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Vina_del_mar_1973

LA CLASE

Tema del mes

Raúl E. Páez Boggioni

Este es un relato que transpira resistencia. La vivencia está ubicada entre Viña del Mar y Valparaíso,días después del golpe de Estado en Chile, en 1973. Texto inédito que nos compartió Viviana Páez, hija del autor

Fuck you marine, Son of-a-bitch

¿Es posible que el antónimo de “olvidar”
no sea “recordar” sino “justicia”?

Josef Hayim Yerushalmi

Sí, tengo que mantenerlo vivo en mi mente. A menudo lo hago. En el camión, en el Metro, mientras camino, en todas partes. Algunas veces sólo revivo pequeños trozos, en otras, trato de recordarlo todo. Me dirán que no hay que odiar, que hay que olvidar. Me dirán que es masoquismo, pero no lo es. Sólo quiero que no se borre de mi memoria, eso es todo. Sí, hay un motivo. Nadie recuerda sólo por recordar. No, quiero mantenerlo fresco en mi memoria y contarlo a todo aquel que desee escucharme; también para cuando llegue la hora de las cuentas…..pues la habrá. Entonces cobraré para construir tranquilo. Ahora de lo que se trata es mantener vivo el odio. Ellos me lo inculcaron. Antes yo no odiaba, no creía que Ellos existieran, entonces vino el día de las bestias pardas y en horas Ellos lo destruyeron todo, menos la dignidad y las ideas. Ellos mataron, torturaron, vejaron, desterraron, trajeron consigo el hambre y el odio. ¿Cómo esperan que olvide? No, hoy, por enésima, vez quiero revivir mi odio…

—Señor A., usted comprende. Ellos no quieren hacerse responsables de ninguna gestión anterior a asumir…Yo sé que usted no tendría por que hacerlo, pero son casi cuatro mil obreros y empleados que sólo recibirán sus sueldos y salarios si usted, señor A., firma los documentos que fueron aprobados dentro de su gestión. Apelo a su buena disposición hacia los trabajadores. Si usted no los firma, no tendrán pago; si usted lo hace, no se compromete para nada, me lo han asegurado. Yo tengo la obligación de resolver estos problemas y por eso acudo a usted…

Claro, los cuatro mil obreros y empleados ahora tienen el problema del estómago. Cuando pudieron salir a la calle a defender al Gobierno, no lo hicieron; cuando el Presidente les pidió que se mantuvieran en sus lugares de trabajo para detener la sedición, ninguno de ellos lo hizo. Ahora cooperan con los milicos, mientras sus hermanos de clase son asesinados como perros en todas partes. Unos pocos de ellos se entregaron totalmente a la lucha ¿estarán vivos aún?…Y sus compañeras e hijos, ¿qué será  de ellos?…

—Firmaré. ¿Qué hay que hacer?

—No le tomará más de media hora. Tengo el coche afuera y en unos cuantos minutos estaremos allí. Yo mismo lo traeré de vuelta a casa. Gracias, señor A., no sabe el peso que me quita de encima…

¡Cómo si no nos conociéramos!… ¡Cómo si no supiera que eres el jefe máximo de los fascistas en la provincia! Un caballero fascista, lo reconozco. Siempre cumplido, siempre aparentando acatar lo legal. De día, un abogado entregado a la tarea de cumplir y hacer cumplir las leyes. De noche, encabezando la sedición, asesorando a los grupos paramilitares, preparando los actos terroristas. En el día, mostrando enfermiza aversión a la violencia; en la noche, dando órdenes para volar una torre eléctrica, para atacar la sede de un partido obrero, para colocar una bomba en la casa de un dirigente socialista, entrevistándote con la hiena a cargo de la policía local, preparando el golpe de Estado. ¡Cómo si no nos conociéramos!

—En mi oficina tengo los documentos. Es más seguro y tranquilo allí. Nadie nos molestará. Por aquí, por favor. Tenga la bondad, siéntese.

—Gracias. Trataré de hacerlo rápido. Usted comprenderá que no tengo ningún interés en estar aquí, por razones obvias. Si lo hago, es porque no me gustaría estar en la situación de los obreros, sin un centavo en los bolsillos y sin saber qué diablos va a pasar en este país, con milicos por todas partes.

Firmo. Son acuerdos de la última sesión. Cuestiones de rutina. Interminables partidas de dinero por salarios, horas extraordinarias, viáticos, todas resultado de largas luchas sindicales. ¿Las conservarán ahora? De seguro, no. Volverá  la explotación y el hambre. En el fondo, en cuanto a lo administrativo, sé que el momio no me engañará. Es momio a la antigua, tiene una ética muy especial. Sería incapaz de incluir documentos no aprobados. Pero… ¿por qué no se le ve tranquilo?…Repetidamente ha mirado a través de la ventana y ha salido dos o tres veces. Algo le pasa o pasa. Sigo firmando…

—Perdón, Señor A., pero algo insólito ha sucedido. Usted creerá que es una trampa, pero le juro que el más molesto soy yo. Le ruego me crea, haré lo que esté de mi parte para que esto se solucione. Hablaré con el capitán de la marina que está  a cargo ahora. Los carabineros han rodeado el edificio y me temo que vienen por usted y por el Señor F. que vino a presentar su renuncia, según se le aconsejó. Ojalá  que sea por otro motivo. Mientras tanto, le ruego que no se mueva de mi oficina. Le pediré a F. que también se quede aquí. Vuelvo enseguida.

Me levanto y por primera vez miro desde las ventanas hacia los jardines que rodean el edificio. No siento miedo, sino más bien todo me parece una escena grotesca: grupos de carabineros en posición de combate rodean la vieja casa. Han montado ametralladoras apuntando hacia las puertas. Más allá, en la calle, un furgón de la policía. Conozco al abogado, estoy seguro de que no me ha tendido una trampa… ¿Será  a mí o a F. a quien buscan? El viejo F., gran camarada, es mi secretario privado, es decir, la persona destacada por el Partido para ayudarme en el cargo en que se me había nombrado. Toda su vida ha trabajado aquí. Debería haber sido jefe de algún departamento desde hace mucho tiempo, pero siempre sucedía lo mismo. Con cada gobierno de derecha o de centro—y todos los gobiernos habían sido de derecha o de centro durante cuarenta años—, el pobre camarada F. retrocedía en la escala funcionaria. Lo sabía todo en cuanto a la institución y a él recurría, primero como camarada, después como camarada y amigo. Ahora, según lo que he escuchado, lo obligaban a jubilar…¡para no perjudicarlo!…

—Señor A., he hecho lo imposible. Hablé con el capitán de la armada. Él lo lamenta profundamente, pero me ha dicho que son órdenes superiores. El mayor Fuentes, a cargo de la tropa, ha manifestado que tiene orden de detenerlos a usted y al Señor F. Créamelo, hice todo lo posible para convencerlo de que se retirara, que esto iba a sonar como una trampa, pero el famoso mayor Fuentes es un tipo obcecado a más no poder. Manifiesta que si usted y el Señor F. se entregan sin resistencia, como una deferencia, hará  que se retiren las ametralladoras y la tropa, siempre que usted y el Señor F. se comprometan a bajar y dirigirse directamente al furgón que está  en la calle y se entreguen al sargento que está  a cargo del vehículo. De lo contrario, entrará  con su gente a sacarlos del edificio.

Miro a F. que acaba de entrar. Nos sonreímos. Es, al mismo tiempo, saludo e ironía por lo que está  sucediendo. ¡Dos pobres sujetos, desarmados, frente a todo un despliegue de armamento, estrategias y tácticas militares! Volvemos a sonreír. Estamos de acuerdo, claramente lo dice nuestro levantar de hombros y nuestra sonrisa sardónica…

—Dígale a Fuentes que no tenga cuidado. No haremos resistencia. Que se retire él y su gente. Bajaremos.

