Vidal_alcocer
Sala de Maestros

Maestros en la historia

Jesús Caballero y Díaz


Incógnitas y Revelaciones

Conocí al gemelo de Jesús en el libro de poemas de una escribidora y me sorprendió que él nunca me hubiera sido presentado, se perdió por los caminos de un México que solo conocía a través de los reportajes del México desconocido. Jesús se dedicaba a la pedagogía estatal y no dejaba de ser solo una referencia de mis amigos, de mis colegas y de mi mujer, quien lo conocía a través de mis recuerdos.

El libro era un poemario interesante contaba asuntos de mujer, de amores escolares, de sueños pueblerinos, de herencias literarias, nada menos que “lopezvelardianas” con la sencillez de almas que se encuentran a sí mismas en el espacio de su propia escritura y y de el gusto de leerse y perfeccionar sus talentos, ahí en medio de “El Paraíso” de Jerez, Zac. Mi amigo irrumpiría descubriendo a una cofradía de duendes dedicados al misterio de las metáforas y las armonías melódicas del arte de cantar y contar, quienes lo encantaron, lo renombraron Abelroca y en ese encantamiento andaba, cuando por el arte de su nigromancia resucitó en mi camino.

Abel resultó ser el poeta, por Jesús jamás presentado, quienes daban señas de él, afirmaban que se desenvolvía en sus textos repasando historias de sus incógnitas bohemias. Por más que invitaba a mi amigo a dar pelos y señales del otro, siempre se escabullía, volando por la tangente de sus ocurrencias sobre mis escritos.

Un día decidí pasar de los raros telefonemas a formales invitaciones y tras algunos aplazamientos, sentó reales en mi casa, entró con el paso seguro de un hermano que tiene franca la entrada desde se iniciara la vida de mi familia y su oído de cantinero supo abrir camino a mis confesiones, cada vez que ocupaba el sitial de los invitados encarnaba al anfitrión de mis relatos.

Detrás de sus suaves modales, del tono pastoso de sus cuestionamientos, abría ventanas por donde se asomaba el perfil de otro desconocido que iba cobrando una dimensión apenas por mi presentida, que rebasaba lo formal de mi bitácora.

Sabía que se cansaba en ocasiones y pasaban algunos años para recuperar el confesionario que me liberaba de los olvidos y las fantasías que me impedían encarar la oscura parte del anecdotario que perpetraba con un objetivo aún no admitido, aunque obsesivamente presente.

Mi vida encaró una penúltima aventura profesional y durante ella sentía que necesitaba un interlocutor que adivinase lo nítido de mis posibilidades, Jesús se prestó a mi juego, no sin refunfuñar en ocasiones, o de observar lo que yo ocultaba, o de descubrir en lo que confesaba, lo inconfesable, nunca me sentí en desventaja, siempre supe que pasara lo que pasara, su punto de vista sería el del amigo franco que nunca dejaría de serlo.

Compartió conmigo el registro de los daños que las situaciones difíciles que me empujaban a permanecer en mi empeño, mi bitácora iba cobrando la dimensión teórica que me explicaba, yo actuaba, yo platicaba con él de mis avances, el se reía de mí, me identificó con el héroe de Cervantes, para Jesús mis lances escolares eran los peregrinos desfases de entuertos de “el loco de la Mancha”.
Por mi parte, me sentía don Justo, el personaje pedagógico de un libro de texto de quinto año de primaria de mi profesorado, seguí siendo además de Don Justo, así quiso Jesús: Alonso Quijano “el Loco de la Mancha” en calzones y con la tizona en un puño, ese sería yo en adelante para mi amigo y para mí…

Y si, la Mancha requirió de la inversión de todos mis recursos personales: mi inteligencia para un examen de las imposibilidades que se sumaban, de mi astucia crecida por la obligación de superarlas y por encima de todo: la voluntad de no dejarme vencer por quienes se sintieran ofendidos al ser descubiertos en su mala fe o su indiferencia o su estúpida inocencia.

Mi familia, fue el último y mayor de mis recursos, mi esposa y mis hijos fueron los talentos que quisieron involucrarse en este intento, al relatarle su participación, él jugaba con las otras figuras cervantinas, me recordó aquella obra de teatro “el Retablo de las Maravillas” un famoso entremés cervantino en que la hice de Chanfalla y aludió al truco del arte del declamador que convoca paisajes, dramas, personajes que parecen verdaderos a sus públicos ingenuos hasta hacerlos parte de su drama..

No niego que las analogías me hacían hervir la sangre, pero a estas alturas el peleón de Juan de la Granja era ya un brillante personaje picaresco de mi infancia y me guardé de aparecer como el ofendido, meditando ya en lo personal, sistematizaba los datos, en mis cuadernos guardados.

