Taxi
Orientación educativa

La voz de la Comunidad

Natalia Maynez Campos


Rostros carentes de justicia en un taxi de la ciudad de México

No se necesita más que una soleada y reluciente mañana dominguera, conjugada con el tradicional tráfico de la Ciudad de México, para que surja una controversial plática entre un taxista y su cliente. En cuanto subí al taxi, le señalé el destino a José Alfredo, conductor y protagonista de esta historia. Si he tenido un día en mi vida en el que he querido alzar la voz para dar a conocer alguna imperdonable injusticia, era precisamente aquél domingo 15 de abril del 2012, después de escuchar aquella anécdota que dejó sin vida a su cuñado y que desalentó a sus familiares de sobremanera.

El cuñado de José Alfredo era constantemente humillado por Silvana, su esposa, quien despectivamente levantaba la voz para agredirlo verbalmente:

—¡Por qué no traes dinero a la casa! ¡Ándale Yan, lava los trastes, barre, trapea, tiende las camas!— le decía ésta.

La mansedumbre del señor de la casa actuaba como ejemplo de paciencia y tolerancia para sus queridos hijos, quienes opinaban lo contrario a su madre:

—Con mi papá nunca nos faltó nada— comenta el mayor de ellos.

La situación empeoró hasta que Silvana decidió terminar con la vida de aquél hombre ejemplar, siendo la madrugada del 23 de octubre del 2010, cómplice de una verdadera pesadilla que dejaría honda huella en el ánimo de sus familiares. El cuñado de José Alfredo se despidió de la vida mientras descansaba de sus laboriosos y pesados días tanto dentro, como fuera de casa. José Alfredo respira profundamente como queriendo inhalar fortaleza del contaminado aire de la Ciudad de México y con un rostro hipocondriaco recuerda el tremebundo hecho:

—La esposa de mi cuñado lo asesinó cobardemente, estando dormido y con un puñal en el corazón. Le dio puñaladas en el pecho a diestra y siniestra, con alevosía y ventaja.—indicó enfáticamente mientras que el automóvil de atrás hacía retumbar su claxon para recordarle a José Alfredo que evocar con dolor y melancolía el pasado, no era excusa para no avanzar cuando el semáforo se pone en verde.

Respira profundamente como queriendo inhalar fortaleza del contaminado aire de la Ciudad de México.

Pocas y casi nulas eran las fuerzas que le restaban a su cuñado después de este arranque de agresividad que le suministró su esposa, pero aquellos últimos alientos de vida fueron suficientes para tomar el teléfono móvil y notificarle a su hijo mayor lo acontecido, quien apenas contaba con la mayoría de edad. Desgraciadamente, cuando llegó su hijo acompañado del doctor, no se pudo hacer mucho y sus brazos fueron testigos del fallecimiento de su padre, cometido broncamente por su madre.

Isaac Newton predijo lo que sucedería en este incidente, ya que a toda acción corresponde una reacción y Silvana resultó detenida por las autoridades. Pero el hecho de saber que la culpable está arrestada bajo los barrotes de la impunidad, no sana la lastimosa pena que produce la pérdida de un familiar. Para empeorar el suceso, la familia de la responsable del delito trató de evitar a toda costa su detención y de embrutecer el proceso de averiguación e investigación penal de su caso.

No se necesita acudir a la escuela, ni leer múltiples enciclopedias, para conocer la fórmula requerida para burocratizar los procesos judiciales. Es de conocimiento colectivo que sólo recurriendo a monumentales cantidades de dinero se puede alimentar a la bestia corruptiva. Partiendo de este axioma, la familia de Silvana ofreció enormes sumas monetarias a las autoridades para liberarla y eximirla de su merecida pena. Aunque la oferta económica era generosa, no era lo suficientemente vasta para que alguno de los funcionarios públicos involucrados en el caso de Silvana arriesgara manchar su nombre por menos de lo que ganan anualmente. Después de relatarme lo anterior, José Alfredo suspira desalentadamente y acaricia su mejilla para disimular y borrar evidencia de aquella lágrima intrusa que cae sin previo aviso de su disconforme mirada. Posteriormente agrega:

—Esas personas ya saben que habiendo dinero pueden hacer y deshacer lo que ellos quieran. Con dinero todo se compra, pero la vida de esa persona, ¿quién la compra?—reflexiona con un semblante álgido y lánguido.

Para colmo de colmos, los hermanos e hijos de la víctima fallecida al enterarse de las sucias pretensiones de la familia opositora, deciden recaudar aún más fondos para poder persuadir a las autoridades de que cumplieran, irónicamente, su deber y penalizaran el acto delictivo como debían hacerlo con o sin incentivos económicos. El tono de voz de José Alfredo deja de ser frío y desalentador para enfatizar irritadamente lo siguiente:

—Tuve que pedirle dinero prestado a una persona para que este crimen no quedara impune. Afortunadamente las autoridades no me aceptaron el dinero y me dijeron: “de nuestra cuenta corre que no salga”. Pues que pague su condena, ya la hizo, que pague. ¿Qué más podemos pedirle a las autoridades? Más que nada: mano dura.—comenta impulsivamente.

Lo preocupante y desilusionante del testimonio anterior es la mentalidad que ha llegado a adquirir el mexicano como producto de la corrupción, injusticia e impunidad, teniendo como premisa fundamental que requiere ofrecer grandes cantidades de dinero para que se cumpla la justicia que debe garantizar el Estado de manera gratuita. Y una vez que se paran el cuello diciendo: “de nuestra cuenta corre que no salga” resulta ser que la condena es injusta y no proporcional al delito cometido.

