fascinado y horrorizado, que la luz nunca se detiene, que la luz nunca reduce su velocidad, que la luz siempre viaja a la velocidad de la luz. Y, lo que es peor, que es idéntica para todos los observadores al mismo tiempo.

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Recordemos que las dos principales obsesiones de nuestra especie son contemplar el pasado y atisbar el porvenir. En este sentido, la máquina del tiempo imaginada por H. G. Wells existe; está aquí, a nuestro alcance: es, ya la sabemos, la luz. Gracias a que, como descubrió Einstein, esta tiene una velocidad finita y constante, en realidad siempre vemos el pasado. Así es, por extraño que suene; el presente, en cambio, es invisible. No podemos ver lo que sucede ahora porque es necesario que la luz viaje a trescientos mil kilómetros por segundo antes de llegar a nuestros ojos. Cuando pretendemos espiar al vecino, o incluso admirar esta montaña o aquella nube, el tiempo que transcurre entre el momento en que la luz viaja a partir de esos objetos resulta imperceptible. Pero, si fuéramos estrictos, nunca vemos al vecino, la montaña o la nube como son ahora, sino como fueron hace unos instantes. La otra máquina del tiempo es, claro, la literatura.

Gracias a ella podemos contemplar el pasado desde nuestro sillón como si fuera parte del presente. Igual que la luz al rebotar en los objetos y viajar hacia nosotros, la ficción literaria nos permite creer que somos testigos de lo que ya ocurrió.

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Cuando las distancias se multiplican, la posibilidad de ver el pasado también aumenta. Si nos fijamos en las grandes distancias estelares, casi seríamos capaces de observar el Big Bang. Tal como lo predijo George Gamow y lo comprobaron Arno Penzias y Robert Wilson, los seres humanos, estas diminutas criaturas en los arrabales del universo, hemos logrado observar los inicios del cosmos. En 2006, los físicos John Mather y George Smoot obtuvieron el Premio Nobel porque, gracias a las mediciones del satélite Cobe, pudieron atisbar el universo tal como era cuando tenía cuatrocientos millones de años, la última medición posible. Wells se hubiese quedado perplejo.

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Bueno, de acuerdo, la luz es, ¿cómo decirlo?, especial. Pero no tenemos que hacer un escándalo, el resto de nuestro mundo sigue aquí, como siempre.

Los primeros lectores de la relatividad se apresuraron a pronunciar frases semejantes a fin de devolvernos a la seguridad del siglo XIX. Una pequeña perturbación —la luz, la maldita luz— no tenía por qué revocar a Newton. Los más lúcidos, en cambio, no tardaron en entrever las consecuencias de esta anomalía. Y, a lo largo de las siguientes décadas, el viejo orden del mundo se vino abajo. A partir de entonces nada fue igual. Todas nuestras creencias fueron derruidas sin piedad. Nos quedamos sin asideros y las palabras cotidianas — tiempo, espacio, gravedad, partículas, masa, materia, átomos, ondas— adquirieron significados cada vez más perturbadores. La nueva física exigía la creación de un nuevo lenguaje.

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Como Moisés que guía a su pueblo sin pisar la tierra prometida, Einstein sintió pánico ante sus propias teorías. Gracias a sus observaciones sobre la velocidad de la luz, el tiempo y el espacio dejaron de ser absolutos. Cada nuevo descubrimiento minaba más sus convicciones. Y, por si fuera poco, el maldito azar, con su carga de inestabilidad, hizo su aparición en el plácido mundo de la física. «Dios no juega a los dados», sentenció Einstein, sin darse cuenta de que había dados por doquier, de que estábamos rodeados de dados, de que estamos hechos con la materia de los dados.

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El mismo año que Einstein publicó su teoría de la relatividad especial, 1905, Richard Strauss estrenó Salomé, su ópera más arriesgada hasta entonces. En 1909, con Elektra, Strauss fue todavía más radical en su exploración del lenguaje armónico. Pero entonces, igual que Einstein, el compositor atisbó el abismo: de inmediato supo que, si se aventuraba más allá, quebraría las reglas de la música. Y, como Einstein, prefirió echarse atrás. Tendrían que ser otros los responsables de llevar hasta sus últimas consecuencias los desafíos planteados por estos pioneros: Bohr, Heisenberg y Schrödinger, en el caso de la física, Schönberg, Webern y Berg en el de la música. Einstein y Strauss no se equivocaron: la mecánica cuántica y la dodecafonía arruinaron para siempre las certezas de Newton y de Haydn.

