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Deserciones

El buscador de cabezas

Antonio Ortuño


Un libro, una rosa, dudas

El Día Mundial del Libro (que ha terminado aparejado con el festejo catalán a San Jorge cada 23 de abril, en el que es tradición obsequiar libros y rosas) resulta un buen caso de estudio para asomarse a lo que sucede en nuestro país con respecto a la relación entre el ciudadano promedio y la letra impresa. Por un lado, instituciones como la UNAM, la UdeG, Conaculta, etcétera, organizan lecturas públicas y ventas de fondos editoriales que, por lo general, cuentan con una asistencia notable de interesados. Otras instituciones, con menos presupuesto o ganas de figurar, se “unen” a los eventos y los replican o al menos invitan a visitarlos. Algunas más no hacen nada y el Día Mundial del Libro, Sant Jordi y el resto del año les pasan de noche.

Numerosas casas editoriales, tanto las que pertenecen a grupos transnacionales como las independientes, aprovechan los fastos oficiales para promover a sus autores y vender algunos ejemplares a los incautos. La prensa, que es menos abúlica de lo que se piensa en estos casos, hace una profusa cobertura del tema. Hay notas respectivas en todos los diarios, enlaces radiofónicos con los eventos y hasta es posible toparse con notitas relativas en televisión. Se charla con autores, editores y funcionarios, se enaltecen las ventajas de asomarse a los libros por sobre las de ser un bruto iletrado y no falta el locutor que aproveche para editorializar y asiente que leer es asunto de seguridad nacional en un país sumido en crisis perpetuas (y donde al Presidente y los diputados les tiemblan las rodillas si tienen que citar una sola lectura).

A la vez, es evidente que el festejo se va a terminar, cada año, sin que se muevan un ápice los bajísimos índices de lectura del país. Y sin que el hábito de la lectura (y la posibilidad material de llegar a los libros, ya sea comprándolos o teniéndolos disponibles en bibliotecas) arraigue un milímetro más de como estaba.

El reducido círculo de los lectores frecuentes y especializados y el ligeramente más amplio de los lectores ocasionales parecen conservarse siempre iguales en términos absolutos, como si cada que un viejo lector muriera otro, más joven, tomara su lugar en el ecosistema y ya. ¿Por qué sucede esto? Porque los programas de promoción llegan hasta donde alcanza los presupuestos y las ideas de los funcionarios, que no han variado en decenios, y porque las editoriales privadas son, finalmente, negocios: su asunto es vender lo que se pueda, no arreglar los desastres de la educación nacional.

¿Son inútiles los festejos por el Día del Libro? Seguro que no. Pero son parte de la inercia entre las instituciones, la empresa y los lectores de siempre y no puede esperarse que resuelvan por sí mismos el problema. ¿Qué hace falta? Una reforma profunda a los programas escolares y una inversión oficial en educación que no se quede en salarios y jarabe de pico para los profesores.

¿Son inútiles los festejos por el Día del Libro? Seguro que no. Pero son parte de la inercia entre las instituciones, la empresa y los lectores de siempre.

El gobierno se prepara para realizar una cruzada contra el hambre, acción que hace que la mayoría del infelizaje se alegre.

Publicado originalmente el 28 de abril en El informador

Antonio Ortuño
Antonio Ortuño nació en Guadalajara, México en 1976. "El buscador de cabezas" (2006), su primera novela, fue considerada el debut del año en su país por el diario Reforma. Su segunda novela, "Recursos humanos", fue finalista del premio Herralde en 2007. Páginas de Espuma publicó su primer libro de relatos, "El jardín japonés", en 2007, y el segundo, "La Señora Rojo", en 2010. Sus más recientes novelas son "Ánima" (2011) y "La fila india" (2013) y Méjico (2015). Ha colaborado en medios como La Vanguardia, Lateral, Clarín, La Tempestad, Letras Libres y Etiqueta Negra, entre otros. Ha sido traducido al francés, italiano, alemán, inglés, húngaro y rumano, e incluido en una docena de antologías en Iberoamérica, Alemania y Estados Unidos.

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