Detachment
Benjamín Rojas: El maestro equivocado

Cuentos, sueños y narraciones del Profesor Benjamín Rojas

Eduardo Reyes


Una lámpara redonda

Yo siempre quise ser grande, dejar de hacer las tareas de la escuela, tener mi propio espacio para hacer y deshacer, ser dueño de mi tiempo, disfrutar la soledad, desvelarme viendo películas, ver pornografía y masturbarme todas las noches, a solas, siempre a solas, cantar durante el baño, ordenar mis libros los fines de semana, colgar mis ilustraciones desde el techo del cuarto, comprar una lámpara redonda de luz blanca para iluminarme en las noches.

Siempre tuve miedo en las noches, a la oscuridad, al silencio, nunca a la soledad; esa incertidumbre de no ver tus pertenencias, de cerrar los ojos, abrirlos y no ver más que negro, miedo de imaginar colores que se mueven entre las sombras y se aproximan, miedo de mi propia imaginación sofocando mis pensamientos.

Pero los pensamientos se convertían en sueños, sueños donde yo nadaba lejos y nunca veía mis pies, ni siquiera sentía el agua, no sabía si estaba fría o caliente, si estaba cansado o me gustaba nadar. Nada de mi cuerpo existía, sólo mis ojos y mis reflexiones ahogadas en sí mismas.

Eso era miedo en las noches, y eso sucedía cuando era pequeño, así que deseaba ser grande, pronto…

Ahora que soy grande sé lo inmensamente pequeño que soy, lo inmensamente pequeños que son mis pensamientos, mis miedos, mi respirar.

Las tareas se convirtieron en deberes, el espacio propio se volvió un enemigo, el tiempo se convirtió en el reloj despertador que me grita cada mañana “¡Despierta! Nada de lo que hagas hoy será recordado”, la soledad ha perdido sus virtudes, la pornografía ahora es tan sobreactuada que prefiero ver cualquier talk show en la televisión, a estas alturas he cantado todas las canciones durante el baño, los libros que tenía los presté y nunca los devolvieron, aquellas ilustraciones suspendidas desde el techo se mojaron por la gotera, y la lámpara redonda que iluminaba mis sueños es ahora un cristal fundido, o al menos eso dijo el indigente que haría con la esfera.

Por eso pienso que planear es agotador, pero ¿qué no es agotador en estos tiempos? Realizar trámites, hacer filas, saludar a gente que no conoces, puro protocolo. Decir SÍ cuando en realidad quieres decir NO, acostumbrarte a jamás expresar los sentimientos…

A propósito de eso, una vez compré una máscara de barro muy bonita, bien pintada, con chapas en los cachetes y las cejas perfectamente delineadas —justo lo que mi piel pálida necesitaba, pensé—, la use un par de veces, luego compré otras, más vale tener varias opciones para utilizarlas en combinación con tu atuendo, pensé de nuevo.

Cuando todos los días usaba una máscara diferente fue que olvidé mi nombre, ¿Pedro, Emilio, Ramiro, Daniel, Ignacio, David, Omar?, busqué en mis pertenencias, duré días sin saberlo, las credenciales guardadas en mi cartera eran tan viejas que ya las letras se habían borrado, por suerte algunas tarjetas aún conservaban mi foto, si no también habría olvidado mi rostro.

Entonces encontré una vieja carta y pronto supe que alguien me la había escrito, la firma era una S ( ¿Sorpresa saludando significativamente?, puede que sí), y estaba fechada en diciembre seis de algún dos mil:

“Benjamín, mi Benjamín Rojas, hace días aún eras mío. Hoy lejos estoy de quererte cerca…” y ya ustedes conocen el desenlace.

¿Benjamín, yo Benjamín Rojas? ¿Benjamin Franklin, Benjamin D. Roosevelt, Walter Benjamin, La mujer de Benjamín? Pues ni mujer, ni hombre, ni perro, ni pez, ni loro, ni nada.

¿Qué clase de nombre es éste, el mío?

Benjamín: hijo de la virtud.

Características: es muy activo, entusiasta y honesto. Le gusta sobresalir en todo lo que hace y dominar las situaciones. Es muy querido por sus amigos ya que es leal y ameno en su forma de ser.

Amor: es leal y buen compañero. Prefiere las relaciones abiertas.

Cuando era pequeño y era adicto a los videojuegos dominaba las situaciones de verdad. Algo de cierto tenía esa definición. Tenía razón cuando hablaba de las relaciones, tan abiertas como mi corazón, pero no para que el amor entre, sino para que cualquier bacteria maligna pueda penetrarlo, tal como ahora lo están penetrando, lo estamos penetrando todos, tú, yo y los demás. Dios lo está penetrando.

Y después de tanta penetración llegó mi calma, aquella que el silencio amablemente me regaló, el silencio de la rutina ¡Oh bendita rutina! Cada que despierto agradezco de tener calculados todos mis movimientos, no merezco más ser aquella pluma flotante, ni merezco nuevas ambiciones que desequilibren mi estado.

Por un momento recordé que era grande y repugnante, mi cuerpo ha perdido fuerza, también he perdido el dinero, mi rostro se deshizo y mi nombre se ha olvidado, sólo espero llegar a casa y que la gotera haya terminado.

Eduardo Reyes, es estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Eduardo Reyes
Estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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