Usos múltiples

El timbre de las ocho

Armando Meixueiro Hernández
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán


Aprendiendo en el asiento trasero de un auto de ocho cilindros

Instalado en su estudio, César cierra el libro de cuentos El que espera de Andrés Neuman, lo deja en el librero y toma la taza del platito que la soporta. Da unos tragos a su té de limón. Se pone de pie, se estira y emite un pequeño gruñido.

Prende una pantalla plana de televisión, que en realidad usa para reproducir las películas que ve en formato dvd. Esa televisión no tiene antena ni está conectado a algún sistema de cable. Solo la utiliza para ver películas.

Enciende el reproductor y coloca la cinta De jueves a Domingo (Sotomayor D:  2012) que acaba de comprar. Es una película chilena/holandesa, el género es road movie; película de caminos, carretera y transformación existenciales. Eso consigna la contraportada de la caja. 

César ve un inicio que lo desconcierta: un largo emplazamiento de cámara en el que se ve una cama y un ventanal que permite observar en el amanecer dos personas adultas guardando cosas en la cajuela de un auto; a la mitad de la escena uno de los adultos levanta a una niña de la cama (la que está en primer plano) y la lleva también al auto.

El profesor César Labastida sirve más agua tibia  sobre la taza vacía. En la pantalla observa un auto que se desliza por la autopista del norte de Chile. Al interior va una familia. Los padres adelante y dos hijos menores de nueve años —niño y niña— hacen intentos desesperados de no aburrirse por el largo trayecto. Recuren a todo, cantan canciones, leen, se cuentan historias, gritan que quieren ir a la playa, comen bocadillos o lo que les acercan sus padres. El camino es muy largo—César  se anticipa:

—Seguro el viaje va durar cuatro días.- dice como si hubiera alguien con él.

Y sí, en efecto, el trayecto los lleva primero a un hotel con una sola cama, luego a quedar atascados y después a un campamento en el van pasando adversidades y consecuentemente diferentes aprendizajes. La película finaliza en una desconcertante zona árida que parece disfrutar el padre de familia. Al parecer el matrimonio se desmorona.

César no sólo terminó de ver la película  por disciplina cinematográfica o por la versión —que le pareció notable— de la canción “Quiero dormir cansado” que se escucha en el campamento, sino porque la cinta le trajo a la memoria los largos viajes que realizó en su infancia con su familia, siempre con su padre al volante.

A él le tocaba ir en medio en el asiento de atrás de un coche enorme, de esos de ocho cilindros de manufactura americana. Al lado, en las ventanas, se ubicaban indiscutiblemente sus hermanos mayores. Y él, respetuoso de las formas y los puños, se colocaba con sus cómics y su muñecos de plástico (casi todos luchadores, que vendían a veinte centavos la pieza afuera del cine Tlacopan) en el sitio de en medio. Después de un rato se hincaba dando la espalda al frente y se sentaba sobre el piso a jugar, desde guerras mundiales hasta partidos de fútbol con sus muñecos.  Más tarde, se dormía recargando la cabeza en el asiento.

Sí se aburría, como cualquier niño en los inmensos viajes, pero también le servían esos momentos para aprender. César, niño-viajante, era una antena que captaba los diálogos de sus hermanos mayores sobre la escuela y las niñas; oía a su padre cantar y a su madre referir los múltiples verdes del paisaje. También aprendía en las paradas a comer, cuando se detenían al baño, o para descansar y pasar la noche. 

Aprendió de su país, sus diferencias léxicas y fonéticas; diferentes formas de hablar, comer, ver y entender el mundo. Aprendió de la alberca y el mar; de la montaña y el fuego; del calor y el frío; de habitar un coche nuevo y otro descompuesto a media carretera; de cruzar la frontera o el mar de Cortés; de los mosquitos y los goles en la playa; de los accidentes y las llegadas con aplausos a su padre después de doce horas de conducir sin descanso; de las navidad en casa de familiares lejanos; del sexo y la represión; también de lo que guardan los museos y los centros de cultura; de perderse, de quedar perdido y luego encontrarse.

En el asiento trasero de ese auto americano de ocho cilindros, César entendió que la felicidad podía estar en un coco frío, a pesar del hambre, el sudor, la piel quemada por el sol, el roce de los cuerpos inflamados, y pese a la tortura de exudar arena, incluso del traje de baño, después de un prodigioso día de playa.

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

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