Higinio_ruvalcaba
LA CLASE

Tema del mes

Eusebio Ruvalcaba


Unas cuantas líneas para evocar a un Padre muerto

1) El violinista Higinio Ruvalcaba nació en Yahualica, Jalisco, el 11 de enero de 1905, y murió en la ciudad de México el 15 de enero de 1976.

2) Era bueno para la bicicleta. Y para el deporte en general. Sobre todo para la gimnasia de aparatos fijos. Era bueno. Él. Mi padre. Se paraba a las cinco de la mañana a hacer ejercicio. Y me paraba a mí para que hiciera lo mismo. Cosa que jamás pude.

3) Nunca lo oí estudiar. A él. Cuando iba a tocar con mi madre o con el Cuarteto Lener, ensayaba con el resto de los músicos. Esto lo he contado y la gente se niega a creerme. ¿Cómo es posible que no estudiara ante la proximidad de un concierto?

4) Manejar en carretera era su delirio. De ahí su debilidad por los autos nuevos y de corte deportivo. Si un empeño tenía era romper su propio récord en aquellas carreteras maltrechas e inseguras. México-Guadalajara, México-Xalapa, México-Oaxaca, México-Mérida.

5) De pronto llegaba ebrio. Entonces iba a mi cama, me despertaba y ordenaba que lo acompañara hasta la sala. Mueve los muebles, decía, y yo lo obedecía. Dejábamos la sala despejada. Sacaba de su bolsillo una pelota de frontón y jugábamos hasta que hacía su aparición mi madre, a estas alturas perfectamente enfurecida. Yo tenía siete años. Él, 53.

6) Cuando daba un concierto y el público le aplaudía a rabiar, yo corría desde mi lugar en platea, me subía al escenario y me trepaba en sus hombros. Él, con el violín en las manos, daba las gracias. Una y otra vez se inclinaba. Yo me concretaba a agarrar bien duro mi sombrero de charro.  Que por ninguna circunstancia se me fuera a caer. Desde allá arriba, las manos aplaudiendo semejaban una película de animación.

7) A una cuadra vivía su amante, la violinista Celia Treviño. En la avenida Mazatlán. De pronto me ordenaba: “Acompáñame a la casa de Celia”. Yo iba tras él, cargándole el violín. Llegábamos. Tocaba el timbre. Celia le abría. “¿Qué estás estudiando?”, le preguntaba. “Tchaikovsky”, respondía aquella atractiva mujer. Entonces mi padre se sentaba al piano y tocaba la reducción orquestal. Celia se aplicaba al violín y mi padre le corregía sus errores. Terminaban de ensayar y me ordenaba que me largara a jugar.

8) No toco para borrachos, decía cuando alguien se atrevía a sugerirle que tocara en alguna reunión. Pasaba con frecuencia. Porque era común que se le invitara. Conforme el tiempo transcurrió, fue aceptando menos aquellas invitaciones revestidas de alcohol. Pero la gente insistía. Iban por él a casa, y luego lo dejaban de regreso. Prácticamente había dejado de beber. Su mirada solía detenerse en el trasero de alguna mujer. Hermosa o no. Pero que le gustara. Entonces decía ya me quiero ir. Y lo regresaban. Pero no les daba el gusto de que lo oyeran.

9) Al día siguiente de que ofrecía un concierto, yo brincaba en su cama. En medio de mi madre y de él. Con todos mis pulmones, chiflaba la melodía del concierto que había tocado. Él soltaba la carcajada. Se ponía de pie, le decía a mi madre ahorita vengo y él y yo emprendíamos el camino hasta el piano. Entonces tocaba aquel concierto para que yo sintiera en carne propia la belleza de la melodía.

10) Nunca fue a la escuela. Careció de la educación burguesa. Cuando llegaba con hambre, abría el refrigerador, sacaba un bistec crudo y lo devoraba de un bocado. Mi padre. Así era la vida cotidiana del más extraordinario violinista que este país ha tenido.

Eusebio Ruvalcaba
Escritor mexicano, autor de novelas como Un hilito de sangre (1991), Banquete de gusanos (2003) y Sangre de mujer (2007); y de libros de cuento: Las memorias de un liguero (1997); Amaranta o el corazón de la noche (2000); El sol le hace daño a los ancianos (2006)

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