Bajamos lentamente las escaleras. En algunas de las oficinas se asoman mujeres. En sus caras se ve claro que nos dan la despedida. Se sienten algunos llantos y el cerrar de puertas. Un sentimiento de idiota dignidad se posesiona de todo mi ser, mi cuerpo y mi mente. Siempre acostumbrado a caminar un poco agachado, ahora lo hago erguido, casi con altivez. Mi cabeza va tan alto que, por primera vez, veo partes de los  árboles del parque que jamás había notado. Nuestro caminar es pausado, pero firme. Ahora caminamos a través del pequeño parque. No hablo, sólo pienso. Un año allí en esa casona y muchos quisieran verme salir aterrado, corriendo, mostrando un miedo que se huele en todas partes. Las miradas de los conocidos lo delatan. Muchos que antes melifluos se acercaban con sus hipócritas hocicos a dar los buenos días, hoy dan vuelta la cara. Nunca he creído en religión alguna, pero esa mirada tiene que haber sido la que dio Judas al vender a Jesús. Los he encontrado a muchos en las calles, estos dos días después del golpe militar. Siempre es lo mismo: el divisarme y tornar huidiza la mirada, en no ver en donde es imposible no hacerlo. Los miro directamente a los ojos, hasta que desvían la vista y pasamos uno al lado del otro. Ahora no hay nadie en el parque, no hay grupos de hipócritas que saludan y hacen reverencias al verme llegar al trabajo. Se ve mucho mejor el parque así. Sólo los  árboles y nosotros. Llegamos a la camioneta. Un carabinero, mudo y con una mirada más bien de comprensión, abre la puerta trasera. Subimos. Estamos solos con un policía que se obstina en mirar hacia una pared de metal. Se cierra la puerta trasera. Conversamos con F. Estamos nerviosos, pero lo suficientemente tranquilos como para preguntar por la familia y algunos compañeros. Las familias están bien hasta ahora, salvo un hijo de F. Cuando me dice que es el único del que no se sabe nada, porque se encuentra en Santiago, adivino su preocupación. Usando un diminutivo, como si se tratara de un niño pequeño, ha hecho referencia a su hijo mayor, uno de los miembros de la escolta del presidente Allende. Ambos sabemos que pudo haberle sucedido. Si *Ellos llegaron a asesinar al Primer Mandatario, ¿qué se podía esperar de sus guardias, a quienes los milicos odian como al diablo? El vehículo se mueve lentamente por las calles de la ciudad. Por la pequeña ventana trasera logramos ver las bocacalles, las señales de tránsito. Con ojos  ávidos devoramos todos los detalles, quizá los estemos viendo por última vez y hay que grabarlos. Algo interior nos protege y hace que no nos acordemos de nuestras familias, de nuestros camaradas. Es como vivir el presente físico inmediato, sin dar cabida a los sentimientos que hieren y aniquilan. Una tranquilidad pasmosa me cubre. El vehículo sigue avanzando…por la ventanita reconocemos la fachada de la Prefectura de policía…_

—¡Bajen!… ¡Entren!..¡Sargento T., a su orden, mi teniente! ¡Traigo a estos dos prisioneros, por orden de mi mayor Fuentes!

—Nombre completo, usted primero!
—Al darlo, busca en una voluminosa lista. En la segunda página, marca algo…

—¡Ahora usted, nombre completo!

Al escuchar el nombre de F., vuelve a buscar en la lista y hace otra marca…

—Cabo L.!… ¡Al calabozo!…¡Están de tránsito!

Abren un calabozo. Está  atestado de gente, entre ellos tres rusos que, por sus caras, aún no entienden que sucede. No hablan una sola palabra de español y sus ojos denotan el terror y la angustia ante una brutalidad desconocida. Por sus gestos, reclaman en su idioma, pero nadie les entiende. Son empujados brutalmente por los policías. También ellos son un símbolo del enemigo para los militares que usurpan el poder: son comunistas que vienen del país comunista por antonomasia. Vinieron a nuestro país a levantar viviendas; regalaron una fábrica de departamentos prefabricados; trajeron un barco frigorífico y nos enseñaron modernas técnicas de congelamiento y mantención del pescado. Solidaridad proletaria con un país pobre y pequeño que quería liberarse. Reciben ahora el trato fascista de los militares chilenos. Se les acusa de haber venido a espiar, a vender ideología, a inmiscuirse en los asuntos internos de nuestro país… ¿Y los yanquis con su operación Unitas?… ¿Y la ITT?… ¿Y la CIA?… ¿Y el robo de nuestro cobre?… ¿Y los millones de dólares para desestabilizar al gobierno y fomentar el mercado negro?…¿Y los dólares para los camioneros y las marchas de las cacerolas?…Un paco me ha reconocido…

—Si quiere, puede fumar.

Se ha alejado. Prendo un cigarrillo. F. me mira con esa mirada que me da siempre que prendo un pucho, como diciendo: "Se esta  matando, compañero”. Sonrío y aspiro hondamente el humo…

—¡Ustedes dos, salgan!..¡Mi mayor M. quiere verlos!

Salimos a través de un pasadizo estrecho, atravesamos la sala de guardia y, al frente, a la izquierda, entramos a la pequeña oficina que nos ha indicado el cabo. Reconozco al mayor M. sentado en su escritorio. Al vernos, se para…

—Buenos días, señor A. … ¿Cómo está , Señor F.? Tengan la bondad de sentarse. Lo lamento mucho. Yo, al igual que el mayor Fuentes, sólo cumplimos órdenes superiores. Sus nombres fueron entregados desde el mismo día Once. A Fuentes le correspondió cumplir la orden hoy. Verdaderamente lo siento. No sé qué será de ustedes. Nosotros los carabineros sólo cumplimos con las detenciones y tenemos la obligación de entregarlos a las autoridades del ejército y de la marina. Ojalá  todo les resulte bien. Les doy mi palabra que, al menos cuando sean custodiados por nuestra gente, no les pasará absolutamente nada. ¡Buena suerte, caballeros!

Me extraña el comportamiento del mayor M. Se le ve sinceramente preocupado por nuestra suerte. Nunca lo esperé de él. Siempre tuvimos la información de que el mayor M. era uno de los secuaces del Prefecto y éste, brazo derecho del encargado de la sedición por parte de la policía en la provincia. Sin embargo, su comportamiento es ahora mucho más deferente de lo que lo fue antes, cuando yo estaba en el cargo…

—¿A dónde nos llevarán, mayor M.?
—No puedo decírselo, porque no lo sé. Mi gente los trasladará  hasta la Intendencia, allí decidirán a dónde mandarlos.
—Sólo le pido que avise a mi familia. Ellos no saben nada de esto y sería peor si lo supieran por terceras personas.
—Eso sí que lo haré. En cuanto termine mi guardia, iré a su casa y conversaré con su esposa… ¡Buena suerte!

Detrás de algunos carabineros con cascos y armados hasta los dientes, volvemos a salir a la calle. Allí, frente a la puerta, reconozco una de las camionetas del servicio. Verde con blanco, espaciosa, era el vehículo preferido por mi camarada y amigo A. T. ¡Así es que nos llevan prisioneros en uno de nuestros vehículos! Miro a F. Parece comprender. Todas las salidas, diurnas y nocturnas, con A. T. a los barrios populares, a las fábricas, a los campamentos, todas se me agolpan en la memoria. Estamos instalados en la vieja camioneta, F. a mi izquierda y un carabinero que se niega a mirarme, a la derecha. Segundo asiento. Atrás, tres compañeros desconocidos que llevan voluminosos bultos de ropa a sus pies. Adelante, tres corpulentos carabineros con cascos, a los que no puedo ver el rostro. Parte la camioneta y empezamos a recorrer caminos ya conocidos. A nuestra izquierda, los cerros que unen Viña del Mar con Valparaíso, a la derecha, el mar. Hablan con voz queda los compañeros que van atrás. Por su conversación, son aduaneros. Ya saben que asesinaron a L. S. Lo arrojaron desde la cubierta a una de las bodegas de un barco. Ellos lo anunciaron como suicidio, pero ya toda la gente sabe cómo lo mataron. Conocemos nuestro primer destino: la Intendencia. Velozmente, la camioneta avanza por las calles del querido puerto. Todo lo miro y cada esquina, cada rincón, cada edificio, me trae recuerdos. Siento que mis ojos se me humedecen y que algunas lágrimas corren por mis mejillas. Aprieto los dientes y trato de frenarlas. No es miedo. ¡Es que soy un tonto sentimental! Me pasa a veces. Generalmente, paso por un tipo duro. Reacciono casi siempre fríamente ante las peores situaciones, pero me corren las lágrimas cuando veo escenas del Norte de Chile, de donde vengo, o cuando maltratan a un animal o a un niño. Las de ahora son del mismo tipo de lágrimas calladas que me bajaron cuando, en silencio, hube de quedarme en casa y no acompañar los restos de mi padre al cementerio. Las reglas de la casa exigían que para asistir a cosas importantes, como ir a la escuela o al cementerio, había que ir calzado. Y yo no tenía zapatos. Igual me siento ahora: me despido del puerto, con impotencia. Finalmente, llegamos frente al malecón. Todo es movimiento. Milicos y marinos por todas partes. No se ven civiles por las calles. Es como una ciudad ocupada por fuerzas invasoras que hablan igual que uno, que nacieron en el mismo lugar que uno, que reciben la misma lluvia y el mismo viento de los cerros igual que uno, que tienen la misma historia que uno…Allí está la Intendencia…

—¡Bajan los aduaneros!, grita el sargento a cargo de la camioneta. ¡Los otros dos esperan aquí!

