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Deserciones


Mauricio Tenorio Trillo


Caminar sin prisa

Los tilos y los plátanos urbanos encienden de amarillo las aceras que camino en este otoño de Hyde Park, Chicago; los granates se trepan por las paredes de los edificios, el crujir de la hojarasca dice: “repara”, “honra”, “no dejes pasar inapreciado este mediodía de otoño”. Es hermoso y es fugaz el otoño en Chicago —vaya obviedad—, hay que caminar sin prisa, guardar el detalle de las variadas luces de cada árbol, de cada hoja. Dos, acaso tres, pero no más veces al año puedo regalarme esta caminata. Hoy la calle está llena de estudiantes, de gente que quiere vivir afuera antes de morir por el largo invierno. El frío no es insoportable y menos si se cobija el almuerzo bajo el resplandor ambarino de uno de estos árboles. Si un Dios coronó su creación en el Sabbath y el otro en el Domingo, ¿qué Dios dijo hágase el otoño, vio que era bueno y descansó, eterno, en su creación?

La tentación de emprender el vuelo conceptuoso es casi insoportable. La ciudad en otoño nos quiere poetas, filósofos, editorialistas de la experiencia estética, de la nostalgia, del momento vivido sin tiempo. Mi paso es más lerdo cuanto más ansío ser y no pensar el otoño; ni Baudelaire ni Benjamin: sólo otoño. En las ciudades, decía Manuel Chávez Nogales, “hay que huir de todo intento descriptivo, sin decir que la ciudad sea indescriptible, y sin abdicar en una falsa modestia, podemos renunciar a las enumeraciones pretenciosas, llenas de figuras retóricas estériles y de evocaciones desvencijadas al peso de una erudición si no indigesta indigerida”. Eso… a vivir el otoño y dejarse de contarlo.

De súbito, cuando mi paso es más lento de puro no pensar, registro el tufo a ozono, ése del pánico y la adrenalina recorriendo el cuerpo en señal de alarma; el cerebro intenta explicar a la conciencia un repentino dolor en la nuca, el porqué, más allá de la burrada de la ley de la gravedad, las gafas van rumbo al suelo, el cómo de las piernas para mantener la vertical. La información se procesa en décimas de segundo y el reporte de la conciencia es irrefutable: alguien me está golpeando por la espalda… Ese alguien me empuja a un callejón, me golpea de frente, veo su rostro pero sin gafas, y con el cerebro ocupado en el otoño, no lo registro. Sí la voz: “_give me your phone bitch, your phone fucking bitch_”. Me catea, extrae el iPhone y las tarjetas. Huye. Me levanto, vuelvo en mí y localizo mis lentes, compruebo: la belleza del otoño está ilesa. Ha iluminado, sin perder un ápice de grandeza, la miseria humana.

Pues ya será de Dios… Era, de cualquier forma, un exagero: un mexicano de Chicago con el último modelo de iPhone. Me consuela que nada pasó desapercibido, ni el ostentoso paisaje urbano del otoño ni la indebida demostración de upper social mobility. Aun cuando muy otoñalmente ensimismadas, también son ciudades, también violencia, también memoria, también castigo.

Mauricio Tenorio Trillo
Sociólogo e Historiador mexicano. Miembro del Departamento de Historia de la Universidad de Chicago y de la División de Historia del CIDE.

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