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La primera baja producida por la relatividad de Einstein fue el tiempo. Hasta entonces se pensaba que era un parámetro objetivo, idéntico para todos. La obsesión victoriana con la puntualidad ferroviaria se basaba en la idea de que el tiempo es igual en todas partes. Otra idea armónica, pero errada. Porque, si la velocidad de la luz es constante, la simultaneidad no puede ser un concepto universal con el que todo el mundo esté de acuerdo. En otras palabras: Einstein demostró que no existe un reloj cósmico que mida el tiempo en todo el universo.

Como los escritores no suelen trabajar con la luz, no se vieron inmediatamente trastocados por esta idea; en cambio, la modificación del tiempo único y monolítico en un flujo gelatinoso tuvo graves consecuencias para la literatura de ficción (y, otra vez, la música). Los cuentos y las novelas son, como las películas o las sinfonías, productos de una lucha contra el devenir o, como sugería el cineasta soviético Andréi Tarkovski, formas de esculpir el tiempo. En las novelas los hechos se encadenan uno tras otro, como los pulsos marcados por un reloj. La posibilidad de que ese torrente de horas, minutos y segundos varíe para cada observador legitimó la idea literaria y psicológica de un tiempo interior distinto para cada persona o personaje. Así, mientras Einstein revolucionaba el tiempo físico, Svevo, Kafka, Joyce y Freud mostraban su flexibilidad interior.

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—Olvidaba otro detalle relacionado con la luz. Al tener una velocidad constante, no sólo el tiempo depende del movimiento relativo: lo mismo le ocurre al espacio.
—¿El espacio tampoco es sólido e inmutable?
—Eso me temo.
—Como en Alicia.

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La física cuántica ofrece tantas paradojas que merecería ser considerada una fantasía literaria. Un ejemplo: en teoría, usted podría atravesar aquel muro y salir ileso. Las posibilidades de lograrlo son escasas, pero innegables. Cuando usted intenta esta estúpida maniobra, las ondas de probabilidad de las partículas subatómicas de su cuerpo atraviesan el muro. Una parte de usted está, en algún sentido, del otro lado. Existe en efecto una probabilidad diminuta —pero, permítame que insista, cierta— de que usted atraviese el muro.

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La irrealidad de la mirada da realidad a lo mirado, sugería Octavio Paz. Werner Heisenberg lo dijo de otra forma: si, como advierte el principio de incertidumbre, resulta imposible conocer al mismo tiempo la posición y el momento de un electrón, no se debe a un error de cálculo, ni de falta de precisión de nuestros instrumentos, sino a una condición ineludible del mundo cuántico: el observador modifica lo observado. Este fenómeno, bautizado con un nombre tan literario como «principio de incertidumbre» (en vez de «principio de indeterminación»), fascinó a los artistas tanto como a los científicos.

La popularidad que alcanzaron términos como «relatividad» o «incertidumbre» provocó que el mundo pareciese más relativo e incierto que nunca. Y si pensamos que estas palabras se volvieron de uso frecuente justo antes de los horrores del Holocausto e Hiroshima, constataremos que ninguna palabra es inocente y que ninguna teoría científica es aséptica. Lo sabían los filósofos antiguos: al nombrar las cosas las determinamos; otro de los principios que comparten ciencia y literatura.

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Hay que ir siempre más allá, siempre más profundo, hasta encontrar esa utopía que es el principio mínimo de la materia. Primero fueron los átomos (cuyo nombre quiere decir, precisamente, indivisible), que Rutherford imaginó como sistemas solares en miniatura. Luego vinieron los protones, neutrones y electrones. Al final, la teoría cuántica y los aceleradores de partículas provocaron una monstruosa superpoblación en el mundo subatómico: electrones, neutrinos del electrón, quarks u o arriba y quarks d o abajo (el término quark, no hay que olvidarlo, Murray Gell-Man lo tomó de Joyce), muones, neutrinos del muón, quarks c o encanto y quarks s o extraños —qué imaginación literaria—, taus, neutrinos del tau, quarks t o cima y quarks b o fondo…

—¿Y de qué están hechas a su vez todas estas partículas enanas e invisibles?
—De pequeñas cuerdas, tal vez.
—¿Y de qué están formadas las cuerdas?
—De nada. Son la esencia misma del cosmos.
—Eso dicen siempre y siempre encuentran algo más pequeño. ¿Por qué las cuerdas iban a ser la excepción?