Con miradas opacas de despedida, los compañeros descienden del vehículo cargando sus bultos de ropa. Empujados por los marinos de la puerta principal, empiezan a ascender las escaleras del viejo edificio. ¡­Cuántas veces entré a él a actos oficiales, a reuniones con el Intendente, a recibir información e instrucciones cuando se empezaba a sentir el golpe de Estado en el ambiente! Pueda que jamás vuelva a poner un pie en él. Echo una última mirada, como si quisiera que ese último recuerdo quedase fijo e inmóvil como el viejo reloj de su fachada que sigue marcando la misma hora desde el instante en que recibió la bala de cañón disparada desde uno de los buques españoles en 1864. Miro hacia el Cerro Alegre y alcanzo a divisar uno de los balconcitos del departamento de mi hermana M. Siento que los recuerdos familiares se me vienen encima y vuelco la mirada hacia un grupo de marineros que, en la esquina del Correo, desde el suelo y detrás de unos cuantos fardos de paja, apuntan a invisibles e inexistentes enemigos…

—¡Vamos andando!, grita el sargento a cargo de la vieja camioneta.

Sólo quedamos F., los carabineros y yo. Hasta el momento, el mayor M. ha cumplido su palabra. No ha habido golpes o malas palabras. Los carabineros rehuyen nuestras miradas y, cuando logramos ver sus caras, no hay odio. Por el espejuelo y detrás del casco verde, logro ver el rubicundo rostro del cabo que maneja la camioneta. Me parece conocido, pero de ¿dónde? Una pequeña mueca de sus labios y un leve guiño de sus ojos parece decir, amistosamente, “¿cómo está?” Ahora avanzamos por la Avenida Altamirano, atrás queda el edificio de la antigua Aduana, la comisaría, el nuevo frigorífico. ¿Dónde nos llevarán? ¿Al Fuerte Silva Palma? ¿A la Escuela Naval? ¿Al regimiento Maipo? Cuando el vehículo dobla a la derecha y penetra en el molo de abrigo, ya no hay duda alguna: nos llevan a un barco. Nos volvemos a mirar con F. Nos acercamos a nuestro destino y se nos acaba la protección del mayor M. Ahora serán los marinos…Otra vez recuerdos…De niño, habiendo llegado del norte, solía recorrer toda la ciudad para venir con los amigos al viejo molo. Me gustaba el aire, el viento, las goletas pescadoras, el chillido de las gaviotas, el ruido de los lobos marinos al sumergirse en las frías aguas. Pasábamos horas aquí, sin pescar jamás nada, pero nos íbamos llenos de mar y fantasía. Después, por muchos años, me olvidé del viejo molo hasta que durante el gobierno popular hube de venir dos o tres veces en misiones oficiales a barcos extranjeros y a la “Esmeralda.” ¿Nos llevarán a ella?…La camioneta se detiene…

—¡Bajen! ¡Hasta aquí no más llegamos!

Bajamos. Doy una última mirada a la camioneta de A. T. ¿Qué habrá sido de él? Acosado, sin salida alguna, optó por hacerle caso a uno de los regidores demócrata cristianos que siempre se había proclamado su amigo y decidió entregarse. De lo contrario, lo decía cada cinco minutos la radio entre bandos y marchas militares, sería muerto en el lugar en que se le encontrara. Desde mi casa, a la que había llegado al día siguiente del golpe, con la ayuda de un vecino que tenía vehículo, lo llevamos hasta la Estación del Puerto y allí, de acuerdo con lo pactado por el regidor D.C., fue recogido por un alto oficial de la marina.

—¡Aquí les dejamos a estos dos, grado 3! ¡Misión cumplida!, gritó el sargento, a la vez que se cuadraba.

—¡A favor, favor y medio. Aprovechando la virá, llévense a estos dos al Lebu, al final del molo!, gritó alguien desde el barco.

—¡Con gusto! ¡Arriba los tres! ¡Andando!

Estamos en el medio del molo. A la izquierda, el océano Pacífico, a la derecha la “Esmeralda.”…Dos o tres veces había subido al barco. Cada vez que lo hacía, una diminuta banda tocaba por fracciones de segundo una marcha militar y hacía sonar un ridículo silbato en alguna parte del velero, mientras ascendía las escaleras. Siempre subía al final, por tener el cargo civil de menor importancia. Cuando se trataba del Intendente, la música era un poquito más larga y el silbato sonaba con mayor vehemencia. Si era un marino de alto rango, la bulla musical era más fuerte y el silbato vibraba con sones de reverencia…Ahora, subo en otras condiciones…

—¡A la pared, conch’e tu madre! Las manos contra el muro y bien altas, chuchas de tu madre!

No sé cómo, pero de dos o tres patadas que me dan, me encuentro contra el muro y mis manos como si quisieran tocar el cielo. Dos certeras patadas por entre mis piernas me las abren desmesuradamente. Empiezo a jadear. Todo ha sido tan repentino y brutal. Me siento como un cuero de chivo que secan al sol. Con la cara pegada al muro del molo, puedo ver a F. en la misma posición. Pasan unos segundos y luego fuertes y hábiles manos me dan vuelta todos los bolsillos del saco y de los pantalones, todo cae al suelo: llaves, dinero, carnet de identidad, pañuelo, cinturón, cordones de los zapatos, papeles, todo. Con velocidad asombrosa, el infante de marina recoge las cosas, mientras profiere las groserías más inmundas, plagadas de amenazas. En esta posición, sólo alcanzo a ver a F. que sufre la misma operación de despojo…Siento el cañón de un revólver sobre la nuca…

—¡Vai a subir tranquilito por la escalerilla, conch’e tu madre! ¡Si te movís un poquito, desgraciado, pueda que me falle el pulso y se me dispare el arma! ¡Levanta la cabeza, huevón, y vamos! ¡Cuídate, la mar está gruesa y el barco se mueve un poco; sigue su ritmo, de lo contrario, te vai cortao! ¡Andando!

Ya han pasado los nervios y el terror. Me siento frío y sereno otra vez. Al avanzar hacia la escalerilla, veo a tres muchachitos de 15 ó 16 años. Tienen las manos amarradas por atrás con alambre. La mitad de sus raídos zapatos están en el vacío. Abajo, el frío mar de septiembre. Detrás de ellos, dos infantes de marina les golpean las costillas con las culatas de sus fusiles, al tiempo que gritan destempladamente: “¡Mantengan el equilibrio, huevones, no sé de ningún conch’e su madre que nade con las manos amarradas!” Y otra vez, los golpes de culata. Con el rabillo del ojo los contemplo. Su pobre vestimenta, su mirada desafiante, su mutismo heroico, su decisión de no aceptar las provocaciones, de no caer al mar. Son muchachos de los cerros de Valparaíso, militantes, quizás, de la juventud de alguno de los partidos obreros…Empiezo a ascender la escalerilla. El cañón del revólver ya no me molesta en la nuca. Se ha calentado un poquito y ya no siento el frío acero que me puso la carne de gallina en el primer contacto. He seguido todas las órdenes: sigo el vaivén del barco, tengo la cabeza erguida y los brazos al costado del cuello. Me llama la atención lo rápido que uno aprende ante la brutalidad. Me siento como un equilibrista en la cuerda floja y avanzo y subo. El infante de marina ha dejado de blasfemar. Llegamos a cubierta…

—¡A la derecha, conch’e tu madre! ¡Directo por el corredor y luego bajas! Acuérdate, si te desvías un poquito del rumbo, ¡buenas noches, los pastores!

