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LA CLASE

Tema del mes

Francisco Hernández Avilés


Escuelas en la colonia del Valle: Evaluar como oportunidad… comercial.

Dentro del debate y de los argumentos de los profesores descontentos con la evaluación promovida por la Reforma Educativa, es un punto de controversia la diferencia o inequidad que se suscitaría el aplicar el mismo tipo de evaluación a los maestros de las zonas marginadas y no tan marginadas del país y a los maestros de la colonia del Valle. Confiando esperanzado en que el lector de esta nota tenga claro, por información o experiencia personal, cuáles son las condiciones generales de las zonas marginadas del país, haré una breve descripción del otro espacio de referencia del diferendo: La colonia del Valle. Puede ser útil para los lectores del interior de la república o para aquéllos capitalinos que no ubiquen este espacio de nuestra ciudad de México.

La colonia del Valle se fundó a principios del siglo XX, con la intención de llevar, con servicios y planeación integral, la “modernidad y civilización”, a los alrededores de la Ciudad de México. Ya en 1913 funcionaba una línea de tranvía que iba del centro de la ciudad a la colonia. En esa época, el gobierno de la ciudad, otorgaba permiso de construcción para “casas campestres”, de ahí el origen de las mansiones de la época. Algunas de estas casas fueron hechas en estilo californiano después de 1923, otras en estilo “renacimiento español”, además de la influencia Arte Decó en varias construcciones. Después de los años treinta se crearon ahí varios jardines y parques. Y con los años se han ido agregando lugares emblemáticos como son el Kiosko Francés del Parque Mariscal Sucre, la Fuente de los Leones, el Parque Hundido, la Fuente Monumental de la Plaza California, el Jardín Colonial, el Templo del Inmaculado Corazón de María, el Poliforum Siqueiros… ( http://www.coloniadelvalle.com.mx/historia.htm )

Quizá esta breve descripción sirva de vistazo general a aquellos lectores que no conocen dicha colonia y el porqué se utiliza como una referencia comparativa en el argumento de los profesores inconformes. Es evidente que la colonia del Valle, por su historia y recursos, agrupa una serie de escuelas dirigidas a un sector de la población muy definido, con un perfil de alumno que no tiene nada que ver con aquéllos de las zonas marginadas. En cada una de las principales ciudades existen otras “colonias del Valle”, por lo que la referencia remite a un tipo determinado de escuela, de directivo, de profesor y de alumno. Es un modelo más de formación educativa, entre los muchos que coexisten en nuestro país.

Para una buena parte de las empresas educativas que se desarrollan en estos espacios, más allá de su reconocida labor formativa y tradición de excelencia, la aparición de evaluaciones gubernamentales les ha brindado una gran oportunidad para refrendar su proyecto institucional con el fin de posicionarse mejor en un mercado vez más competido (como cada vez hay menos alumnos, por el decreciente tamaño de las familias, y porque la maltrecha clase media tiende a perder capacidad adquisitiva, la captación de alumnos provoca una lucha encarnizada entre las escuelas privadas para mantener una matrícula que resulte provechosa. Escuelas de la colonia del Valle que en los años setenta eran solamente para hombres o para mujeres, ahora son mixtas, otras desaparecieron o se “fusionaron” con grupos educativos más poderosos, y escuelas de perfil religioso han aprendido a aplicar técnicas de administración escolar más actuales y liberales. Esto para mantenerse en la competencia).

De acuerdo con este discurso y contexto, las corrientes de pensamiento que permearon a principios del siglo XXI, en donde los conceptos de globalización, competencia, libre mercado se exaltaban como las líneas a seguir si tu empresa quería sobrevivir, las escuelas privadas retomaron el discurso y adaptaron su tradición y prestigio educativo a una Misión y Visión más acorde con los tiempos neoliberales. O competías en ese terreno o desaparecías del panorama.

En su filosofía, manifiesta o velada, estas instituciones aceptan la necesidad de captar o producir alumnos con el potencial necesario para ocupar, al final de su vida académica, lo que el nuevo modelo neoliberal exige: acceso a altos puestos directivos en empresas del México que contiende contra otras economías o en aquellas que abren la oportunidad de laborar en el extranjero. Los padres de familia hacen el esfuerzo para que sus hijos puedan “competir”, con la esperanza de que no engrosen los altos índices de desempleo. Y para esto los inscriben en escuelas que aseguren la “excelencia académica”.

La “excelencia académica”, entendida de este modo, hace referencia a la promoción de alumnos con las capacidades necesarias para cubrir la demanda de líderes del mundo moderno. Ahora bien, ¿quién puede evaluar y avalar el cumplimiento de esta “excelencia académica”? A nivel de bachillerato, los resultados de los exámenes de admisión a las universidades públicas pueden servir de referente, y en algunos casos, los que aplican las universidades privadas, aunque en su mayoría aceptan a cualquier aspirante, (si éste no alcanza los suficientes puntos en el examen de admisión, es aceptado, siempre y cuando cubra la inscripción, las colegiaturas y los cursos propedéuticos de regularización para “brindarle la oportunidad”).

