Ensayo_de_teatro
LA CLASE

Tema del mes

Francisco Hernández Avilés


Las reglas del juego y del arte como principio de convivencia escolar y ciudadana

Es interesante revisar que en inglés, to play significa, entre otros sentidos, “jugar”. También se dice he plays the piano and the guitar…, e incluso he wrote the play with specific actors in mind…. Actuar, jugar, tocar un instrumento y escribir una obra de teatro utiliza el mismo verbo. Es decir, hacer arte es jugar.

La actuación teatral y el juego tienen mucho en común: son expresiones y elecciones que se realizan en libertad, ambas recurren a la imaginación creativa, se aprecian como catarsis individual y social. Se realizan porque son divertidas, ( divertere significa “salirse de la vida cotidiana”). Las hacemos porque son inherentes a nuestra condición humana. Nos gustan y las revivimos porque tienen un fin en sí mismo. Jugamos y hacemos arte “porque sí”. De origen, el juego y el arte no son herramientas ni medios para alcanzar nada ya que en rigor, jugar no es una actividad “útil”; sin embargo, pasamos parte de nuestra vida jugando, y nuestra manera de ver y entender el mundo se vincula a nuestro potencial lúdico. El arte, como el juego, no da respuestas lógicas, por eso, en nuestra educación tradicional, “no sirve para nada”, porque su objetivo no es la utilidad sino la expresión y las ideas, el crecimiento personal y social, la comunicación y la belleza.

En el arte y en el juego aprendemos a convivir mediante normas y protocolos precisos que merecen respeto y obediencia. Un niño no obedece en sí a otro niño que juegue el mismo juego, sino que obedece las reglas del juego, el código que se han propuesto para jugar entre todos. Sin reglas asumidas por los participantes el juego desaparece, deja de ser divertido. Por eso, los niños, cuando juegan, son buenos legisladores.

Actualmente, nuestras autoridades escolares, los maestros y los padres de familia están cada vez más preocupados porque los alumnos “ya no respetan las reglas como antes”, y la indisciplina en el aula se agrava ante la incapacidad e ineficiencia del profesor al tratar de imponer el orden. Ante las crecientes faltas de respeto y violencia, se sigue convocando a los maestros y directivos a “aplicar todo el peso de la autoridad” para resolver los conflictos. Es claro que los resultados de esta estrategia no son eficaces, ya que la expulsión o suspensión de los “indisciplinados” no evita que las situaciones de conflicto reaparezcan.

Desde hace varios años, Francesco Tonucci , Georges Pennac, Thomas Gordon, y otros han propuesto nuevos métodos de convivencia escolar, basados en la participación activa de los alumnos en el diseño de las reglas. Sin embargo, la resistencia al cambio sigue siendo enorme. Nos educaron en la cultura del autoritarismo “que da y quita”. Aunque se equivoque o no sea capaz, el maestro debe resolver todos los problemas académicos, de conducta y de disciplina de su grupo. Es evidente que este sistema vertical está desgastado y ya no funciona. Nadie en la comunidad escolar está satisfecho con lo que está sucediendo: los maestros tienen cada vez menos margen de maniobra, entre la autoridad escolar que les exige “control de grupo” y los padres de familia que consideran que las escuelas son responsables absolutas de la formación ética de sus hijos; las autoridades escolares, cada vez más temerosas de las demandas legales por parte de alumnos afectados y de la nueva generación de jóvenes formados en la aplicación real de los derechos humanos; los padres de familia, alarmados ante la idea de la violencia en la escuela por parte de compañeros o maestros sobre su hijos; y finalmente, los propios alumnos, que no están de acuerdo con la falta de congruencia entre lo que se les exige y lo que realmente experimentan en cuanto a temas de respeto, responsabilidad, honestidad etc.

Ante esto, la pasividad de las escuelas es impresionante. Siguen queriendo resolver los problemas, escondiéndolos. ¿Por qué no confían en que los jóvenes son capaces de crear, asumir, y proteger las reglas de su diaria convivencia? ¿Por qué no les permiten participar en la generación de normas escolares, en una situación de igualdad con maestros, autoridades y padres de familia? Aunque el Marco para la Convivencia Escolar SEP que ya se aplica en educación básica es un buen inicio, la inercia del autoritarismo y la falta de preparación de todos los actores (alumnos, maestros, autoridades y padres de familia), obstaculizan la renovación.

Los niños son capaces de crear normas. No llegan a la escuela vacíos de conocimiento y experiencias. Han aprendido, en sus cinco, ocho o trece años, muchas cosas dentro y fuera del aula, que les permiten dar una opinión válida en relación con el lugar donde van a crecer socialmente durante varias horas diarias, meses y años.

Los niños aprenden a hacer y a seguir las reglas a través del juego y del arte. Si hacen teatro, saben que su participación pertenece a un “todo” (la obra que representan), en donde hay tiempos para intervenir, para estar en silencio, para desplazarse en el escenario. Saben que hay reglas de horarios para los ensayos, para escuchar instrucciones y para respetar el trabajo de sus compañeros actores, iluminadores, tramoyistas etc. Se hacen responsables de su papel y colaboran con el de los demás. Además es divertido. En el caso de que formen un grupo de música o de danza, el aprendizaje es similar.

Si la expresión artística es individual en la ejecución de un instrumento o en la plástica, el aprendizaje y la generación de reglas generan, a través de la autodisciplina, la búsqueda de una expresión y catarsis personal que fortalecen la autoestima y el reconocimiento.

En las escuelas se invierte poco esfuerzo, tiempo y dinero en Educación Artística. Los maestros de estas asignaturas tienen la responsabilidad de participar en diversos eventos del calendario en donde los “alumnos artistas” exponen el trabajo desarrollado en el año, y son escasas las instituciones que brindan un apoyo patente al taller de teatro, de música o de pintura. En general, el profesor de la materia artística, aporta esfuerzos y recursos personales más allá de su responsabilidad escolar. Los festivales artísticos resultan trabajos dignos y emotivos, pero también se vuelven repetitivos y limitados en relación con las metas que pudiera alcanzarse.

Nuestras escuelas y la educación se han construido en el logos racional y lógico, en donde se tiene que llenar al niño de conocimientos como si fuera un recipiente. Pero estamos en un momento de transición en que la situación social y ciudadana obliga a participar, opinar, defender, cuestionar, y las escuelas reaccionan muy lentamente ante estos cambios, lo que provoca que nuestros niños y jóvenes encuentren incongruente el discurso escolar, por lo que de manera ahora sí, lógica, se rebelan ante el absurdo y el autoritarismo. Justamente, en Brasil se están dando manifestaciones de inconformidad sobre todo de personas que “nunca habían estado en una marcha o manifestación” pero que no están de acuerdo con la manera en que el gobierno maneja la política social, la transparencia y, muy importante, la educación. Dicen los medios: “La represión policiaca está siendo brutal, aunque los manifestantes tengan razón en sus demandas”. Esto es muy parecido con lo que sucede en relación con la inconformidad de los jóvenes ante la pobreza del discurso escolar. Las escuelas no se arriesgan a que los alumnos participen en la transformación. Ante la incongruencia, el conflicto es inevitable. Si dejamos que nuestros niños participen en las reglas, las asumirán y acatarán. Así crece la conciencia ciudadana.

Francisco Hernández Avilés
Licenciado en Letras Hispánicas, fue profesor de bachillerato y actualmente es difusor del programa editorial en la Coordinación de Humanidades de la UNAM

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