Avanzo por el corredor, llego al final, bajo las escaleras. Estamos en el vientre del velero. Se siente mucho calor aquí. Ya no llega la luz del día, sólo luz artificial y el ruido de los motores diesel con su característico olor. Llego a un espacio cuadrado. En el suelo, cubiertos con negras mantas de la armada, cuatro o cinco inmóviles bultos humanos…¿Estarán muertos? Más allá  de ellos, la entrada a un enorme camarote. Otros cuerpos sobre los camastros…¿Estarán muertos?… ¿Nos irán a matar como a ellos? Estoy parado allí tratando de explicarme el dantesco espectáculo. Me siento sofocado, el pánico empieza a apoderarse de mí, cuando otra voz me ordena…

—¡Encuclíllate, conch’e tu madre! ¡­Responde rápido y sin titubeos! Si te equivocai, ¡te vai cortao!

Otro revólver en la nuca. Estoy encuclillado con las manos en la cabeza. Espero…

—¡Nombre!
—R. E. P. B.
—¡Dirección!
—Uno Poniente 1071
—¡Profesión!
—Profesor
—¡Cargo que teníai en el gobierno de Allende!
—A. de V. del M.
—¿Tenís armas o parque en tu casa?!
—¡No!

Ya no está el revólver en la nuca. Sigo en cuclillas. Me empiezan a doler las rodillas. La frialdad ha vuelto a mí, estoy inquietantemente tranquilo, como si nada me importara ya. Parece ser una eternidad…Otra vez el frío acero sobre la nuca y de nuevo las cinco idiotas preguntas. ¿Cómo no van a saber quién soy, dónde vivo, qué hago, mi profesión? La única pregunta cuerda parece ser la última. Pero realmente no tengo armas ni parque. Curioso, pero me encuentro repitiendo palabras de la jerga militar. Siempre para mí, hasta ese instante, “parque” había significado una plaza, árboles, niños jugando, parejas de enamorados, pero nunca pertrechos de guerra, municiones. Sin embargo, ahora repito en mi interior la palabra “parque” en su nuevo contexto. No, no tengo armas ni parque. Sólo un pequeño revólver del 7 y cinco tiros a los que A. T. tuvo que rebajar el plomo para que calzaran en el viejo Smith&Wesson. Pero no lo voy a reconocer, porque pensarán que hay otras armas escondidas. Se ve que están obsesionados por encontrar armas, por desarmar a invisibles e inexistentes enemigos…

—¡Nombre!
—R. E. P. B.
—¡Dirección!
—Uno Poniente 1071
—¡Profesión!
—Profesor
—¡Cargo en el gobierno de Allende!
—A. de V. del M.
—¡¿Tiene armas o parque en su casa?!
—¡No!

¿Por qué no habré hecho ejercicio durante todos estos años? Ahora me empiezan a temblar las rodillas, no de terror, sino de debilidad física… ¿Qué pasará  ahora?… ¿Me irán a matar como a los otros? Porque parecen estar muertos. Es lo mismo en la morgue, pero aquí, en vez de sábanas, cubren los cadáveres con mantas de la armada. El espectáculo es aún más tétrico con esas negras frazadas. .. ¿Qué pasará ahora? Si no me dicen que me pare, me caeré al suelo…

—¡En cuclillas, ¡conch’e tu madre! ­Apenas unos minutos y ya estai todo cagao. ¡Responde clarito, desgraciado, o te hago volar la mierda comunista que tenís en la cabeza!

—¡Nombre!
—R. E. P. B.
—¡Dirección!
—Uno Poniente 1071
—¡Profesión!
—Profesor
—¡Cargo en el gobierno del huevón de Allende!
—A .de V. del M.
—¿Tení armas o parque en tu casa?!
—¡No!

Ya no siento el cañón del revólver en la nuca, pero otro silencioso infante de marina se ha aproximado por atrás y hace correr el cañón de su metralleta por mi columna vertebral. Me acuerdo de los muchachos en el molo. ¿Estarán todavía allí? ¿Los habrán empujado al mar? ­¡Pobres compañeros! Ojalá  que ellos estén tan tranquilos como yo lo estoy ahora….Siento más fuerte la metralleta contra mis costillas, me empujan con ella. Trato de mantener el equilibrio. Imposible. Como saco de papas, me voy al suelo. Desde allí, veo al interrogador. Por su uniforme, es un infante de marina; calza zapatillas de basquetbol, pero no tiene rostro, sólo ojos que brillan con odio. Toda su cara está embadurnada con betún o con hollín. Es imposible reconocer sus rasgos…

—¡Levántate hijo de puta! ¿Crees que te trajimos a descansar al barco, que éstas son vacaciones? ¡Arriba, conch’e tu madre, que recién empieza la fiesta! ¡Camina derechito hasta el coy que te indique! ¡Cuando llegues a él, te echas de espaldas con las manos en la nuca y respiras despacito para que no se despierten los otros turistas! Eres el número 27, ¿entiendes? Cuando pasen lista y lleguen a tu apellido, lo gritas fuerte, ¡con voz de hombre, y agregas tu nombre completo! ¿Lo aprendiste, profesor? ¡Adentro!

De dos o tres poderosos empujones, me hace cruzar la puerta del enorme camarote y estoy frente al camastro que me han asignado. Como robot, salto a él y me pongo de espaldas, con las manos en la nuca. Así me quedo por varios segundos, con la mirada pegada al colchón del camastro superior. Entre los oxidados alambres del somier, veo numerosas manchas en la loneta. Son como intrincados mapas de desconocidos lugares. Los miro con más detenimiento. Los identifico ahora….Siempre, en el norte, cuando era niño, había una especie de ritual una o dos veces al año. Mi padre, mi madre, mis hermanos y hermanas mayores y nosotros los más pequeños, todos, cargábamos los viejos colchones de lana o algodón hasta el sol y allí, como si se tratara de un simbólico acto contra la pobreza y la mala suerte que se pegaban a nosotros como moluscos, los azotábamos hasta despojarlos de todo polvo o tierra acumulados en meses. Allí, había visto esos extraños mapas que forman los orines de los niños en un colchón. Líneas más nuevas se unen a líneas más antiguas, de un color más desteñido, y su conjunto produce mapas increíbles. Ahora los volvía a ver. ¿Se mean los cadetes? ¿Sienten, a veces, tal terror al mar, que se orinan en las noches, como cuando niños? ¿O es que alguna vez, los marineros, al volver al velero, vienen tan borrachos que no pueden controlar sus esfínteres y se mean, vestidos, sobre el camastro? Algo así tiene que haber sucedido, pues los mapas son inconfundibles, tan claros y misteriosos como los que recuerdo haber apaleado en mi niñez. …Sí, tan antiguos que es imposible que los haya producido algún compañero en estos dos días después del golpe…Empiezo a girar imperceptiblemente la cabeza hacia la derecha. Más que mi cabeza, son mis ojos los que se mueven en ángulos nunca antes alcanzados. Sí, porque mi cabeza está dirigida directamente al colchón con los extraños mapas, pero aun así alcanzo a divisar los camastros que están a mi derecha. Los guardias siguen con sus gritos y amenazas. Patean a los bultos que están a la entrada del gigantesco camarote. Los bultos emiten roncos quejidos. Ahora, además de las patadas, son culatazos. Conozco el ruido que producen los culatazos en los cuerpos humanos. Los he sentido cuando en las huelgas los carabineros golpeaban a los estudiantes. Es un ruido característico de madera y hierro contra lo humano. Los bultos se quejan más fuerte…son chillidos horribles que se entremezclan con los gritos e insultos groseros de los torturadores. Los “conch’e tu madre”,“huevones”,“culiados”, “desgraciados’”, “hijos de puta”, se unen a sustantivos y adjetivos totalmente respetables en otros lugares del mundo hispano, pero que aquí sirven para encender el odio y enardecer a la marinería: `comunista’,`marxista’,`rojo’, `upeliento’, `allendista’, `socialista’, `mirista’, `cubano’,`ruso’… Trato de dirigir mis ojos hacia la puerta, pero el ángulo no me permite distinguir sino la parte superior de los infantes de marina sin rostro, sólo sus ojos que brillan con odio detrás del hollín con que se han pintado las caras. Desvío al máximo mi ojo derecho y puedo distinguir los camastros hacia el lado y hacia delante a la altura de mi propio coy. Hago un esfuerzo y puedo ver también algunos más alejados. Noto imperceptibles movimientos debajo de las negras frazadas. ¡Están vivos!..¡Se mueven! Desvío un poquito la cabeza hacia la derecha; estoy seguro de que ninguno de los guardias lo ha notado, pero de inmediato siento una feroz bofetada en el rostro que viene desde atrás de mi cabeza; se me nublan los ojos con el golpe…

