Elefantes_amaestrados
Sala de Maestros

Crónicas de un veterinario agradecido

Vicente Omar Benítez Ortega


Otra de elefantes

La fauna silvestre siempre fue mi pasión, el trabajar con grandes mamíferos como peligrosos felinos o primates, provocaban en mi cierto sentido de aventura y conocimiento científico.

Cuando era estudiante, me apasionaron enormemente los elefantes, fueron mi gran tema y despertaron desde siempre mi curiosidad. Por este motivo busque al profesor en la Facultad de ciencias veterinarias que más supiera de estos nobles animales.

“Inscríbete con Palazuelos, me decían mis compañeros, ese maestro tiene mucha experiencia en elefantes, siempre cuenta como empezó a dedicarse a ellos allá en un viejo circo de la ciudad de México…”

Después de esas recomendaciones, inmediatamente me inscribí en la cátedra del Dr. Palazuelos.

Fue increíble, el doctor Palazuelos era todo un erudito no solamente en el arte de curar paquidermos sino también muchos otros animales de zoológico.

El Dr. Palazuelos, era el encargado de cuidar y atender la gran manada de elefantes del famoso circo de los hermanos Atayde que era uno de los más conocidos del mundo y que también manejaba a más de 20 elefantes al mismo tiempo.

Recuerdo la primera práctica que realizamos como incipientes estudiantes de veterinaria en ese circo. El doctor Palazuelos nos formó en la carpa donde se encontraban 10 elefantes y nos dijo que teníamos que desparasitarlos.

—Haber López— preguntó Palazuelos— dígame ¿Cómo se le ocurre que podríamos desparasitar a estos elefantes? López se quedó pensando un largo rato y después de trastabillar dijo:

—Probablemente sea bueno administrar un poco de Albendazole .

—¿Albendazole?, bueno, muy bien, ¿por cual vía y a que dosis?

López por fin no supo que contestar.

Palazuelos sonrió un poco y nos dijo que lo primero que debíamos saber antes de desparasitar cualquier especie, era conocer perfectamente sus “usos y costumbres”, nos quedamos atónitos pues no sabíamos a que se refería, en ese instante los elefantes empezaron a balancearse de un lado a otro azotando sus cuerpos entre ellos, era maravilloso ver a esas criaturas en un estado eufórico pero a la vez armonioso.

El profesor nos dijo que tratáramos de averiguar los usos y costumbres de estos elefantes que teníamos enfrente y así poder saber cómo desparasitarlos.

—Me ausentaré unos minutos mientras ustedes lo discuten y averiguan— dijo con voz áspera.

Palazuelos dio media vuelta y nos dejó a los 2 únicos estudiantes que íbamos con él en esa práctica pues atender elefantes no era lo más común en la Facultad de veterinaria (La mayoría prefería vacas, cerdos, perros etc.).

—¿Y ahora qué hacemos?— le pregunté a López, el me miro y encogió los hombros.

Estuvimos más de media hora tratando de saber esos “usos y costumbres” de los que hablaba nuestro maestro, pero lo más que pudimos averiguar fue que los elefantes se balanceaban y se balanceaban en un ir y venir sin hacer otra cosa.

En ese instante un trabajador del circo llegó con un poco de paja para los elefantes y dijo:
—Buenas tardes ¿Cómo están, son los alumnos de Palazuelos?

—Sí, así es, estamos esperándolo, ¿usted sabe si va a tardar mucho?

—La verdad no lo sé con certeza— dijo el trabajador— el doctor es impredecible, a veces regresa ya muy noche o de plano no regresa.

El trabajador terminó de darles paja a los elefantes y fue por una manguera para llenar los bebederos.

—A que doctor Palazuelos—dije un poco hastiado—se me hace que ya se olvidó de nosotros.

El trabajador empezó a acariciar a cada uno de los elefantes y a llamarlos por su nombre.

—¿Cómo estas Fifí, cómo sigues de tu uña enterrada Moloso, qué tal Serafín, hoy si estás de buen humor? etc.

López y yo empezamos a desesperarnos pues eran las 3:30 de la tarde y le preguntamos al trabajador si existía algún lugar donde podríamos comer. A lo que él dijo que afuera de la carpa había una señora que vendía quesadillas y tacos.

Le dije a López que saliéramos a comprar algo de comer y él dijo:

—Sí Palazuelos regresa y nos ve comer o no nos encuentra se va a enojar y esto puede repercutir en nuestra calificación, ¿no crees?

—Tienes razón, pero solo será un momento, yo la verdad ya tengo mucha hambre.

—Ok— dijo López— yo voy por la comida y tu espera aquí ¿de acuerdo?.

—Muy bien—le dije y le di algo de dinero para que fuera por las quesadillas.

Cuando López se fue noté algo extraño en los elefantes, se quedaron muy quietos y comenzaron a avanzar lentamente hacia mí, me sentí un poco nervioso pues no dejaban de mirarme.

En ese momento López regresó sin la comida y de muy mal humor.

—Y ¿ahora qué paso pinche López y las quecas?.

—No manches el pinche Palazuelos me cachó comprando las quesadillas y me regañó y me mandó de regreso contigo y dijo que ya teníamos dos puntos menos por pensar en comer que en la tarea que teníamos a cuestas.

—Uyyy, que mal, y bueno te dijo ¿a qué hora regresaba?

—Sólo me dijo que termináramos lo que nos había pedido averiguar, los usos y costumbres de esos elefantes y que él iba a regresar y nos haría un pequeño examen.

