La_bikina
LA CLASE

Tema del mes

Alfredo Villegas Ortega


Como solitaria, la Bikina se fue al caño.

Y uno es feliz como el niño cuando sale de la escuela
Serrat

—Y un dos tres. Y un dos tres. Vamos Montaño, tienes que entrar a tiempo. Fa, fa, do, sol, sol, mi, mi, re.
—Ja ja, ese güey saca puros chillidos, en lugar de flauta, parece el carrito de los tamales.
—Cállate Peláez, no dejas escuchar a Miss Palomares.

12:30. El calor del mediodía es como el de un sauna. Hormonas juveniles. Ejercicio y desfogue previos a la clase de ‘Educación Artístíca’. El sudor acumulado a la hora del descanso, más la clase de educación física, de deportes, hacen infumable la clase de ‘música’ para los chavos del 3o. B. Eso, más lo que los ponen a tocar: “La Bikina”. ¿Creerán nuestras autoridades que eso es artístico o, al menos, interesante para estos chavos del siglo XXI?

La pobre viejecita de la maestra Palomares va al piano se sienta, da las indicaciones: “y un dos tres; y un dos tres…¡Vamos! ¡Con ánimo! Parece que están en un velorio. La Música debe contagiar emoción”. Eso, precisamente eso, es lo que la miss no logra transmitir. Porque la emoción, el arte, la música debe sudarse, exhalarse, introducirse, tragarse. En todo, menos en un trance libertador están los pobres adolescentes del 3o B a esa hora. Algunos están —qué curioso— conectados a los audífonos del celular oyendo regaetton, ska, industrial hip hop u otros géneros musicales más de su interés. ¿Hay arte en lo que sale por los auriculares? ¿Lo hay en una versión plana, sin matices, de la flauta dulce, de una canción que quién sabe a qué funcionario de la SEP se le ocurrió, en algún momento, que debería ser la vía para acceder a la cultura musical? No. En ninguno de los dos escenarios, aunque en la música que los chavos escuchan en sus audífonos, al menos hay algo que los comunica, que los transporta, que los interesa y los enseña a comprender el mundo por otra vía alternativa a la tradicional. Y eso ya es una ruta hacia el arte. Ya es ganancia. Lo malo es que no se capitaliza, ni se explora, ni se promueve. Se penaliza:

—A ver Gutiérrez, Montes y Pamela, traigan esos audífonos y celulares. Bonifacio, ve por el prefecto Godínez.
—Si maira, perdón, sí Miss, voy de volada.

El prefecto Godínez, cuyo apodo es el Mapache, por las grandes ojeras que trae como si tuviera una cruda permanente, llega y deja sentir su autoridad:

—¿Qué pasó Miss Palomares, quiénes son los que hay que llevar a Orientación? ¿Quiere que le diga al maestro Ledezma que les mande citatorio? ¿O sólo decomisamos los celulares hasta que usted disponga? A ver, vengan para acá los de los celulares. Si ya saben que están prohibidos. Son como la peste. Qué bárbaros, no entienden nada.
—Chale Mapache, este… perdón prefecto Godínez, si el mío estaba apagado, no se vale, me cae.

Los que no entienden nada, son él y la maestra de música, pero en fin, la clase continúa. “Y un dos tres. Y un dos tres…sincronizados; nada más hacen ruido, parecen camión viejo. Rechinan. No, la música es música, no ruido ¿Qué no entienden?”

“Solitaria camina la bikina….” Miss Palomares, tararea mentalmente la canción y se da ánimos para continuar, a pesar del calor sofocante, de un programa y unos contenidos anacrónicos, de los jóvenes desinteresados y del magro salario que recibe. Ella, en el fondo, también es víctima de una autoridad sorda, lejana e interesada en su propio futuro y no en la realidad de las escuelas y, menos, en la importancia de la educación artística. Miss Palomares cree que está enseñando bien. Nadie la preparó para ello. Reunió el perfil, presentó su solicitud y fue contratada. Sabe de música, no de educación. Sabe notas, le falta cultura musical. Ese no es su problema. Ella da lo que puede. Con esos programas ni Beethoven. En esas condiciones laborales: piano desvencijado y desafinado; calor infernal; música ajena al interés de los chavos; flautas dulces y chirrionas. Así ni Mahler, Mozart y Schubert juntos. La educación artística, en este caso, la educación musical debe refundarse desde su metodología, visión, programas, principios, recursos, escenarios.

Más instrumentos. Más y mejores partituras. Recreación y contextualización de la música como instrumento de liberación, a partir de la música que les grada con la inducción, gradual, a música más refinada, más culta, que promueva el desarrollo de la sensibilidad y la inteligencia. Más escucha. No sólo ejecución. También hay que educar el oído y eso pasa por una idea muy diferente de la que tenemos de la escuela hoy. La música no distrae. La música, bien programada, relaja, conecta, inspira, genera espacios de convivencia menos agresivos. Beethoven y Mozart a la hora del descanso. Schubert en la biblioteca. Chopin en la clase de educación física. Rachmaninof en la sala de maestros. Liszt en los laboratorios. Vivaldi en las oficinas, en lugar de reventarse un concierto múltiple en las áreas administrativas, con un elenco que va del Potrillo a Lucerito, pasando por Luismi.

Mejor, ambientes cultos, musicales, apacibles, sensibles. Algo se ganaría, seguramente.

Mientras, Miss Palomares, en su encore eterno:
—“Y un, dos, tres…”.

“Ya tocaron miss, nos vamos al laboratorio de química, será para la otra, bye. —Y los jóvenes salen con una vitalidad y energía que bien pudieran canalizarse de mejor manera, entre otras rutas, por la vía de la educación artística. Lo que sí, es que por hoy, han mandado por un tubo a La Bikina.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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