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El modelo de universo que ofrecen la relatividad y la mecánica cuántica ha sido comprobado experimentalmente de mil formas distintas y su capacidad para predecir los fenómenos naturales posee una cegadora belleza. Pero hay un problema. Una pequeña fisura en el modelo estándar que sólo aparece en el ámbito de lo infinitamente pequeño o en esos estados límite conocidos como singularidades. En esos casos resulta imposible conciliar la relatividad con la teoría cuántica. Es triste reconocerlo, pero así ocurre. La culpable de arruinar la armonía del modelo estándar es la gravedad. Por ello los físicos están obsesionados con hallar una nueva teoría del cosmos, a la que no han dudado en llamar Teoría del Todo, aunque algunos prefieran referirse a ella como Teoría M (no de muerte, sino de misterio). El gran sueño de la física radica en encontrar un modelo que armonice los dos grandes descubrimientos del siglo XX. En este panorama, la teoría de cuerdas parece tener algunas posibilidades de lograrlo. A diferencia del modelo estándar, la teoría de cuerdas aspira a resolver las contradicciones que nos heredaron Planck, Einstein, Bohr, Heisenberg, Schrödinger y sus secuaces.

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La teoría de cuerdas es uno de los modelos físicos más hermosos y disparatados que se hayan creado. Veamos: las partículas mínimas que componen la materia no son puntuales, como sostiene el modelo estándar, sino diminutos filamentos o membranas cuyas vibraciones, producidas en un espacio-tiempo de múltiples dimensiones, determinan cuanto ocurre en el cosmos. La música celestial. O mejor aún: la armonía de las esferas. Tengo la sospecha de que, si la teoría de cuerdas resulta tan atractiva se debe a su aura literaria. No sugiero que carezca de fundamentos físicos y matemáticos, pero como escritor no me cabe duda de que su belleza plástica —una melodía en el concierto cósmico— ha determinado su poder de seducción.

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Para que la teoría de cuerdas funcione hace falta que el universo tenga once dimensiones. E incluso hay quienes, en un alarde inflacionario, llevan el número a veintiséis.

—¿Once dimensiones?
—Sí, once.
—¿Y dónde están las otras?
—Por allí, en todas partes. Si no las ves, es porque están arrolladas.
—¿Enrolladas?
—Arrolladas.
—¿Como taquitos?

Un mundo con once dimensiones. La mayoría de ellas arrolladas, por supuesto. Invadidas por estructuras pluridimensionales conocidas como formas de Calabi-Yau. Nada de esto se le hubiese ocurrido a Lewis Carroll.

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Numerosos físicos piensan que la teoría de cuerdas es una invención literaria más que una teoría científica. Aún posee demasiadas fisuras y los cálculos para comprobarla resultan tan lejos de nuestro alcance que es difícil aventurar si algún día será probada experimentalmente. Otros la defienden: a diferencia del modelo estándar, no sólo une la gravedad con el electromagnetismo y las demás fuerzas atómicas, sino que posee una simetría única. No deja de ser significativo que su mayor baza sea estética y no científica.

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Cuando Adán probó el fruto prohibido del árbol de la ciencia no sólo desobedeció la orden de Dios, sino que puso a prueba las leyes del cosmos. Era natural que Yahvé, iracundo, lo castigase. ¿Cómo el Viejo Relojero iba a soportar que alguien hurgase en los resortes de su Creación? Desde entonces, los humanos han desafiado todas las prohibiciones que les impedían escrutar los enigmas del cosmos. Por fortuna, la manzana robada por Eva no tardó en caer sobre Newton. La ciencia no podría existir sin la imaginación literaria y la literatura sería un pálido reflejo de la realidad si no se acercarse a ella con el mismo rigor de la ciencia. Escritores y científicos no son rivales, sino detectives que emplean la razón para desentrañar esa M que anima nuestras pesquisas. La obsesión por develar estos misterios nos hace humanos.

Jorge Volpi
Escritor mexicano

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