A nivel básico, la “excelencia académica” de las primarias y secundarias se comienza a avalar y oficializar con las cifras que publica la Secretaría de Educación Pública. En una evaluación como lo es el examen Enlace, las calificaciones que obtienen cada año varias escuelas secundarias de la colonia del Valle son altas. Los alumnos de la zona son calificados entre “Bien” y “Excelente” en Matemáticas y Español, por lo que “queda demostrado” en esta evaluación que el maestro cumple cabalmente con esa parte de sus funciones educativas.

Los maestros, al lograr estos resultados, se constituyen también como piezas generadoras de una imagen “de excelencia académica” de la empresa educativa donde laboran. En un acto de congruencia empresarial, al profesor de estas escuelas se le debería otorgar bonos de productividad, aunque se correría el riesgo de iniciar una brutal competencia por esos “bonos”, abocándose exclusivamente a enseñar a los alumnos cómo salir bien en esas evaluaciones, aunque no se profundizara en aprendizajes más significativos.

Después del Enlace, los resultados positivos de la evaluación son mostrados en mantas, circulares y páginas web, de las escuelas públicas o particulares, para “certificar” la calidad y el éxito de su esfuerzo y del proyecto educativo. La evaluación también funciona así como un medio para demostrar que el dinero y el tiempo invertido por los padres de familia generan un producto “real” y que las escuelas no trabajan solamente como guarderías de niños y adolescentes. Cuando en una escuela hay uno o dos alumnos “campeones” se avala la oportunidad que tienen los otros alumnos para alcanzar las mismas metas, e invita, a través de “cifras comprobadas por la SEP”, a inscribirse en ese colegio para aproximarse a las oportunidades del mundo moderno.

Es claro que la perspectiva de estas escuelas difiere mucho de aquéllas que la gran mayoría de las escuelas del país tiene a su alcance. La clase media, “esforzadita”, intenta mantenerse en el rango de las oportunidades y de la realización profesional, aunque es claro que cada vez hay menos lugares en la matrícula de las universidades públicas. Además es innegable que pocos jóvenes egresan con los conocimientos y habilidades suficientes para acceder y mantenerse en cualquier universidad, por lo que muchos se retrasan o desertan en los primeros semestres.

El acercamiento al perfil de las escuelas “colonia del Valle”, pretende que reflexionemos en la natural aversión de los maestros disidentes a la evaluación estandarizada que pretende la Reforma Educativa, cuando en la mayoría de las escuelas del país los conceptos de “excelencia académica”, “competencia”, “líderes del mundo moderno” carecen de sentido.

¿Cómo evaluar con justicia los esfuerzos de maestros que laboran en ámbitos tan diferentes? Son patentes las diferencias y contrastes que existen en nuestra sociedad. La brecha educativa entre la riqueza y la pobreza es cada vez mayor. Es el momento de pensar, ante los pobres resultados de nuestro sistema educativo, cuáles son las razones del gobierno federal para promover una gran evaluación estandarizada de los maestros. Evaluar sin saber para qué es un vicio de nuestro sistema educativo, es el reflejo de muchos años de incongruencia que genera temor, desconfianza e inconformidad.

Francisco Hernández Avilés
Licenciado en Letras Hispánicas, fue profesor de bachillerato y actualmente es difusor del programa editorial en la Coordinación de Humanidades de la UNAM

Alma. 10 de Mayo de 2013 09:06

Totalmente de acuerdo. Gracias, Francisco Hernández por tu texto que nos lleva a reflexionar.
La situación en el interior del país acaso sea mínimamente similar a lo que vivimos en el distrito, y aquí la radical oposición entre unas y otras más allá de ser particulares o privadas, de nivel básico, medio o superior.
En cualquier caso hay tanto docentes-educadores como personas que reciben un salario (el que sea, igual lo reciben) a cambio de un tiempo que, en el mejor de los casos, usan para ‘ver’ películas.
Lo que quiero señalar es que, con evaluación o sin ella, no podemos negar que hay personas que son identificadas como docentes y no lo son. Acaso comerciantes con plazas docentes y es a ellos a quien la sociedad debe demandar esa plaza o cargo.
¿Esto lo resuelve la evaluación? No. Me parece que no y menos aún una evaluación estandarizada. ¿Con qué, entonces? ¿Cómo erradicar la corrupción que favorece la segura vanalidad de cualquier método que se aplique? Quizá ninguno mientras la educación esté al servicio del mercado.
El punto no es la evaluación ¿entonces?

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