—¡Aquí se obedecen las órdenes, huevón! Se te dijo "manos en la nuca y mirada hacia arriba, en posición de descanso” ¡Por copuchento, conch’e tu madre, ahora te ponís en posición firme: boca abajo contra la colchoneta y manos en la nuca! ¡El hocico bien enterrado en el colchón, de lo contrario te volveré a hacer cariñito! Te voy a contar hasta tres para que, sin bajarte de la cama, saques la frazada, te des vuelta, te estires bien y te tapes con ella, hasta nueva orden. ¿Entendiste?…¡Uno!

Nunca he sido muy rápido en mis movimientos, pero ahora actúo mecánicamente. Recuerdo de mis tiempos en el regimiento, cuando nos daban un minuto para levantarnos, vestirnos y dejar ordenada la cama de paja…y lo lográbamos. Pueda que el cabo a cargo de la cuadra diera un minuto más largo, pero generalmente al gritar“¡alto!”, casi todos habíamos logrado cumplir la orden. Era más deportivo entonces, pues rara vez llegaban a los golpes; incluso, los insultos nos sonaban cómicos, como cuando nos gritaban la orden de meternos a las frías duchas: “A lavarse el melón partido y los cocos, huevones!”, y todos entrábamos agolpándonos en las entradas de las regaderas, tratando de ganar las murallas y pasar lo más rápido que pudiéramos, para evitar la fría agua sobre nuestros cuerpos. Un poco antes de llegar a la salida, nos mojábamos las manos en el cuerpo de alguno de los que pataleaban tratando de salir del agua, nos salpicábamos el pelo y salíamos veloces, esquivando al cabo…pero aquí es distinto y hay que aprender…Con un fuerte pataleo, he lanzado la frazada hacia arriba, la he estirado, con mis pies la sujeto atrás y con mis manos la tengo cogida por los costados...

—¡Dos!

Ahora sólo pienso en terminar la faena. Me doy vuelta boca abajo y hundo mi cabeza en el colchón, cargándola hacia la izquierda. Doy impulso a la parte superior de la frazada, al mismo tiempo que coloco las manos en la nuca y me quedo inmóvil…

—¡Tres!

Siento unas manos que suben aún más la frazada y un bofetón no muy intenso en la cabeza, como una especie de despedida… Muchas veces he añorado echarme en una cama y quedarme allí por horas, sin moverme y sin siquiera pensar; descansar, dormir, sabiendo que hay seres queridos cerca que impedirán el ruido, harán callar a los niños con un doble gesto de silencio colocando los dedos sobre los labios y muy bajito diciendo ¡shiit!, y con la mirada indicando la cama donde descanso. Pero ahora me obligan a estar en la posición más incómoda. Cada uno tiene su manera de ubicarse en una cama. Empiezo por ponerme de espaldas y mirar fijamente al techo hasta que baja el sueño, entonces me cargo hacia la derecha en una posición casi fetal. Estoy convencido de que si lo hago hacia la izquierda, algo pasa con mi corazón y tengo pesadillas, o ronco, como me lo asegura mi mujer. Si me he echado unos tragos, ya no son ronquidos sino rugidos que, empezando por un ronco sonar de los bronquios van “in crescendo” hasta alcanzar alturas increíbles; todo vibra en el cuarto, hasta que baja para volver a iniciarse en un segundo ciclo. Me levanta el brazo izquierdo, cuenta mi mujer, y da vuelta como puede mi cuerpo hacia la derecha…y desaparecen los ronquidos. En eso me parezco a mi madre. Ella también roncaba cuando se cargaba sobre el corazón. Alguna de mis hermanas o hermanos o yo, muy quedo le decíamos “Dése vuelta, señora”, y ella dormida lo hacía y desaparecían los ronquidos. ¿Por qué jamás ninguno de nosotros la tuteó? ¿Por qué siempre usábamos el término “señora”, cuando nos dirigíamos a ella? ¿Era costumbre nortina? Porque no era problema de confianza con ella, sino un hábito muy anterior a mi aparición consciente en este mundo. Porque, incluso ya hombres, seguíamos llamándola señora", y sólo cuando bromeábamos con ella intercalábamos algunas palabrejas inventadas al efecto. Solíamos mezclar parte de “vieja” con otras que daban como resultado otras nuevas que tenían una tremenda carga emotiva, un cariño y respeto sin límites, como si quisiéramos demostrarle que era única en el mundo. “Betarraga”, “vetarruga” eran las preferidas de nosotros los menores. Los mayores, hombres y mujeres por igual, no alcanzaron jamás ese grado de cariño a través de la insolencia. Y ella se acostumbró, y en nuestro interior sabíamos que valoraba nuestro cariño y respeto a través de esas palabrejas…­Pero esta posición es absurda, ridícula, denigrante! ­¡Sólo a los fascistas se les puede haber ocurrido inventar una posición como ésta: boca abajo, manos en la nuca y tapado con una frazada! Se parece a ese juego que hacíamos cuando niños en el riachuelo del pueblo que cada año enflaquecía más y más hasta que desapareció por completo. Apostábamos a quién duraba más con la cabeza dentro del agua. Nos poníamos la mano en la cintura, respirábamos profundo e introducíamos nuestras cabezas en la corriente, parados en medio del arroyo. Pero era diferente entonces, porque uno podía abrir los ojos, si quería, y sacar la cabeza cuando el orgullo personal ya se sentía satisfecho…y luego el aire, el restregarse los ojos para ver si otras cabezas habían salido antes que la de uno…y tratar de llegar a una segunda oportunidad, si uno había salido malparado en la primera. ¡Pero en esta maldita posición, no se puede respirar bien, la frazada sobre la cabeza pesa cada vez más y me sofoco! Lentamente, sabiendo que el enemigo vigila atentamente, empiezo a girar la cabeza hacia la izquierda, gano espacio vital para mi nariz y respiro hondamente. Los quejidos de los compañeros-bultos cerca de la puerta siguen llegando, traspasan la frazada y alcanzan mis oídos. ¿Quiénes serán?¿Por qué los torturan de esa manera brutal? No me cabe duda de que Ellos han dado la orden: “Todo el que suba, baje o pase cerca de ellos, una patada o un culatazo!” Y dentro de la brutalidad de la disciplina inglesa en la marina chilena, especialmente entre los infantes de marina con su entrenamiento en Panamá, cada marinero que pasa, entra o sale, patea o golpea con la culata de su fusil o metralleta a los símbolos caídos del régimen popular. Tiene que ser así, pues los golpes, cuyo ruido se siente con lóbrega nitidez, y los sordos quejidos de las víctimas, no son continuos; se sienten inmediatamente después del golpe y luego sólo insultos y groserías con que los transeúntes torturadores calman su conciencia y su propio terror. Más lejos, más allá  de las paredes del camarote, otros horripilantes aullidos de dolor. Estos sí son continuos, persistentes, atraviesan las murallas de madera, los camastros, pasan a través de las frazadas y llegan hasta mis atentos e inquietos oídos. ¡Quiero ignorarlos, pero no puedo! ¿Qué les harán? ¿Corriente eléctrica? ¿Qué suplicios habrán aprendido los torturadores en Panamá, en Houston, en San Diego? ¿Estarán asesorados por los siniestros militares brasileros? ¿Me torturarán también a mí? ¿Qué me harán? Sólo se me viene a la cabeza lo que me contó uno de los infantes de marina, alumno de un liceo nocturno hace años atrás, cuando en una despedida de fin de año y con algunas copas en la cabeza, narraba cómo en Panamá, en los cursos de adiestramiento anti-guerrillero, les entrenaban a perder todo respeto por la vida humana, a matar fríamente, a no sentir piedad por el enemigo-símbolo, sino odio, a exterminarlo donde se le encontrara, sin dar jamás tregua, a utilizar toda la imaginación en las torturas cuando se trataba de sacar información, de cómo aniquilar psicológicamente a través de los golpes, los insultos, de cómo degradar al ser humano hasta transformarlo en un pingajo, en un ser vegetal. Contaba cómo, para dar temple a los infantes de marina, y como una prueba de fuego para aprobar el curso, los dividían en dos grupos, con la misma capacidad numérica y de fuego, y los hacían luchar en las zonas selváticas, pretendiendo unos ser guerrilleros y los otros “cuidadores del orden interno y de la seguridad continental.” Todo estaba permitido en la escaramuza, salvo matar, y aun así se daban casos de brutales muertes entre los dos “comandos”, cuando los símbolos y la esquizofrenia de la guerra se mezclaban con las ansias de vencer al “enemigo” y sobrevivir. A él le había tocado la mala suerte de caer “prisionero” en una de las “prácticas.” Lo habían golpeado brutalmente, lo habían colgado durante horas de una rama de un  árbol, le habían privado de agua durante días, le habían dicho las cosas más horribles de su familia, de su mujer, de su propia masculinidad…pero no había “cantado”, porque en esos casos, lo sabía muy bien, luego de obtenida la información, venía la muerte, aunque simulada en su caso. Se sentía orgulloso de eso y de haber sobrevivido completamente solo en la selva durante varios días, con un cuchillo como única arma y herramienta. Contaba cómo les enseñaban a reconocer las raíces y hierbas comestibles, cómo cazar cualquier cosa viviente, ya fueran ratas o serpientes, y alimentarse de ellas, a cómo matar animales o seres humanos sólo con las manos, cómo aprovechar y nutrirse de la sangre caliente mordiendo en aquellas partes donde la sangre fluye con más facilidad…y se sentía orgulloso de ello, de su preparación física, de su disciplina. En ese entonces, me sonaba como algo estrambótico e irreal, como esos cuentos marineros que se escuchaban de vez en cuando en los viejos bares de Valparaíso de boca de antiguos lobos de mar, inmersos en un mundo de realidades ya idas, de fantasías y de alcohol.

