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LA CLASE

Tema del mes

Alfredo Gabriel Páramo


Reflexiones en torno a la evaluación docente

La calificación de un profesor, cualquier profesor, no importa el nivel en que se encuentre, debería centrarse en sus resultados, en nada más. Y los resultados deben enfocarse en el cambio que realizan en la vida de sus estudiantes, porque siempre que alguien es capaz de enseñar algo, modifica la vida de las personas.

Por ejemplo, el maestro Rosales de cuarto año que me enseñó historia e hizo que mi vida fuera distinta, o el maestro Miguel, de Tlaltizapán, pequeño poblado del centro de Morelos, que lo mismo enseñó a leer y escribir a un niño que todos consideraban “retrasado”, que ha logrado que decenas de pequeños preadolescentes a través de muchas generaciones, entiendan que el estudio es bueno por sí mismo.

Tenemos, por supuesto, muchísimos ejemplos más, como el profesor de educación física de la primaria de participación social en el DF donde estudiaron mis hijas hace  ya algunos lustros, que no solo las hacía practicar gimnasia, sino que organizaba giras por el estado de Guerrero y los parques chilangos para presentar entremeses de Cervantes actuados por sus estudiantes, quienes en mayor o menor medida aprendieron que la literatura se vive.

Cuando las evaluaciones se emplean para algo más que conocer el cumplimiento de determinados factores se llegan a convertir en nocivas para la real calidad de la educación, pues vuelve al profesor temeroso de cometer algún error o caer en falta que pueda mermar sus ingresos, que en muchos casos son magros e inseguros, como ocurre con muchos docentes de universidades particulares, que cobran por honorarios y que carecen en absoluto de cualquier tipo de seguridad social o laboral.

Estos profesores, en muchos casos, prefieren relajar su nivel de exigencia para que los alumnos no los juzguen con severidad y no les quiten sus clases; se preocupan más por el cumplimiento administrativo que el académico para que su evaluación siga estando en los parámetros requeridos para que no les resten horas de clases; de esa forma, el profesor que reta a sus alumnos a aprender, que no tiene concesiones con la mediocridad, muchas veces va quedando relegado con pocas clases pues no resulta bien evaluado.

Estoy de acuerdo, claro, en que los profesores sean profesionales de calidad, que hagan bien su trabajo, pero dudo mucho que cualquier evaluación que se aleje del fondo de la educación, que es cambiar la vida de los estudiantes, pueda lograrlo; por el contrario, lo único que hará es ponerlos en riesgo y, a final de cuentas, atentar contra los intereses de los estudiantes.

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

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