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Deserciones

El buscador de cabezas

Antonio Ortuño


Yogur sin azúcar: la promoción de la lectura

Las campañas de promoción de la lectura, que han arreciado su nivel de su vociferación en los últimos años a medida que las estadísticas nacionales se hundían, parten de un par de premisas que me parece oportuno discutir. La primera, común a toda la publicidad, es que un aviso protagonizado por alguien más o menos conocido, como un cantante, futbolista o actor, resulta ideal para llamar la atención e interesar al público sobre un tema particular. La segunda es que la lectura es una actividad saludable, como comer yogur sin azúcar o correr por las mañanas, que le conviene a los espectadores en general, pero particularmente, y se hace énfasis en ello, a los niños.

A juzgar por sus resultados, es decir, el hecho innegable de que la lectura de los formatos tradicionales, como libros, revistas y periódicos, se encuentra en plena decadencia en el país, estas ideas no han sido precisamente atinadas. Las razones son varias. La primera es que un problema como el analfabetismo funcional no aparece de la nada, sino que corresponde a un entorno económico, educativo y social que para la mayor parte de la población del país es negro tirándole a rojo sangre. Vaya, por más populares que sean Pedrito Fernández o Memo Ochoa, va a ser muy complicado que alguien pase de no leer a hacerlo (así sea durante esos 20 minutos diarios por lo que clamaban los comerciales hasta hace poco) si debe ganarse la vida mediante trabajos mal pagados o si corre el cotidiano riesgo de perderla, nomás porque estos sabios varones lo anden recomendando en la tele.

Por segundo de cuentas, la lectura es un mecanismo educativo y un medio de obtener grandes placeres intelectuales, sin duda, pero ni es infalible ni es único. A nadie se le puede garantizar que, por leer, ascenderá socialmente ni que se divertirá tanto que no volverá a mirar la televisión. Según la Encuesta Nacional de Lectura 2012 de la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, el consumo de libros, como casi todo en el país, se ha polarizado en los años recientes en favor de las clases media-alta y alta. Por supuesto que no se puede equiparar la compra de libros con la lectura efectiva, pero, al menos como indicador, resulta claro que el problema excede los límites de los “usos y costumbres” y se mete de lleno en una materia que para la mayor parte de los críticos culturales es ignoto como el fondo del mar: la economía.

¿Hay soluciones? Resulta incierto decirlo. La poca y mala lectura de los mexicanos, hay que insistir, no es un problema cosmético y aislado. No se trata de que por negligentes o perezosos andemos viendo telenovelas en vez de entrarle al nuevo de Lobo Antunes. Se requiere, me temo, una reforma educativa, sí, que multiplique las posibilidades de acceso a la lectura de millones de estudiantes. Pero, sobre todo, sería tiempo de asumir que un escenario de profunda desigualdad económica la falta de lectura no es enfermedad sino síntoma.

Publicado originalmente el 14 de abril en El Informador

Antonio Ortuño
Antonio Ortuño nació en Guadalajara, México en 1976. "El buscador de cabezas" (2006), su primera novela, fue considerada el debut del año en su país por el diario Reforma. Su segunda novela, "Recursos humanos", fue finalista del premio Herralde en 2007. Páginas de Espuma publicó su primer libro de relatos, "El jardín japonés", en 2007, y el segundo, "La Señora Rojo", en 2010. Sus más recientes novelas son "Ánima" (2011) y "La fila india" (2013) y Méjico (2015). Ha colaborado en medios como La Vanguardia, Lateral, Clarín, La Tempestad, Letras Libres y Etiqueta Negra, entre otros. Ha sido traducido al francés, italiano, alemán, inglés, húngaro y rumano, e incluido en una docena de antologías en Iberoamérica, Alemania y Estados Unidos.

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