—¡Posición de descanso! ¡­Manos en la nuca y mirando al techo!­ ¡La lista, arr!

Con una velocidad vertiginosa, empiezan a sonar nombres, apellidos y números que avanzan y que se traslapan unos sobre otros, como en la propaganda de radio reloj… ¡ J.O.P. No. 24, señor!.¡H.W.Z. No. 25, señor!…¡A.T.M. No. 26, señor! He aprovechado la oportunidad de mirar disimuladamente hacia los camastros de la derecha, a medida que avanza la lluvia de nombres y de números para ubicar compañeros conocidos*…¡R.P.B. No. 27* (de manera casi inaudible, escucho al compañero que está al otro lado del pasillo que susurra “señor”)…señor!. Los guardias no alcanzan a detectar de dónde viene la ayuda, y uno de ellos con voz estentórea, grita:

—¡Qué se han creído, huevones! ¡No estamos en la escuela, para que vengan a soplar! ¡Al próximo que sople, le parto el hocico, para que aprenda! Y a ti, huevón maleducado, esta vez te salvaste, pero recuerda que a los superiores se les trata de “señor”. ¡¿Oíste?! ¿Quién sigue?_

Veo venir una bofetada, pero se queda sólo en la amenaza…….

—¡V.F.F. No. 28, señor…¡R.C.B. No. 29, señor!

—¡Bien, ahora a pensar en las cagadas que hicieron en el gobierno! ¡Posición firme! ¡Boca abajo y manos en la nuca, arr!

Desgraciados, otra vez con esta orden absurda! Me he dado vuelta con rapidez, vuelvo a echar la frazada sobre mi cabeza y hundo mi rostro en el colchón. Pienso en los mapas del colchón de arriba y empiezo a sentir náuseas al pensar que también éste puede tenerlos y que tengo mi boca sobre restos de orines, pero también pienso en los golpes y refreno la tos que amenaza con irrumpir, la ahogo y suavemente muevo la cabeza hacia la izquierda y respiro más tranquilo. Nos han ordenado pensar, pero, aunque quisiera no podría hacerlo. Sólo deseo que me invada el sueño, pero tampoco llega. Mantengo los ojos abiertos, pero de nada me sirve, y los cierro. Reina un silencio sepulcral, salvo el leve cabeceo del buque y el sordo ruido de sus motores. No sé cuanto tiempo ha transcurrido, pero no debe haber sido muy largo, pues de nuevo se siente la voz chillona de uno de los infantes de marina que grita voz en cuello:

—¡Se acabó el recreo, huevones, ahora a divertirnos un poco, para matar el aburrimiento! ¡En posición de descanso! Cada uno, por turno, contará un chiste, una anécdota, una historia o lo que quiera, pero si no hay aplausos, o no nos gusta, recibirá su merecido. ¡Tú empiezas!

Desgraciados, ni siquiera en estas condiciones nos dejan espacio para estar solos con nuestros recuerdos; pero algo en nuestro interior nos impulsa a desconectarnos de la realidad, a buscar refugio en alguna otra forma que no sea seguir su juego, que es desesperarnos, enloquecernos quizás. No encuentro otro mejor método que valerme de la exigencia de decir algo que al vigilante le parezca ameno o aceptable y que a mí me permita desligarme de la realidad circundante, pero sin perder de vista que cada vez que un compañero termine su narración o su chiste yo esté atento para aplaudir a rabiar y así evitar el castigo. Empiezo a recordar y se me vienen a la memoria muchas, pero muchas cosas de mi vida que ya las creía olvidadas, como cuando frente al señor Seguel, en el Liceo de Hombres de Copiapó, el profesor me recitó una de las fábulas de Trilussa y luego me pidió que la comentara o que la recitara hasta donde me acordara, para decidir si me daba el pase para primer año de Humanidades. No sé cómo, pero creo que, por los nervios, la volví a recitar casi por completo:

“En el desierto de África,
un león que en una pata se clavó una espina,
llamó al teniente de la guarnición,
quien lo operó con táctica ladina.
¡Bravo! Dijo el león agradecido.
¡Te ascenderán! Yo sé lo que te digo.
¡Me acabo de comer al capitán!

Bueno, a mí me suena bien, pero seguramente el marino lo interprete de otra forma. Quizás menos comprometedor sería recitar lo que según el gringo Jackson, nuestro profesor de literatura inglesa en el Pedagógico, habría sido el inicio del teatro medieval occidental, partiendo de representaciones litúrgicas cristianas que tenían que ver con las diferentes etapas de la pasión de Cristo. Cuando los pastores se acercan a la tumba de Jesús, se da un diálogo entre éstos y los ángeles guardianes que más o menos sonaba así en latín vulgar:

“Quod quaeritis in sepulcro, oh agricolae?

“Jesum Nazarenum, oh caelicolae!

“Non es hic. ¡Ite, nuntiate dominum surrexit de mortuis!”.