Ya no había escapatoria para Silvana, lo único que faltaba por precisar eran los años que pasaría tras las rejas, situación que se complicó por su supuesta enfermedad esquizofrénica. José Alfredo me explicó que los jueces se fueron a criterio, que entre comillas, era la loquera. El caso tardó en resolverse alrededor de año y medio. Como si se necesitara tanto tiempo para determinar una sentencia cuyas bases, excepciones y lineamientos están claramente establecidos en el Código Penal (Capítulo II al V).

Contrariamente a la postura esquizofrénica que pretendía disminuir la sentencia de Silvana, para la familia del fallecido y para sus hijos, Silvana no era una persona loca. José Alfredo alza el tono de su voz para cuestionar ávidamente lo siguiente:

—Vivían en un segundo piso. ¿Por qué carajos no agarró y se aventó del segundo piso? Porque no estaba loca ¿eh? esa enfermedad de esquizofrenia no es de la noche a la mañana, ya tenían 12 años viviendo juntos. Para mí no está loca. ¿Por qué no se cortaba las venas?—expresó antes de girar bruscamente hacia la derecha para incorporarse a la Av. Río Mixcoac, dándome a entender que desde ese momento su estado de ánimo influiría en su forma de conducir.

Aunque la anterior afirmación supusiese un juicio de valor subjetivo, reconocidos estudiosos de los trastornos psiquiátricos como Henri Ey, Bleuler, Vidal y Alarcón, Kaplan y Sadock coincidirían con José Alfredo al establecer que gran parte de los pacientes esquizofrénicos tienden a cometer brutales intentos de suicidios y a lastimarse a sí mismos, demostrando mediante estudios que las esquizofrenias son la población psiquiátrica de mayor riesgo de suicidio. La controversia aquí es que dichos comportamientos e indicios autodestructivos nunca fueron vistos en Silvana, la supuesta esquizofrénica, cuyos familiares consideraban que un pretexto como este reduciría cuantitativamente su sentencia.

El hijo mayor de Silvana le manifestó a su tío José Alfredo lo siguiente:

—Mire tío, la verdad mi mamá no está loca, se hace pasar por loca. Yo ya no la quiero ni ver, nunca aceptaré lo que hizo.—comentó el sobrino días después del acontecimiento.

Más de un año y medio pasó sin que se tuvieran resultados concretos y certeros sobre la condena de la acusada. No pudiendo esperar más al ineficiente sistema penal, una de las cuñadas de José Alfredo acudió el jueves 12 de abril del presente año al juzgado de Distrito Federal para constatar si ya se tenía el veredicto de dicha sentencia. La desalentadora noticia de que sólo le dieron 4 años de prisión y lo demás en un hospital psiquiátrico para personas con problemas psicológicos y mentales, los cuales Silvana no padecía, nublaron los ojos de su cuñada con lágrimas que caían por su inconforme rostro carente de justicia y al mismo tiempo, repleto de injusticia.

Dicha resolución fue comunicada a los demás familiares dos días después en una reunión familiar. Todos los presentes estuvieron en profundo desacuerdo y sentían una enorme impotencia y disconformidad ante el veredicto señalado por el juzgado. Una segunda lágrima recorre el desconsolado rostro de José Alfredo y en seguida agrega:

—Ayer en la reunión, a mí hasta se me derramaron mis lágrimas, mi esposa se puso grave. Hoy no fue a trabajar. Si la ley dice tantos años, hay que acatar esa ley porque entonces las autoridades se están burlando de las personas afectadas. Le dieron sólo 4 años. Ya ni a los rateros les va tan bien… Y supuestamente los demás años se los va a aventar en ese hospital, en pocas palabras, para locos—me dijo después de bajar la velocidad con la que venía conduciendo. Era impresionante como había una conexión de su estado anímico con la manipulación que él venía haciendo del volante y del acelerador. Era todo un arte por ser descifrado y al mismo tiempo lamentado.

Hubo mano sucia en el proceso, no hay la menor duda. Aún así, suponiendo que Silvana padeciera esquizofrenia, la pena debió de haber sido mucho mayor considerando las circunstancias agravantes que establece artículo 20 del Código Penal. Capítulo II. De las causas que eximen de responsabilidad penal, el trastorno mental transitorio no eximirá de pena cuando hubiese sido provocado por el sujeto con el propósito de cometer el delito. Silvana desde hace tiempo ya humillaba y maltrataba a su difunto marido, por lo que había cierta intencionalidad y propósitos claramente definidos.

Otro artículo que no hace más que demostrar la errónea resolución dictada por los agentes jurídicos es el artículo 22. Capítulo IV. De las circunstancias que agravan la responsabilidad criminal, el suceso se agrava cuando se ejecuta el hecho con alevosía. Constitucionalmente, se dice que hay alevosía cuando no existe el riesgo de que la víctima pudiera proceder de la defensa por parte del ofendido. Precisamente, Silvana decidió atacarlo justamente cuando él dormía y no estaba del todo consciente o apto para proceder a defenderse.

Finalmente, es importante especificar que acorde a lo señalado en el artículo 23. Capítulo V. De la circunstancia mixta de parentesco, la circunstancia se agrava si el cónyuge es el agraviado, como es el caso.

El caso de Silvana no fue totalmente exento de responsabilidad penal, pero tampoco se le aplicó una sentencia justa considerando el delito homicida. Por lo que su resolución quedó entre las aguas de la injusticia y en lagunas constitucionales navegadas por la impunidad. En una ambivalencia corrupta donde la culpable no queda ni libre ni condenada como la asesina que fue.

José Alfredo junto con su esposa y familia, son sólo un ejemplo de los múltiples casos en los que la impunidad, injusticia y corrupción se traducen en lágrimas de impotencia que derraman los rostros carentes de justicia.

Natalia Maynez Campos
Estudiante de la carrera de Ciencias de la comunicación en la Universidad Anáhuac.

Agregar comentario