El asunto de la Mancha crecía, mi equipo funcionaba de maravilla, la educación abría el paso a perfiles de seres humanos que encontraban puertas abiertas que antes creían clausuradas, mi mujer convertía la basura en oro, mis hijos eran unos joyeros impensados, por su propia cuenta obtenían luminosas facetas al tallar las piedras de las inteligencias infantiles, mis colegas abandonaron las talegas que estorbaban su paso y la Comunidad de la Mancha se merecía un poema, sus integrantes eran dueños de si mismos, sonreían, no tenían imposibles, querían mas. Limpiamos el basurero, los padres, los hijos considerados irredentos emergían con gusto a construir su futuro, aulas improvisadas, huertos, milpas jardines, niños que hacen su primaria, luego el espacio preescolar y la educación de las madres y los padres, màs: los talleres básicos de oficios, y la escuela secundaria que pudo ser un bachillerato tecnológico.

Jesús se dio un tiempo y conoció la Mancha, nunca percibió el basurero en que emergió aquel centro escolar; al ver a preescolares, niños y adolescentes juntos, se le salió un elogio: Makarenko, me dijo; ¡no! le contesté Vidal Alcocer, el maestro mexicano del siglo XIX que fue el ángel de la guarda de los niños pobres de la Candelaria de los Patos, el barrio en que nací, allá, en el siglo XX, aquél a quien Altamirano reconoció como el descubridor de la obligación estatal de atender a la educación de todos los mexicanos con el fin de hacerlos dignos seres humanos.

Conversamos en diversas ocasiones, él por su parte buscaba en la formación de maestros primero y luego en la educación primaria que la administración educativa reconociera los compromisos de un servicio educativo en que maestros y alumnos fueran tratados con respeto por los políticos en turno, con sus colegas y sus alumnos analizaban los problemas de la educación mexicana, con ellos urdía planes de actualización de los maestros en servicio, de renovación de las escuelas normales, de la actualización y la educación superior de los maestros de grupo y directores de escuela, de transformación de la educación primaria, él se movía en el plano de la administración federal de esos servicios desde su escritorio hasta las escuelitas rurales de Ensenada, y de Quintana Roo conversaba con padres de familia, maestros, autoridades escolares, gobernadores de su obsesión: el gobierno es un servidor del pueblo, el pueblo es el mandante de los poderes de la unión, la educación debe apoyar a los mexicanos a reconocerse como parte activa de ese pueblo; la ciudadanía consiste —según él— en el ejercicio individual y social de los derechos y obligaciones ciudadanas, es el único medio para transformar a esta sociedad indiferente en un pueblo capaz de ordenar a su gobierno las acciones que lo enriquezcan.

Y eso era lo que sucedía en la Mancha: los pepenadores eran seres humanos que tratados con respeto por los maestros se portaban como ciudadanos respetables, los niños dejaban de ser parias, fueron aceptados por los empresarios naucalpenses, los rotarios pusieron sus ojos en la escuela les asignaron algunos recursos, a los maestros encargados de la administración pública estatal les quedó chico el encargo, algún enfoque partidista les impidió ver el bosque, algún egoísmo centralista les hizo confundir moros con cristianos ¿desconocían la constitución? Sus gobernantes, sus jefes ¿ignoraban los compromisos sociales y pedagógicos de sus políticas públicas?

Percibí un encono, no alcanzaba a distinguir que o quien era el destinatario del mismo, si de mí se trataba, solo cumplía con la mejor comprensión de mi trabajo., eso si apasionadamente. Si se trataba de La Mancha ¿Qué gobierno querría ver a sus ciudadanos sumidos en la marginación y la insolvencia moral? ¿Quién no disfrutaría de un logro más de su gobierno? Y sin embargo…

La Mancha era demasiado grande para ser perdida en un día, Jesús aceptó mostrar los valores democráticos, pedagógicos de lo que ahí sucedía, al leer el primer borrador de mi texto, se comprometió a develarles los fundamentos de la acción educativa del gobierno estatal y del federal, a hacerles reconocer el éxito de la Mancha como una muestra de lo posible en la educación mexicana a cargo de alumnos y maestros, quería que los poderes públicos valoraran a la Mancha como una realización digna de las mejores intenciones de ese gobierno, que estimularán al equipo de trabajo con un saludo paralelo al que la comunidad les ofrecía.

“Los mil días de la Mancha” fue una publicación de dos tirajes sufragados por mi propio peculio, me quedó claro que el pueblo debe educar a su gobierno, que debe enseñarlo a obedecer, que le debe marcar el camino, que lo debe evaluar e indicarle lo que no ha hecho y obligarlo a dar la cara y hacer lo que falta por hacer, las administraciones van y vienen, los pueblos, las escuelas permanecen, algo debe hacerse para que los pueblos, los padres de familia, los maestros sean considerados como sujetos de derechos reales y eso lo tendrán que hacer cada ciudadano por su cuenta y todos en cada uno de sus proyectos colectivos, esto no es comunismo es simple y sencillamente democracia.

