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Tarea

Cuentos en el muro

Alfredo Villegas Ortega


Una pálida sombra

Pero los muertos están en cautiverio…y no nos dejan salir del cementerio.
Joan Manuel Serrat

Ahí está, en el féretro, blanca, lánguida, serena. Murió de una trombosis. Nadie lo podía creer. Ernesto menos que nadie. La había amado con locura y había soportado tanto y disfrutado más a su lado. Su amor por ella fue, es, un amor eterno, o si no, hasta que Ernesto encuentre una salida sin ella. ¿Otra mujer? ¿La muerte? ¿El suicidio? ¿La resignación cristiana? Pero Ernesto hace tiempo que dejó de creer en Dios. Hace tiempo que sólo ella era su brújula, su fuente. Ella, la muerta serena, la que se fue era más que una mujer. Su blancura de ahora, en el ataúd, es equivalente a la pureza de un ángel. Porque para Ernesto eso era. Eso, sí. Aunque también era cruel cuando se lo proponía, y lograba transformar a Ernesto en un vulgar corderito obediente, temeroso, sujeto a sus caprichos y sus perversiones. Ernesto lo fue todo con ella. ¿Qué será de él, ahora, solo, sin ese guardián, sin esa maestra, sin esa censora, sin esa seductora, sin esa…sin ella?

Observa el ataúd y ve tras el cristal su delgado cuerpo, sus facciones, hoy más afiladas que nunca. La tela blanca que la envuelve le da una dimensión única. No hay muerta más hermosa. No hay rostro más sugestivo. Muerta y todo, parece que implora, que dirige, que exige, que suplica. Muerta y todo, aún representa vida. Vida para Ernesto que llora internamente. Sabe que quedaron muchas respuestas en esa boca cerrada para siempre. Muerta linda, muerta hermosa. No te vayas, parece decir Ernesto. No me dejes. No sé qué voy a hacer. Revive y sal y manda, gobierna, redúceme, dame chance de seguir viviendo.

La gente va y viene. Flores, abrazos, llanto, conversación, pésames. Ernesto sigue frente al féretro, casi tan pálido como ella, como la muerta, como su gran amor callado por siempre. Cierra los ojos, por largos minutos. No hay lágrimas. Mucho dolor seco. Muchas ideas, muchas emociones, tantos recuerdos. Se queda, así, sumergido en ideas inconexas, algunas que sucedieron, otras que aparecen quién sabe de dónde, quién sabe por qué. Desorden mental. Posibilidades inmensas. Escenarios donde la muerte es la vida y la vida es la muerte ¿Es que acaso alguna vez ha sido de otra manera? ¿O dónde acaba una y empieza la otra?

La muerta bailando. La muerta escribiendo. La muerta no muerta. La muerta que revive y sale del ataúd y saluda a los muertos y a los vivos que la acompañan a su última morada y llora con ellos. ¿Será la última, qué pasa, de veras está muerta? ¿Cuántos de los que ahí están ya han muerto antes y no lo saben? ¿Quién puede saber cuándo se ha muerto? Imposible. ¿Cierto? Ideas inconexas. Fantasías. Realidades. Ernesto consigo mismo. Ernesto con la muerta. Ernesto y una puerta a la eternidad del pensamiento, de la introspección, del segundo. No a la inmortalidad que promete la religión. No a la pureza que significa renunciar, abstenerse, claudicar, redimirse, arrepentirse, ir a otro mundo. No, la eternidad del instante luminoso ¿o confuso? que da la mente. Mente que se recrea en la muerte. Muerte que da salida a ideas, sentimientos, ideas que no lo son, imágenes que suplen a la realidad, realidad que se confunde con las ideas. Ideas reales. Realidad en la mente. Acaso la muerta no murió. Acaso sí. Acaso es Ernesto soñando con la muerte y con la muerta. Acaso es su mente loca, sólo eso. Acaso él es el muerto y la muerta la que recrea ese espacio raro, inédito. No puede ser un sueño. No puede ser la realidad. ¿Entonces qué es lo que ve Ernesto? ¿Está en el funeral de la muerta blanca, pálida, hermosa? ¿Es su propio funeral? ¿Existe Ernesto? Es un día más, otro sueño.

Una melodía, tan rara como el sueño, como la vida, como su vida, aparece en su mente, lo empieza a perseguir. Es la melodía que oía la muerta. Es una melodía que habla de algo que ocurre un día en la vida de alguien. Habla de muerte. Habla de vida. De hechos singulares, aislados, que son de alguien, de todos o de nadie. Habla de sueños. Habla de cosas reales, habla de cosas inexistentes. Por eso la canción lo acompaña. Es como lo que está viviendo. Ideas absurdas. Inconexión. Caos. Realidad. La tararea mentalmente. La muerta está viva. Baila, se sacude como cuando tenía quince, dieciséis años. Ernesto la ve, está más hermosa que nunca. Abre los ojos y, sí, ahí está, junto a él, con su pelo castaño, lacio, y largo La mente de Ernesto construye y recrea la muerte, recrea a la muerta; la revive y muere con ella, por ella. Ernesto muerto ¿muerto? como un personaje de la canción, aunque, claro, no en esas circunstancias.

