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Sala de Maestros

Cuentos en el muro

Sonia Argentina Flores Alvarado


Con la Triple “A” sobre mí.

Comenzaré esta historia platicándoles que desde que tengo uso de razón (que no es hace mucho) siempre estuvo en mí la idea de ser profesora, aún recuerdo que en mi niñez sentaba a mis muñecas y pasaba toda la tarde “dándoles clase”.

Cuando salí de la secundaria tuve la oportunidad de presentar el examen de admisión en la Normal de Monterrey N. L. y cuatro años después a pesar de que mis padres tenían recelo de mi decisión entre a estudiar la Normal de Especialización (temían que por mi carácter compasivo fuera a sufrir por las necesidades especiales de mis alumnos).

Y veintisiete años después aquí estoy, ya como directora de una Unidad de Servicios de Apoyo a la Escuela Regular recordando miles de anécdotas, unas chuscas, otras tristes pero al fin, todas aquellas que por una u otra razón se recuerdan.

Allá por el año 2000 como maestra de grupo en un Centro de atención múltiple a cargo de preescolar y con 14 alumnos que presentaban diferentes discapacidades y cuya edad, en ese entonces, oscilaba entre los 3 y 5 años; llega la maestra Lulú, en ese entonces mi directora, y sabiendo, como buena administradora, llegarnos a su personal por el lado que más nos movía sentimentalmente, me pidió que aceptara a un alumno mas argumentando que el pobrecillo junto con su familia recién habían llegado a Reynosa y buscaba atención en nuestro centro.

De más está decir que con su manera diplomática y su gran corazón la maestra Lulú me convenció de aceptar a Juan José que era el nombre de aquel chiquitín de 4 años de edad y que presentaba el síndrome de Autismo.

Grande fue mi sorpresa al ver llegar a mi aula a Juanjo —como le terminamos llamando— y a su mami. Ufffffffffff era un chico que si bien contaba con sus 4 añitos, por su peso y estatura, bien podía pasar por un alumno de quinto o sexto grado y con sobrepeso.

Y bien, que ahí estaba Juan diariamente con toda su humanidad y todos los kilos de comida que su mamá le mandaba a la escuela y que en lugar de favorecerle lo alteraba. Así que diariamente teníamos que luchar con él cuando mostraba alguna conducta inadecuada.

Llamaba mucho la atención la manera en que se alteraba ya que parecía que constantemente estaba en un ring de lucha libre. Sus movimientos así lo reflejaban; se aventaba encima de las mesas, elevaba por los aires las sillitas de sus compañeros, si estábamos distraídas nos trataba de meter llaves, literalmente era un ring el aula de clases. Era muy desgastante; no solamente teníamos que cuidar por la integridad de Juanjo sino también la de sus compañeritos.

Un buen día que aparentemente pintaba para ser una de esas mañanas en las que se podía respirar tranquilidad y en donde todos estábamos trabajando animadamente sentí que una humanidad caía sobre mí. Estaba yo agachada en la mesa de trabajo en forma de herradura al lado de Lupita, otra de mis inquietas alumnas, cuando al darme cuenta ya estaba al centro de la mesa con Juan José encima tomándome una mano y mordiéndome una mejilla

Podrán ya imaginarse la situación embarazosa: La maestra de grupo había sido sometida por un “pequeñín de cuatro años”, más que dolor sentía vergüenza. Vergüenza por no haber estado al tanto de lo que podía suceder así que toda maltrecha y como pude tranquilice primero a Juanjo y después al resto del grupo que asustados lloraban y gritaban por lo sucedido.

Después de lograr calmar a los alumnos pedí ayuda al equipo paradocente y, déjenme contarles que, en esa caída sin límite de tiempo el ganador fue Juan José ya que terminé con un dedo fracturado y una gran cicatriz en mi mejilla.

Estarán pensando —y bueno, ¿porqué comparar el aula y a un alumno con un ring y un luchador de la triple “A”?—, muy bien pues se los voy a decir, después de ese incidente la psicóloga de la institución me comentó que se le había pasado comentarme un pequeño dato sobre la familia de Juan José, algo sin importancia me dijo y que creen pues que la mamá de Juan José se ganaba la vida como luchadora de la triple “A”.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado. El que se quede sentado se queda pegado.

27/I/2011

Sonia Argentina Flores Alvarado
Es asesora de la Unidad Reynosa de la Universidad Pedagógica Nacional y directora de un Centro de Educación Especial.

Anónimo. 29 de Enero de 2011 21:00

BUENAS NOCHES
AGRADEZCO A MIS ASESORES DE MAESTRÌA, MIGUEL ANGEL Y RAFAEL TONATIUH LA OPORTUNIDAD DE COMPARTIR NUESTRAS EXPERIENCIAS EN ESTA PUBLICACIÒN.

Ana Lucía Chuc. 09 de Febrero de 2011 18:39

Muchas felicidades maestra Sonia, me gusto mucho su relato.

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