¿Por que a los “políticos” y sus secuaces administrativos les asusta la voluntad popular?

Esta reflexión podría tener respuestas amargas o catastrófica, sin embargo con Jesús convenimos en que los participantes en la Mancha habíamos crecido moral, cultural, políticamente, lástima que los otros no lo hubieran hecho. Recientemente alumnos y padres de familia de la Mancha visitaron este jubilado y uno a uno, contaron sus hazañas personales, aquellos alumnos ya son hombres, aquellos padres de familia son abuelos, todos son dignos seres humanos, capaces de honrar a quien supo honrarlos.

Y no es soberbia, aunque Jesús la traiga conmigo, es un orgullo que me permite vivir aquí mis últimos días, de nada tengo que avergonzarme, si me buscan, aquí me encontrarán, aquí decidí vivir y aquí viviré mis últimos días, soy ciudadano naucalpense, mexiquense y mexicano, le sirvo a mi país, a mi estado, a mi municipio y al servirlos, me sirvo a mi mismo, he crecido tanto como he contribuido al crecimiento de los alumnos, maestros y escuelas a mi encargados, si a eso, Jesús le llama soberbia, yo solo le llamo orgullo de ser yo mismo y con ello haberle servido a los demás.

Jesús ya está sosegado, en su jubilación sigue haciendo adobes, si lo convoco, acude, él es un tanto rejego, se hace desear y cuando al fin nos encontramos, no dejo de preguntarle ¿quien es ese Abel roca de quien hablan los paisanos o mejor dicho, las paisanas de Ramón López Velarde? sus últimas palabras han sido. Por su obra lo conocerás, espero que sea pronto.

Aunque podíamos dejarlo para después, ahora quiero sacarme una espina que se me encona, la vida ha sido noble conmigo, pero siento una deuda con ella. Jesús sabe poco de esa deuda, no lo ignora del todo, lo que nunca sabrá es el infierno que he pasado durante mis días negros, he intentado otra escritura, poner en blanco y negro lo que pasé por esos trotes, aun no se si lo he logrado, además no resistí la tentación de hacerle caso a esta decrépita memoria y referir lo que la infancia me dejó en las muelles de mi navaja, esos resortes que se accionaron ante situaciones delicadas, unas veces con chispa, otras con varonía, siempre sin la mínima maldad, algunos, dirán ustedes con la chispa del negro o con el negro de la chispa, aun resuenan las carcajadas de aquellos que lo presenciaron, de quienes se los he contado, o de aquellos que han venido a mi, a recordármelo. Es sabroso reírse de uno, de vez en cuando, más, cuando tenemos auditorio.

En fin, cuento con él para ilustrar mis chismes, para contrariar mis poses, si él no es mi sombra , si se asombra de lo que va aprendiendo, aunque no me asombra nada de sus asombrosas aseveraciones, una de ellas es que al término de este mensaje, haré un asombroso descubrimiento,¡que miedo! se me apareció el nagual, ¡chin! Se escapó de la ratonera y cuando los canes del día lo creían en sus fauces, se hizo el occiso y lo buscaron por todos lados sin encontrarlo, aquellos se quedaron ladrando, moviendo la cola y sin nada del mentado nagual. El takuaxin…muerto de la risa irrumpía en la placidez del sueño de Abel.

Tal vez Abel Roca, el gemelo desconocido haciendo uso de sus malas artes —pésimas—.

Saque su nagual de la chistera, ya se aparecerá por estos lares, mientras estaré cuidando mi parque, cuidando que las palomas no calcifiquen mi nariz y los balonazos de los niños no derrumben mi estatua…¿Como le haré?, si estoy escayolado sobre un precario pedestal ¡Ojalá surja otro demente en estos días!

Aunque ya se quien será…nada mas y nada menos que mi perseguidor

¿Quien otro? que la guardia cuidadosa que Cervantes me impuso:

¡El bachiller Sansón Carrasco! ¿el takuaxín? ¿Abel roca? ¿Jesús Caballero? Xss.

¡Hasta ese día!

Don Justo

Estatua en póstumo homenaje al “Loco de “la Mancha”

Al héroe de “Los mil días de La Mancha”

en San Antonio Zomeyucan,

Naucalpan, Mex.

Zahed Bárcena Corona

Jardín del Rosal

Bosque de Los Remedios,

Naucalpan, Mex, a tantos y tantos del tres mil y tantos.

P.D. Zahed y yo fuimos compañeros en la Escuela Nacional de Maestros, nos dejamos de ver muchos años, nos volvimos a ver hace ya no tan pocos, vivimos y escribimos este cuento que deja algunas incógnitas y despeja otras, los múltiples naguales de nuestras identidades históricas, hasta que alguno de ustedes las despejen.

Jesús Caballero y Díaz
Maestro y formador de docentes

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