“Nadie sabe lo que pasa detrás de unos ojos azules”…sentencia la canción de The Who con la voz de Daltrey ¿De quién? ¿Los quién? Solían bromear mientras escuchaban juntos esa canción, una, dos, cientos de veces, cientos de historias. Él, la muerte, tan pálida ahora como aquella del fandango de la otra rola. Rolas, rolas, más rolas. Sí, pues así fue su vida. Música, poesía, amor. “…Nadie sabe cómo es ser el hombre malo, el hombre triste, detrás de unos ojos azules. Pero mis sueños no son tan vacíos como mi conciencia parece ser. Tengo horas de soledad…mi amor es venganza y nunca será libre…” Y prum, entra el guitarreo de Pete Townshend, brutal, enérgico y la bataca de Keith Moon y… la serie de imágenes que se agolpan en la mente de Ernesto. Para él la poesía es eso: música fuerte acompañada de imágenes. Imágenes que proyectan música. muertos que no se van. Muerta, bella muerta, que ahí está como si cantara, como si tocara el bajo único de Entwinstle. Como éste se guarda discreta. El bajista detrás del oropel y locura whoniana. Ella, la muerta, detrás de un cristal: Muda, eterna.

De pronto el funeral es como una celebración. ¿Acaso es otra cosa? Parece que estuvieran en un pueblo de algún lugar de la república mexicana. Café, trago, tamales, risas, confesiones. La muerta está en boca de más de uno. Solazados los presentes, no todos, pero bastaría que fuera uno para que fuera una vergüenza. Y es más de uno, más de una. Solazados por desnudar a la muerta. Por mostrar sus pecados. Por decir lo que fue en vida. Estúpidos. Muertos ellos. Gente jodida que aprovecha el menor resquicio para darle sentido a sus pendejas vidas llenando de mierda a los otros. Matando a la muerta. Qué imbéciles. No, ni así lo logran. Por fortuna, la mayoría si está en un verdadero duelo. La muerta parece verlos, parece sentirlos; tras sus párpados cerrados para siempre están sus ojos, no azules como en la rola, pero sí oscuros, profundos, arabescos; mucho más hermosos que ningunos. Tan hermosos que Ernesto cayó redondo desde que los vio, desde que supo que detrás de ellos podría posarse y no morir como ellos, con ellos, nunca.

Y las cuerdas de la orquesta suben. La rola aquella de las cosas que suceden un día en la vida y que tanto le gustaba a la muerta, se repiten de nuevo en la mente de Ernesto. Se posesiona como un director de orquesta. Está dirigiendo una sinfónica en el Albert Hall, el teatro idóneo. El de esa misma rola eterna de las cosas absurdas por cotidianas, por irrepetibles o por convencionales.. Ese Albert Hall, el que necesita de los cuatro mil agujeros para llenarlo… como diría Lennon en su pachequez genial. Absurdo, único, estúpido. Y en ese imaginario, en el de Ernesto, hay mucho público que abarrota el recinto. Y la muerta no desaparece. Está sentada, vestida de blanco. Más pálida que nunca como en A whiter shade of pale, de procol Harum: “Skip a like fandangoooo…”De hecho nunca desaparecerá del todo de la mente de Ernesto. Ese es su…¿qué será? ¿Premio, castigo?

Una pálida sombra, eso era la muerta ahora, cada vez más pálida. Rolas, rolas, más rolas, porque así había sido su vida compartiendo imágenes musicales, imágenes mentales, poesía, locura, como la que sugerían The Who, The Beatles, Procol Harum. Ah, Procol Harum, parecía que Ernesto hubiera compuesto esa rola loca, con esos párrafos precisos del poeta Keith Reid, y la voz inmortal de Gary Brooker, para ese instante eterno.: “…me sentía un poco mareado, pero la multitud pedía un poco más. Así fue, más tarde, mientras el molinero contaba su historia, que su rostro, al principio fantasmal, se fue haciendo cada vez más pálido…” Sí, como una pálida sombra estaba la muerta, su muerta.

Gente conversando. Gente que a esas alturas parecía sobrar, pero por algo estaban ahí. Y la muerta, fría, cercana y tan lejana como un camino infinito, con esos ojos detrás de los párpados que parecían mirar a todos. Y Ernesto en su duelo y en su vuelo imaginario, como tratando de morir un poco con ella. Y ella pálida como una cera…Y Ernesto hilvanando rolas en su propio funeral, lejano a las voces de la multitud, esa misma multitud que veía a la muerta y que, como con el muerto de la canción de las cosas que suceden en un día, sí: “son muchos los que habían visto ese rostro antes…”. Ese disco que tantas veces escucharon y que cerraba toda una historia personal y musical, se abría hoy como posibilidad para recrearla junto a Procol Harum, The Who y otros más, eternamente. Hoy no era la rola que cerraba el disco. Hoy era una de muchas, pero de tres particularmente que le habían permitido no sentir que su muerta se iba sino que permanecía con él por muchos años. Era sólo una sensación, sí, ¿y qué importa, a quién carajos le molesta? Cada vivo con sus muertos… ¿Quién se muere más, ella —la muerta— que se va o él que se queda? Ernesto hoy podría haber, también, dicho como Keith Reid y cantado como Gary Brooker: “Y aunque mis ojos estaban abiertos, bien pudieron estar cerrados…”. La muerta ahí está, bien muerta. Con los ojos bien cerrados. Sólo revivió y revivirá en la mente de Ernesto por muchos años más. Mientras, dejémosla descansar en paz, tan bella como una pálida sombra…

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

Elizabeth Garza Andrade. 04 de Mayo de 2013 10:10

Qué bárbaro! tuviste un orgarmo neuronal con este cuento, felicidades, me hiciste recordar mis tiempos de estudiante secundariana con esas rolas, sobre todo con Una Pálida Sombra y Procul Harum. Uff, qué tiempos. Ah, el cuento, muy fantasmagótico, alegórico y fumado.

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