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Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético en la escuela

Alfredo Villegas Ortega


Educación y transformacion social

Para Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán por la Medalla
que recibió por una vida de magisterio ejemplar.

Para Wilma Esther Baeza Chan por la obtención del grado de
Maestra en la Universidad Pedagógica Nacional.

How many roads must the man walk down,
before you call him a man?

Bob Dylan / The answer is blowing in the wind.

Con unas autoridades educativas lejanas a la realidad. Con unos partidos repartiéndose el botín ciudadano. Con los medios volando cual aves de rapiña sobre un cadáver social, raquítico, envilecido y embrutecido por ellos mismos. Con unos empresarios, en general, preocupados por engordar sus arcas y sin el más mínimo escrúpulo social, ¿qué esperar de la educación? ¿Es factible que con ella podamos transitar a otro México? ¿Cuál sería ese México ideal hoy instalado en un topos lejano?

Ese sería un México en el que no existiera la marginación, la discriminación, la impunidad, el horror, la vileza, la injusticia. No un mundo ideal, sino un mundo en el que los aparatos de justicia actuaran conforme a derecho. Un México en el que las leyes se aplicaran sin discrecionalidad. Un país en el que no existieran las terribles diferencias que nos avergüenzan. Con diferencias, sí, como en otras partes, pero sin aberraciones. Una nación en la que todos sean considerados a la hora de la toma de decisiones importantes. Un México en el que la democracia se respire cotidianamente y se exprese y reconozca en las elecciones. Un país que impulse a sus talentos y proteja a todos. Un México incluyente, equilibrado, con las mismas herramientas para todos y con opciones libres para ejercer dignamente cualquier actividad profesional.

Ese México debe y puede cambiar. Ese topos es alcanzable; transitar de la utopía a la concreción de un espacio vital que no nos inspire miedo, vergüenza, rabia; sino, por el contrario arribar al espacio vital en el que todos podamos, en verdad, ejercer nuestra libertad en un plano más horizontal, justo, equitativo. La escuela juega un papel importante en ello, pero se requiere desmontar una serie de trabas, discursos y estructuras burocráticas, al interior y al exterior de ésta. Se requiere un equilibrio de poderes. Se requiere la designación de un secretario del ramo que tenga los tamaños intelectuales y la estatura moral que se requiere para encabezar los cambios profundos que requerimos en educación. El cambio esperado precisa la constitución de un sindicato en el que los maestros elijan a sus representantes y no sean éstos ungidos por el poder ejecutivo. Al interior, requerimos transitar de una escuela vertical y autoritaria a una democrática, en el que las decisiones que emanen de ella beneficien al pleno y sean ejecutadas equitativamente. Necesitamos, también, educar para la paz, para la tolerancia, para la solidaridad, para la vida.

La educación mexicana hace tiempo que olvidó una verdadera filosofía que la sustente; es decir, ¿qué país queremos?, ¿qué maestros requerimos?, ¿qué cambios estructurales se requieren?, ¿cuál es el mexicano que habrá de salir de las aulas escolares?, ¿cuáles son los apoyos que deben darse a las escuelas normales?, ¿cómo articular virtuosamente la educación básica, con la media superior y la superior?, ¿cómo subsanar las penosas discriminaciones que se hacen con las escuelas en las asignaciones presupuestales?, ¿cuál es el peso de los contenidos; las condiciones sociales; la influencia mediática; el abandono presupuestal; la preparación magisterial; el desorden social; la evaluación; los procesos en la formación y actualización docente; la enajenación; el estado secuestrado; la marginación; la desigualdad; la pobreza; los programas y un largo etcétera para determinar, con los pies sobre la tierra los verdaderos cambios que se requieren? Nada de eso. La autoridad educativa no ha hecho más que propuestas cosméticas y la última, es lamentable pues, si acaso, es una reforma laboral regresiva y reaccionaria, pero nunca educativa.

Mientras la educación sea vista como un proceso de certificación y un escalón en la cadena productiva, sólo podemos esperar que sean las condiciones sociales de sus estudiantes las que determinen el futuro de cada quien; así, por ejemplo, los pobres seguirán, si bien les va, integrándose al cuerpo social productivo como obreros, campesinos, asalariados o subempleados. Los ricos administrarán su riqueza tratando de no perder privilegios y sí de acrecentarlos. ¿Por qué? Porque nuestra educación no está diseñada para promover cambios, sino para reproducir las condiciones sociales existentes, en una lectura simple de Althusser. Esa, la política educativa, es responsabilidad del estado, no de los maestros. Los maestros, por el contrario, resistimos las aberraciones de la política educativa, tratando de que nuestros alumnos sean críticos, propositivos. El escenario social y la política educativa, dan como resultado una educación que certifica, adiestra, informa, examina y, gradualmente, vomita a los más pobres cuando no pueden seguir en ella y se lanzan directamente al subempleo, la prostitución, la delincuencia o la indigencia.