Ahora es a mí a quien no le llega ni le gusta, porque puede sonar a iglesia y a curas. Quizás sea mejor narrar la épica pelea que se dio en Copiapó por ahí por los años cuarenta entre Carlos “Pollo” Peña y el Turco Chaín, del que desconozco el primer nombre. El Pollo, hijo de don Tomás Peña, respetado carpintero que vivía en la calle Vallejos, en una casona que compartía con su hermano Osiris (de quien nunca dudé que lo llamaron así por su extraordinario parecido con el dios egipcio del mismo nombre) y al que nunca nadie en el pueblo vio sin su bufanda y su tos que sugería TBC a cien metros de distancia, y el Turco Chaín, hijo de honrados comerciantes árabes que tenían una paquetería en la calle O’Higgins, frente a la catedral. Por qué se pelearon, se desconoce, pero se le recuerda como epopeya por la desproporción de los contrincantes. El Pollo, de alrededor de 15 años, no medía más de un metro cincuenta centímetros y un peso que apenas rebasaba los cuarenta kilos. Chaín, de la misma edad, medía más de un metro setenta, con un peso superior a los setenta kilos .Cuando se supo de la pelea, todas las apuestas estaban a favor del Turco Chaín, y los amigos del Pollo no pensábamos sino en la paliza que nuestro púgil recibiría de parte del Turco. Empezó la lid con una escaramuza del Pollo y luego su vertiginosa huída a través de la plaza. Los que apostaban por el Turco, insultaban al Pollo, por cobarde, los amigos del Pollo rogábamos que sus piernas soportaran la carrera y pudiera salvarse de la lluvia de golpes con que amenazaba el Turco. Pero, sorpresivamente, el Pollo volvió a la escaramuza lanzó unos débiles golpes al vacío, alentó al Turco y, cuando lo tuvo peligrosamente cerca, volvió a correr patitas para que te quiero. Esta vez, fueron tres vueltas completas alrededor de la plaza, antes de que los contrincantes volvieran a encontrarse cara a cara. Había ahora mucho más público que se había ido sumando al correr la noticia de la desigual pelea. Esta vez, se vio a un Turco aún potente y jactancioso, pero ya un poquito jadeante, y a un Pollo pletórico de vitalidad y gran e irónica sonrisa en sus labios. Otra escaramuza y otras vueltas por la plaza e incluso por las calles Carrera, Colipí, O’Higgins, pasando por la Comisaría de Carabineros, de donde varios pacos salieron a la carrera y se sumaron a los dos corredores, para volver a la plaza en donde la pelea se había transformado en un tema más discutido que la Segunda Guerra Mundial, cuyas noticias sólo se escuchaban en los parlantes de esa misma plaza o en los del cine de la calle Atacama, antes de la función de la noche. La gente miraba en todas direcciones esperando la llegada de los combatientes, porque se daba por hecho que el término de la contienda se daría allí donde había más público y así fue. Luego de unos minutos, se pudo ver a un Pollo aún atlético y alegre y un Turco enrabiado, muy cansado, al que le temblaban las piernas y le tiritaban los músculos de la cara y el cuello. Entonces, el Pollo, con gran velocidad y precisión, le empezó a asestar duros golpes en el rostro, en los brazos y en el pecho, y el Turco, loco de rabia, pero indefenso, se fue derrumbando poco a poco. No logró el Pollo lo que en boxeo se conoce como knock out, porque el Turco nunca se durmió, pero sí mereció, de acuerdo con los entendidos, entre ellos Pepe Bolados, uno de los pocos boxeadores que ha producido Copiapó, un knock out técnico. La historia debería haber quedado registrada en uno de los dos diarios copiapinos,”El Atacameño” (de centro-izquierda) o “El Amigo del país” (de derecha), porque de seguro dentro de la concurrencia tiene que haber habido un reportero, pero lamentablemente este tipo de epopeya no interesa a los medios. Sólo por precisión histórica, hay que agregar que nuestro héroe murió de silicosis seis o siete años después en Potrerillos. Del Turco nunca supe nada, pero espero que le haya ido mejor que al Pollo.

—¡A ver, profesor, que gracia nos vai a hacer o de antemano aceptas el coscacho!

Me toma tan de sorpresa, que me olvido de Trilussa, de Jackson, del Pollo Peña, y como un relámpago me encuentro repitiendo uno de los textos del libro de Inglés de Cuarto Año de Humanidades, de Raúl Ramírez:

—“Once upon a time, but nobody knows when or where— some say it was in Greece — there was a king who was very rich and powerful. His name was Midas.”…

—¡Párale, conch’e tu madre, quizás qué huevás estái diciendo y a lo mejor hasta estai insultando a mi Almirante Merino. ¡Por esta vez, te salvaste, huevón!

Siguen interminables narraciones, chistes y anécdotas y al terminar cada una, muestras de aceptación y aplausos, para evitar el castigo del compañero en turno. En mi corta experiencia en el barco, he aprendido que manejar un poco el inglés me da una pequeña ventaja sobre mis verdugos, pues puedo decir cosas que ellos no comprenden. Por ejemplo, puedo insultarlos, burlarme de ellos, sin que se den cuenta. Y esto, aunque parezca absurdo y ridículo, me levanta un poco el ánimo y me tranquiliza. Sigo en la posición de descanso y no puedo evitar seguir viendo los mapas de orines del colchón superior. Y sin querer, sin tener que pensarlo, se me viene a la memoria el verso que, según mi hermano Julio, canturreaban los mineros de la pampa y de Chuquicamata cuando querían olvidarse de las duras tareas del día:

Quien fuera rico p’andar en breque,
tomando coñaque y comiendo bisteque.
Al primer badulaque, que al bote se atraque,
le pego un buen mangazo y le dejo la marca en laque.

Siguen las anécdotas, chistes y los consabidos aplausos. Lentamente, me entra un sopor y me quedo dormido. Sueño que estoy en el liceo Eduardo de la Barra, abril de l946, poco tiempo después de haber llegado de Copiapó. Mi hermano mayor es profesor de inglés del mismo colegio y lo cual implica que los estudiantes que no lo quieren, no importa el motivo, tampoco me aceptan a mí. Me siento como pollo en corral ajeno. Hablo con una entonación y palabras que a la gente del centro del país les parece curiosa y como he llegado al curso un mes después de iniciadas las clases, estoy más perdido que el Toltén en todas las materias y soy presa fácil de los más facinerosos del grupo que no pierden oportunidad de darme un coscacho cada vez que pasan a mi lado. Más que todo, son dos los más abusivos y prepotentes: Alcérreca y Gatica. Este último se jacta de ser Gatica Soffia( y arrastra la efes como si fueran cinco o seis) y no Páez o Pérez o González. Es rubio y gordo y desprecia a todos los compañeros, como si fuéramos basura. Las groserías y los insultos están siempre a flor de boca del Gordo Gatica y de esto se ha dado cuenta don Rigoberto Poblete, profesor de la Anexa y también de Educación Física. Estamos en el gimnasio, arriba, casi pegado al cerro Monjas. Don Rigoberto, al que le gusta mucho el box, lanza la idea de algunos rounds entre los alumnos del Tercero “D”. Como era de esperar, el Gordo Gatica ve su oportunidad de masacrarme con todas las de la ley y me elige como su contrincante. Don Rigoberto nos consulta, capta la rabia que hay en mí y aprueba la pelea. Lo que no sabe el guatón es que en el norte, desde el primer año de primaria, los profesores incitan a los niños a pelear en los recreos. No hay nortino que a los quince años no haya tenido varias peleas a su haber, aunque no todas necesariamente ganadas. La pelea dura unos cuantos minutos, antes que don Rigoberto nos separe. Nunca en mi vida he golpeado tanta grasa con tanto gusto. Cambia la actitud del grupo y soy aceptado en la comunidad liceana. Este bonito sueño es interrumpido por una voz estentórea que anuncia:

¡La Marina de Chile invita a los turistas de La Esmeralda a la tradicional choca marinera, que es la comida que reciben como huéspedes de este barco: pan y café con leche! ¡Dejen la posición de descanso, siéntense en el coy con las patas colgando y consuman la merienda que les ofrece la armada!

