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Roger Bartra


México se mexicaniza

Después de la trágica desaparición y muy probable asesinato de los estudiantes de Ayotzinapa hubo quienes creyeron que toda la ciudadanía mexicana se había puesto en contra del gobierno de Peña Nieto. A ello se agregaron las protestas en muchos lugares del mundo y la escandalosa cobertura de buena parte de la prensa extranjera, que una vez más presentaba a México como un país bárbaro. Muchos escritores, cineastas y artistas han señalado que los gobernantes mexicanos están sumidos en la locura y la corrupción, que al país se lo lleva la chingada y que habría que quemar a la clase política por ladrona. Fernando del Paso, al recibir en Mérida un premio a la excelencia literaria el 7 de marzo pasado, exclamó, parodiando al papa Francisco, que “México se mexicaniza para estar de acuerdo con sus películas y las más negras de sus leyendas”. Para él, México “parece desmoronarse y volver a ser la patria mitotera, la patria revoltosa y salvaje de los libros de historia”. Hace más de quince años publiqué un libro celebrando la llegada de lo que llamé la “condición postmexicana” (La sangre y la tinta: ensayos sobre la condición postmexicana, nueva edición de 2013 en Debolsillo). Se comprenderá que, desde mi punto de vista, la mexicanización equivale a una restauración de los vicios del antiguo régimen, a la que se suman los nuevos estragos que provoca la simbiosis entre narcotráfico y política.

¿Se está restaurando en México la vieja identidad nacional bárbara de los pelados acomplejada pero violenta, de los cantinflas resentidos, de los héroes agachados pero agresivos y de los mestizos fiesteros pero pendencieros? Pareciera que estamos contemplando el retorno de la raza cósmica frustrada, de los hipócritas enmascarados, de los hijos de la Malinche y de todos los personajes que poblaron la imaginería del carácter mexicano impulsada por la cultura nacionalista revolucionaria.

Dan ganas de convocar a un congreso de mexicanólogos para realizar, una vez más, la disección del mexicano. Varios amigos, que en los últimos años han publicado interesantes libros sobre la identidad nacional mexicana como Agustín Basave, Jorge Castañeda, Leonardo da Jandra y Heriberto Yépez deberían presentar conferencias magistrales en este congreso de mexicanología, dedicado a practicar una anatomía del México mexicanizado, para decidir si se encuentra en estado agónico o bien ya en cadavérico reposo final. Habrá que invitar a este congreso a las huestes de apocalípticos que desde hace años han anunciado el colapso de un país sometido a la férula de alquimistas mafiosos. Al final del evento el papa Francisco debería participar, como experto en mexicanizaciones, para oficiar un Réquiem solemne ante el cuerpo presente de la patria sacrificada. La palabras de clausura en este congreso debería pronunciarlas el presidente Peña Nieto, el descubridor de que la corrupción está alojada en el alma mexicana, en lo más profundo de nuestra cultura.

Lo más curioso será que una gran parte de la ciudadanía, dentro de un par de meses, acuda tranquilamente a unas elecciones nacionales para elegir a los legisladores que integrarán el Congreso de la Unión y en varios estados elegirán gobernador. Aunque no faltará quien se pregunte: ¿la gente no se ha percatado que el país es víctima de una epidemia de mexicanitis? ¿Cómo es posible que, ante la catastrófica enfermedad, los ciudadanos acudan sosegadamente a elegir entre los candidatos que ofrece un sistema contaminado por peligrosas toxinas mexicanoides? ¿De verdad los mexicanos acudirán a unas elecciones a la manera antigua, indiferentes ante la colosal catástrofe que se anuncia? ¿No se han percatado de que son presas de una recaída en la vieja mexicanización y que van a votar como zombis?

Yo pienso que algo está equivocado en los diagnósticos de los curanderos alarmistas. Es muy posible que el intento de restauración del viejo nacionalismo autoritario, que sin duda es una amenaza real, no esté dando todos los resultados deseados por sus demiurgos. Tal vez no ha cundido la indiferencia y podría ser que muchos ciudadanos opten por una actitud serena y civilizada frente a las voces alarmistas, conscientes de que es necesario defender, y por supuesto mejorar, el sistema electoral que tanto trabajo ha costado implantar. Acaso muchos ciudadanos acudirán a votar tapándose la nariz, para evitar los malos olores de la política, en espera de que algo nuevo surja en el horizonte y que México se desmexicanice.

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