—¡¡EXAMEN?!!! PUES ¿DE QUE? Si ni apuntes nos dio, ahora si la hicimos López.

En ese momento los elefantes empezaron a dar de validos y algunos empezaron a pararse en 2 patas. López y yo no sabíamos que hacer, esos animales habían cambiado su carácter de repente.

Era muy aterrador escuchar el estruendo que hacían al caer sus enormes patas contra el suelo, pues levantaban una nube de polvo que no nos dejaba ver.

CORRE LOPEZ, CORRE!!!— grité desesperadamente, quisimos salir de la carpa pero en nuestra desesperación y con tanto polvo volando en la atmósfera no podíamos encontrar la salida.

Los elefantes nos empezaron a rodear y sentimos que ya no la contábamos. Mi compañero y yo nos tomamos de los brazos y terminamos hincados en medio de la trifulca. De repente, todo se calmó, los elefantes se detuvieron y empezaron a balancearse pesadamente otra vez. López se incorporó lentamente y me ayudó a levantar, parecíamos un par de bistecs empanizados a punto de ser echados al sartén.

—¿Cómo estás? Me pregunto mi compañero.

—Muy asustado, ¿Qué les pasa a estos elefantes?

En ese instante escuchamos un galope de caballo que se acercaba velozmente por un costado de la carpa, y vimos entrar un enorme caballo percherón que tiraba una gran carretilla donde iban Palazuelos disfrazado de domador de leones y el trabajador del circo disfrazado de payaso.

Los elefantes se acomodaron todos en una sola fila y empezaron a balancearse con más fuerza. El doctor Palazuelos empezó a arrojarles a los elefantes unos bolillos todos embarrados de cajeta, los cuales eran bien aceptados por ellos. Los elefantes levantaban su enorme trompa para recibir aquellos bolillos dulces y que al terminar de ingerirlos agradecían con un gesto circense muy elocuente.

El doctor parecía un loco arriba de esa carreta y disfrazado de domador, era como un espectáculo del circo romano donde el papel de cristianos sacrificados los tomábamos López y yo. Palazuelos y su payaso pararon enfrente de nosotros con tanta fuerza que el caballo y la carreta terminaron de llenarnos de polvo.

Ahora si estábamos hechos unos verdaderos mazapanes.

El doctor bajó de la carreta y empezó a reír tan fuerte que yo creí que se le iban a salir los ojos. Buena lección les hemos dado a estos perezosos ¿no lo crees tú payaso Simón?

Vaya que sí doctor, contesto Simón.

Después el doctor nos replicó:

—En vista de que no pudieron averiguar los usos y costumbres de los elefantes, he decidido quitarles otros cinco puntos en su calificación.

López y yo estábamos a punto del llanto pero no porque nos fuese a reprobar sino de la burla de que estábamos representando pues casi medio personal del circo nos estaba viendo.

Apreté los puños y le dije a Palazuelos casi gritando:

—Doctor, no le parece que ésto ya llegó demasiado lejos ¿porqué se burla de nosotros?, yo creo que usted preparó todo esto sólo para burlarse y eso no es digno de ningún profesor de la universidad.

Palazuelos volteó hacia mí con ojos fulminantes, se puso pálido y empezó a decir.

—Alumno, el día de hoy has aprendido una gran lección deberías agradecerme por ello.

—¿Una gran lección?—Pregunte aún más furioso—me quiere explicar ¿cuál es esa gran lección? Y…

Antes de que yo terminara de hablar Palazuelos me interrumpió diciéndome:

—El único que podía describirles los usos y costumbres de estos animales en particular era mi fiel amigo y ayudante Simón, al cual ustedes no tuvieron ni la delicadeza de preguntarle su nombre, sólo se limitaron a preguntar donde había comida y si yo no tardaría.

Escuchen una cosa, la labor médica no sólo es saber conocimientos técnicos sino saber comunicarse y ser sociable, eso es lo que los va a sacar adelante en la profesión y en la vida.

Desgraciadamente en la Facultad no se enseña a tratar con humildad a la gente que trabaja muy cerca de los animales. Ustedes deben aprender de los caballerangos, cuidadores, criadores y dueños de sus pacientes.

—Si ustedes se hubieran hecho amigos de Simón en estos momentos sabrían más de elefantes que yo mismo, pues él convive con ellos las 24 hrs. del día y sabrían que los elefantes aman el dulce en especial la cajeta y la mejor forma de administrar algún medicamento como el Albendazole que ustedes mencionaron al principio de la clase es partir bolillos a la mitad para hacer una torta de cajeta y Albendazole y poder desparasitarlos.

Y otra cosa que sabrían es que los elefantes relacionan las batas de médico como las que ustedes traen con la administración de sus bolillos con cajeta, y que como ustedes no se los proporcionaban pues estaban impacientes y no hay nada más peligroso como ustedes lo acaban de comprobar que hacer esperar a un elefante.

Palazuelos sacó su lista de calificaciones y nos puso 5 de calificación en práctica, después de una discusión llegamos al acuerdo de que si bañábamos a los 10 elefantes y terminábamos de desparasitarlos podríamos alcanzar por lo menos un 8 de calificación final en la parte práctica del curso.

Ese día llegue a mi casa hecho una porquería, parecía un vagabundo con la cara llena de lodo el cuerpo sucio envuelto en una mezcla de cajeta migajón y tierra, hambriento y muy cansado.

Ese día aprendí según palabras finales del doctor Palazuelos que el mejor doctor es aquel que sabe escuchar a sus semejantes….

Vicente Omar Benítez Ortega
Es médico veterinario zootecnista, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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