Ese lado no lo ven ni nuestro secretario de educación, ni los funcionarios del INEE, ni las fundaciones salvadoras de la patria, ni los lectores de noticias y payasos convertidos en críticos, ni los partidos pactistas. Sólo los maestros somos responsables. Sólo una evaluación, mal entendida (sólo es la aplicación de un examen), habrá de explicar un fenómeno multifactorial en una sociedad muy diferente. Somos muchos Méxicos. ¿Cuándo lo entenderán? Allá ellos.

Los maestros pensamos otra cosa. Los maestros resistimos en las aulas. Los maestros innovamos en las escuelas. Los maestros somos los actores sociales más relevantes de la sociedad. No somos la escoria, somos el orgullo. En el fondo lo que está en tela de juicio actualmente es la visión contrapuesta de dos mundos. Uno, vertical y hegemónico; el otro, horizontal y democrático.

Si la política educativa ha fracasado ha sido porque los gobiernos no han estado a la altura de las circunstancias. Salvo contados proyectos educativos nacionales, como el de Vasconcelos o el de Torres Bodet, exitosos o fallidos, pero que expresaban una filosofía de la educación, lo demás han sido adendas, remiendos o propuestas que más que una filosofía de la educación, se inscriben en la lógica del mercado. La educación rentable. El capital humano al servicio del capital monetario.

Puede alegarse que, en la práctica, quienes traducimos el currículum somos los maestros. Es cierto, pero no siempre desde la operación acrítica y reproductora, sino, muchas veces, desde la conversión y recreación de sentidos entre la teoría, la práctica y la necesidad social. Eso es lo que, tampoco, le gusta a la autoridad. Quieren al maestro servil. Al alfil de la política educativa, pero al alfil acotado en lo más recóndito del tablero —si se me permite la figura ajedrecística— sin acción, posición, tiempo, espacios para desplazarse y ser figura central del juego. Cuando los maestros rompen esa figura y reclaman su papel de alfil activo, libre e incidente en la realidad del juego educativo, nos denuestan, exhiben, descalifican.

La escuela puede y debe coadyuvar en la transformación social. Hay dos caminos. El primero sería el tránsito firme y sin raspaduras hacia el cambio y la transformación social que reclama el país y requeriría de una sociedad democrática, un gobierno responsable, unos medios de comunicación responsables y equitativos, una oposición seria, unos empresarios honestos y muchas cosas más. El otro camino requiere más tiempo y es más accidentado. Como no se ven las luces en el primero, los maestros debemos optar por el segundo: intentar los cambios desde la resistencia a ese aparato de poder que intenta reproducir, ad infinitum, las condiciones para seguir mandando, asignando, marginando, dictando, evaluando, oprimiendo y expoliando a los maestros, en particular, y al pueblo en general.

La vida, la educación, los problemas y las soluciones, como en una partida de ajedrez, siguen ahí. Hay una especie —rara avis— de jaque simultáneo. ¿Quién lo romperá y cuál será el resultado? Eso sí, es mucho más que lo que se dirime en 64 escaques. Lo que sí, es que hay que seguir la máxima de un gran ajedrecista y mejor luchador social como fue el Che Guevara quien decía que la batalla que primero se pierde es aquella que se abandona. Eso no lo vamos a hacer, aunque la resistencia se exprese, no siempre, de formas tan evidentes. Seguimos adelante desee muchas trincheras. Esto no se ha acabado.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

Alfredo Villegas Ortega. 03 de Junio de 2013 11:46

Perdón por el dedazo: En el último renglón dice desee, y debe decir: desde.

jesus caballero. 08 de Junio de 2013 17:20

Pues no falta algún SOL que se la rife en una universidad magisterial trascendiendo el aula, la asignatura y el cobro quincenal imaginando una sociedad donde los hombres se comprometan con su circunstancia, con su medio tanto como con su proyecto personal y echándole todas las ganas crea un espacio de educación superior para formar maestros que tengan esa vocación en el dominio de los instrumentos intelectuales, sociales, y pedagógicos para abrir ventanas en maestros y alumnos por donde percibir el nuevo panorama así como la obligación y la posibilidad de realizarlo. Y todo empezó en la decisión de acceder a la universidad. Xss.

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