Por primera vez en varias horas puedo estirar un poco mis piernas. Me siento en el coy como se nos ha indicado y recibo mi pan y mi café con leche en jarro de aluminio. A pesar del tiempo transcurrido y de no haber comido alimento alguno por muchas horas, pues calculo que deben ser cerca de las siete de la tarde, no siento hambre, pero empiezo a roer el pan y a tomar cortos sorbos del brebaje. Lo bueno es que ahora tenemos más visión y la libertad para mirar a nuestro alrededor. Y así observando, minuciosamente, además de reconocer a varios compañeros con los que me saludo sombríamente, me fijo que a un costado del barco hay una especie de biombo, hecho con sábanas o algo parecido, y dentro de él ocho o nueve compañeras, varias de ellas muy jóvenes, casi niñas, a las que mantienen acalladas. Desde lo alto, pues estoy en el segundo coy de una de las literas de tres, puedo verlas claramente. Algunas de ellas me han reconocido y hacen gestos amistosos, pero tristes. Nuevamente, me vienen los recuerdos de cuando en una de las visitas oficiales a la Esmeralda, el encargado de relaciones públicas de la armada me informó, cortésmente, que debía abandonar la nave, porque mi nombre no aparecía en la lista de invitados, y a O .O., subdelegada de Viña del Mar, que también debía hacerlo, porque, de acuerdo con la tradición de la marina chilena, no se aceptaban mujeres en las ceremonias oficiales. Miro a las compañeras dentro del biombo y no puedo dejar de sonreír ante la hipocresía en la que viven las instituciones castrenses. Sí, las tienen escondidas y amenazadas de no ser vistas por nadie seguramente para evitar que los presos allí presentes, algunos de ellos suboficiales de la propia armada, se den cuenta de que están faltando a una de los preceptos del cuerpo armado. La otra cosa que noto es que el personal de amedrentamiento ha desaparecido. Ya no están los tiznados rostros de los infantes de marina. Marineros como se les ve en la vida diaria de Valparaíso son ahora los encargados de vigilarnos. Ya son menos frecuentes las palabras soeces y los insultos, y el poder ver sus caras y expresiones faciales dan más confianza y me relajo un poco. Sigo sorbiendo mi café con leche y comiendo pan. Minutos después, los marineros retiran los jarros y vuelve la orden de “¡Posición de descanso, arr!” La relajación y el alimento me producen un nuevo sopor y dormito un poco. Cuando despierto, hay un silencio profundo, interrumpido ocasionalmente por los ronquidos de algunos compañeros que han logrado conciliar el sueño. Hay poco movimiento, sin embargo, en un tiempo relativamente breve, veo con terror que traen, primero a A. S., diputado del P.S., y luego a mi entrañable camarada y amigo A.T.M., completamente desnudos, destilando agua y petróleo. Sin lugar a dudas, los han sumergido en el mar. Tiemblan de frío y sus rostros denotan un sufrimiento indescriptible. Uno de los marineros ha reconocido a A.S. y lo guía al camastro más alto, al tiempo que le pasa una segunda frazada; hace lo mismo con A.T.M. Ese rasgo de humanidad me conmueve y me da aliento, pero no por mucho tiempo, porque los vigilantes se muestran inquietos y deambulan de un lado a otro, gritando:

—¡Atención, posición firme, arr! ¡Suben los buenos y bajan los malos!

Cumplo la orden. Me pongo boca abajo con las manos en la nuca y espero. Muy a lo lejos, en la costa o incluso en los cerros de Valparaíso, se sienten ruidos extraños que después de un rato se sienten más nítidos. Son disparos aislados y ráfagas de metralletas. Las extrañas palabras de los vigilantes que suben corriendo escaleras arriba me dejan desconcertado, pero unos segundos después empiezo a tomar conciencia de su advertencia. Se sienten fuertes golpes en las partes metálicas de las escaleras y gritos roncos, ensordecedores y horripilantes, que amenazan con cortar el cuello al que se atreva a desobedecer la orden de posición firme. Es un tropel de bestias humanas que corren y se distribuyen en las distintas hileras de coys y comienzan a golpear sistemáticamente con las culatas de sus fusiles a cada uno de los prisioneros del barco. Los golpes son tan fuertes que remecen los tres camastros y los quejidos y exhalaciones de los torturados son tan nítidos que se puede calcular cuando uno va a recibir el golpe. Pienso en cómo amortiguarlo, si poniéndome duro o tieso, cosa que es muy difícil, dada mi pobre condición física, o relajándome, soltándome. Opto por lo segundo y cuando recibo el impacto sobre mi costado, siento como si me hubieran pegado con un combo de los que usan para meter los clavos en los durmientes del ferrocarril. Ahí me quedo con los ojos abiertos en la oscuridad de la frazada que me tapa el rostro pegado a la colchoneta .Apenas respiro y calculo, de acuerdo al temblor del camastro vecino, cuándo me asestarán el próximo golpe. Ahora comprendo el gesto solidario del marinero, al ubicar tanto a A.S. como a A.T.M. en los camastros superiores, pues allí sólo es posible recibir golpes de puño. Mi suerte es otra, estoy en el coy del medio y recibo los golpes directamente en mis costillas. Como estropajo recibo y recibo los culatazos, y en algún bendito momento me desmayo y ya no siento nada.

Cuando despierto, ha retornado la calma, han desaparecido los torturadores y otra vez están con nosotros los marineros con rostros. No dicen nada, sólo miran como tratando de constatar los efectos de la prolongada paliza. Debe ser ya de mañana, pues pronto empiezan a ordenar, por grupos de de dos o tres, que nos metamos a las duchas. Todo se hace a través de gestos y órdenes breves de “¡rápido, ahora usted!”. Cuando me toca el turno, entro a las regaderas y siento la fría agua que me reanima, pero a la vez produce un intenso impacto en mi costado izquierdo. Hago esfuerzos para evitar gritos de dolor y salgo nuevamente en dirección al camastro. Por los nervios, no me he dado cuenta y me he metido al agua con los calcetines puestos. Me los saco y abandono en el piso. Me ordenan treparme de nuevo al camastro y secarme con la frazada. Estoy chorreando agua y cumplo la orden como autómata. Uno de los compañeros vecinos me hace claras señas de lo que debo hacer: secarme y dar vuelta la frazada, para evitar que la humedad provoque pulmonía. Así lo hago. Siento, además del dolor en las costillas, que me sube la fiebre. Tirito y deliro. Visiones y recuerdos pasan como relámpagos por mi mente, pero nada es claro, todo es confuso e incoherente. Pasa y pasa el tiempo hasta que oigo que me dicen:

—¡Bájese, vístase y sígame!

Bajo, me visto y me pongo los zapatos, sin calcetines. Me siento afiebrado, y sin calcetines me siento ridículo. Se me viene a la memoria el dicho de mi madre cuando alguien aparecía vestido contra las reglas o de manera estrafalaria: “a pata pelá y con leva.” Sigo al marinero, subo las escaleras y me llevan a otro lugar del barco. Allí hay varias personas, dos de ellas de civil. A uno de ellos lo he visto muchas veces en la calle Esmeralda. Habla un oficial:

—Profesor, nos han ordenado dejarlo en libertad, con arresto domiciliario, por lo que debe presentarse diariamente a firmar en la Prefectura de Carabineros de Viña del Mar. Antes de irse, debe darnos los nombres de personas que usted considere peligrosas, para evitar lo que pasó anoche. Extremistas atacaron a una patrulla de la Armada y otros dispararon contra la guardia del Maipú lo que llevó a las reacciones de nuestra gente anoche en el barco.

—En el cargo que tenía, me veía obligado a ver y conversar con muchas personas, pero no podría dar nombres porque no sé quiénes pueden ser peligrosos para ustedes.

Se nota que no tienen interés en mantenerme allí y uno de los personajes de civil me aconseja:

—Debe apurarse, son 20 para las dos. Recuerde que a las dos empieza el toque de queda. Siga al cabo, recoja sus pertenencias y trate de tomar una micro lo más rápidamente que pueda.

Le agradezco y así lo hago. Me entregan mis cosas, nada falta, incluyendo los cordones de mis zapatos, y me guían hasta cubierta donde me dejan solo. Vivo una nueva muestra de humanidad. Un grumete, un niño de 15 ó 16 años, a los que cariñosamente se les conoce como “motes”, en alusión a uno de los peces más pequeños del océano Pacífico, me pregunta si tengo sed y al asentir, me regala una pequeña botella de Coca-cola. La bebo con ansias, le doy las gracias y al devolverle el envase, me fijo que toda la leyenda está en inglés. Pienso “Operación Unitas” y bajo del barco. Camino ya por el molo, siento que sube la fiebre y que se intensifica el dolor en mis costillas y miro los barcos que están anclados en la rada. Diviso a marineros que desde cubierta se ríen quizás haciendo chistes de los desgraciados que salen de la Esmeralda, y empiezo a cantar destempladamente, con altos y bajos imaginarios,

Logro llegar a la Avenida Altamirano y casi corro hasta llegar a la Aduana Vieja; después de un rato me trepo a un microbús que me lleva a Viña. Ahora, pero más bajo, sigo canturreando

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